El placer como señal (o el instinto bajo sospecha)

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placer como señal
Foto: Cordon Press. placer

La subjetividad vigilada o lo que siento es inadecuado

Cuando Galileo observó la luna a través del telescopio se dio cuenta de que no era totalmente redonda y llana. Esto contradecía el dogma de la época que consideraba a todo el universo celeste absoluta y geométricamente perfecto. Para no incurrir en herejía invitó a algunas autoridades eclesiásticas a observar la luna a través de su recién inventado artefacto. Ellos declinaron su ofrecimiento argumentando que, aunque vieran las montañas lunares, lo harían con sus sentidos sublunares imperfectos, por lo que  jamás podrían contradecir la verdad revelada por la doctrina entonces dominante.

(Norbert Elías)

Entonces ¿qué más da lo que la persona perciba con su sistema sensorial, si existe una verdad objetiva más fiable que su propia percepción? Una verdad que antiguamente era revelada desde los cielos y en la actualidad desde los poderes seculares.

La socialización del individuo es un proceso que va aparejado a la desconfianza que este tiene hacia lo que siente y piensa por sí mismo. En la Modernidad se logró que los individuos sospecharan de la validez de su propia experiencia sensorial, en busca de una pretendida objetividad. Del mismo modo, la colectividad percibe la subjetividad de sus miembros con cierta precaución. Un temor motivado por el riesgo de que la libertad individual se deslice silenciosamente hacia el desorden.

Por otra parte, cuando se identifica un comportamiento relacionado con los apetitos humanos suele aparecer una creencia inconsciente y colectiva de que su anfitrión propende a un exceso que no puede controlar. Lo subjetivo tiene el riesgo de crecer sin mesura si no se le sujeta desde un principio.

El mito de la destrucción de Sodoma y Gomorra se refiere a esto. Su población había llegado a tal nivel de desenfreno de sus instintos que finalmente no se pudo encontrar a diez hombres justos que sirvieran como cuota de bondad que evitara su fin. Y eso que la cifra se rebajó, porque la primera fue de cincuenta personas de recto proceder.

Libertad, libertinaje, libido, libar

¿Tranquilidad viene de tranca?

(Etimología dudosa)

Muchas palabras se definen atendiendo a lo que la sociedad espera que hagan o piensen los individuos. La semántica está repleta de reflejos del miedo colectivo hacia el instinto de cada uno, que además siempre está en riesgo de desaforarse.

Hay una relación etimológica entre libertad y libido, definida esta última como deseo, apetito desordenado y sensualidad. Término vinculado también con la lujuria. 

Libido es una palabra derivada de libere: gustar. Latinismo antiguo que cuajó como libidinoso y como sustantivo: lascivia.

El libertinaje apunta a significados de conducta viciosa, deshonesta, desenfrenada y relajada. Aspecto esencial este de la relajación, que siempre resulta peligrosa. La contención es consustancial a la construcción de la sociedad. El desenfreno hace brotar la esencia de la mismidad de las personas y a esto se le teme. El otro aspecto relevante es el de lealtad (loialté) como forma de cumplir o de faltar a la ley.

Sin querer forzar la etimología, aunque ahora eventualmente lo haré, una palabra vecina es libar, que quiere decir probar o catar.

Para la postura cultural dominante, el libertino manifiesta falta de respeto a las leyes y a la religión. Se trata de personas que prueban cosas sin un mapa o instrucciones previas y con ello atentan contra las buenas costumbres. El libertinaje, desde esta perspectiva, es cosa de inmorales y vagos.

La vagancia es, por cierto, un comportamiento próximo al libertinaje. Vagancia que, Paul Lafargue defiende en 1883 en su obra: El derecho a la pereza, refutando así el derecho al trabajo promulgado en 1848. Lafargue cita en su obra a Lessing cuando dice: «Seamos perezosos en todo excepto en amar y en beber. Excepto en ser perezosos».

