
En una zona rural del departamento francés de Aveyron, al sur del país, apareció a finales del siglo XVIII un niño salvaje de unos once años. Varias veces avistado y varias veces capturado —sin éxito, pues se volvía a escapar—, un día particularmente frío del invierno de 1800 entró en la casa habitada de un tintorero llamado Vidal, en Saint-Sernin-sur-Rance, donde fue detenido definitivamente.
Así comienza L’Enfant sauvage, de François Truffaut, impactante película basada en la historia real de Víctor de Aveyron, uno de los casos mejor documentados de «niño salvaje». Tras su captura, los doctores que lo examinaron pensaron que el muchacho sufría un retraso mental y pensaron en internarlo en el hospicio de Bicêtre, utilizado como orfanato, manicomio y prisión, junto a otros casos perdidos.
Pero un médico, el doctor Itard, no estaba de acuerdo, pues pensaba que no era posible determinar el grado de inteligencia de un chico que había vivido completamente separado de otras personas. Jean Marc Gaspar Itard era entonces el jefe médico del Instituto Imperial de Sordomudos, y por aquel entonces su principal interés era la educación y enseñanza de individuos afectados de hipoacusia y mutismo.
Víctor no ingresó en Bicêtre. El chico fue tratado en el Instituto de Sordomudos de París, la única institución que en esa época se podía dedicar a la enseñanza del lenguaje en situaciones extraordinarias. Itard no solo lo supervisó, sino que se convirtió en su maestro de educación especial. Creía en la posibilidad de educar a Víctor, a pesar de tratarse, según reza su escrito, de un niño «que se balanceaba incesantemente como los animales del zoo; que mordía y arañaba a quienes se le acercaban; que no mostraba ningún afecto a quienes lo cuidaban y que, en suma, se mostraba indiferente a todo y no prestaba atención a nada».
El tratamiento que le dispensó Itard mejoró su sociabilidad. Víctor no era sordo y logró un progreso notorio: aprendió los nombres de muchos objetos y pudo leer y escribir frases simples, expresar deseos y comprender órdenes. El médico se centraba en educarlo mientras que otra estudiosa, Madame Guérin, se encargaba de los aspectos físicos y materiales. Lamentablemente, el chico nunca aprendió a hablar y en un informe posterior Itard se daba por vencido, manifestando su preocupación por el futuro del joven. Consiguieron que el Ministerio del Interior le asignase una pensión y Víctor se trasladó a vivir con Guérin, quien se ocupó de cuidarlo. En 1828, Víctor murió por neumonía a una edad que rondaba los cuarenta años.
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Interesante espacio para adentrarse en la cultura hispana y recrear la mejor comprensión del mundo y lo mundano