Márchate de Bayas

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Bayas
Una estatua romana sumergida frente a las costas de Bayas. Fotografía: Antonio Busiello / Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral nº36 especial Mar.

Mientras tú, Cintia, veraneas en pleno centro de Bayas, (…) ¿te preocupas de evocar noches, ay, que se acuerden de mí? (…). Márchate lo antes posible de Bayas, la corrompida. Esas playas, que fueron funestas para tantas mujeres en el pasado, serán fatales en el futuro para una gran cantidad de parejas de enamorados. ¡Ay! ¡Ojalá los baños de Bayas, insulto hecho al amor, desaparezcan para siempre!

Elegías, Propercio.

Lo que no sabía Sexto Propercio, poeta romano del siglo I a. C., es que aquello precisamente es lo que iba a acabar ocurriendo. Es más: Bayas ya había comenzado a hundirse lentamente en el mar cuando él escribió sus Elegías. Y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Hoy descansa sumergida a quince metros de profundidad frente a las costas de Campania, en Italia. Quedan algunos restos arqueológicos emergidos en el pueblo que todavía lleva su mismo nombre, pero son poquita cosa. Casi toda la ciudad, unas ciento setenta hectáreas de mosaicos, calzadas y peristilos, se encuentra bajo el agua. El gran resort vacacional de la antigua Roma simplemente ya no existe. Se lo ha tragado el mar Tirreno. 

Sabemos bien cómo ha pasado, eso no es ningún misterio: por efecto del bradisismo. Etimología: βραδύς (lento) y σεισμός (seísmo). Se trata de un fenómeno característico de la zona que comporta el ascenso o el descenso del suelo a un ritmo lento si se compara con la vida de un ser humano, pero muy acelerado desde el punto de vista geológico. A veces, de varios centímetros al año. Estaba ocurriendo ya durante la era de esplendor de Bayas, en los últimos años de la República romana y en los primeros años del Imperio, pero entonces lo hacía a una velocidad sostenida y más lenta que en la actualidad. Se cree que la inmersión del suelo se aceleró de golpe entre los siglos III y V d. C. y que la mayor parte de la ciudad alcanzó la altura de cero metros sobre el nivel del mar en torno al siglo VIII. La causa ulterior de este movimiento, por supuesto, son los cambios de presión en la inmensa cámara de magma que hay en el subsuelo de la zona. Estamos en los Campos Flégreos, una comarca de diez kilómetros de largo y diez kilómetros de ancho donde se concentran nada menos que veinticuatro cráteres volcánicos. Es la región que linda al sur con la ciudad de Nápoles. 

Eso sí: a Propercio, que nada sabía de todo esto, no debemos tenerle en cuenta que pidiese la desaparición de Bayas con tanta ligereza. En realidad, él se habría conformado con que Cintia, su amada, se hubiera marchado de la ciudad, donde estaba pasando el verano, y que hubiese regresado a Roma, donde él la estaba esperando. El poeta temía que su amada se viese con otros hombres en aquel destino tan lujoso donde los patricios ricos y poderosos acudían a veranear y donde tenían todos una villa o un palacete cada cual más ostentoso. Y Propercio, para qué nos vamos a engañar, hacía bien albergando aquel temor, porque Cintia, plot twist, ni era su amada ni se llamaba Cintia; en realidad se llamaba Hostia, era prostituta de lujo y lo más probable es que hubiera acudido a Bayas precisamente a eso, a verse con otros hombres de la jet set romana. A trabajar, como no consta que hacían durante el verano muchos profesionales del ramo procedentes de toda Italia1.

Propercio no fue el único literato que se dedicó a echar pestes de Bayas. Al contrario, casi cuesta encontrar a alguno con algo bueno que decir sobre la ciudad. Varrón, por ejemplo, comenta en sus Sátiras menipeas que allí «los ancianos rejuvenecen hasta parecerse a los muchachos, muchos muchachos actúan como si fuesen muchachas y las muchachas se convierten en mujeres públicas»; Marcial dice en sus Epigramas que las mujeres llegaban a la ciudad prudentes y castas como Penélope y que allí adquirían el vicio de Helena (es decir, el de practicar el adulterio con hombres más jóvenes que su marido); y Ovidio cuenta en Ars amatoria que en Bayas eran tantos los puntos donde las meretrices se ofrecían a sus clientes que «sería más fácil contar los granos de arena de la playa». 

