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Quienes cabalgan las olas (pero de verdad): sobre las traineras

sobre las traineras
Fotografía: Humberto Bilbao / Getty.

Carlitos rige regular, nosotros nos echamos a la mar

Seguro que conocen ustedes el efecto mariposa. Sí, sí, ese según el cual cierto lepidóptero revolotea tranquilo en Hong Kong y eso desata un tornado allá por Kansas (un sitio con tornados llenos de fantasía y color). O, como decía el proverbio chino, «el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Ya ven. Pura poesía.

Solo que aquí somos más brutotes, y el tema del kōan nos sale regular. A ver, una prueba. «Carlos II es tirando a inútil y a causa de ello tenemos regatas de traineras». O anchoas, si ustedes lo prefieren (las anchoas son cosa muy rica). No tiene el mismo gancho, para qué engañarnos. Pero es cierto. Vean, vean.

Carlos II de Habsburgo, rey de España. También lo llaman «el Hechizado», «el de la mirada raruna», «Carlitos idiota». Cosas por el estilo. Último monarca Habsburgo que ciñó la tiara española. Pero Habsburgo, Habsburgo. Habsburgo de los buenos, de los de raza. Digamos que por nombre completo el buen mozo calzaba un Carlos de Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo Habsburgo y Baviera, por aquello de variar. Metan ustedes algún «Austria» en lugar de «Habsburgo», que queda la cosa más bonita, pero a efectos prácticos… Vamos, que con semejante carga genética el chico bastante bien lo llevó, porque aquello era para no tenerse en pie. Apenas lo lograba, pero oigan. 

En fin, que nuestro Carlangas tiene ciertos defectos. Pequeñajos, nimios, cosas de ni fijarse. Es un inútil mental, también es impotente. A efectos dinásticos importa más lo segundo que lo primero, como ustedes fácilmente comprenden. Que muere el muchacho sin dejar heredero —pese a yacer con su esposa en el mismo lecho donde descansaba la momia de santa Teresa, porque, puestos a ser folclóricos, hagámoslo bien—, y eso desencadena toda una batalla europea, que trono y posesiones hispanas eran botín apetecible. Tampoco queremos aburrir —bastante fue lo de los Habsburgo—, así que iremos al meollo. Desembarco de los Borbones, Austrias entre Viena y Budapest, Inglaterra domina los mares, porque rule, Britannia! Britannia, rule the waves.

Entre las cosas que usurpa la pérfida Albión hay caladeros de pesca en Terranova y alrededores. Disfrute tradicional para las economías del norte, añadimos (que es todo eso que queda a septentrión de la cordillera Cantábrica, donde siempre ponen nubes en la predicción meteorológica). Por América se pescaban ballenas, sí, pero sobre todo bacalao, que es asunto sabroso y fácil de conservar. Solo que eso: llegan los ingleses y, puf, nada. Expulsión. Vuelva usted otro día, cuando tengan reyes en condiciones. 

En fin. Como ustedes saben los chinos tienen la misma palabra para «crisis» y para «oportunidad» (crisistunidad, en efecto), así que… reinvención. Nada de pesqueras larguísimas, varios meses lejos de casa, chupando frío y trayendo lomos para tirar durante bien de tiempo. No, igual ahora debemos fijarnos en esos pececitos chicos que hay cerca de la orilla. Sí, sí, unos que usamos solo para labores de iluminación (los candiles en la antigüedad se alimentaban con aceite de pescado, es decir, con sardinillas exprimidas; vamos, que las casas olían divinamente). Bocartes, lirios, sardinas, sulas. Que se pescan con esas redes de mallas tupidas… cómo se llaman… ah, sí, «redes traínas». ¿Van viendo a dónde queremos llegar?

Sucede que pillar bichos grandotes en alta mar no es lo mismo que buscar los placeres del bocarte relativamente cerca de la costa. Hubo que cambiar la herramienta de trabajo. Embarcaciones pequeñas, estrechas, manejables, con un punto de nerviosismo. Capaces, en definitiva, de cabalgar el Cantábrico, que es mar traicionera y lo mismo te sale un día buenísimo de playa que se tuerce y entra turbón. De ahí surgen las traineras, barquitos a remo (también podían llevar una pequeña vela) que empezaron como instrumentos de trabajo y ahora son un deporte de alto nivel. O el paso del madero a la fibra de carbono, si quieren.

(Ah, otro día les cuento cómo las cafradas de un rey Borbón en Sicilia provocan que ustedes tengan en el supermercado esas anchoas tan ricas que hacemos en Cantabria. Otro efecto mariposa de los buenos.)

