
«Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas», dice Ricardo Piglia.
Barthes dice que hay libros para leer en el escritorio y libros para leer en la cama. Tener los pies en alto, dice Calvino, es la primera condición para disfrutar de la lectura.
La lectura puede medirse en páginas, en capítulos, en poemas, en minutos o en horas. La lectura veloz apareció alrededor de la mitad del siglo XX cuando la maestra estadounidense Evelyn Wood popularizó y vendió su método para leer hasta cinco mil palabras por minuto cuando lo normal son trescientas.
A razón de trescientas palabras por minuto, se calculan las horas que lleva leer cada novela: Lolita: 6:26, Madame Bovary: 8:43; El amante: 1:00; Guerra y paz: 32:63.
Shakespeare leía en latín porque el inglés estaba prohibido. Walt Whitman iba al aire libre y se tiraba sobre la hierba cada vez que sentía ganas de leer a Shakespeare.
«Desocupado lector». Así empieza el Quijote, que es un libro sobre leer y escribir. El protagonista no es solo el hidalgo ingenioso de un lugar de La Mancha, sino también el narrador que no quiere acordarse del nombre de ese lugar de La Mancha.
En el mundo de Tlön se lee lo real perturbado y contaminado por la ficción. Erik Lönnrot, detective, solo cree en lo que lee y, porque no conoce otro modo de acceder a la verdad que la lectura, se equivoca y va hacia la muerte. Borges, que pensó a Tlön y también a Lönnrot, prefiere leer a escribir.
Virginia Woolf leyó todos los libros de la biblioteca de su padre, en su casa, mientras sus hermanos iban a Cambridge.
«No es apropiado que las niñas aprendan a leer y a escribir a menos que deseen hacerse monjas, porque, de lo contrario, al alcanzar la mayoría de edad, podrían escribir o recibir cartas de amor», escribió Felipe de Novara en el siglo XV.
La única referencia a la escritura que hay en Homero está en el canto VI de la Ilíada, entre los versos 165 y 170. Es una acusación contra un hombre por escribir: «Lo envió a Licia y le entregó luctuosos signos, mortíferos la mayoría, que había grabado en una tablilla doble».
Se supone que Dante empezó a escribir el Infierno en 1304, el Purgatorio en 1313 y el Paraíso en 1316. No hay evidencia. Tampoco queda una sola línea escrita por la mano de Dante, aunque dicen que tenía «una delgada y exquisita caligrafía».
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En la época de Shakespeare, el inglés no estaba prohibido.
Francis Scott Fitzgerald participó del desembarco del Día D. Debía de ser un fantasma, porque falleció en 1940, cuatro años antes del Día D. Lo siento, ya no me puedo fiar del resto del artículo.
Vaya uno a saber de dónde sacan estos articulistas sus copy and paste…
Leer para escribir e imaginar lo que hay detrás de mis espaldas y de la nuca, por nostalgia, curiosidad o insensatez caligráfica en busca de los rostros y gestos de mis muertos y de los otros, los que no han nacido o los que no pudieron ser; lugares cósmicos o compuestos químicos bizarros en donde el amor no es lo que parece, y se muere y llueve cuando tiene que ser, no antes ni después; animales extinguidos o plantas exóticas con poderes sobrenaturales, los buenos que triunfan sin conocer el mal, detectives con esposas que al final mueren, como siempre injustamente; heroínas sin poderes mágicos, exploradores sin amigos ni tiempo, solo maravillas que los empujan a ir más allá, escribir para describir lo negro o la nada que al final se reducen a un simple punto bidimensional en lo blanco de la página, escribir como un esbozo de lo que está de frente a nuestros ojos, lo de atrás con escritura clara, si es posible gótica, incompatible con la realidad y la fantasia pero que al final no se sabe quién de las dos será la más creible.