Estaban todos de acuerdo, eso está claro. Que dijesen la verdad es otra cosa distinta. ¿Era Bayas como la pintaron los literatos y los poetas romanos, una Sodoma a la latina, una meca del desmadre donde no ocurría nada bueno? ¿O acaso exageraban y contaban solo la historia a medias, quizá por no tener acceso ellos mismos a los lujos y el desparrame que solo podían costearse los superricos? De todo hay, eso podemos anticiparlo. Lo más importante que debe comprender el visitante contemporáneo es esto: Bayas, para bien y para mal, era un lugar verdaderamente extraordinario.

Un insulto hecho al amor

Si una mujer no casada abre su casa a todo género de voluptuosidades; si públicamente se dedica a la vida de meretriz y asiste a convites con hombres que ninguna relación tienen con ella, creo que hará en el campo y en los baños de Bayas lo mismo que en Roma.

En defensa de Celio, Cicerón2.

En la región donde está Bayas, no muy lejos del monte Vesubio, hay un lago donde tenía lugar un fenómeno extrañísimo: los pájaros, al parecer, eran incapaces de sobrevolarlo. Cada vez que uno lo intentaba, caía muerto al agua. 

Los griegos llegaron a la costa de Campania en el siglo VIII a. C. Según Estrabón, los primeros en hacerlo fueron colonos eubeos que se instalaron en Pitecusas, una pequeña isla volcánica diez kilómetros mar adentro3. Aunque aquel emporio insular logró implantarse y prosperar, sus moradores lo abandonaron debido a la actividad sísmica de la isla y fundaron una nueva ciudad en tierra firme en torno al año 750 a. C. Así fue como nació Cumas, la polis más antigua de toda la Magna Grecia. La nueva ciudad se levantó no muy lejos del lago aquel que los pájaros no podían sobrevolar, al que los cumanos llamaron, sencillamente, Ἄορνος λίμνη, el Lago sin pájaros. Cuando los romanos conquistaron los Campos Flégreos varios siglos después tomaron el nombre griego de aquella masa de agua y lo transliteraron, sin más, a su propio idioma: Avernus lacus, el lago Averno. En realidad, el Averno es un cráter volcánico colmado de agua del que emanan gases tóxicos ocasionalmente.

Bayas
Los Campos Flégreos y la bahía de Nápoles.

Los griegos pensaban que allí, en las inmediaciones del Averno, se abrían una serie de cuevas y pozas por las que se podía descender hasta el Hades, la región subterránea donde moraban los espíritus de los muertos. De hecho, las leyendas decían que este era el punto de la Tierra donde Odiseo había emprendido su famoso descenso a los infiernos. Como en las otras puertas de entrada al inframundo que había esparcidas por el Mediterráneo, en esta también se erigió un plutonio (un santuario consagrado a los dioses infernales) y se estableció un oráculo donde una sibila inhalaba los gases procedentes del subsuelo y luego emitía vaticinios. La Sibila de Cumas, la mayor de las diez que incluye el recuento mitológico tradicional, la misma que pintó Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina, era precisamente la que oficiaba en este lugar, en la ribera del Averno. Por cierto: el «antro horrendo» de la Sibila cumana, por usar el calificativo que le ponía Virgilio en la Eneida, se redescubrió en 1932 y puede visitarse en la actualidad. 

¿Y Bayas? Bayas era el puerto de Cumas, eso piensan hoy en día la mayor parte de los expertos. Eso y que, hasta entonces, solo acogía un pequeño santuario levantado sobre la tumba de Bayo, compañero de Odiseo y timonel de su propio barco. Según las leyendas griegas, había muerto en aquel lugar. Debemos imaginar una ensenada redondeada, no muy grande, con laderas escarpadas que se hundían abruptamente en el océano. La bahía tendría una profundidad generosa que permitiría el fondeo de naves de cierto calado y contaría con dos brazos de tierra, uno a cada lado, que dibujaban una boca de entrada y la protegían del mar abierto. En otras palabras: debemos imaginar un puerto natural estupendo4. Y luego imaginemos que, en ese enclave, en las laderas de la ensenada y alrededor, habría un sinfín de pozas termales y piscinas naturales de las que manaba un bien escasísimo, prácticamente prohibitivo en la Edad del Bronce: agua caliente en cantidad. Lo que no hay en este enclave aparentemente paradisíaco es un recurso más prosaico, pero imprescindible en cualquier asentamiento humano: agua dulce normal y corriente, de la de beber. Por eso creemos que este lugar acogió mucho trasiego marítimo y rindió durante mucho tiempo como fondeadero temporal, pero no atrajo, de entrada, a los pobladores y los colonos5. Hizo falta que apareciera otra localidad cerca y que Bayas, entonces, se convirtiera en su distrito portuario y de recreo. 

