Marismas y el canal de los Presos: la ruta del desasosiego

Publicado por y Laureano Debat
Fotografía

Compañía de Transformación y Explotación de Marismas, S.A.

Cotemsa. Un pueblo de recorrido corto: fábrica, cantina y casas. Pocas casas. Un escenario fantasma convertido en turismo de cine, el suelo hecho aún de tierra y las fachadas desconchadas. Un sitio pensado para trabajar, beber, volver a trabajar y a beber, dormir y soñar dormir, mayormente olvidarse de todo excepto de la producción. Hoy es una mancha sórdida en la carretera y uno de los escenarios de La isla mínima, la ventana que Alberto Rodríguez abrió para que nos acercáramos a los territorios secretos de las marismas. A sus miedos y sus contradicciones, a su infinitud eterna. 

A un lado del coche, los restos de Cotemsa, al otro, la sangre sepultada en el cemento de un canal, el sudor impregnado en los nuevos pueblos de colonización, el verde extendido en dirección al mar. Reverbera en el salpicadero el sonido electrónico de Pirámide, que interviene el paisaje, que abre paso a la tradición en sus letras y que empuja y lucha por resquebrajar el silencio. Nos bajamos del coche. Ahora solo se escucha el viento y nuestras pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo factoría del arroz Brillante. Nos asomamos a la reja que cierra el acceso al edificio abandonado donde antes funcionaba la fábrica. Cruzamos la carretera y bordeamos el caserío, con dos o tres casas que parecen habitadas y con el resto que ratifican su abandono, incluido el puesto de la vieja cantina, una oferta difícil de rechazar para los obreros, una invitación a gastarse el jornal en alcoholes malos. No hay mucho más que hacer aquí que contemplar ruinas. Reanudamos el viaje y la playlist de Pirámide. 

marismas y Canal de los Presos
Cotemsa. Canal de los Presos

Toca hormigón

«El Caná vale pa to. El Caná… Ahora mismo vale pa regá, pa ponerte ciego o pa hacé deporte». Una voz oscura envuelve el habitáculo del coche y, detrás, la carretera se colma con demasiados vehículos rumbo a las playas de Cádiz. Nosotros seguimos el trazado de las canaletas, de los vasos comunicantes del agua de regadío, de los cientos de brazos hechos de un cemento duro y bastante sucio, de sudor enterrado y colocado junto a la inmensidad de la marisma. «Hay gente que coge y se va por la pata del Caná a hacé bicicleta, a corré,… o te vas a hacé una rave, ahí a La Muerte al Litro,… El Caná… El Caná vale pa to». Cruzamos ciclistas, corredores y paseantes, todas las escalas del ocio deportivo de un domingo soleado por la mañana. Hasta que nos deslumbra el skyline del embalse, la cantidad de piragüas cubiertas de lonas y un sendero de tela sintética que trata de imitar al césped y que busca funcionar como una suerte de alfombra de bienvenida. 

El embalse de Don Melendo marca el final del canal de los Presos y esa manera española de mirar hacia otro lado. «Lo de la concordia está inmerso en la cultura española y se basa en evitar mostrar lo que realmente pasó. Pero si tú lo sabes y yo lo sé ¿por qué no podemos decirlo delante de todo el mundo? Simplemente porque alguien se puede molestar de escucharlo. Y ya es tiempo de que la gente se moleste», dirá Antonio, uno de los Pirámide. Hoy el pantano es un espacio para aquellos que buscan aire puro, pero también para el turismo friki, el turismo histórico o como se llame lo que estemos haciendo nosotros aquí. «A partir de nuestro EP el mensaje ha llegado a más gente. Yo quedando con gente de mi edad y de círculo y preguntarle: ¿tú sabes que esto ocurrió aquí? Y normalmente les suena un poco cuando se lo cuentas, pero no es algo que la gente lo tenga presente normalmente: o se le olvida o directamente no lo sabe», agregará Karvy sobre el primer EP del grupo, titulado El Canal de los Presos

Desde la oficina de la comunidad de regantes, en el punto mal elevado del paseo, se puede apreciar la dimensión del pantano. En la pared que desciende hasta el agua hay una pequeña plantación de uvas que cuentan con un extraño sistema sonoro para espantar a los pájaros, haciendo el sonido de un tiro de aire comprimido sin proyectil, solo el aire. El entorno es silencioso y relajante y las vistas tan panorámicas que poco importa la persistencia de las moscas alternándose de la fruta pasada a la caca de perro sin recoger. Tanta cantidad de árboles, el canto de los pájaros, una piragua moviéndose bajo el sol y dejando su estela sobre el agua plateada: todo asemeja a un paraíso natural si no fuera por eso mismo, porque asemeja pero no es, porque imita. Y lo hace con mano de obra esclava en campos forzados de trabajo. 

