Por qué el ‘mass shooting’ se ha convertido en un problema crónico en Estados Unidos

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Manifestación en Portland a favor del control de armas. Foto: Cordon Press.

La matanza de Columbine fue un hecho extraordinario, abrió todos los informativos y tuvo un famoso documental que recibió un Óscar. Ahora, un tiroteo masivo en Estados Unidos es una nota al margen, un breve de actualidad y solo si llega a los medios europeos, porque, en 2019, hubo cuatrocientos mass shootings en el país y no se informó de todos. Fue el récord, pero tardó poco en ser superado. En 2020, fueron seiscientos. En estos dos años, se han producido un tercio de todos los casos desde 2013. 

En su momento, en la BBC se citaron unas declaraciones de Trump que asociaban el fenómeno a los «problemas mentales». Sus detractores, en cambio, se inclinaban por la libre circulación de armas. No en vano, Estados Unidos tiene una tasa de homicidios de 4,88 muertos por cada 100 000 ciudadanos. Más alta que la de Australia, 0,51, pero también que la de Albania, 2,28. Sin embargo, la criminalidad en Estados Unidos no es mayor que en otros países. Solo se diferencia en que es más letal. Según una investigación realizada en 1999 en la Universidad de Berkeley, un neoyorquino tiene las mismas posibilidades de ser asaltado que un londinense, pero el americano tiene cincuenta y cuatro veces más probabilidades de ser asesinado en el suceso. Según estos datos, el hecho diferencial es el acceso a las armas.

Lo cierto es que, según un análisis de la situación elaborado por el New York Times en 2017, entre 1966 y 2012, en Estados Unidos hubo doscientos setenta millones de armas en circulación y noventa casos de asesinos que abrieron fuego contra grupos de gente, lo que se conoce como mass shooting. Para ese periodo, en todo el resto de países del mundo no se contabilizaron más de dieciocho asesinos de este tipo. Según un estudio elaborado en ese momento por la Universidad de Alabama, un tercio de todos los que se produjeron en el mundo fueron en Estados Unidos. Solo le seguía Yemen, que tiene la segunda tasa de posesión de armas más alta del mundo. La conclusión era evidente: pasaba por las armas, ya que en salud mental el país norteamericano presenta unos datos de prevalencia y gasto en línea con otros países de su nivel socioeconómico. La diferencia quizá sea que, por ejemplo, Reino Unido tuvo un tiroteo de masas en 1987 y Australia, en 1996, y después de ambos los gobiernos legislaron para restringir el acceso a las armas. En Estados Unidos esto nunca ha sucedido. 

No obstante, un reciente estudio, Critical Mass: Understanding and Fixing the Social Roots of Mass Shootings in the United States (Routledge, 2021) ha venido a matizar esa conclusión sin necesidad de contradecirla. En primer lugar, lo que encontramos en esta investigación de Dinur Blum y Christian González Jaworski es una definición canónica del fenómeno, algo imprescindible para saber de qué estamos hablando. Consideran que un mass shooting es un tiroteo que se produce repentinamente y en el cual mueren o resultan heridas más de cuatro personas sin contar con el asesino o asesinos. Se trata de una acotación más amplia que la del FBI, que es a partir de cuatro muertos. 

Con estas premisas, los académicos advierten de que el estereotipo de estos tiroteos, los que son en centros educativos o de estudios, ha disminuido desde principios de los 90, aunque tengan mucha presencia mediática. A partir del curso 2006-2007, no han superado los diez anuales y donde más se producen es en los institutos. En comparación con las universidades, aquí los alumnos están obligados a ir a clase y tienen más difícil evitar el contacto entre ellos. Hay menos margen para reducir la tensión entre estudiantes que en un campus. El problema es que el foco mediático está puesto en los centros educativos o de trabajo y se pasan por alto los tiroteos de masas cuando se producen en otros contextos. 

De esta manera, se valida la tesis de «un loco». Es el enfoque que amplificó el expresidente Trump durante su mandato, asociar estos problemas a patologías mentales. En realidad, señala este estudio, los enfermos mentales protagonizan menos del tres por ciento de los delitos violentos, incluidos los homicidios. Sostener que son los autores de los mass shootings solo sirve, explican, para oscurecer las causas más importantes y estigmatizar a población vulnerable. Empuja a la gente a temer y evitar a las personas que sufren algún trastorno, en lugar de facilitarles tratamiento y compresión. Y lo que es peor, la gente con enfermedades mentales es mucho más común que sean víctimas de delitos que sus autores. 

Por eso, Blum y Jaworski consideran que hay que huir de explicaciones «individuales» y centrarse en las raíces sociales del problema. El denominador común siempre es un estado de rabia y frustración. Los autores de este tipo de crímenes están intentando ser temidos y recordados. Quieren dejar huella sin importar cómo y son capaces de matar para lograr su objetivo, porque en su cabeza se sienten «abandonados» y «traicionados» por la sociedad. 

En realidad, la mayoría de estos sucesos se producen en bares y domicilios particulares, no tanto en escuelas, el trabajo o templos religiosos, como comúnmente se cree. La norma más que la excepción es que tengan lugar en entornos de pobreza. Lugares donde abunda el estrés colectivo y hay pocas vías para aliviarlo. Si esta tensión se combina con alcohol y armas, señalan estos investigadores, hace falta muy poco para que salte la chispa y tenga lugar el mass shooting.

