Ciencias

Scripta manibus: escribir el pensamiento a mano

Scripta manibus escribir el pensamiento a mano bekassine
Ilustración: Bekassine.

El origen y la evolución del lenguaje siguen siendo una obsesión incondicional de la biología evolutiva, y por supuesto con toda la razón. El lenguaje es un rasgo único de nuestra especie, y es la clave crucial de nuestros dos pilares ecológicos y cognitivos, es decir, la complejidad social y la complejidad tecnológica. Lenguaje, sociedad y cultura representan el trípode donde se apoyan todos aquellos caracteres que, utilizando una jerga probablemente abusada, nos hacen humanos. Si se quita una sola de las tres patas, ya esta historia natural no se sujeta. Además hay que añadir que, a lo largo de mucho tiempo, se ha interpretado el lenguaje como una herramienta para transmitir el pensamiento, pero ahora unos cuantos pensamos que la ecuación es al revés: el lenguaje podría ser el proceso que permite y genera el pensamiento, y no un medio de su expresión. Si no soy capaz de decirlo, no soy capaz de pensarlo. De hecho, pensamos estrictamente o por imágenes o por palabras, manejando un mundo donde léxico y geometría generan etiquetas y conceptos, recuerdos y previsiones, forjan nuestras realidades así como todas sus alternativas. 

En el siglo XIX, Paul Broca descubrió que había una región del cerebro crucial para producir el habla, y Carl Wernicke encontró otra decisiva para descodificarlo. Esto fue suficiente para avalar aquella perspectiva cognitivista que interpreta el cerebro como un ordenador, una máquina con sus partes dedicadas a distintas tareas y a funciones específicas, sensible a las influencias del ambiente pero, aun así, autónoma e independiente. Algo que no se aleja mucho de aquella frenología que intentaba asignar a cada área cortical una función, como en aquellas tablas de carnicería donde el ganado se representa segmentado en sus distritos anatómicos en función del corte y de su destino culinario. El cerebro como artilugio autónomo, con sus piezas dedicadas específicamente al lenguaje. 

Pero hoy en día sospechamos que las cosas no son tan sencillas. Sabemos que estas áreas corticales se activan en tareas muy distintas. Sabemos que el cerebro funciona como un único sistema, y aunque haya áreas cruciales para algunas funciones, en realidad todo el cerebro se involucra incluso en las labores más humildes. Sabemos que muchas veces lo que cuenta no es el tamaño o el desarrollo de un área, sino sus conexiones con las demás. Pero sobre todo sabemos que no sabemos mucho, porque no tenemos nada claro cómo se reparten estos mecanismos y estos deberes, dado que a veces puedes quitar cachos muy gordos de corteza cerebral y aun así no notar cambios importantes en las capacidades de un individuo. Y, al mismo tiempo, una pequeña lesión puede llegar a crear un daño dramático y funesto.

En fin, parece que trocear el cerebro en partes cada vez más pequeñas (áreas, luego tejidos, luego células, luego moléculas…) nos ha llevado a saber muchas cosas sobre los ladrillos anatómicos y fisiológicos de nuestro encéfalo, pero no tanto sobre su funcionamiento global. Y menos sobre cómo funciona una mente. Como consecuencia, unos cuantos han empezado a tener la duda de que a lo mejor estábamos solo considerando una parte del sistema, y esto nos estaba impidiendo entender el mecanismo general. Y entonces se han salido del cráneo, buscando más allá de las neuronas.