Ningún carácter humano está tipificado como delito. Se puede ser antipático, altivo, orgulloso, escéptico o indolente sin enfrentarse por ello a un castigo penal. Sin embargo, la vagancia es la primera categoría subjetiva a la que el derecho asignó penas correctivas. La vagancia es un modo de peligrosidad social y fue perseguida en el sistema jurídico de muchos países europeos así como en Estados Unidos. Las leyes de vagos y maleantes definían el comportamiento antisocial basándose en el alejamiento del trabajo por parte de la persona. Ya dijo Napoleón que «cuanto más trabajen los pueblos, menos vicios tendrán».

Inhibición de la subjetividad y civilización

La constitución de lo social arranca de una fuerza instituyente basada en la modulación e incluso en la prohibición del autoconsumo.

Un ejemplo de lo que estamos diciendo es la inhibición del uso inmediato de las propias mercaderías. La obligación de que cada miembro de la comunidad regale a otro miembro la pieza cazada es lo que consolida el vínculo del clan. En la tribu de los guayaki tenemos un buen ejemplo de esto: tienen prohibido que el cazador consuma la pieza cazada, debe cederla a otro miembro de la tribu. 

Otro ejemplo lo encontramos en la prohibición de la masturbación como experiencia de autoconsumo de placer de la propia sexualidad. Hacia 1710, en Alemania y en 1760 en Francia se producen las grandes cruzadas contra la masturbación.

Este mismo fenómeno explica también la persecución de los poetas en momentos en los que los sistemas sociales entran en periodos de inflamación o estrés. La poesía es la experiencia de autoconsumo de la palabra en su estado más imaginario, sensorial y por tanto, subjetivamente más vital. Etimológicamente, poesía tiene su origen en hacer, en convertir pensamientos en materia. El poeta es el gran hacedor o creador.

En este mismo sentido, suele vigilarse el derecho de reunión que implica la experiencia del intercambio verbal inmediato. Del mismo modo que la improvisación y la creatividad forman parte de este tipo de prohibición en tiempos de crisis social.

Además, si nos referimos a la comunicación pragmática, el significado del poema no está totalmente ni en su texto ni en la intención del poeta, hay una parte que falta y esa la pone el que lo escucha o lo lee. De este modo, nos topamos con el verdadero sentido de la palabra: leer significa elegir. 

Otra característica del lenguaje poético es su cadencia y musicalidad. El ritmo del poema nos permite bajar la velocidad de pensamiento y conectar con nuestro pensamiento sensorial, con las imágenes y sensaciones que pueblan nuestra mente. El sentido más íntimo de la vida es su ritmo. Nuestra inteligencia inconsciente reconoce como bueno el pulso más adecuado. La vida es un ritmo respiratorio y cardíaco, de hambre y saciedad, de fatiga y descanso, de la noche y el día, de las estaciones del año. Desde siempre, una constante en la búsqueda del pensamiento humano ha sido crear la fórmula matemática del ritmo más adecuado para las personas. En definitiva: ritmo, rima y aritmética son palabras que comparten la misma raíz lingüística.

Cosificar, reificar, etiquetar, nominalizar

El lenguaje no solo describe la realidad sino que prescribe el comportamiento. 

(Marshall McLuhan)

La medicina del siglo XIX en los Estados Unidos creó el síndrome de la drapetomanía, que padecían los esclavos de los estados sureños. El principal síntoma de la dolencia era un deseo irresistible de huir. Algo inexplicable, obviamente, para las autoridades médicas de la época y por lo tanto, causado por algún proceso patológico. Drapeta es el término latino para nombrar a un esclavo huido. Otros síntomas eran el descuido en las tareas asignadas y la destrucción de herramientas. 

Cuentan las crónicas de aquellos tiempos que, pese a que los esclavos capturados eran severamente castigados, volvían a intentarlo una y otra vez. Esto daba al facultativo y a la sociedad la dimensión de la gravedad de este trastorno mental.

La etiqueta diagnóstica de muchas dolencias tiene que ver con la denominación de comportamientos más o menos adecuados al ámbito social en el que se desenvuelven. Dicho de otro modo, muchas anomalías comportamentales son definidas en función de su grado de anormalidad o distancia de la norma.