En todo caso parece seguro que Bayas, localizada en el extremo de un golfo, nació y creció pareja a Cumas, el asentamiento griego original, y a Dicearquía, una localidad situada en el otro extremo del mismo golfo, a la que los romanos pusieron el nombre Puteoli (que significa «Pocitos» o «Pequeñas pozas» en latín, una alusión a las termas naturales). Hoy se llama Pozzuoli y conserva un patrimonio arqueológico importante, incluido el mayor mercado del mundo romano6. A unos pocos kilómetros más al sur, en la porción de costa ubicada en las mismas faldas del Vesubio, estaba el lugar donde había muerto Parténope, la sirena enamorada de Odiseo. Los griegos cumanos fundaron en ese punto otra localidad más, quizá a la vez que Bayas y Dicearquía o acaso un poco después de aquello, a la que llamaron con ese nombre, Parténope, y más tarde Neápolis, «Nueva ciudad». Hoy la llamamos Nápoles. 

¿Se da cuenta? Bayas no fue jamás una localidad independiente, siempre ejerció como barrio residencial y como destino de recreo para otra ciudad más grande. Primero para Cumas y luego para Pozzuoli, ambas muy cerca de ella; más tarde para Nápoles, unos pocos kilómetros más al sur; después para Capua, una ciudad originalmente etrusca ubicada a treinta kilómetros de distancia (que llegó a convertirse, con el tiempo, en la ciudad más grande de Italia después de Roma); y, finalmente, para la propia Roma. Bayas ya era un destino muy popular entre los ricos y poderosos de la capital a finales del siglo I a. C., durante los últimos años de la República, pero su verdadera consagración llegó inmediatamente después de aquello, en los primeros años del Imperio. En aquel tiempo varios emperadores tomaron afición por Capri, también en el golfo de Nápoles, y transformaron aquella pequeña isla en una especie de segunda residencia imperial, al menos de forma oficiosa7. Bayas, cuyo puerto ejercía como conexión natural entre Capri y el continente, dejó de ser entonces un lugar que sencillamente ofrecía prestigio y se convirtió en una condición: para ser alguien de verdad, para pertenecer genuinamente a la alta sociedad romana, debía tenerse una villa en Bayas8.

La mansión de los vicios

Existen parajes que el sabio debe evitar como enemigos de las buenas costumbres. Por esta razón, el que quiera vivir retirado (…) no irá á Bayas, porque esta es la mansión de los vicios. Aquí es donde la impureza se permite mayores licencias, como si la localidad obligara á la disolución (…). ¿Qué necesidad tengo de ver a gente embriagada vagando por la costa, las orgías de los marineros, los lagos que retumban con la música de las orquestas y todos esos excesos que el desorden más desenfrenado puede ostentar en público?

Cartas a Lucilio o Epístolas morales, Séneca.

Muchos romanos detestaban Bayas y ninguno lo hacía más que Séneca. El filósofo, político y orador se refirió muchas veces a la ciudad y nos legó algunos pasajes verdaderamente hilarantes en los que pormenorizaba el sinfín de groserías que podían verse en aquel sitio, desde los folleteos incesantes que tenían lugar por todas partes hasta los gritos que pegaban los hombres que visitaban sus famosos baños, fuesen los atletas que acudían a fatigarse «moviendo las manos con pesas de plomo», los impostores y los vanidosos que acudían solamente «para dar la impresión de fatigarse» o aquellos que proferían «gritos estridentes cuando les son depilados los sobacos». Y eso que Séneca todavía no sabía lo más importante de todo: que Bayas acabaría siendo la causa de su ruina.

Séneca acabó sus días salpicado por la famosa conjura de Pisón, un complot para asesinar al emperador Nerón que tuvo lugar en el año 65 d. C. En un primer momento, los conspiradores planeaban apuñalar al emperador en la villa de Cayo Calpurnio Pisón en Bayas, que Nerón visitaba con frecuencia, pero luego cambiaron de parecer y decidieron que el magnicidio tuviera lugar en Roma. Aquel cambio, por lo visto, resultó decisivo en el descubrimiento de la conjura. El complot no tuvo éxito y Séneca ni siquiera estaba involucrado en él, pero al emperador y a sus socios eso les daba igual; solo necesitaban una excusa para quitárselo de en medio y esa fue la que pusieron. Su condena a muerte le fue notificada con anticipación, un privilegio que tenían los patricios. Séneca decidió quitarse la vida por sí mismo en lugar de que le fuese arrebatada. 

