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Claude Cahun, genialidad sin etiquetas

Claude Cahun
Imagen cedida por editorial Wunderkammer.

«¿Masculino? ¿Femenino? Depende de la situación. El neutro es el único género que siempre me sienta bien», escribió Claude Cahun en 1930 en Aveux non avenus, libro fragmentario de carácter autobiográfico que la editorial Wunderkammer acaba de traducir al castellano con el acertado título de Confesiones inconfesas. Cahun, en efecto, recurre a la negación para avisar al lector desde el propio título de que, en realidad, es un libro no confesional, donde las confesiones aparentemente prometidas no llegarán a realizarse. En este sentido, Cahun aleja a través de la negación su libro del género en el que supuestamente debería inscribirse y lo hace parafraseando el título, igualmente irónico, de las inclasificables memorias de Salvador Dalí, Confesiones inconfesables. El título utilizado por el surrealista catalán nos da, en parte, la clave para comprender el texto de Cahun y a la propia artista, que no solo reniega del género confesional, sino que parece rechazar también la posibilidad de una confesión, es decir, la posibilidad de un yo que, afirmándose como tal, asuma también la posibilidad de decirse y contarse a sí mismo. 

Por ello, no hay pregunta más errónea que la que se refiere a la identidad de Claude Cahun. Todo intento de aproximarse a la figura de la artista, fotógrafa, transformista y escritora resulta equivocado, al menos, por lo que se refiere a la cuestión gramatical. Claude Cahun reclamaba para sí el neutro, rehuía de la clasificación binaria de los géneros y renegaba tanto de sus codificaciones como de sus manifestaciones. Dejó de ser muy pronto Lucy Renée Mathilde Schwob para convertirse en Claude, nombre que en francés utilizan tanto hombres como mujeres. En un inicio fue Claude Courlis, apellido con el que firmó su primer libro Vue et visions, pero no tardó en adoptar el apellido de su tío abuelo, un afamado orientalista y conservador de la Bibliothèque Mazarine de París. Con su monóculo, vestida de dandi y con su cabello rapado, Cahun se sentía cómoda en la indeterminación. Su imagen andrógina, sobre todo en la década de los años treinta, cuando decidió raparse por completo, sorprendía en los círculos surrealistas en los que se movía con Marcel Moore, nacida Suzanne Malherbe, su hermanastra, pero, ante todo, su compañera a lo largo de toda su vida.

Ambas despertaban algún recelo cuando se presentaban en las soirées parisinas. André Breton, famoso por su homofobia, las tachaba de «francamente homosexuales», pero no era el único. El círculo surrealista destacaba por su misoginia, de ahí que más de uno mirara con rechazo a Cahun, una mujer lesbiana y judía que era dueña de su propio cuerpo, lo modificaba y lo alteraba, cuestionando tanto el concepto «mujer» como también el de «hombre». Con sus fotografías, de hecho, Cahun denunciaba el carácter performático del género y de los roles ahí asociados. Se interesó especialmente por la obra del médico británico Havelock Ellis, en cuyo reconocido ensayo Woman in Society, que Cahun encontró en la librería Shakespeare and Co., de la que era asidua, Ellis defendía la existencia de un tercer género, así como por la obra y por el activismo de Magnus Hirschfeld, uno de los primeros sexólogos en interesarse por aquellas personas que no se reconocían en el género que se les había concedido al nacer y, asimismo, uno de los pioneros en la defensa de los derechos de los homosexuales y los transexuales. Hirschfeld fue el fundador de Instituto para la Ciencia Sexual, cuyas puertas se cerraron con la llegada al poder de Hitler. Desde su exilio —murió en Niza en 1935—, el médico alemán vio como el nazismo quemaba sus libros y lo declaraba el «judío más peligroso de Alemania».

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3 comentarios

  1. ¿Dónde está Frabetti que no se le ve?

  2. Como postura utópica no está nada mal, sin embargo; en la realidad esa supuesta liberación del género no es posible en su totalidad, solo es posible de forma parcial.

    Nos guste o no, el ser humano necesita definirse para poder integrarse en la sociedad. Y quizás «ser humano» sea el mejor género que defina a nuestra especie.

    El problema principal esta quizás en los extremismos: la represión y la libertad sin límites es lo que daña y rompe las columnas que sostienen a la sociedad. La represión obligada por religión y el machismo impuesto, generan rebeldia y malestar, por poner a la mujer por debajo del hombre y por imponerle un rol sumiso y servil.
    Por el otro extremo: la libertad absurda, irracional, la de aceptar lo que sea solo porque si, porqué es la moda o porqué me siento muy cool y libre de escoger el género y el rol que me de la gana, sin pensar ni analizar las consecuencias.

    Represión y libertad sin sentido son el problema, no el genero, pues como bien dice en el articulo: al fin y al cabo solo son una capa sobre otra de imposiciones culturales. Pensar que todo el mundo puede ser lo que quiere o siente, sería tan absurdo como aceptar que Jack el destripador, Hanibal, o un terrorista, podrían matar a cualquiera porqué esa es su verdadera naturaleza y libertad. Y no, no es así. Nos guste o no, el «ser humano» necesita moldes y leyes que lo regulen o todo sería un caos.

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