Volvemos al coche, ponemos en marcha el motor y el equipo electrónico nos recuerda, de manera automática, nuestra elección, la banda de sonido que elegimos para este viaje: «Si andas por el Canal de los Presos/ toca hormigón / Piensa quién te trajo aquí».

marismas y Canal de los Presos
Embalse de Don Melendo.

Trip hop en las marismas

Nos gustaría decir que nos estamos metiendo en el medio de las marismas, pero no sabemos si es correcto asegurar que esta geografía extraña del sur tenga un medio, un corazón, un centro o una esencia propiamente dicha. Y tal vez ahí radique su atracción, en ser un enorme lago formado por la desembocadura de un río que se convirtió en fangal con suelo salino y que se debate entre la ausencia de vegetación natural en algunas zonas y la proliferación de una vegetación tan vasta que ni siquiera sirve para alimentar los animales. Historias dentro de otras historias, pueblos que se crearon con la finalidad de domar este suelo, pantanos que fueron esperanza y sufrimiento.

En Vetaherrado nos tomamos un café con Maica y un zumo con su hija y su nieto, en el único bar del pueblo frente a la iglesia que no se usa pero que todavía no han tapiado. Ahí, Maica hizo su comunión y se casó. Ahí, su nieto fue el último bautizado del pueblo, en esa iglesia cuya torre alguna vez fue blanca y que ahora se descama dejando a la vista su cemento. Damos un paseo en familia: a un lado de la carretera, los arrozales; del otro, las parcelas de los colonos con algodón y remolacha. En el fondo, la mano del hombre luchando contra la naturaleza salina de las marismas. Maica cree que su abuelo biológico trabajó en el canal de los Presos, pero no lo puede confirmar y, además, dice que aquí no se habla de eso. 

Volvemos al coche y a Pirámide, a su segundo EP, Furtivo, con la portada de un fondo violeta con unas ondas que se mueven entre el sonido y el pantano salado, sobre las que un campesino fosforescente inicia una deriva, o tal vez la acabe o quién sabe cuando empiece o termine algo en la marisma. «Un beso no es de onda triangular/ Tu sonrisa no puede oscilar/ ¿Esa mirada en qué nota va?/ ¿Cómo se envuelve tu claridad?», canta Claudio en «Rebaba», primer corte del EP. Lo furtivo: lo que se hace a escondidas o de manera disimulada y, también, el que caza sin permiso. La rebaba: ese trozo de materia sobrante que hay en un objeto cualquiera y que sobresale de manera irregular. Claudio nos dirá que son canciones más intimistas que las anteriores, más electrónicas y profundas, otra vez la raíz y el folclore «pero más quizás en la letra y en el modo que en la forma». Y Antonio intervendrá: «Habla de esa soledad que tú sientes cuando te metes en la marisma. Encontrarte solo en una inmensidad tan grande». Y Karvy agregará: «Un policía que te esté buscando se va a perder porque es un desierto enorme con agua». 

Dentro del coche, la materia sobrante: «Las rebabas despreciadas/ Son las únicas que rebotan luz/ Guarda en cristal/ El señor tiempo en tarros de cristal/ Guarda en cristal/ Nuestras rebabas no paran de arpegiar». En alguna pantalla anterior, las imágenes del videoclip, con paisajes de las marismas, ventosas, desiertas, y un cuerpo humano sin rostro, casi fluorescente, en posiciones de danza contemporánea, acentuando diferentes estados de ánimo con su coreografía: incomodidad, juego, fiesta, incertidumbre. A medida que cae la tarde y la luz se va haciendo más tenue, los mosquitos se adueñan de la inmensidad y empiezan a chuparnos por docenas, centenas tal vez, con total paciencia después de aparcar y recorrer Marismillas. Nos esperarán en San Leandro y también en otros pueblos nuevos y viejos levantados alrededor de las marismas, algunos comunicados por paradójicos caminos secos de tierra y polvo, atravesados por el cemento del canal. Y cuando llega la noche, la inmensidad ahora se vuelve más invisible que nunca y pensamos cómo se sentirá la soledad aquí, quienes serán en carne y hueso esos hombres fosforescentes de la portada de Furtivo. Cómo será agazaparse y ser perseguido, la incertidumbre de no saber a dónde huir ni por donde vendrán. El desasosiego en su esplendor absoluto.

