El conjurado que gobernó la Antártida

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Antártida
Terra Antarctica, Pierre Du Val, París, circa1678. antártida

I

Aristóteles no tiene dudas sobre la naturaleza de la Tierra: es una esfera inmóvil y pequeña que convive con otros astros. Ha pasado muchas horas mirando hacia arriba y pudo ver cómo la estrella polar va cambiando de posición si el observador se desplaza: estaba allí en Atenas, a la salida de sus clases en la academia y ahora que ha acompañado a Alejandro hasta Egipto puede verla en otra ubicación. Aristóteles consulta documentos y toma notas de todo lo que ve.

Hay otra imagen que le sirve para mostrar que la Tierra no es plana. Pide a Alejandro que mire hacia el horizonte. «¿Ves ese barco que asoma? ¿Acaso no aparecen primero las velas y solo después el casco? Estamos sobre una esfera».

Sin embargo, hay algo que sigue inquietando a Aristóteles: cómo hace esa esfera para mantenerse suspendida en el espacio. La respuesta no está en la observación, sino en la física: para mantenerse en equilibrio debe ser geométricamente simétrica y eso significa que, si hay tierra en un hemisferio, habrá tierra en el otro, actuando como contrapeso. 

Aristóteles sabe que donde está todo el mundo conocido hay tierras y mares entretejidos, y sabe también, porque los viajeros así lo cuentan, que debajo no hay más que agua. Por eso, para que su teoría del contrapeso funcione, el globo ha de tener un bloque continental en el otro extremo. Como nadie lo ha visto, porque es imposible llegar tan lejos, lo llamó Terra Australis Incognita (La Tierra Desconocida del Sur), y se va a convertir en una obsesión para los exploradores.

Intuida y representada, la Antártida fue durante dos milenios el mítico contrapeso que soñó Aristóteles, que después proyectó Ptolomeo, dibujaron los cartógrafos y buscaron todos los imperios. Los exploradores andaban a ciegas con unos mapas medievales que incluían monstruos marinos, islas móviles y una tierra polar, pero antes de encontrar ese continente apareció otro y la humanidad tardó un largo tiempo en conocer las dimensiones reales del planeta. Se movían por prueba, ensayo y error.

Este es el caso más asombroso de cartografía hipotética, y mientras que otras tierras teóricas, como la Atlántida o Lemuria, se esfumaron con las sucesivas exploraciones por el mundo, la Antártida se volvió real. Comenzó a alzarse como una gran masa blanca frente a los ojos de los navegantes en el siglo XVIII y durante décadas fue una quimera; una bestia mítica, blanca, fría, hostil, inaccesible. Fue el último continente conocido por el hombre, casi inexplorado hasta entrado el siglo XX, difícil de cartografiar e imposible de habitar a menos que se esté dispuesto a perder la razón en medio de la noche polar.

Trescientos años antes de que algún humano pisara esas tierras de hielo permanente, Antártida tuvo un gobernador. 

II

Esta es la historia del adelantado Pedro Sancho de la Hoz, gobernador con poderes plenipotenciarios de un lugar que nadie sabe si existe o no.

Ser un adelantado español, en el siglo XVI, es ser un funcionario público: el rey encomienda a alguien conquistar un lugar, deponer cualquier resistencia y después, como premio, gobernarlo. Es una empresa militar y civil a la vez, con larga tradición en Europa, y se renueva con cada enviado que va a luchar y sostener dominios más allá de las fronteras. En los comienzos de la conquista de América, los adelantados eran nobles, pero, a medida que el territorio que ocupar se hacía más extenso, los títulos de la alta nobleza resultaron insuficientes, y entonces cualquier experiencia en la carrera militar servía para convertirse en adelantado. Tampoco era fácil convencer a los nobles de abandonar el lujo y la comodidad para adentrarse en tierras inhóspitas sin mapas ni garantías de una riqueza segura. En esos momentos la Corona empezó a repartir títulos a cualquiera que compensara la falta de atributos con voluntad. 