Las hipótesis sobre extensión cognitiva (también conocidas como Teoría de la mente extendida) proponen que la mente no es un producto del cerebro, sino un proceso que se genera a través de la interacción entre cerebro, cuerpo y ambiente. El cuerpo sería una interfaz activa en la gestión de este flujo y, en el caso de los humanos, la cultura y la tecnología representan los elementos fundamentales de este ambiente que participa como constituyente fundamental del proceso. De hecho, nuestra cultura y nuestras capacidades cognitivas no son sencillamente «facilitadas» por nuestras herramientas, sino que dependen integralmente de ellas. Miramos con nuestros ojos y con nuestros telescopios. Manejamos números con nuestros lóbulos parietales y con nuestras calculadoras. Almacenamos recuerdos en nuestras neuronas y en nuestras fotografías. Nuestras herramientas son periféricas externas del sistema cognitivo, que nos permiten exportar parte de nuestras funciones mentales fuera del cuerpo. Las herramientas como elementos mentales extracorporales que aumentan el rango de posibilidades, mejorando algunas capacidades perceptivas o analíticas, e introduciendo algunas totalmente nuevas. Sigue valiendo la analogía del ordenador, pero donde el cerebro solo es el microprocesador, que para funcionar necesita dispositivos externos, servidores lejanos, aplicaciones en línea, y una buena señal inalámbrica. Todo necesariamente pasando por la descodificación activa de sus puertos de entrada: el cuerpo y sus sentidos. 

Esta perspectiva, evidentemente, abre puertas a un mundo nuevo y desconocido, ventanas hacia paisajes imprevisibles, y baúles llenos de tesoros inesperados para los que investigan en evolución, neurobiología o ciencias cognitivas. Si cuerpo y ambiente son partes funcionales del proceso cognitivo, hay que repensarlo todo. Y en este todo hay un aspecto que a lo mejor todavía se ha quedado en la sombra, porque estamos acostumbrados a darlo por hecho: la evolución de la escritura.

Todos estamos de acuerdo en que el origen de la escritura ha sido un hito para el género humano, pero lo hemos interpretado como un hito histórico y cultural, más que cómo un salto cognitivo. Porque claro, si interpretamos la cultura como un producto del cerebro, la escritura no ha sido sino un triunfo más de nuestro asombroso encéfalo. Sin embargo, si lo vemos a la luz de las teorías sobre extensión cognitiva, desde luego esta definición se queda muy corta.

Con la escritura hemos desarrollado el primer disco externo de memoria de nuestra mente. Una vez más, la primera etapa fueron las imágenes (aquellas bellas pinturas rupestres, primer almacén externo de nuestros registros visuales), luego vinieron los repositorios de palabras. Nuestra frágil memoria interna, limitada por la capacidad de nuestros lóbulos temporales, había hecho hasta entonces milagros, pero ya estaba petada, y no daba de sí. Exportando la memoria a elementos periféricos, hemos ampliado nuestra capacidad de almacenamiento de datos hasta un nivel inimaginable. Cuevas, estelas, papiros, libros, luego los soportes digitales, y ahora nuestra memoria ya está fuera del cráneo, mientras que el cerebro se encarga de la delicada tarea de ordenar, de mapear y de enlazar, funcionando como un motor de búsqueda encargado de saber dónde está la información, más que de guardarla en pequeños cajones neuronales. 

Y no olvidemos la interfaz: el cuerpo. En el cerebro tenemos un mapa sensorial y motor de todo nuestro cuerpo, el homúnculo cortical de Wilder Penfield, y este mapa está directamente enlazado con nuestros sentidos, y con nuestros músculos. Este hombrecito cerebral no es proporcional al tamaño real de nuestras partes anatómicas, sino a su sensibilidad perceptiva y a su capacidad de movimiento. Y, por supuesto, tiene manos enormes. Pensamos sobre todo con las manos, sentimos con las manos, actuamos con las manos. Hoy sabemos que, cuando agarramos una herramienta, todo el cuerpo se reequilibra para añadirla estructuralmente a la arquitectura de huesos y tendones, y, acto seguido, el mismo cerebro incluye esta herramienta en los esquemas del cuerpo, como si fuese un elemento anatómico más.

