Antonio Palacios: fantasmagorías madrileñas

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Antonio Palacios
Cariátides del Banco Español del Río de la Plata. (DP)

Las calles y los edificios no son meras escenografías, tenues decorados que vigilan o flanquean nuestros paseos por la gran ciudad. Tienen una función mucho más sustancial y decisiva: se convierten en la materialización prefigurada de nuestras ilusiones, ensueños y quimeras (no en un orden de causas y efectos, sino en una dimensión más huidiza, sutil, intangible, pero también inagotable).

Las ciudades son los sueños evanescentes que nos hacen soñar lo que somos. Configuran los contornos de nuestra imaginación, se nos meten por dentro, de manera inadvertida, y nos van haciendo lo que somos. Por raro que parezca, somos nuestra ciudad.

Aunque casi nadie conoce su nombre, Antonio Palacios Ramilo (Porriño, Pontevedra, 1874-El Plantío, Madrid, 1945) significó para Madrid tanto o más de lo que el archifamoso Gaudí representa para Barcelona. Hacedor de grandiosas fantasmagorías, Palacios es el creador de algunos de los iconos más representativos de la capital de España en el siglo XX; se trata, probablemente, de la persona que más contribuyó a transformar el «poblachón manchego» que decía Azorín en una gran ciudad moderna, monumental y cosmopolita. 

Los espectros nacidos de su cerebro, un conjunto fabuloso de diseños, proyectos y edificaciones, han ido forjando la conciencia de sus habitantes, delineando nuestros pensamientos, marcando el paso —fingido o renqueante— de nuestra personalidad.

1. Palacio de Cibeles: el transatlántico merengue 

Comencemos nuestro paseo en la plaza de Cibeles, segundo centro neurálgico de Madrid (el primero, claro está, es la Puerta del Sol). Sea de día o de noche, haga frío o calor, domine el sol abrasador o la violenta lluvia, esta plaza es un hormigueo constante de caos y vida, de tráfico e impaciencia: peatones, semáforos, motores, luces, cláxones, rostros… Los chorros de la fuente no dejan de brotar bajo la mirada de la diosa.

En 1904, con treinta años de edad, Palacios ganó —junto a su socio Joaquín Otamendi— el concurso público para la construcción de la nueva casa de Correos. Diseñó un portentoso edificio ecléctico, con reminiscencias barrocas, modernistas y neoplaterescas, que se ha convertido en emblema indiscutible de la ciudad. Para gestarlo Palacios se inspiró en la que consideraba la obra arquitectónica más perfecta y acabada: un transatlántico1. 

Pronto los madrileños, burlándose de su majestuosidad catedralicia, lo empezarían a llamar «Nuestra Señora de las Comunicaciones». Ciertamente, tiene aspecto de catedral profana, coronada por varios torreones flameantes, como una tarta gótica de merengue. Su fachada, que traza un pase de pecho admirativo ante la diosa Cibeles, recuerda levemente —sobre todo en los días de esmog— al londinense palacio de Westminster, brumosa sede del parlamento inglés. Pero por encima de todo es un inmenso transatlántico que surca el centro de la ciudad y sirve de decorado a todo tipo de festejos, huelgas, manifestaciones de protesta, desfiles del orgullo gay y celebraciones futboleras (nacionales o madridistas); además, cualquier excusa parece ser válida para llenar la fachada con hologramas o mancharla de colores. Por si fuera poco, en este entorno se circunscriben las cabalgatas de nuestra infancia, evento nada baladí, hito central en cualquier biografía carpetovetónica. 

No diríamos que es un edificio bonito, pero desde luego produce asombro. Tal vez la gran verdad sobre el Palacio de Cibeles la expresó la hija de Rafael Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite cuando, paseando un día por allí con sus padres, ante las imprecaciones de estos («¡Qué edificio más feo!», «¡Qué cosa más horrible!»), repuso con la inocencia afilada y feroz de los niños, tantas veces certera: «Sí, pero ya veréis cómo algún día se pondrá bonito». Y quizá ahora se haya cumplido la profecía.