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Pirámide en las marismas.

El vídeo, el libro y el documental

«¿Tú te imaginas celebrar una boda en Auschwitz? Aquí la gente se casa y celebra comuniones en el cortijo de Los Arenosos, que fue un campo de concentración. O celebran raves debajo del canal». Una voz distorsionada y grave pregunta y responde, la silueta difuminada de un hombre se mueve en una estética cargada de distopía y de imágenes de presos trabajando en un canal cuyos brazos de cemento transcurren invisibles y extendidos por todos los pueblos de las marismas. Antonio reconocerá que quizás los textos sean un poco exagerados y que, a veces, las comparaciones son odiosas, pero estaban buscando una manera atractiva de llegar con el mensaje y, al fin y al cabo, eran campos de trabajo forzados. Claudio lo ratificará: «Y yo voy a la boda y hay ciertos momentos que me pongo como todo el mundo, como a nadie le importa ya está ¿no? Pero sé lo que pasó ahí. Y creo que es de ley que lo sepamos todos los que vivimos cerca. Es que no hace seiscientos años, es que hace nada que pasó». 

En un capítulo del libro El canal de los Presos (1940-1962). Trabajos forzados: de la represión política a la explotación económica (Crítica), Reyes Mate también se refiere a Auschwitz dentro de la paradoja de la negación del crimen dentro del crimen: «Auschwitz no remite solo a la liquidación física de seis millones de judíos, sino que también señala un proyecto de silenciamiento y destrucción de todo rastro del crimen. Era el mayor desafío a la memoria». Según este volumen que, probablemente, sea la investigación más completa sobre el tema, no hay una cifra exacta de la cantidad de presos que pasaron por la construcción de esta obra faraónica, ni a quienes se fusiló por incumplir órdenes ni cuántos murieron accidentados o sufrieron torturas físicas y psicológicas ni tampoco cuantas personas acabaron en otras colonias penitenciarias para pasar hambre y sed, soportar cientos de piojos y garrapatas o ser juguetes de los carceleros en simulacros de fusilamientos.

El libro recoge algunos testimonios de sobrevivientes. A Gil Martínez Ruiz siempre lo conocieron en Los Palacios como «el Preso», nunca se pudo escapar realmente del campo de concentración y se llevará el estigma hasta la tumba. A todos los obligaban a cantar el «Cara al sol» con el brazo alzado y a rezar, gente de izquierdas y profundamente atea, sometida no solo a trabajos a destajo sino a diferentes mecanismos de humillación. «Todos los días ponían en el cuarto donde estaban los jefes de funcionarios un cartel que anunciaba el menú diario pa los presos, y en vez de poner primera comida, segunda comida, ponían primer pienso, segundo pienso y tercer pienso, porque a la vez que comían los presos comía la caballería, y no se hablaba de comida pa los presos sino de pienso. Eso se hacía pa humillar, figúrate», recuerda Luis Adame. 

En el documental Los últimos colonos de Paco Aragón alguien se anima a dar una cifra de la cantidad de esclavos que trabajaron en el canal entre 1940 y 1953: entre siete mil y ochomil presos políticos, a los que se sumarán después los presos comunes. Los obreros que hicieron la excavación, los peritos, topógrafos, ingenieros, personal de oficina: todos presos políticos. Y todos viviendo en campamentos con elementos característicos de un campo de concentración: doble alambrada, puestos de vigilancia, focos y rondas nocturnas. Y hay otra cifra en este documental: más de ciento treinta intentos de fuga, muchos de los cuales acabaron con fusilamientos ejemplares delante de todos los presos.