Y así llegamos a Sancho de la Hoz. Lo vamos a encontrar ya en América, como un personaje menor de la conquista.

Después de bautizar de prepo y ahorcar al último soberano inca, Francisco Pizarro se convierte en el único dueño del Perú. El tesoro encontrado es incalculable, por eso contrata a Pedro Sancho de la Hoz, un comerciante español que actuará como secretario y escribano en el reparto del botín del inca Atahualpa. Había llegado a América para hacerse rico, así que acepta con gusto el encargo. 

Ya sabemos que «el que parte y reparte se queda con la mejor parte», así que a poco de andar, Sancho de la Hoz se vio envuelto en una serie de acusaciones y debió regresar a Sevilla con una fortuna considerable y la obligación de «prestar confesión». No se sabe cómo, pero pronto se deshizo de los cargos, se casó y resolvió dedicarse a vivir de su botín, que resultó ser insuficiente para toda una vida. Cuatro años pasaron y descubre que es pobre otra vez. 

Resuelve embarcarse de nuevo hacia América, pero no irá con las manos vacías: cuando llegue al Perú tendrá una carta guardada. Literalmente. Es una capitulación firmada por el mismísimo rey de España, donde lo nombra «adelantado de Terra Australis». 

Prometemos que, hecho el dicho descubrimiento de la otra parte del dicho estrecho, o de alguna isla que no sea en paraje ajeno, os haremos la merced a vuestros servicios; i entre tanto que no somos informados de lo que así descubriéredes, seais nuestro gobernador dello. Por ende, por la presente, haciendo vos el dicho Pedro Sancho de Hoz a vuestra costa, i segun i de la manera que de suso se contiene el dicho descubrimiento, digo i prometo que vos será guardada esta capitulacion, i todo lo en ella contenido. 

Fecha en Toledo a 24 días del mes de enero de 1539 años.

Todo lo que está al sur del estrecho de Magallanes será suyo. Nadie entonces tenía real dimensión de lo que eso implicaba. América era puro potencial. Todo el tiempo están apareciendo islas, costas y tierras nunca previstas. El continente que hace de contrapeso en el planeta es por ahora hipotético, y así seguirá «hasta su constatación como reino o provincia real», y también es estratégico porque se cree que es un paso para «llegar hasta el Reino de la China».

Durante esos años, los españoles elaboraron más de treinta documentos en los que intentaban definir el alcance de ese «al sur del estrecho y hasta el polo». El círculo polar antártico está a 66° 33′ 46″ al sur del ecuador y Perú a los 10°. Hay más de nueve mil kilómetros entre un punto y otro, y para llegar deberán atravesar todo un continente, después las aguas más violentas del mundo, esas donde se juntan el Pacífico, el Atlántico y el mar Austral.

No tenían ni idea. No podían conocer el tamaño del globo, no podían sospechar el peso de la naturaleza en un lugar como ese, no podían imaginar los barcos y hombres que iban a morir en esas aguas. No podían saber que ese nombre, Terra Australis, que figuraba en los documentos en el mundo real, era una pesadilla blanca e inmensa, demasiado para la escala humana.

III

Sancho de la Hoz tiene un papel en la mano con el sello real, tiene hambre de gloria y viene a reclamar lo que es suyo: todo lo que está más allá del estrecho de Magallanes. El problema es que cuando llega al Perú y muestra su título de propiedad, Pizarro le dice que ya entregó la gobernación de Chile a Pedro de Valdivia, «hombre de extremada valía», que antes del polo hay un desierto terrible y también los mapuches, que muchos españoles podrían dar cuenta de su ferocidad si no estuvieran muertos, que para tomar posesión de un lugar hay que llegar y derrotar a quien haga falta. Así que primero lo primero: que vaya a Chile con Valdivia, que lo ayude a conquistarlo y, entonces sí, podrá seguir camino abajo y ser gobernador del polo, si eso es lo que quiere.