Tras una serie de reformas, este lugar se convirtió en 2007 en la sede oficial del Ayuntamiento. El impresionante vestíbulo, inspirado en la planta del Palacio de Cristal del Retiro, todavía conserva las antiguas ventanillas de correos bajo las cúpulas acristaladas. Aquel espacio industrial, científicamente concebido para la eficiente distribución de la correspondencia, se ha convertido en un lugar de exposiciones. También puede uno tomarse un cóctel en la terraza de la azotea, contemplando la preciosa panorámica desde lo alto. 

Lo más bonito del edificio, para mi gusto, es  el pórtico de los buzones, en el paseo del Prado, con su añeja distribución geográfica («Madrid capital», «Barcelona capital», «Otras capitales de provincia»…). Y el patio de coches acristalado que comunica Alcalá con la calle de los Madrazo.

Por la noche, iluminados los vanos de las ventanas como una colección de ojos tétricos, el transatlántico multiplica su misterio.

2. El Círculo de Bellas Artes: una ciudad vertical

Subiendo Alcalá desde Cibeles, por la acera izquierda, nos topamos con una estilizada figura que apunta hacia lo alto: el Círculo de Bellas Artes. Se trata de una ciudad vertical, una oda de amor al aticismo, fruto de un impulso arrogante, casi babilónico, de conquista del cielo de Madrid. Aunque a veces se le ha acusado de «monumentalismo hueco», este amago de rascacielos que recuerda poderosamente al Downtown Athletic Club de Nueva York es mi obra preferida de Palacios.

En la exposición que le dedicaron hace una década en el CBA al arquitecto gallego se podían ver los planos, dibujos y esbozos de este proyecto. Era impresionante. Palacios diseñó un organismo vivo de gran complejidad, repleto de detalles, con numerosos elementos interconectados: por ejemplo, la cúpula del salón de baile se convierte en una pequeña fuente en la planta superior. Todo un entramado de plantas en homenaje a las bellas artes: el pórtico del edificio, con su amplio arco, permitía el paso de carruajes y peatones; la planta baja, con sus vestíbulos, el salón de exposiciones, las salas de conversación y un mirador; el entresuelo, dedicado a la vida íntima y relajada de un club de juego (con billares, tresillos…); la planta principal, destinada a las grandes fiestas, con diversos salones, pinturas murales, mármoles y bronces; la biblioteca, con apartados para la escritura, la lectura de periódicos y el salón de estudio, además de la sala de ajedrez y la de audiciones telefónicas; el ático, con una sala de recreos y un lugar de reunión para la junta directiva; por último, dos plantas de terrazas, una destinada a los comedores y cocinas y otra dedicada a los estudios de bellas artes, con espacio para las clases de escultura, pintura, arquitectura, arte decorativo, grabado, fotografía, música y literatura. Por su parte, el sótano estaba destinado a la cultura física, con un gimnasio, una piscina de natación, una sala de esgrima, baños calientes, etc.  

Ahora se ha convertido en un lugar de exposiciones, conferencias, presentaciones de libros… También hay anexos un teatro y un cine. Y alberga la fiesta de carnaval más famosa de la ciudad. En la «pecera» de su cafetería toman el aperitivo los intelectuales más lustrosos, en compañía de la estatua El salto de Léucade de Moisés Huerta

Imprescindible: subir a la azotea a contemplar la panorámica de Madrid, como un inmenso puerto marítimo azotado por la brisa. Destacan allí las escaleras de caracol de hierro forjado y la marcial Minerva, las mismas que sirvieron de escenario a una trepidante persecución en Beltenebros, la película de Pilar Miró inspirada en la novela homónima de Muñoz Molina.

3. Banco Español del Río de la Plata: el templo de las cariátides 

Enfrente del Círculo, en la esquina de las calles Alcalá y Barquillo, se halla el Banco Español del Río de la Plata, más tarde Banco Central Hispano y actualmente sede del Instituto Cervantes. Por donde en otro tiempo pasaban los tranvías, ahora sube y baja un río de coches, motos y autobuses, a veces salpicados por la luz del sol, a veces fulgurantes bajo la lluvia.