Otro mito es el del tipo de armas. La prensa suele mostrar que estos crímenes se cometen con rifles de asalto. En realidad, tres cuartas partes, un setenta y cuatro por cientp, son con pistola. Cuando hay de por medio rifles, fusiles o escopetas suele ser porque ha habido una planificación. Si el tiroteo no está planificado, lo normal es que sea con pistola porque se puede usar de forma más rápida y es lo que suele haber a mano en una reacción impulsiva. Tampoco había uso de drogas ilegales en la mayoría de los casos. El alcohol es la sustancia más habitual por abrumadora mayoría. De hecho, la relación más frecuente que se puede encontrar es la de la bebida. La mayoría de sucesos son en domicilios o en bares donde el alcohol está siempre presente. Un ingrediente que garantiza la aparición de discusiones espontáneas cuando se está consumiendo en grupo. 

Matar al primero que pasa por ahí, por mucho que haya quedado en el mito, tampoco es la norma. Siempre hay algún tipo de conexión del asesino con sus víctimas. Si no son familia, son compañeros o amigos que estaban en una reunión. El modelo más identificable es que en una fiesta o en un bar, con alcohol de por medio, alguien apunte y dispare a aquellos a los que odia por algún motivo. El problema es que, al ser lugares cerrados, las balas también van a parar a los que están alrededor, ya sea indirectamente o porque rebotan. También se han registrado casos de que el asesino dispare contra el edificio o el lugar en el que se ha sentido humillado en lugar de contra las personas que, en teoría, le han menospreciado: «Si les han hecho sentirse mal en una fiesta, intentan asegurarse a través de la violencia de que otras personas se sientan igual de mal».

Al no tener en cuenta estos factores, los académicos se quejan de que el control de armas haya acabado siendo un debate de blanco o negro a la hora de prevenir este fenómeno. Creen que basta con atender a dónde se producen estos sucesos, en qué barrios y en qué ciudades, para ampliar el marco del debate. Se trataría de una combinación: pobreza, acceso al alcohol y acceso a las armas. Si se toma como ejemplo Chicago, que es la ciudad donde hubo más de diez mass shootings entre 2013 y 2020, una explicación sería que se levantaron parte de las restricciones al acceso a las armas en 2008. Pero la clave es que se produjo una tormenta perfecta, la combinación de fácil acceso a las armas y grandes bolsas de pobreza. 

Si se sitúan en un mapa todos los lugares de Estados Unidos donde se han producido estos sucesos, los puntos coinciden con los lugares con tasas de pobreza más altas. Una correlación que, si se baja a la escala de Google Street View, no hace más que aumentar. Cuando hay una situación de pobreza crónica, la violencia es irremediable, sostienen, porque «sin nada que ofrezca estabilidad a las personas en sus comunidades, hay pocas razones para que esas personas obedezcan la ley». No obstante, la mayoría de los tiroteos ocurren en áreas rurales o de la periferia de las ciudades donde nunca hay más de medio millón de habitantes. Estos entornos concentran el setenta y cinco por ciento de estos sucesos, son extraños en áreas metropolitanas densamente pobladas. En los lugares pequeños, explican, las mismas personas están obligadas a cruzarse y coincidir constantemente. Un elemento, como se ha podido comprobar en los institutos, que parece un desencadenante habitual.

Por lo demás, curioso, pero no sorprendente, es que los perpetradores de estos asesinatos sean también hombres en su mayoría. Menos de un cinco por ciento de mujeres han protagonizado estos sucesos. Si se estudian sus casos, se aprecian dos grandes grupos. Uno, el de la venganza; dos, la acompañante estilo Bonnie y Clyde. En el primer caso, tenemos a las mujeres que han sido víctimas de abusos o violaciones en entornos en los que ha habido tolerancia o encubrimiento. Por ejemplo, cuando el agresor es alguien de su propia familia y los demás miran a otro lado. En estos casos, la mujer atacaría a todo el grupo. Sin embargo, estos asesinatos no suelen computar como tiroteos masivos y van incluidos en la violencia doméstica. En la segunda situación, serían mujeres que acompañan a su pareja cuando esta decide cometer un acto violento de estas características. 

Incluso en los años 90, la mayoría de los mass shootings tenían que ver con un perfil de hombre entre cuarenta y cincuenta años que pierde su trabajo, asesina a su familia y luego se suicida. Los problemas económicos que seguirían al despido se les hacían insoportables o, sintiendo profundamente un código de honor, sentían vergüenza por perder su papel social de proveedores. En el siglo XXI, se ha notado un descenso en la edad media de los tiradores, pero de nuevo hay un pánico a perder el estatus masculino si de lo que se trata es de vengarse tras una discusión en la que ha podido haber afrentas, insultos o ridiculizaciones con público alrededor.

En fin, en las dos épocas estaríamos hablando de una «ejecución intencionada, consciente y exagerada de los estereotipos masculinos». Se equipara la masculinidad al ego y un golpe al ego solo puede ser compensado con otra agresión masculina, es decir, violenta. A partir de ahí, la cadena es difícil de romper. Porque cuando un aspirante a macho ha resuelto así su problema, otros aspirantes a machos tienden a hacer lo mismo. No por casualidad, la profesora Jilian Peterson, responsable de Violence Project, un centro de estudios sobre el uso de armas, explicó al New York Times el año pasado que los mass shootings habían descendido en Estados Unidos en 2021 porque, al centrarse la información de los medios en el coronavirus, se había eliminado un factor desencadenante fundamental: la tendencia de estos asesinos de imitar a otros que han acabado siendo famosos y salen en los medios.

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