Somos ciborgs, desde que agarramos una piedra y empezamos a pensar en función de sus posibilidades. Somos seres evolutivamente especializados en extender nuestras funciones integrando elementos externos a nuestros circuitos sensoriales y mentales, gracias a una capacidad protésica que se ha seleccionado finamente en los últimos doscientos mil años de nuestra historia. Pensamos con las manos, y con los ojos. El sistema ojo-mano, visión-tacto, es la gran apuesta evolutiva de los primates, y en particular, de nuestra propia especie. Exploramos el ambiente que nos rodea con los ojos, e interactuamos con él a través de nuestras manos. Las primeras obras pintadas en unas cuevas fueron manos, el cuerpo como herramienta antes de extenderse en un pincel, una mano que deja su huella bajo la mirada atenta de sus propios ojos. Cuerpo y visión, nuestras medidas del mundo, y de un modelo aproximativo de este mundo que llamamos realidad. No es de extrañar, entonces, que a la hora de evolucionar nuestros archivos de memoria externos, hito increíble del proceso protésico de extensión cognitiva, hemos tenido que hacerlo contando con estos dos puertos principales, añadiendo una pluma al brazo para que sea más funcional y, más tarde, unas lentes adicionales a nuestras retinas, llamadas gafas, para mejorar sus defectos.

La capacidad gráfica empieza a manifestarse alrededor de los dos años, y sigue desarrollándose hasta la adolescencia. La escritura necesita incorporar sus elementos gráficos en los patrones motores automáticos, en la memoria corporal a largo plazo, para que se vuelva mecanismo espontáneo de expresión y de razonamiento. Entre los siete y los diez años ocurren los cambios más patentes, y se afina el sistema de control visual y corporal que permite automatizar el proceso. Se implican las áreas cerebrales somáticas (perceptivas y motoras) asociadas a la corteza frontal, parietal y cerebelar. Mira tú por dónde, todas ellas regiones que están particularmente desarrolladas en nuestra propia especie, Homo sapiens, incluso si nos comparamos con los homínidos extintos.

La ejecución de programas motores enlaza cerebro y ambiente, cerrando un círculo funcional entre microprocesador y periférica. Como para muchas otras funciones cognitivas, los datos de imágenes biomédicas sugieren que cuanto más hábil es un individuo en la escritura, menos recursos cerebrales tiene que utilizar. En el escritor avezado, la función se delega al cuerpo y a su extensión boligráfica, a través de un diálogo entre visión y percepción corporal (propiocepción). Y claro, si es que el lenguaje no es la expresión del pensamiento sino su fragua, algo parecido tiene que pasar con la escritura. Existen muchísimos idiomas ágrafos (incluso algunos muy exitosos, como el quechua), así que tenemos evidencias de sobra de que no hace falta saber escribir para poder pensar. Pero tenemos que reconocer que, a nivel evolutivo y cognitivo, la escritura no ha ofrecido solo un soporte de memoria, sino también una forma nueva de ordenar sensaciones e informaciones. Es la «tecnología de las palabras» de Walter Ong. Tal como soy capaz de escribirlo, probablemente soy capaz de pensarlo. Escribir a veces revela, y a veces genera. Así como hablar y vocalizar muchas veces aporta al pensamiento, escribir y deletrear puede activar funciones adicionales, que necesitan la extensión de la mano en una pluma (o de las yemas en un teclado) para poder cerrar un circuito entre cuerpo y cerebro.

Es gracioso que, en inglés, la escritura a mano se define con el término de longhand, precisamente rematando la concepción del escritor como ciborg extendido en su estilográfica. Utensilio que, a estas alturas, ha sido casi integralmente remplazado por el teclado. Lo cual ha sido un avance increíble, porque entre velocidad y capacidad de diseño y revisión hemos enganchado a nuestros cerebros una herramienta potentísima, que ha mejorado sensiblemente las potencialidades de nuestra mente escritora. Pero una cosa no quita la otra, y no habría que enterrar los viejos lápices en los museos como si fueran despojos arqueológicos. Al fin y al cabo, la conexión física y protésica con estos elementos rígidos y pequeños es muy poderosa, verdaderos apéndices literarios de nuestra mano, con un sitio de honor en nuestra corteza cerebral somática.