El interés por lo subjetivo tiene su génesis en las investigaciones para el control social. Como consecuencia lógica del avance de las instituciones de tratamiento, entre ellas la escuela, se produce un efecto de incremento de tipificaciones de anormalidad relacionado con el objetivo sistémico de búsqueda de normalización.

Un ejemplo de lo que estamos diciendo puede verse en el discurso psiquiátrico clásico, en el que los trastornos profundos, aptos para el manicomio, se reducían a idiotas e imbéciles. Sin embargo, la tipificación de trastornos se fue especializando mucho hasta llegar a los catálogos de los últimos tiempos. Patologías descritas en modernos manuales de psicología y psiquiatría que cosifican comportamientos y los deslizan desde lo subjetivo a lo a-normal.

Podemos destacar por ejemplo la ergofobia o miedo al trabajo (dolencia que puede intensificarse los lunes o después de las vacaciones).

También llaman la atención tanto el luculianismo como el baquismo: inclinación a comer y beber bien, respectivamente (que pueden tornarse epidémicas en las vacaciones y el tiempo libre). 

Se habla también del trastorno de hedonía. Definido como la necesidad incontrolable de satisfacer necesidades personales y de obtener una agradable sensación de satisfacción (en ciertos contextos puede considerarse una necesidad básica).

La yatrofobia o temor a los médicos (que quizá textos como este estén despertando en el lector). 

Sin abandonar el tema de la salud podemos hablar de disponesis, o la sensación de no sentirse enfermo, pero tampoco bien del todo. O la hipergelontotropía, dolencia en la que el sujeto manifiesta un desarrollo excesivo del sentido del humor. (En todas las cuadrillas de amigos debería haber al menos uno).

En otro sentido, se pueden citar la tanatofobia relativa al miedo a la muerte y la fobofobia, o miedo al miedo.

Estas categorías diagnósticas amenazan en su definición e incluso nos previenen del exceso ¿hasta dónde puede llegar su gravedad? Esta es la cuestión central.

¿Puede haber una resonancia de todo esto con el libertino? Un buen ejercicio podría consistir en definir el término en el contexto de la creatividad literaria. Desde esta perspectiva ¿podríamos hablar del comportamiento libertino como la conducta que apunta al componente que le falta a una sociedad determinada? ¿Del mismo modo que la oveja negra es quien se hace cargo de la sombra familiar?

Como ya hemos dicho, el diagnóstico por etiquetaje congela el problema existencial del sujeto por medio de la nominalización del proceso. Una cosa es decir que una persona tiene respuestas retadoras y otra bien distinta es decir que sufre un trastorno negativista-desafiante. En este último caso le será más difícil ser complaciente. Es como si faltara a un aspecto constitutivo de su identidad. Si esta sustantivación se hace en una lengua que supere el ámbito del lenguaje cotidiano, como por ejemplo el latín o griego, el efecto es más potente.

La cuestión es que el que nombra los problemas o bien es quien tiene en la mano la clasificación de las soluciones, o bien se hace eco del discurso convencional sobre este aspecto.

Normalmente, la tipificación y clasificación de etiquetas suele coincidir con el abanico de recursos que el campo institucional tiene para resolverlos. 

En muchas instituciones las clasificaciones de la población atendida responden a las necesidades de supervivencia de la propia institución. Las listas de inadaptados ofrecen la visión del problema desde la perspectiva del sistema que los trata o los rehabilita. Se puede citar, por ejemplo, la siguiente tipología elaborada por el personal de ciertas escuelas estatales para niños con dificultades de inserción social en Estados Unidos:

Hiperactivos, espásticos, vomitadores, fugitivos, pestes, muchachos de comedor, muchachos trabajadores, favoritos, testaferros, tramposos, arrebatadores, ensuciadores, vegetales, mal educados y peleadores.

La tipología habla del tipo de clientes de los que la institución debe defenderse y el efecto más perverso de esta cosificación es la conversión de procesos en objetos, la interpretación de síntomas como  si fueran cosas:

—Doctor, tengo una depresión.

— Y ¿la ha traído?

