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Despersonalización urbana: usted no está aquí

Despersonalización urbana
Oslo, 2016. Fotografía: Frode Bjorshol (CC).

Si nuestros queridos lectores escribiesen en el espacio en blanco del omnisciente Google «ciudades frías», encontrarían un completísimo arsenal de artículos sobre las ciudades más frías del mundo, de cómo preparar la maleta para viajar a ellas sin morir de hipotermia y qué sitios debe visitar si quiere sacarse la foto idónea para ser la envidia de sus contactos en las redes sociales. No hace falta que lo comprueben, si no quieren y si se fían de nosotros, que venimos con los deberes hechos de casa habiendo llegado hasta la lejana página diez (créannos, existe). Pero nadie, en ninguna de las referencias, nos advierte de que las ciudades en las que vivimos ya son frías a rabiar, más allá de una cifra histórica invernal; frías en otro sentido. 

Preparen su café calentito, que vienen nevadas existenciales, y acompáñennos en este recorrido turístico por los gélidos paisajes de la despersonalización urbana.

***

Si miran a su derecha, encontrarán un escaparate con bordes de acero —si necesitase un descanso y decidiera reposar su exhausta espalda en él, no lo haga, porque están endemoniadamente fríos—, con un montón de maniquíes sin rostro (sin ojos, solo cuencas; sin boca, solo labios), brillantes y níveos, que, según el caso, estarán elevados a dos o tres cabezas por encima de ustedes. A su izquierda, otro escaparate, pero esta vez sin cuerpos, sino con repisas de madera donde se acumulan sortijas, pendientes y alguna que otra gargantilla, como si se tratase de una exposición del tesoro de El Carambolo, pero a su alcance, por el módico precio de lo que le costaría un café, como ese que tiene entre las manos, durante los próximos cinco años. ¿Que son ustedes de esas personas que no se consideran humanas hasta que no han recibido su dosis diaria de cafeína y no quieren sentirse desdichadas durante tanto tiempo? Pues no se preocupen, que seguimos andando. Y a quince metros encontraremos lo mismo, pero esta vez la luz será menos misteriosa y cálida, las repisas se parecerán un poco más a su escritorio de ordenador y las alhajas se multiplicarán en ellas como si fueran gremlins mojados. Es probable que su vista sea incapaz de centrarse en nada concreto, pero es el precio que pagar por su café diario, recuérdenlo. Uno de aquellos objetos podrá ser suyo si se abstienen de aquel bagel (que es un pan de toda la vida, pero más pastoso y con un círculo menos de pan en el centro) que les tienta desde otro expositor, con bombillas dispuestas como una cascada de luces para romper el efecto granja que crean los cajones de madera envejecida bocabajo. Cuenta la leyenda que una vez sirvieron de ponederos de gallinas. 

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