En la puerta, cuatro preciosas cariátides de pechos moderados dominan la perspectiva. Las modeló el escultor Ángel García, colaborador habitual de Palacios. Pasear por allí con espíritu tranquilo, sin el habitual estrés, es como rozar levemente el espíritu de Atenas. Completan el exterior un enorme zócalo, columnas gigantes, cristaleras, rejillas…

En el interior, una amplia zona diáfana cubre desde el suelo hasta la vidriera de la cúpula, conformando un gran cubo de aire y luz cenital. La enorme caja fuerte nos retrotrae a las películas de cine negro de los años 30: un paraíso para cualquier atracador en serie con sensibilidad estética y sentido del espectáculo. Donde antes estaba el dinero, ahora está el idioma, las palabras. Todas las tardes se escucha el toque de queda del vecino Cuartel General del Ejército, sito en el Palacio de Bellavista.

Se cierra así un triángulo espectacular —el Palacio de Comunicaciones, el Banco del Río de la Plata y el Círculo de Bellas Artes— que es fundamento ancilar de la Gran Vía2.

4. El Metro: la ciudad subterránea

Metámonos bajo tierra, donde la vida hace suspenso y se rumian los recuerdos como en una segunda posibilidad de todo, siempre imposible. El Metro es la ciudad subterránea por la que pasan al año más de seiscientos millones de viajeros.

En 1917 Antonio Palacios se convirtió en el arquitecto de la Compañía del Ferrocarril Metropolitano Alfonso XIII, cargo que conservaría durante más de veinticinco. Colaboró en la construcción de las cuatro primeras líneas y se encargó de diseñar las estaciones y sus accesos, así como las distintas subestaciones eléctricas que están repartidas por la ciudad (que ahora, abandonadas, nos llaman la atención por su aire misterioso, industrial y decadente).

Hemos pasado tantas horas viajando como zombis por la ciudad subterránea que quizá no hayamos reparado en los vestíbulos, las bóvedas, los azulejos blancos biselados, las barandillas de hierro enroscado… todo surgido de la mente de este hombre. También se le atribuye el diseño del logotipo del Metro, ese famoso rombo de bordes rojos y letras blancas sobre fondo azul que nos ha acompañado toda la vida. 

La estación más lujosa era, cómo no, la de la Puerta del Sol, con un vestíbulo suntuoso, ascensores y escaleras (los planos dibujados por Palacios parecen nacidos de la mano de Escher). Algunas bocas de metro, como la de Tirso de Molina, se rodeaban de elegantes balaustradas de granito y se adornaban con una enorme farola anunciadora, ya tristemente desaparecida. 

Otra gran pérdida han sido los templetes de hierro y cristal que servían de acceso a las estaciones de Puerta del Sol y Gran Vía, con su elegante marquesina de vidrio de aire neoyorquino. Por cinco céntimos podía uno subir o bajar en los amplios ascensores. Nunca nos repondremos de esa ausencia. El esqueleto pétreo del templete de la Red de San Luis («esa ermita laica y cuadrada», Umbral dixit) se puede ver actualmente en un parque infantil de Porriño, pueblo natal del arquitecto, si bien ha perdido la visera de la marquesina.

Antonio Palacios
Hospital de Maudes. (DP)

5. Hospital de Maudes: el panóptico de Vlad Teppes

Salimos del Metro en Cuatro Caminos, bajamos un corto trecho por Raimundo Fernández Villaverde y nos encontramos con un edificio tremendamente lúgubre y enigmático. 

Su nombre oficial original es Hospital de Jornaleros de San Francisco de Paula y fue construido por iniciativa filantrópica de la viuda de Curiel, una rica benefactora. De piedra caliza y cerámica, con vidrieras emplomadas y zócalos de cantería granítica, el sanatorio tenía capacidad para ciento cincuenta camas y su diseño supone un dechado de simetría y perfección, con un módulo central al estilo panóptico. Los distintos espacios de los enfermos se comunicaban mediante un entramado de galerías y escaleras que permitían pasar la corriente de aire limpio. El vacío fulgurante de sus jardines y patios transmite serenidad y luz. Una iglesia preside el conjunto.

Se imagina uno al conde Drácula dirigiendo aquella legión de moribundos, deslizándose de noche por los pasillos (con la luna llena al fondo y una estela de murciélagos siguiendo sus pasos), organizando transfusiones múltiples, bebiendo sangre de los goteros, viendo salir en tropel —con los colmillos afilados— a los niños del colegio público cercano. 