Escribir a mano conecta directamente el mundo interno con el mundo externo, lo que constituye un puente funcional continuo y tangible, una puerta inmediata entre cerebro, cuerpo y memoria externa (¡un trozo de papel!). De hecho, resulta que tomar apuntes a mano, en lugar de usar un teclado, puede estar relacionado con una mayor capacidad de procesamiento de la información que se está almacenando. Escribir a mano activa las capacidades psicomotoras, ejercita la capacidad de comprensión, y tiene un efecto relajante. Además entrena la capacidad de concentración, que es una habilidad clave de la atención, madre de todas las capacidades cognitivas. Y, a quien practica meditación, puede interesar, de hecho, intentar escribir lentamente con una sensibilidad abierta a las percepciones somáticas, desde las tensiones musculares hasta la presión del lápiz y la rugosidad del papel: ¡una verdadera experiencia de atención plena!

La escritura manual traza un camino sobre la cartografía mental que permite hilar un discurso al tiempo que se escribe. «Caminante no hay camino, se hace camino al andar». Del mismo modo, ante el papel en blanco, no es que el pensamiento se plasme tal y como fue concebido: el texto no es una simple copia, una foto, del pensamiento mental. El acto de escribir se retroalimenta con el acto de pensar. Escribir es pensar en voz alta. El mecanismo de la escritura activa el engranaje del pensamiento. En muchas ocasiones, coger el boli y deslizarlo por el desierto de papel crea una conexión cerebro-mano que permite que el discurso fluya de un modo que solo pensando o solo hablando no es posible. El movimiento de los garabatos sobre el papel funciona como una dinamo que da vida al propio pensamiento y lo hace fluir de tal modo que se revela aquello que se ocultaba en la mente a nivel inconsciente y se hace no solo consciente, sino físico.

El trazado de ese pensamiento —la escritura— constituye el resultado de los procesos cognitivos de resolver, argumentar, reflexionar, razonar. El producto de ese proceso son las palabras reflejadas, tatuadas, demarcadas sobre el papel. «Poner negro sobre blanco», se dice. Pero, además de ser el resultado de un proceso, el solo hecho de escribir, el procedimiento en sí de la escritura, es la vía que genera ese pensamiento. Así como los exploradores marcaban sobre el mapa la ruta hacia el tesoro, los pensadores dejan su camino de tinta de A a B con todos sus baches, retrocesos, atajos y desvíos, todos ellos evidencias en el terreno de las propias modulaciones, curvas y caminos abiertos en su trayecto de salida del laberinto que constituye el propio inteligible cerebro.

La escritura ha sido un gran salto hacia una extensión cognitiva de tipo físico, el invento de la memoria externa, de un archivo formal de almacenamiento externo y transferencia de datos, recopilación de información que ya no se encuentra en el disco duro (el sistema nervioso central), sino en repositorios extraneurales, información almacenada fuera de la piel. Lo cual requiere desarrollar una adecuada capacidad protésica (el boli, un nuevo elemento en el circuito mano-ojo) y nuevas funciones para el cerebro (el motor de búsqueda). Y esta conexión la traemos, inconscientemente, a nuestras palabras. Las emociones, tradicional y simbólicamente asociadas al corazón, se tocan. «Me has tocado el corazón.» Las emociones nos dejan «tocados», porque se transmiten por la piel, por el cuerpo. Son algo táctil, tangibles, pura carne. Pero el pensamiento, sin embargo, no se puede tocar, ni oír: solo se puede leer. «Me has leído el pensamiento». Se asocia al lenguaje, y más concretamente al texto. Y para que el pensamiento se pueda leer, necesariamente, tiene que ser algo que se escribe.

