Leer es el pasatiempo más bello creado por la humanidad

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Leer es el pasatiempo
Wisława Szymborska. (DP)

Pocos bibliófilos tan vehementes como los escritores. Coexisten en ellos las fuerzas ejemplares de quienes aman los libros —disculpen la analogía— desde el ruedo y desde la barrera, desde la creación y la acogida: desde la escritura y la lectura. Comienzan casi siempre por lo segundo y la familiaridad con las letras termina incitándoles a tantear un rol más activo, generador y aspirante a alcanzar las altas cotas de lo literario. Confunden, felizmente, la pertenencia de un libro: ¿es más suyo el que han comprado o el que han escrito? ¿Se sienten mejor definidos como consumidores o como productores de palabra escrita? Confusiones y dilemas, los apuntados, sin necesidad real de resolución: también en esto podemos vivir sin respuesta.

La observación y la conversación, al menos, satisfacen parte de nuestra curiosidad. Una pregunta llana invita a una respuesta igualmente sencilla: si tuvieran que elegir, ¿preferirían los escritores escribir o leer? Aunque no le faltaba razón a Mark Twain (o a Benjamin Disraeli, a quien también se le atribuye la cita) al anunciar que hay tres tipos de embustes —mentiras, grandes mentiras y estadísticas—, es precisamente esta última la que en ocasiones nos sirve como rastreadora de algunas pequeñas verdades. Así, podemos afirmar con inexacto y publicitario entusiasmo que tres de cada cuatro escritores españoles, por centrarnos en nuestro territorio, prefieren la lectura. Y tiene su lógica: el gusto por los libros nace —si nace— ligado a ella durante la infancia, cuando normalmente aún no hay una marcada inquietud o tendencia por crear algo parecido a lo que nos hace disfrutar. Los datos, en cambio, aportan una perspectiva curiosa. Según el Observatorio de la Lectura y el Libro, España es el cuarto país europeo con mayor número de novedades anuales y líder en producción de títulos en el ámbito hispanohablante (cada día se registran más de doscientos). Una producción que contrasta con los datos aportados por el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España, cuya principal conclusión —con tono menos entusiasta— es que cuatro de cada diez españoles son «inmunes a los encantos del libro».

Ya en el siglo XVIII se temía la saturación de las bibliotecas por acumulación de conocimiento inútil, y los enciclopedistas franceses hablaban de la necesidad de un silencio crítico para conseguir así la liberación de parte del espacio de las estanterías. Terreno complejo es el de la utilidad de ciertos saberes, pero la literatura es, en cualquier caso y por fortuna, atemporalmente gratuita y desinteresada, inmune a la lógica del beneficio. En palabras de Esperanza López Parada, la verdadera cultura «es intuitiva, orgánica, emocionante y certificada por esa convivencia íntima, sanguínea, apasionada, con lo hecho por otros. Así pues, vida y biblioteca son sinónimos».

***

La incoherencia es humana. Demasiado humana. A pesar de todo, hay autores congruentes con su manera de entender y de conducir la devoción por la literatura. Es el caso de Wisława Szymborska (Kórnik, Polonia, 1923-Cracovia, Polonia, 2012), conocida fundamentalmente por haber recibido, entre otros respetados reconocimientos, el Premio Nobel de Literatura en el año 1996 gracias a poemarios tan impecables como Llamando al Yeti (1957), Sal (1962), Mil alegrías, un encanto (1967), Si acaso (1975), Gente en el puente (1986) o el insuperable Fin y principio (1993). Poeta pura y gran lectora, su conocimiento de la literatura y también su modestia la hicieron considerarse a sí misma poco diestra para escribir prosa de buena calidad.