El devoto que acude a misa los domingos tiene la sensación de estar adentrándose en un santuario vampírico, casi satánico.

6. Proyectos no realizados. Edificios comerciales y de viviendas 

Si toda la obra de Palacios tiene cierta aura fantasmal, onírica, en sus proyectos irrealizados o irrealizables este carácter resulta mucho más acendrado: el Casino de Madrid, una mixtura entre la catedral de Santiago y un palacio veneciano; el faraónico proyecto del Palacio de las Artes, en la plaza de Colón; la reforma de la Puerta del Sol, el nuevo Salón del Prado y la Gran Vía Aérea sobre el Manzanares, etc. Un caso muy curioso es el proyecto de un hito de seis metros, en piedra caliza y mármol, que marcaría la línea divisoria entre dos hipotéticos Estados, como símbolo de la paz.

También son espectrales sus edificios derribados, que solo podemos ver ya en fotografía, como el chalet del conde la Maza, uno de los tantos palacetes desaparecidos en el paseo de la Castellana por la incuria de los gobernantes3, o el Hotel Florida, en la plaza de Callao, donde Hemingway escribía sus artículos durante la guerra civil.

Por último, no hay que olvidar que Palacios levantó también importantes edificios comerciales y de viviendas en el centro de Madrid (aún vigentes): Gran Vía, Cedaceros, Arenal, calle Mayor, Alcalá, Velázquez, la Castellana, Viriato… Y finalmente, con medidas mucho más modestas, diseñó su propio hogar, una casita en El Plantío, donde moriría en 1945.

7. Sanatorio de la Fuenfría: la materia de los sueños

Tachado en ocasiones de monumentalista y grandilocuente, Antonio Palacios proyectó símbolos de materia para consumo de las personas, contribuyendo de manera notable a la iconografía esencial de la capital de España. El propio Palacios reconocía su pretensión de realizar «una revolución esplendorosa del viejo Madrid del centro» mediante una arquitectural sinfonía heroica, «por su prestancia clásica, por la significación escultórica y aun por la nomenclatura de calles y plazas».

Hay un exceso evidente en sus edificios: las dimensiones, las decoraciones, la mezcla de estilos… Pero es un exceso que no nos empequeñece ni deshumaniza. Es un exceso diseñado a la medida de nuestros sueños. Y, como decía Shakespeare en La tempestad, estamos hechos de la misma materia que estos.

Llegado el final del paseo, solo nos queda rescatar del armario una manta de cuadritos escoceses y dirigirnos en peregrinación, como los decrépitos personajes de La montaña mágica de Thomas Mann, al sanatorio de la Fuenfría (otra creación de Palacios, situada en plena sierra del Guadarrama), para dejarnos morir lentamente y descansar sin nostalgia de tanto sueño malogrado. 

Retomando para siempre nuestra más íntima condición: la de fantasmas.

Antonio Palacios
El palacio de Cibeles. (DP)

Notas

(1) Así explicaba el propio Palacios en 1920 su fascinación por los transatlánticos: «A la estabilidad, al equilibro de la nave en sí misma, hay que añadir el equilibrio perenne sobre las aguas… Y fíjese qué arquitectura más complicada, y qué rara distribución la de esos maravillosos palacios flotantes. […] ¡Es el mayor adelanto de la arquitectura!».

(2) No todos contemplaban con complacencia estas creaciones. En un texto incendiario de 1934, Ramón María del Valle-Inclán exigía su total demolición: «Es una vergüenza. Hay que derribar inmediatamente ese Círculo de Bellas Artes, y ese Ministerio de Instrucción Pública, y ese Palacio de Comunicaciones, y medio Madrid… Lo bonito de las revoluciones es lo que tienen de destructor. Se ha dicho mucho sobre la quema de conventos, pero la verdad es que en Madrid no se quemaron más que cuatro birrias que no tenían ningún valor. Lo que faltó ese 14 de abril, y yo lo dije desde el primer día, es coraje en el pueblo, que no debió dejar ningún monumento».

(3) Véase el libro Los palacios de la Castellana, Turner, Madrid, 2010.

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