Bayas
Un submarinista entre las ruinas romanas ubicadas frente a las costas del cabo Miseno. Fotografía: Antonio Busiello / Getty.

Aquella villa se encuentra hoy a ciento cincuenta metros de distancia de la costa y a ocho metros de profundidad. Es uno de los puntos que más frecuentan las compañías de tours submarinos que alquilan equipos a los turistas y los guían hasta las ruinas sumergidas de Bayas. La villa de los Pisones, de cerca de dos mil metros cuadrados, tiene algunos de los mosaicos mejor conservados del litoral bayano y unas instalaciones que rivalizaban en tamaño y sofisticación con las residencias imperiales de Roma y Capri. Sabemos que Nerón confiscó este palacete después de que su dueño pretendiera atentar contra su vida y que el complejo fue remodelado un siglo después de aquello, ya en época de Adriano. Si debemos llamarlo «palacio imperial» o no, ahí no entramos. Es un debate muy viejo y los arqueólogos e historiadores no han alcanzado ningún consenso todavía. Los límites entre la propiedad pública y la privada, mucho más difusos en Roma que en nuestro tiempo, lo eran incluso más en Bayas.

Otra rareza: parece que Bayas no contaba con los espacios públicos que caracterizaban casi a cualquier localidad romana, como un foro, una basílica o un anfiteatro. Ni los menciona ningún autor ni aparecen por ninguna parte entre los restos de la ciudad. Eso, que es chocante por sí mismo, todavía lo es más si se tienen en cuenta las inversiones formidables que sí hizo la administración estatal romana en Bayas: la Piscina Mirabilis, el depósito de agua dulce más grande del mundo en su momento, en el que desembocaba el Aqua Augusta o Acueducto de Serino; y el Portus Iulius, un macropuerto militar con un muelle de cerca de cuatrocientos metros de longitud, canales que lo conectaban por vía marítima con los lagos Lucrino y Averno y una red de túneles que lo comunicaban a pie con Cumas9. Nerón incluso intentó conectar Bayas con Roma mediante un canal navegable, la Fossa Neronis, que partiría del Portus Iulius y recorrería doscientos kilómetros hasta llegar a la capital. No lo consiguió, pero, intentarlo, lo intentó.

Otro punto con mucho trasiego de submarinistas está en el litoral de la Punta Epitaffio, en el llamado ninfeo del emperador Claudio. Pregunta: ¿Ha estado usted alguna vez en un restaurante de kaitenzushi? Si no, seguro que ha visto alguno en televisión. Son esos establecimientos japoneses donde el sushi se sirve en una pequeña cinta transportadora que lo lleva entre los comensales para que cada cual elija las piezas que más le apetecen. Pues bien: eso mismo, salvando las distancias, es lo que había aquí, en el ninfeo de Claudio. Se trataba de un lujosísimo triclinio (la sala de las viviendas romanas que ejercía como comedor) equipado con un estanque central de grandes proporciones. Los platos se colocaban en pequeñas réplicas de barcos o de hojas de nenúfar y se ponían a circular de un lado al otro del estanque, de modo que los comensales, ubicados alrededor, podían coger el que fuera de su gusto cuando pasase cerca de ellos. Conocemos el funcionamiento de esta atracción gracias a la descripción que nos legó Plinio el Joven, otro asiduo de Bayas10. Fue el arqueólogo alemán Bernard Andreae quien reconoció el famoso triclinio después del redescubrimiento de esta sección del yacimiento submarino en 1981.