Torre del Águila

Seguimos uniendo los retazos del canal de los Presos y en este tramo del viaje nos recibe el actual encargado de este embalse, Emilio Carmona Roldán, y el antiguo, su padre Emilio Carmona Aguilera, quien nació en 1941. Han sido tres generaciones familiares a cargo de Torre del Águila desde que fuera construido y, para su desgracia, nos cuentan que Emilio nieto no podrá cumplir su sueño de seguir con la saga porque en la actualidad es más complicado, ahora hay que aprobar las oposiciones en Madrid y eso es muy difícil. 

Recorremos las instalaciones del canal, entre un persistente olor a pino y Emilio padre nos enseña las piedras de la escollera que sostiene el puente que cruzamos: colocadas una por una a mano, «como un rompecabezas», conformando una alta pared en la que «a cada piedra se le encontraba una posición y si no se la picaba y pulía a mano para que cupiera». Nos cuenta que «los civiles y los presos eran una gran familia» e insiste en que no hubo tratos vejatorios. «No tiene sentido desenterrar a los muertos, enemistar a la gente que es lo que hace este gobierno», nos dice cuando insistimos. Está tan orgulloso de la presa que pareciera que la hubiera levantado con sus propias manos. 

Emilio nieto, de veintitrés años, aparece antes de que nos vayamos con una camiseta de la Policía Nacional que nos hace pensar que es, efectivamente, policía, pero que no, se trata solo de una camiseta de entrenamiento. El abuelo y el padre están contentos porque el muchacho se ha colocado en la Comunidad de Regantes y trabaja con una moto repartiendo el agua. «Algo vinculado con la presa, al menos». Nos acercamos al coche y vienen a despedirnos un perro de la calle adoptado por la familia que se llama Paco y una cerda vietnamita llamada Pepa. Volvemos al coche y a la música: «El día que yo me muera/ dale un beso a la morera / Que los gusanos que me coman/ lleven algo de tu aroma». Y nos preguntamos a cuál de los tres Emilios le gustará más esta canción de los Pirámide.

marismas y Canal de los Presos
Pirámide en canal de los Presos.

Los Palacios y Pirámide

Para ver a los Pirámide hay que estar aquí, venir, desplazarse a la tierra sobre la que escriben y componen. Porque no viven en ninguna capital de la música, no están buscando suerte en ninguna tierra prometida de la industria. Claudio, Antonio y Karvy tienen sus ojos y oídos puestos en los sonidos electrónicos que circulan en el mundo y también en el folclore del Bajo Guadalquivir que legaron de sus madres y padres, abuelas y abuelos. Y su día a día transcurre en Los Palacios y Villafranca, a pocos kilómetros del canal de los Presos y de las marismas. 

Claudio venía del rock clásico y el grunge y Antonio de la electrónica, eran compañeros del instituto y fue Antonio quien, de a poco, arrastró a Claudio hacia estos nuevos sonidos. «En la música electrónica encontramos nuevas maneras de experimentar», dice Claudio y mira a su amigo y le agradece: «Lo que yo me di cuenta a los treinta o treinta y cinco años tu llevabas viéndolo de toda la vida». Antonio mira a su alrededor, estamos en la sala de ensayo de los Pirámide: «Aquí no paras nunca de aprender, porque es que todos los meses te sacan algo nuevo. Y es una putada porque de lo viejo no te quieres deshacer y tienes que comprar cosas nuevas y después no te caben. Y te pasa eso, te conviertes en un Diógenes». Efectivamente, el estudio está repleto de samplers, sintetizadores, teclados, guitarras y hasta una enorme batería. 

Karvy entra al grupo en diciembre de 2020, cuando Antonio y Claudio estaban a punto de sacar el primer EP, El Canal de los Presos, con un sonido cercano a la electrónica minimal y con influencias de Thom Yorke y Cabaret Voltaire, más el impacto escénico y conceptual de Gazelle Twin. «A mí me gusta Pirámide antes de estar en Pirámide. Yo los había visto en directo tres o cuatro veces y a mí me encantaban», dice Karvy, quien, además de participar en lo musical, está a cargo del concepto visual del grupo. Su estreno en el estudio de grabación fue con el segundo EP de Pirámide, Furtivo, pensado, ideado, grabado y conceptualizado por la actual formación y con un sonido mucho más cercano al trip hop estilo Bristol (Portishead, Massive Attack) y la infinitud de las marismas como leitmotiv principal.