A Sancho de la Hoz no le queda más que aceptar esa sociedad en la que ocupará el segundo puesto: el capitán se adelantará con las tropas y él deberá alcanzarlo en unos meses con provisiones y pertrechos. Pero sus planes son otros y, en lugar de juntar armas y suministros, decidió seguir en secreto a Valdivia, deshacerse de él y tomar su lugar. No tiene otra experiencia más que como comerciante —cuenta monedas y trafica con papeles—, no sabe empuñar un arma ni comandar tropas. Deberá deshacerse de Valdivia y después convencer a sus hombres para que lo acompañen al sur. Cómo imagina llegar, nadie lo sabe. No es improbable, es imposible. 

Pero aún falta para eso, y ahora tiene otras urgencias. Está atravesando un desierto ardiente que se vuelve helado en las noches, acecha a los exploradores a distancia prudente y en la oscuridad: en cuanto tenga una oportunidad se lanzará sobre Valdivia. De pronto la noche fría se ilumina con las candelas del campamento español, se acerca a la tienda del capitán y se desliza con el puñal silencioso. Cuando tantea entre las mantas descubre su error: el capitán no está, pero sí su compañera, que despertó a todos con sus gritos. El primero en llegar es Villagra, el segundo al mando, que va a ser la perdición de Sancho de la Hoz. Porque Valdivia lo va a perdonar, Villagra no. 

Dos meses estuvo preso el conjurado. Villagra pedía la horca, Valdivia prefería negociar: lo va a liberar si renuncia por escrito y ante escribano a cualquier derecho sobre la conquista de Chile. Por desgracia para él eso incluía también sus dominios al sur del estrecho, y si quiere llegar hasta allí será sobre el cadáver del capitán.

De ahí en más, cada vez que tuvo oportunidad conspiró contra Valdivia. Como si fuera el coyote tras el correcaminos, durante siete años estuvo intentando deshacerse de él y siempre fracasó. Lo descubrían, lo atrapaban y lo juzgaban, pero nunca lo alcanzaba la horca. Villagra lo miraba en silencio, desde lejos. Después de todo, él mismo le debe su vida a un perdón gubernamental cuando se alzó en el Perú y Pizarro mandó apartar la soga de su garganta en el último momento. No quiere contradecir a Valdivia, que por una u otra cosa siempre lo perdona, pero está harto de ese hombrecito traidor con contactos en España que agita a los hombres y vive armando conspiraciones. Algunos a veces lo siguen en la conjura y todos terminan colgados menos él. Villagra le tiene ganas desde aquella noche en el desierto. 

Chile está apaciguado, están instalados en Santiago y ya son definitivamente sus dueños. El gobernador Valdivia tiene que ir por unos meses al Perú, deja al mando a Villagra y Sancho de la Hoz cree que esta es su oportunidad para hacerse de los hombres y las armas que necesita para llegar a su Terra Australis. Lo que no sabe es que Villagra lo está esperando.

Al hombre ya no le importa lo que pueda decir el capitán ni la Corona en España. Apenas Sancho de la Hoz empieza a moverse y conspirar, Villagra siente el olor de la traición y ni siquiera se gasta en armar un juicio: le corta la cabeza y la pasea por la plaza. Así terminó la vida del primer gobernador que tuvo la Antártida, sin acercarse nunca a sus dominios y guardando entre sus ropas un papel con la firma del rey.

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3 Comentarios

  1. Desde hace quinientos años que tanto la historia como la cartografía es falsa, o está muy censurada. Mapas antiguos nos muestran, al sur del estrecho de Magallanes, tierras que hoy han desaparecido. Hoy en día todo el paralelo sesenta sur está muy militarizado por Argentina y Chile. Nadie puede acceder a esas zonas. El mar de Scotia y los mares Presenciales son tierras ocultas en los mapas actuales. Tras todo esto un enorme complot mundial. Un escándalo.
    Saludos.

  2. Siguen siendo tierras inhospitas,dificil de vivir ,pero disputadas por las potencias del planeta cada quien tiene un enclave.Si eso esta pasando debe haber ahi tesoros incalculables.En Biologia,artefactos civilizaciones milenarias, seres vivientes de diferentes especies en fin muchos recursos por explotar .

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