Compañía de Transformación y Explotación de Marismas, S.A.
Cotemsa. Un pueblo de recorrido corto: fábrica, cantina y casas. Pocas casas. Un escenario fantasma convertido en turismo de cine, el suelo hecho aún de tierra y las fachadas desconchadas. Un sitio pensado para trabajar, beber, volver a trabajar y a beber, dormir y soñar dormir, mayormente olvidarse de todo excepto de la producción. Hoy es una mancha sórdida en la carretera y uno de los escenarios de La isla mínima, la ventana que Alberto Rodríguez abrió para que nos acercáramos a los territorios secretos de las marismas. A sus miedos y sus contradicciones, a su infinitud eterna.
A un lado del coche, los restos de Cotemsa, al otro, la sangre sepultada en el cemento de un canal, el sudor impregnado en los nuevos pueblos de colonización, el verde extendido en dirección al mar. Reverbera en el salpicadero el sonido electrónico de Pirámide, que interviene el paisaje, que abre paso a la tradición en sus letras y que empuja y lucha por resquebrajar el silencio. Nos bajamos del coche. Ahora solo se escucha el viento y nuestras pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo factoría del arroz Brillante. Nos asomamos a la reja que cierra el acceso al edificio abandonado donde antes funcionaba la fábrica. Cruzamos la carretera y bordeamos el caserío, con dos o tres casas que parecen habitadas y con el resto que ratifican su abandono, incluido el puesto de la vieja cantina, una oferta difícil de rechazar para los obreros, una invitación a gastarse el jornal en alcoholes malos. No hay mucho más que hacer aquí que contemplar ruinas. Reanudamos el viaje y la playlist de Pirámide.

Toca hormigón
«El Caná vale pa to. El Caná… Ahora mismo vale pa regá, pa ponerte ciego o pa hacé deporte». Una voz oscura envuelve el habitáculo del coche y, detrás, la carretera se colma con demasiados vehículos rumbo a las playas de Cádiz. Nosotros seguimos el trazado de las canaletas, de los vasos comunicantes del agua de regadío, de los cientos de brazos hechos de un cemento duro y bastante sucio, de sudor enterrado y colocado junto a la inmensidad de la marisma. «Hay gente que coge y se va por la pata del Caná a hacé bicicleta, a corré,… o te vas a hacé una rave, ahí a La Muerte al Litro,… El Caná… El Caná vale pa to». Cruzamos ciclistas, corredores y paseantes, todas las escalas del ocio deportivo de un domingo soleado por la mañana. Hasta que nos deslumbra el skyline del embalse, la cantidad de piragüas cubiertas de lonas y un sendero de tela sintética que trata de imitar al césped y que busca funcionar como una suerte de alfombra de bienvenida.
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«¿Tú te imaginas celebrar una boda en Auschwitz? Aquí la gente se casa y celebra comuniones en el cortijo de Los Arenosos, que fue un campo de concentración. O celebran raves debajo del canal»
Ahí y en muchos sitios. En Santander hubo campos y prisiones franquistas en el Hipódromo (en la actualidad camping, parque y paseo), los viejos Campos de Sport de El Sardinero (ahora un parque), las caballerizas de La Magdalena (sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo), el almacén de Tabacalera (hoy Biblioteca Central y Archivo de Cantabria) o el seminario de Corbán. El único sitio donde se ha colocado una placa es la Biblioteca. En el resto se sigue paseando, bebiendo, acampando, celebrando bodas, impartiendo cursos universitarios y formando curas sin un recuerdo a lo que se hizo allí.
Me da que es la nota general por todas partes.