Si por algo destaca Szymborska para quienes van más allá en su trayectoria literaria y en su biografía es por una mirada irónica e ingeniosa, algo que tradujo a la perfección en sus poemas; pero también por la evidente predilección que manifestó por los libros. Leer fue para ella, desde la infancia, una ocupación central en su rutina. Solía decir que sus primeros años de vida fueron muy felices gracias a que sus padres le leían cuentos, y llegó a definirse como una pequeña terrorista que obligaba a las personas que la rodeaban a leerle cualquier libro o texto de que dispusieran. Disfrutaba ya entonces con el cuento Sobre los enanos y la huerfanita Marysia, «obra maestra del sentimiento y del sentido del humor», de Maria Konopnicka, y con Cascanueces, de E. T. A. Hoffmann. También con los Cuentos de Hans Christian Andersen y el talento de este clásico de la literatura infantil para atreverse a escribir finales tristes y tratar a los niños como adultos. El cuento del príncipe encantado, por ejemplo, impactó tanto a la pequeña Wisława que un día besó a todas las ranas que había en su jardín en un acto de «heroísmo inútil», tal como ella misma señaló años más tarde. Julio Verne también tuvo su lugar de honor tempranamente en ese altar y la acompañó hasta la vida adulta, ya que «sus fantasías no caducan».

Y como los hábitos, las preferencias o incluso las pasiones adquiridas durante la infancia tampoco suelen caducar, no es extraño que el gusto por los libros perseverase y se convirtiera, con el tiempo, en la vocación vital y profesional de Szymborska. Ella misma fue durante toda su vida consciente de la centralidad de la lectura y en muchas ocasiones reflexionó sobre su naturaleza y condición. En una de las más lúcidas, escribió: «El Homo ludens baila, canta, adquiere poses, se disfraza, festeja y celebra ceremonias rebuscadas. No menosprecio la importancia de esos juegos. (…) Son, no obstante, actividades colectivas sobre las cuales planea de forma medianamente perceptible un tufillo de entrenamiento militar. El Homo ludens con un libro en la mano es libre. (…) Puede soltar una risita en un lugar no previsto para ello o detenerse inesperadamente en unas palabras que recordará toda su vida. Finalmente le está permitido (y eso es algo que no puede ofrecerle ningún juego) escuchar las disertaciones de Montaigne o bucear un instante por el Mesozoico». Este destello apareció en la introducción a las Lecturas no obligatorias —libro en prosa publicado por Szymborska— con un broche que todavía hoy nos ilumina: «Leer es el pasatiempo más bello creado por la humanidad».

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Sí, es cierto: decíamos que la poeta nunca se había considerado apta para la prosa y por eso dedicó casi toda su escritura a la poesía. Desde 1955 y durante quince años trabajó en una redacción, la de la revista Życie Literackie, pero también en ella se dedicaba al ámbito lírico, como directora de la sección en la que se publicaban poemas de autores emergentes y algunos consagrados. Sin embargo, el 11 de junio de 1967 y contra pronóstico, apareció por primera vez un texto en prosa escrito por Wisława Szymborska. Se trataba de una columna y suponía la permanencia de su nombre (y sueldo) en la revista después de haber abandonado el Partido Comunista y su cargo en la publicación. Su jefe, Władysław Machejek, no quería prescindir totalmente de ella en la plantilla, así que le propuso escribir algunas críticas sobre libros. Comenzó de esta manera una aventura periférica en la trayectoria literaria de la poeta, que se dilató durante años y finalmente se convirtió en un libro de varios tomos. En castellano lo conocimos en tres volúmenes (Lecturas no obligatorias, Otras lecturas no obligatorias y Más lecturas no obligatorias, rubricando con los títulos la bienaventurada no-necesidad de esas lecturas) publicados por Ediciones Alfabia y, más recientemente, uno solo a cargo de Malpaso Ediciones y con el título de Prosas reunidas.