Entre los muchos motivos por los que venimos a visitar a los Pirámide, nos interesa saber qué repercusión ha tenido en el pueblo, en la zona, en algunos de los sitios que visitamos estos días, que tres jóvenes hayan removido un tema tan delicado para la celosa memoria histórica de muchos españoles. «Tenemos el canal de los Presos a doscientos metros y había gente que no conocía su historia o que le sonaba porque lo había escuchado, pero nadie se había parado a reflexionar sobre todo lo que supone la obra. Y en generaciones más posteriores como la de Karvy todavía estaba más acentuado», dice Antonio, que tiene cuarenta años, al igual que Claudio (Karvy tiene veintisiete). «Está muy extendido en toda esta zona el rollo de los pantanos, los canales y la reforma agraria. Y a quienes más benefició todo eso y el canal de los Presos fueron a los grandes terratenientes», dice Claudio. «Los de nuestra generación tenemos la obligación de sacar las cosas a la luz. Creo que la generación previa a la nuestra tiene cierto adoctrinamiento cultural que evita que hablen o si hablan, lo hacen desde el punto de vista muy protector: nosotros vivíamos en otro pueblo y no teníamos nada, nos trajeron un tractor o una burra y un carro y para nosotros eso fue la vida», agrega Antonio.

Otra cosa que nos interesa es cómo conjugar un lugar de memoria con un lugar de ocio. Como llegar a un equilibrio y no caer en la frivolidad de las bodas y los deportes acuáticos y ese paisaje idílico con sol cayendo bajo el agua pero tampoco en la sordidez de un monumento inerte. Antonio tiene una idea: «Lo importante es informar. Después, cada uno le puede dar el concepto, la entonación o la interpretación que quiera. Pero por lo menos informar. A lo mejor para ti prima la cordialidad y no le quieres dar más importancia, pero para él no. Pero por lo menos vamos a informarlo a los dos y luego cada uno es libre de cómo reaccionar ante eso, pero que esa información surja, que no se quede ahí enterrada».

Embalse de Peñaflor

«Escarba en la tierra, / pica la piedra, / la Memoria no / se encierra». Antes de abandonar el sur nos queda una última parada. Pasamos por pueblos de colonización y pueblos viejos metidos en carreteras estrechas adornadas de pozos y naranjos, seguimos la línea del río Guadalquivir y bordeamos el área metropolitana de Sevilla sin entrar en la capital, atravesamos el polígono industrial La Isla, cruzamos muchas rotondas y el parque empresarial El Copero muestra con orgullo las fachadas de Shell y de Amazon, de sus silos gigantes. Hasta que llegamos al embalse de Peñaflor, la presa donde nace el canal de los Presos, desprovista de cualquier tipo de cartel informativo. Si no hubiésemos pasado tantos días escuchando, hablando, leyendo e investigando sobre el tema, si no supiéramos algo, el embalse solo sería alambrada corroída y explanada repleta de musgo pero sin la sombra de los trabajos forzados. ¿Cuánta gente pasará a diario por esta carretera sin saber, sin mirar, sin nada más que dejar atrás? Y como una especie de broma, aunque muy en esa línea de concordia que mencionaba Antonio, se alza un obelisco conmemorativo con imágenes costumbristas en su base como un homenaje frívolo y leve a los trabajadores rurales. Sepultando, también, a esa cifra inasible de todos esos hombres con la espalda rota y la piel quemada y el cuero cabelludo comido por las liendres que levantaron los cimientos de toda esta oscuridad.

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Embalse de Peñaflor.

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One Comment

  1. «¿Tú te imaginas celebrar una boda en Auschwitz? Aquí la gente se casa y celebra comuniones en el cortijo de Los Arenosos, que fue un campo de concentración. O celebran raves debajo del canal»

    Ahí y en muchos sitios. En Santander hubo campos y prisiones franquistas en el Hipódromo (en la actualidad camping, parque y paseo), los viejos Campos de Sport de El Sardinero (ahora un parque), las caballerizas de La Magdalena (sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo), el almacén de Tabacalera (hoy Biblioteca Central y Archivo de Cantabria) o el seminario de Corbán. El único sitio donde se ha colocado una placa es la Biblioteca. En el resto se sigue paseando, bebiendo, acampando, celebrando bodas, impartiendo cursos universitarios y formando curas sin un recuerdo a lo que se hizo allí.

    Me da que es la nota general por todas partes.

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