A mediados de los noventa, Diana Wynne Jones, la novelista británica responsable de edificar El castillo ambulante, publicó un libro cuyas páginas estaban repletas de elfos, espadas mágicas, bosques encantados, espectros, dragones, hechizos, zombis y Señores Oscuros merecedores de denominación en mayúsculas. Una obra literaria que, contra todo pronóstico, sería etiquetada como «no ficción» por los bibliotecólogos más doctos y acomodada en la afamada Biblioteca del Congreso de Estados Unidos de Washington D. C. entre las baldas que daban cobijo a los diccionarios. La insólita criatura de Jones llevaba por título La guía completa de Fantasilandia y se anunciaba como la agenda de viaje definitiva para transitar entre los mundos de la ficción fantástica. Un manual que ilustraba al forastero sobre las geografías comunes en las fábulas, pero también sobre los misterios que las recorrían: desde los modales con los que la magia gusta de rebotar por el universo hasta las razones por las que una doncella virgen está más cotizada que un varón impoluto si nos metemos en el campo del sacrificio ritual. Jones peinó topografías imaginadas y cuando los eruditos de la fantasía decidieron clasificar su obra como «no ficción» corroboraron de manera oficial lo evidente: visitar los lugares imaginados era una hazaña muy real. En el fondo, los principales destinos turísticos siempre han sido y serán localizaciones erigidas entre las páginas de un libro y una guía para visitar los emplazamientos más notables de la literatura es algo a agradecer. Una guía como la que ocurre a continuación.
La Ciudad Esmeralda

Ubicada en el centro del mundo de Oz y con accesos excepcionalmente señalizados, una carretera de baldosas amarillas que arranca en el país de los Munchkins y desemboca en la propia urbe, la Ciudad Esmeralda es la capital oficial de la tierra descrita por L. Frank Baum en El mago de Oz (1900) y sus trece secuelas. Una engalanada metrópoli rodeada por una muralla de piedras preciosas y conectada con los cuatro países que conforman el reino a través de cuatro puertas de oro macizo. Está gobernada por el Mago de Oz y constituida por exactamente 9654 edificios que alojan a 57 318 ciudadanos orgullosos de vivir en la población más segura de los mundos fantásticos: en sus calles no existe el crimen, la violencia o la pobreza, y el ejército real de Oz se encarga de impedir el acceso a los indeseables. El detalle más llamativo para los foráneos consiste en descubrir cómo la ciudad ha decidido rendirse por completo a la gama cromática que implica su denominación, porque en Ciudad Esmeralda todo es de color verde. Desde el ostentoso mármol pulido de aceras, bordillos y muros hasta el dinero oficial del lugar, pasando por los libros, las prendas de terciopelo y seda, el agua de las fuentes e incluso la limonada. Las leyes de la propia capital han convertido en obligatorio el uso de gafas para evitar que tanto «resplandor y gloria» acabe chamuscando las córneas más sensibles. Unas gafas con cristales tintados de verde.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






A propósito de Borges, el cuento «Tlön, Uqbar, Urbis Tertius» nos viene aquí que ni pintado, precisamente porque sobrevuela esa idea de una geografía posible sin llegar a tocarla nunca. El narrador nunca visita la región de Uqbar ni el planeta Tlön y, sin embargo, nos refiere sus detalles a través de una misteriosa enciclopedia… En fin, una pequeña joya que desde aquí recomiendo :)
¡Gracias por la lectura!
Gracias por el artículo. Me he acordado de la recopilación literaria que hizo Alberto Manguel en un grueso volumen…Guía de Lugares Imaginarios, creo recordar.
Muy chulis los mimujos, Krad. Echo a faltar (mucho) la Torre de Marfil, ubicada en la Fantasía de La historia interminable.
Pingback: ¿Cuántos mundos de videojuegos eres capaz de identificar? - Jot Down Cultural Magazine