Traineras de ayer y de hoy

Dice Henri-Louis Duhamel du Monceau (uno de esos ilustrados franceses con nombre larguísimo) que la trainera se inventa en 1750. En Fuenterrabía. Que ya es precisión la del tipo, también les digo, no hagan demasiado caso. Pero, en fin, nos vale. Cantábrico, siglo XVIII. En la actualidad son embarcaciones con doce metros de eslora y metro setenta (centímetro arriba o abajo) de manga. ¿El peso? Hasta quinientos kilos. Al menos las tradicionales, luego veremos cómo estas cosas van cambiando y las traineras adelgazan cual famoso que se hizo operación. Seis parejas de remeros, más otro de proa (que hace de proel en ciaboga) y un patrón. Cada remo, unos tres kilos de peso. Ah, banco fijo, así que esto tiene poco que ver con esa máquina de remo que tienen ustedes en el gimnasio. No, no, aquí tienen madera —o lo que sea— bajo las nalgas. De hecho, una de las consecuencias de ser remero en el norte es… en fin, desarrollar callo, o sea, callo… en el culo. Tener callo en el culo. Que tú hablas con gente del mundillo, y todos dicen lo mismo. El callo del culo. Incomodísimo, oigan. 

Pero hablábamos de historia. De que esto servía para pescar. Entonces… ¿hacer carreritas? Pues miren, casi natural. Digamos que cuanto más rápido fuera el barquito antes llegaba a los caladeros y, sobre todo, antes volvía a la costa, lo que daba ventaja a la hora de conseguir ventas buenas. Más aún, existían lo que se llamaba «traineras de atoaje», aquellas que remolcaban veleros grandes para su entrada en puertos difíciles (y en el norte hay muchos puertos difíciles, se lo puedo asegurar). Un negocio lucrativo que solo revertía a quien arribaba primero al barco gordote. Así que tripulación en la costa, asoman latinas por las aguas, todos a la trainera, competición para llegar sobre el resto. Oiga, ¿y no hubiera sido mejor algo cooperativo? Hoy tú, mañana él, y así ganamos todos. Pues seguramente, pero es que ese tipo de soluciones son más de Los Lunnis que de la Edad Moderna, amiguetes.

Competiciones. Algunas casi hundidas en bruma legendaria. Día 22 de julio, año 1719 (¿ven?: antes de lo de Duhamel). Dos traineras. Una de Bermeo, otra de Mundaka. Se juegan algo más que la honrilla, además. ¿Ves aquella isla? Aquella que está a lo lejos. Pues la primera tripulación que llegue allá se queda con su propiedad. A ver, se queda el pueblo, pero imaginen el subidón. Y allá que reman. Ganó Bermeo. La isla, por cierto, la llaman de Ízaro, igual les suena por el cine (pésima fotografía, tonos amarillentos, letras con diseño horteroide, imagen fija del islote al fondo). 

Ya en 1854 tenemos una regata que puede ser asimilable a las de ahora. Fue durante las fiestas de San Juan, año 1854, cuando compitieron tres traineras de Pasajes. Siete años más tarde se estrenó Santander, con Bandera estival (a los trofeos se les llama «banderas», porque es el distintivo que se da al ganador; supongo que las copas casan mal con la vida marinera) en honor a Isabel II, que andaba golfeando por la bahía. Era chistoso el Santander de la época, con Galdós veraneando allí desde un par de décadas más tarde, Pereda olvidándose a ratos de que era ultracatólico y Concha Morell sacando unos discursos de lo más revolucionarios sobre feminismo y otras hierbas. Sumen raqueros, sotilezas y sutilezas y queda un cóctel de lo más rico. Poco más tarde debuta la Bandera de la Concha, en San Sebastián, que tuvo primera edición por 1879 y aún es, hoy en día, momento culminante para toda temporada que se precie (hasta lo llaman «Olimpiada del Remo»). Ah, por esas mismas décadas se puso a pintar embarcaciones Fernando Pérez del Camino, amiguete también de Pereda. Su «Jesús y adentro» (expresión que decían los traineros santanderinos cuando franqueaban la bahía y entraban en la mar cierta) es certero ejemplo de lo que fue el tema. 

Ya ven, la cosa viene de antiguo. 

Esas banderas, esas palabras

Así que… las carreras. Solo que aquí no se las llama carreras, sino regatas, y si usted pronuncia la palabra carreras, pues le llamarán «papardo», que es un pez, así como plano, de esos que se acercan a la costa solo con las altas temperaturas. Vamos, como los veraneantes. Ya me entienden.

Traineras. Cada una representa a un pueblo. Orgullo de villa, de localidad, colores que son fácilmente reconocibles. Pasea por Pedreña, o por Orio, o por Urdaibai, y todo está cubierto con recuerdos al bote. Pañuelos, banderas, fotos en los bares —hay que frecuentar los bares para palpar la vida de un sitio—, pintadas aquí y allá. Nombres reconocibles. La Bou Bizkaia, la Ama Guadalupekoa, la Marinera de Castro. O la trainera Cantabria, esa que pesó solo ciento sesenta y cinco kilos en 1934.