Le proponemos un ejercicio mental que ayuda a comprender Bayas: que piense en los jardines de la Alhambra, en las enormes canalizaciones que surcan el desierto de Mojave para surtir de agua a Las Vegas o en las islas artificiales de Dubái, esas que tienen forma de palma datilera y unos campos de golf más verdes y lustrosos que los de Escocia. El lujo se escribe de esta forma, desperdiciando el agua con fuentes, estanques y regadíos inútiles. Y si algo abundaba en Bayas era precisamente eso. Uno de los mejores ejemplos no ha acabado en el océano, todavía sigue al aire libre en las laderas que rodean la bahía: se trata del famoso teatro-ninfeo de Bayas, que también podría considerarse una especie de teatro acuático. ¿Cómo describirlo, Dios mío, a alguien que nunca haya visto una mamarrachada tan estupenda? Imagine un teatro romano con una piscina en el centro, donde habitualmente estarían la orchestra y el proscenio; e imagine que en las gradas hay también pequeños espacios distribuidos regularmente a lo largo de las cáveas para tomar baños mientras se disfruta de la función o el concierto que esté teniendo lugar. Está en el complejo de ruinas aterrazado que recibe el nombre de Termas de Sosandra, un balneario localizado en las laderas de la bahía que seguramente formaba parte de un complejo palaciego mayor, aunque no sabemos cuál.

Podríamos seguir durante páginas y más páginas, así de abundantes son las maravillas que encierra esta pusilla Roma, esta «pequeña Roma» o esta «Roma en miniatura», como la llamaba Cicerón. Ya solo su padrón histórico es una cosa que quita el sentido: Pompeyo, Julio César, Marco Antonio, Augusto, Nerón, Calígula, Adriano, Septimio Severo… Incluso se cuenta que Cleopatra estaba en Bayas durante los idus de marzo del año 44 a. C., el día que fue asesinado Julio César. Y que fue en este punto donde Calígula ordenó alinear barcos y más barcos para lograr cruzar el mar trotando a caballo11. El asesinato de Agripina, uno de los crímenes más recordados de la Antigüedad, se perpetró en este lugar. Debe ir y verlo, incluso si es incapaz de practicar el submarinismo y no se propone descender hasta el lecho marino. Visite usted las terrazas, los llamados templos de Venus, de Diana y de Mercurio y luego los museos arqueológicos de la zona, tanto el de los Campos Flégreos como el de Nápoles, donde se apilan los tesoros que han aparecido en el litoral. Piense que algún día el mar cubrirá también todo esto y que entonces, ya sí que sí, de Bayas no quedará nada más que el recuerdo. Y ya no será posible marcharse de ella, como recomendaba Propercio de forma tan encarecida; será ella, la propia Bayas, la que se habrá marchado del mundo.

Bayas
Una estatua de Mercurio en la zona emergida del yacimiento arqueológico de Bayas. Fotografía: Getty.

Notas

(1) En la poesía latina de la época era habitual asignar un pseudónimo a la mujer amada. Solía tratarse de un sobrenombre evidente, que no pasaba inadvertido, con el que se pretendía probar al lector que se estaba hablando de una persona relativamente conocida a la que no se quería delatar. El ejemplo más recordado es la Lesbia de la que hablaba Catulo. No se tienen demasiadas certezas acerca de la Cintia a la que interpelaba Propercio, pero suele considerarse que se trataba de una cortesana. Hasta donde sabemos, él era un pesado que ni siquiera pretendía pagar por sus servicios. En esas mismas Elegías, poco antes de que Cintia se marche a Bayas, él describe su historia de amor con ella de esta forma tan elocuente: «¡He ganado: se rindió a mis ruegos insistentes!».

(2) Cicerón tenía una villa en la ribera del lago Lucrino, a las afueras de Bayas. En la actualidad estaría en el suelo municipal de la localidad adyacente, Pozzuoli. Usamos el tiempo condicional porque esa villa ya no existe: fue destruida por la erupción volcánica del Monte Nuovo en 1538.

(3) Estrabón también da cuenta de un mito que decía que aquella isla reposaba sobre el cuerpo del gigante Tifón, abatido por Zeus, y que esa era la razón de su vulcanismo. También habla de una serie de cataclismos que tuvieron lugar en esta región durante el pasado remoto, entre los cuales se incluyen terremotos, erupciones volcánicas y el hundimiento del suelo en el mar. Aunque en el siglo I debía de sonar fantasioso, en nuestra época resulta imposible pasar por alto que esos mismos fenómenos sí tuvieron lugar en la región después de que Estrabón publicase su Geografía. En general, el pasaje que dedica a toda esta zona (vol. V, cap. IV, sec. 9) constituye una lectura muy sugerente.

(4) La descripción más precisa de la orografía de esta zona es la que hace Dion Casio en Historia de Roma, vol. XLVIII, p. 50.