De la biografía al caso

La buena o mala relación entre lo individual y lo colectivo puede dar como resultado o bien un aprendizaje profundo y significativo o, por el contrario, un síntoma que produce inadaptación. Esto quiere decir que la identidad individual se asigna por parte de la comunidad. Primero en el lugar que ocupamos en el sistema familiar, luego es confirmado por los grupos sociales de referencia. La persona puede reformular el lugar asignado pero la construcción de la identidad parte de esto.

La raíz de lo que estamos diciendo es profunda. La aparición de la modernidad como fenómeno digno de análisis de los historiadores está ligada a la incapacidad que tienen los sistemas políticos para controlar a sus súbditos mediante la fuerza. 

Las relaciones humanas colectivas evolucionan desde la coacción por medio de la fuerza física al sometimiento psicológico: en un momento determinado, los gobiernos dejan de tener los efectivos coercitivos necesarios para ejercer el control y necesitan que cada ciudadano se autorregule. 

Se apela al psiquismo de los ciudadanos para que ejerzan el freno de su propio principio del deseo, en aras de la imposición del principio de la realidad. Una realidad elaborada y presentada desde el exterior al sujeto, desde el ámbito sistémico de la sociedad, desde el terreno de la objetividad y la normalización. Es la génesis de la corresponsabilidad política de todos los ciudadanos en las decisiones del Estado. La docilidad de cada sujeto es mucho más efectiva que el control institucional. 

Es esencial conocer el funcionamiento psíquico de las personas para lograr que se autorregulen. Este es el principio del panóptico que Bentham diseña en el siglo XVIII y se basa en que las personas se comportan como se espera de ellas cuando se sienten observadas. Piénsese en la torre central de una prisión. La efectividad del fenómeno aumenta si el sujeto no sabe cuándo le están observando, de ahí la utilización de cristales oscuros o espejos unidireccionales como sistema de vigilancia.

El panóptico debe ser entendido como un artefacto que busca la docilidad y nos remite al triángulo que enmarca el ojo divino y cuyo título reza: «dios te ve». Símbolo que ha estado presente en los calabozos carcelarios desde tiempos inmemoriales.

La primacía de lo objetivo condena al ser humano a la fantasmatización de su deseo. Lo subjetivo es desterrado al inconsciente y lo importante es la adaptación a la norma. El código narrativo de la identidad ha cambiado. El relato épico de las hazañas de los grandes hombres ha dejado paso a la búsqueda interior que describe la novela. En términos lacanianos, la persecución de la propia identidad se basa en comprender la travesía del fantasma. Cuando el sujeto vive la pulsión de su deseo como una amenaza exterior significa que su biografía se ha convertido en un caso para ser analizado.

Lo que falta en el texto está en el contexto

De algún modo, la externalización del síntoma supone un proceso de alienación, una renuncia del ser humano a habitarse a sí mismo, un exilio del propio centro vital. 

Pero cuando esto ocurre, la pulsión humana insiste en manifestarse. Como dijo Freud: «Todo pensamiento se abrirá paso en la conciencia a condición de que se niegue». En consecuencia, es conveniente conocer los comportamientos más libertinos para saber lo que la sociedad que los contiene prohíbe. Porque no existe una conducta estrictamente autodestructiva. Más bien, lo que ocurre es que las conductas más fronterizas con la moral apuntan a lo que le falta a esa sociedad. Y es que, el fin último u objetivo más importante para un sistema social es su autoperpetuación. Por eso, cuando se pone el acento en algo, de modo excesivo, su polaridad contraria comienza su aparición en el campo de la conciencia.

Cuando la sociedad defiende un modelo limpio, ordenado y de buenas costumbres, las nuevas generaciones incuban metáforas antagónicas. Este fue el caso de la génesis del fenómeno punk.

En consecuencia, lo más saludable es que cada elemento del sistema tenga un lugar dentro de él. Ya que hay que saber que todo lo excluido, negado o sancionado regresará con fuerza en busca de su lugar y lo hará inicialmente a modo de recuerdo. Si se lucha contra él, se transformará en sueño o pesadilla y si se niega, se presentará en modo de síntoma. Todo lo sentido, pensado o evocado debe estar, porque obedece a una intención beneficiosa para el sistema.

En consecuencia, el libertino nos indica la dirección a la que hay que mirar para recobrar lo que ha sido excluido.