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7 Comentarios

  1. Antonio Yelo

    Desde hace 30 años escribo (a mano, claro) un diario. Poner negro sobre blanco (todos los días) mis preocupaciones, obsesiones, disputas, fobias, manías, quejas y disfrutes me ha ayudado a pensar y a ver con mucha más claridad lo que me rodea, lo que me ocurre. Es verdad que en numerosas ocasiones, mientras uno escribe (a mano), nuevas derivaciones o matices se añaden a la idea que te impulsó a anotar algo en el papel. Y al final, lo que queda en la página es diferente (más objetivo, más completo) que lo que en principio se pensaba; o mejor: de lo que en principio se sentía. La escritura -como dicen los autores- transforma en pensamiento lo que en principio solo eran sentimientos o sensaciones.
    Agradezco a los autores su artículo, me ha ayudado a entender. Y eso, hoy, no tiene precio.

  2. Efectivamente, la primera etapa de la escritura partió de las imágenes pero, en vez de las pinturas rupestres yo mencionaría, por su plasticidad entre otras cosas, los pictogramas y su forma evolucionada que serían los ideogramas que a su vez darían paso a los alfabetos. En realidad, en la escritura actual cada palabra no deja de ser una imagen que resume conceptos, sensaciones e incluso vivencias personales. De hecho, hay métodos de lectura eficaz que aconsejan no recitar mentalmente lo que se lee sino visualizar la palabra o mejor, grupos de palabras como si fueran una imagen y dejar que el cerebro recupere la información en un sentido inverso al que generó la escritura.

    «Pero el pensamiento, sin embargo, no se puede tocar, ni oír: solo se puede leer.» Sencillamente hermoso.

  3. ¡Excelente artículo!

  4. The Lady of Shalott

    Este artículo es excelente. Impagable. Invita a la reflexión profunda y a la comprensión. Siendo así, siendo el lenguaje el que fragua el pensamiento, hace que te preguntes cómo son las mentes de las personas que hablan siete idiomas o diez. Porque claro, la expresividad de cada lenguaje es única. Reúne un conjunto de pensamientos singular. No solo es una cuestión de traducción de conceptos e ideas, sino que engendran sus propios matices de la realidad. Imagino que alguien capaz de dominar varios lenguajes -según esta hipótesis- debe tener una mente con una amplitud excepcional.
    Todos los caminos llevan a Wittgenstein…

  5. Soledad Peláez

    Me entusiasm a este artículo. Muy bueno…Y en mi experiencia personal añadiría que no sólo la escritura…también el subrayado de lo escrito ayuda a pensar, aprender sintetizar…Cómo facilita el boli!.

  6. Stephen King dice que escribe para saber lo que piensa pero habría que añadir que el,y todos, piensa porque el escribe y habla.Execelente artículo.

  7. Alberto Fernández

    Muy buen artículo.

    Hace tiempo, cuando adopte mi primer perro, observándolo, me planteé cosas similares a las que comenta el artículo, pero no llegaron a salir de mi cabeza. No tuve confianza en encontrar a alguien de mi entorno con el que comentarlo, sin que éste me sugiriera que dejara de consumir sustancias estupefacientes.

    Concretamente, lo que me llevo a reflexión observando el nivel nivel de inteligencia de mi perro fue si los humanos somos más inteligentes «de fabrica» por decirlo así, o fue la capacidad de manipular objetos y de emitir sonidos que con el tiempo nos permitió crear un lenguaje, lo que permitió que nuestra inteligencia mejorara.

    Que sin esas dos habilidades (o quizá mejor dicho, características), que de alguna forma, actuaron como «puertas» o «caminos» a nuevos lugares y permitieron que nuestra inteligencia evolucionara y mejorara de forma exponencial.

    Me surgió la duda de que si otros animales dispusieran de ambas características, pudieran alcanzar un grado de inteligencia similar o equivalente al nuestro.

    Supongo que mi visión será muy simplificada y que realmente habrá muchas más variables que influyan en el proceso, pues no deja de ser un tema al que no le di más que unas cuantas «pensadas», y además soy un ignorante en la materia.

    En cualquier caso, me pareció un tema interesante e intrigante. Ciertamente me pareció factible pensar que, el hecho de que los humanos hayamos llegado a tener la inteligencia que poseemos a día de hoy, fue gracias a tener «la suerte» de poseer esas dos características fisiológicas.

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