(5) Antes de acoger una población humana permanente, esta bahía debió de ser un refugio habitual para los piratas. De hecho, sabemos que los romanos acudían a Bayas a tomar baños termales desde tiempos muy antiguos, pero su popularidad inmobiliaria entre los romanos ricos de la capital no llegó hasta los años sesenta del siglo I a. C., específicamente después de la famosa y exitosísima campaña de Pompeyo contra los piratas. Fue a partir de entonces cuando empezaron a construirse grandes villas y palacetes en la localidad.

(6) En Pozzuoli ocurrió exactamente lo contrario que en Bayas: que el suelo se elevó. En Pozzuoli se encuentra el Monte Nuovo, la montaña más joven de Europa. Se trata de un volcán que se formó en tan solo una semana, del 29 de octubre al 6 de 1538. Véase la nota 2.

(7) Hablamos especialmente de Augusto, el primer emperador, y de su sucesor, Tiberio, que incluso llegó a desentenderse del gobierno del imperio en el último tramo de su vida y se retiró a Capri.

(8) Por cierto: la mala reputación de Bayas no mejoró al verse asociada con Capri en el imaginario colectivo romano. Más bien, ocurrió al contrario. Suetonio cuenta en sus Vidas de los doce césares que «en su quinta de Capri, Tiberio tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus “maestros de voluptuosidad” (spintrias), formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos. Tenía, además, diferentes cámaras dispuestas diversamente para este género de placeres, adornadas con cuadros y bajo relieves lascivos, y llenas de libros de Elefantidis, con objeto de tener en la acción modelos que imitar. Los bosques y las selvas no eran así más que asilos consagrados a Venus, y se veía a la entrada de las grutas y en los huecos de las rocas a la juventud de ambos sexos mezclada en actitudes voluptuosas, con trajes de ninfas y silvanos. A causa de esto, el pueblo, jugando con el nombre de la isla, daba a Tiberio el de Caprineum».

(9) El puerto se convirtió en la base permanente de la Classis Misenensis, la mayor flota del imperio, hasta entonces atracada en Ostia. Aquellas instalaciones, sin embargo, solo pudieron acoger naves militares durante poco más de veinte años: los cambios en la profundidad del suelo a causa del bradisismo hicieron que dejase de ser seguro para el amarre de las naves mayores. El Portus Iulius fue una de las primeras partes de Bayas que quedaron completamente hundidas en el mar, algo que podría haber ocurrido ya en el siglo IV. Según Casiodoro, los muelles, ya impracticables, se desmontaron a principios del siglo VI con el objetivo de reutilizar sus piedras en la reparación de las murallas de Roma.

(10) En el ábside de aquella estancia había un grupo escultórico monumental con tres figuras: el cíclope Polifemo, Odiseo y Bayo. Polifemo no ha aparecido, se lo debe de haber tragado el mar. Las estatuas de Odiseo y Bayo, por el contrario, todavía estaban allí, tal cual, cuando empezaron los trabajos arqueológicos submarinos en la década de los sesenta. Hoy se encuentran en el Museo Arqueológico de los Campos Flégreos, localizado en el Castillo Aragonés de Bayas. Lo que hay ahora en el mar son réplicas, lógicamente.

(11) Aquel puente de pontones, de unos tres kilómetros y pico, habría conectado Bayas y Pozzuoli directamente sobre la bahía. Suetonio escribió lo siguiente en la sección dedicada al emperador en sus Vidas de los doce césares: «Sé que la mayoría ha creído que Cayo [Calígula] imaginó este puente para rivalizar con Jerjes, el cual provocó una gran admiración cuando cubrió de forma similar el Helesponto, que sin embargo es bastante más estrecho; y que, según otros, su intención era atemorizar con la fama de alguna obra grandiosa a los germanos y britanos, a los cuales hostilizaba. Pero cuando yo era niño, oía contar a mi abuelo que el motivo de esta obra, revelado por los esclavos personales del emperador, habían sido las palabras del astrólogo Trásilo a Tiberio, cuando se hallaba angustiado a propósito de su sucesor y más inclinado hacia su verdadero nieto, asegurándole que Cayo [Calígula] tenía tantas posibilidades de ser emperador como de recorrer a caballo el golfo de Bayas». Es frecuente que se confunda aquel puente flotante con un puente sólido, también llamado «de Calígula», que habría estado trazado sobre aquel mismo lugar y cuyos pilares todavía sobresalían del agua en el siglo XVIII.

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2 Comentarios

  1. Rubén Díaz Caviedes.

    Maravilloso relato!

    Debería de haber una Denominación Arete o una clasificación especial para este tipo de artículos para poder acceder a ellos directamente.

    Simplemente asombroso.

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