El modo en que el niño o el púber procura obtener un lugar en la sociedad nos ilustra lo que estamos diciendo: en primer lugar lo hace mediante la identificación positiva. Esto es, aprendiendo las prácticas y rituales de su clan y obteniendo la aprobación de este. Pero si no lo consigue, lo hará mediante la identificación negativa. Como si dijera: «Si no me veis por las buenas, lo haréis por las malas». 

Llegamos al libertinaje como manifestación de un deseo. Podemos calcular el grado de represión de una sociedad por la expresión de sus comportamientos calificados como libertinos, también llamados decadentes. Pero, ¿decadente es el comportamiento del libertino o el del marco social que lo acoge, lo constriñe y lo reprime?

Yo a buenas soy muy buena, pero a malas soy mejor.

(Mae West)

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7 Comentarios

    • Sí, gracias por el comentario. También soy muy foucaltiano. Solo que esta vez el enfoque quería hacerlo sobre la evolución histórica que abordan autores como Norbert Elías y su visión de la historia de la civilización. No obstante, le agradezco la visión

  1. Si nos atenemos a las raices etimológicas, no hay dudas de que libertino sería el más aconsejable. Además de evocar el gusto tiene una valencia extensiva tridimensional, o cuadridimensional si vamos más allá de las experiencias sensoriales. A nuestros padres no podemos reprocharle elegir Indivisible, el individuo nuestro que actualmente no nos representa: en aquellos tiempos ni sospechaban de la dinámica de nuestra siquis. Desvariando diría que sucedió lo mismo que con el ET: nos clasificaron sin saber lo que somos. Persona, si significa originalmente máscara seria más apropiado. A mi parecer, y con los tiempos que corren, a este artículo le faltaría una aclaración en la cual se digera que todas esas bizarras patologías fueron hechas con la visión particular del varón, y sabiendo que seré aburrido, trascribo la sincera opinión de género de un famoso ginecólogo cuando enfrentó el problema del cerebro masculino con respecto al femenino. “Según muchos estudiosos el cerebro masculino y el cerebro femenino no son idénticos, y esto se debe a que sobre ellos actuan diferentes factores, tanto genéticos como hormonales. Del punto de vista morfológico, el cerebro masculino se caracteriza –lo encontramos en todos los libros de medicina- de una mayor asimetría. Y esto es algo que hace pensar: los libros de texto de medicina que he consultado (una decena) fueron escritos por hombres y no tengo ninguna posibilidad de saber qué habría escrito una mujer, pero me pregunto si no hubiera sido más lógico escribir el contrario, o sea que el cerebro femenino es más simétrico que el masculino. Pero esto quizás es una prueba de la asimetría de la cual estamos hablando”. Muy buena lectura no obstante.

  2. Hola
    de este anecdotario hay palabras que no he encontrado o no significan lo mismo, agradecería alguna fuente.
    Gracias!
    disponesis: no encuentro ningun significado que se parezca al que se ofrece aquí.
    Luculianismo: lo veo como adjetivo, no como un síndrome. Es como decir que “toledano” está visto socialmente como un desorden y que hay que ver, como es la medicina institucional, que de todo hace síndromes.
    hipergelontotropia: Bien! he conseguido que google por fin me diga que no puede ofrecerme resultados
    -Segun el texto se sugiere, sin explicarlo del todo, que las etimologías de libertad y libido son comunes, pero no encuentro bibliografía al respecto

    • hola, Este libro ofrece alguna pista al respecto Mc Dermott, I. y O´Connor, J. (1996). Neurolingüística para la salud. Barcelona: Urano. Gracias por el interés

  3. También pueden servir como referencias las siguientes:
    Is grieff an illness. Editorial en Lancet, 2 (1976). P. 134.
    Shukla, G. “Asneezia: ahitherto unrecognised psychiatric sympton. British Journal of psichiatry, 147 (1985). Págs. 564-565
    Sweet W. Obrador, S. y Martín Rodriguez, J. (Eds.) Neurological Treatment in Psyquiatry, Pain and Epilepsy, University Park Press, 1977.

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