El mundo de la reseña no era algo únicamente alimenticio para Szymborska sino que le permitía compartir su entusiasmo por los libros con un público bastante más amplio que el de sus allegados. La poeta devoraba desinteresadamente literatura de todo género por pura curiosidad: «Me interesan los libros de naturaleza, históricos, antropológicos. Leo diccionarios, guías, monografías. (…) A veces cojo un libro sobre mariposas o libélulas, otras, un folleto sobre hacer reformas en casa o un manual escolar». Ese apetito omnívoro y caótico se materializaba en la elección de los títulos: sus amigos le recomendaban las lecturas más dispares y ella podía comprar cinco libros al mes por cuenta de la revista, pero también tomaba algunos ejemplares olvidados en el llamado «estante inferior» de la redacción, es decir, libros que sus compañeros no habían escogido previamente. Por norma general, las lecturas pertenecían al ámbito de la no ficción y también al sinsentido y el reino del absurdo, porque le espantaba la idea de leer únicamente narrativa y novela: «Tras una dosis de monólogo interior apetece, para variar, enterarse de cómo estornudan los elefantes o de cuántas patas tiene realmente un ciempiés», además de que «las publicaciones de este género nunca terminan ni bien ni mal, y eso es lo que más me gusta de ellas». El requisito principal era que los libros fueran lo bastante interesantes como para olvidar las preocupaciones cotidianas, pero también lo bastante soporíferos como para que se cayeran de las manos en el momento adecuado. El aprendizaje de los más curiosos y aparentemente inservibles detalles de la cultura en sentido amplio estaba garantizado, así que en varias ocasiones le preguntaron acerca de la utilidad de sus lecturas, a lo que ella respondía: «Solo leo porque, desde pequeña, me produce placer acumular saberes innecesarios. Y porque, después de todo, ¿acaso puede alguien saber de antemano qué será necesario y qué no lo será?». Para Szymborska todo era legible y poetizable, por eso la calidad del libro no siempre era razón necesaria para leerlo y reseñarlo. Escribía también sobre libros malos, porque consideraba que el peor de ellos tenía algo que aportar o despertaba igualmente su imaginación.

En las más de trescientas reseñas que Szymborska escribió, apenas encontramos textos sobre libros de amigos, ni de política, ni apenas sobre poesía. Le irritaba la facilidad con la que los poetas hablaban de su propio campo, por eso solamente escribió algunos textos sobre Eliot, Valéry, Horacio o Safo y sobre antologías un tanto peculiares: de poesía búlgara, griega contemporánea, armenia o poemas sobre el mar. Esta posición confirmaba la distancia entre sus facetas de lectora y autora. Pero, al mismo tiempo, ese espacio de separación se reducía cuando los estímulos de la lectura encendían su mirada poética. En varias ocasiones declaró haber sacrificado un poema en favor de una reseña, de una recomendación. En otras, el impulso era tan fuerte que, tiempo después de la reseña, escribió un poema cuyo germen estaba en la lectura. Es el caso, por ejemplo, del poema «Atlántida» («Existieron o no existieron. / En una isla o no en una isla. / Un océano o no un océano / se los tragó o no se los tragó. (…) / En esa más o menos Atlántida») y una reseña en la que escribió: «La Atlántida, tanto si existió como si no, nos es muy beneficiosa. Es necesaria como ejercicio de la imaginación».

Con estos textos Szymborska se confirmó, más que como reseñista o crítica literaria, como lectora veterana. Sus prosas, escritas con una maestría resultado de la originalidad y la sencillez que la caracterizaban, mostraban una actitud activa como receptora de literatura y no solamente como productora. También fueron un ejemplo de cómo incluso una premio Nobel no olvidaba que la lectura era, al menos para ella, el mayor placer de la literatura.

Tras la Ley Marcial en la República Popular de Polonia, Szymborska rompió completamente su relación con Życie Literackie y las reseñas se interrumpieron durante dos años. Tiempo después, un antiguo amigo quiso resucitar la ya célebre columna para la Gazeta Wyborcza y ella aceptó sin vacilar. En esta revista las columnas aparecían en cursiva, por lo que el jefe de la sección cultural decidió fraccionar el texto de Szymborska en párrafos: de otro modo, resultaba ilegible dada la maquetación. Ella insistió en la necesidad de que apareciera en un solo y gran párrafo, así que finalmente los gráficos dispusieron una tipografía especial para sus columnas. La razón de esa forma, un único párrafo por texto, era crear la impresión de que las reseñas se escribían sin tomar aliento: «Por definición han de ser breves, concisas, una hoja mecanografiada. Quiero alcanzar la cohesión, la impresión de que se trata de una sola idea». Y así era: la idea de la escritura subordinada a la lectura, del gusto por lo hecho por otros, la nota a pie de página directa, sin demora. Porque el auténtico juego es leer. Escribir es la secuela.

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3 Comentarios

  1. Para lectores novatos como una, nada tan inspirador como descubrir que siempre hay más por leer. Gracias por destacar a esta autora y colega lectora de la que nunca había escuchado, me quedaré con su nombre grabado para cuando la reconozca en una librería.

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