Esto también hay que tenerlo en cuenta. Antes trainera y remeros eran los mismos entre semana, faenando, que durante las fiestas entre ciaboga y ciaboga. Solo que luego no, porque el asunto se puso tan serio que empezamos a invertir en I+D+I. Así, lo que era cedro y haya (maderas óptimas para la pesca, y las olas, y las corrientes, y todos esos asuntos de no morirnos en la mar) se transforma en materiales recién sacados de la NASA. Una trainera tradicional andaba por la media tonelada. En Getaria hicieron, allá por 1917, la primera dedicada exclusivamente a competición. Nada de sardinas, nada de bocartes. Esta es la buena, el traje de los domingos. Cuatrocientos kilucos. Hoy tenemos peso mínimo limitado en doscientos, porque al final la ambición corre más que el sentido común, y había que poner freno por algún lado.

Con los remeros, lo mismo. Digamos que antaño todo era más rústico. Más, sí, auténtico. La evolución de las normas sirve como perfecto ejemplo de cómo se nos ha ido jodiendo el deporte de un siglo a esta parte (ya ven, somos old, así de old). Primero las competiciones eran a puro huevo; con la trainera salías a pescar, porque ese era tu curro, y los mismos tíos que arrastraban redes competían en las fiestas patronales contra otros barcos que venían de pueblos vecinos. Rivalidades a muerte, bigardos pilosos y ceñudos, embarazos no deseados en la verbena. Esas cosas. Después fuimos relajando exigencias. Barcos, que ya no debían ser los de labor. Remeros, que no ya debían ser de la misma cuadrilla, pero sí del pueblo al que representaban (y dedicarse a la pesca, claro). Luego, ni siquiera del pueblo, solo de la comarca. Luego, ni siquiera pescadores. Al final hasta se ficharon remeros olímpicos (en banco móvil) para convertirlos a este deporte tan sano. Ya ven, se anima igual y el tema mueve pasión, pero las esencias…

Y eso, que cuatro embarcaciones. O a veces dos. O hasta ocho, dependiendo del campo de regatas que sea. Lo del campo de regatas tiene su importancia, porque no es lo mismo remar en ría que salir a mar abierto. En el primer caso importa mucho la calle que ocupas, como si fuese atletismo. El segundo…, bueno, el segundo es mejor. O más espectacular. Porque a veces la mar se pone caprichosa, y entonces el patrón muestra toda su habilidad, y coge las olas como si fuese un surfista alemán de esos que tienen la piel tostada, y ves la trainera acelerar, y deslizarse sobre las aguas, y en ocasiones entra una ola traicionera y se cruza el bote, y todo eso mientras cae calabobos, y tú estás en el espigón con chaquetilla, porque en el norte, aunque sea verano, hay que sacar la chaquetilla. Y entonces sí, entonces entiendes que todo eso merece la pena, y que a veces la estética más pura se esconde entre cosas tan sencillas como barquitos de pescar bocartes.

Las regatas suelen ser de ida y vuelta (también las hay que dan cuatro largos, con tres ciabogas). La Bandera de la Concha, por ejemplo, suma algo más de dos kilómetros y medio desde playa hasta boya. En total, por encima de los cinco. Bermeo tiene el mejor tiempo de siempre, con dieciocho minutos y cincuenta y tres segundos.

La cosa va de remar, eso ustedes ya lo tienen claro. Pero no remar de cualquier forma, no. Digamos que el remero está enclaustrado entre su banco y la estribera donde apoya los pies. Movimiento de muñeca, también, el llamado «repaleo». El remo dentro del agua, lo más cerca posible de la superficie, pero sin asomar, arrastrando el máximo líquido posible. Luego, cuando sale al aire, se gira, por aquello de la aerodinámica. Los estrobos alrededor del tollete ayudan al gesto, pero lo principal es la técnica de los tripulantes. Porque deben ir a una, todos a la vez, obedeciendo las órdenes del patrón, que está de pie sobre el costado. El patrón, figura mítica en las aguas cantábricas. Perro viejo, experiencia. No hay patrón que pague un blanco en toda la costa, ustedes me entienden. Solo él ve a dónde va la trainera, porque el resto avanzan de espaldas. Solo él sabe cómo coordinar esfuerzos, cómo exigir más en los momentos finales. Cada minuto se dan unas treinta y seis paladas. Apretando, dándolo todo antes de meta, pueden alcanzarse cuarenta y dos o cuarenta y tres. Agonía.

Y el momento clave. Cuando toca hacer ciaboga. La nave que entra en boya, que gira como cuando Poe Dameron tira de freno de mano, que sale después sin haber perdido casi inercia. Busquen vídeos, una ciaboga bien ejecutada es movimiento espectacular, danza clásica con olor a mar. Ahí resulta clave la figura del proel, que es quien clava espaldilla por el costado de estribor y ejecuta aquello que el patrón manda. Ah, se llama a esto «ciaboga» porque los remeros de babor cían (reman en sentido contrario), mientras que los de estribor bogan. Ya ven, aquí es que somos muy simplones para los títulos.

En fin, para tirarnos horucas hablando. Lo mejor es que ustedes lo vean con sus propios ojos. Que se acerquen a algún pueblito pesquero (lo que antes eran pueblitos pesqueros, ahora invadidos por pisos y adosados) y vivan regatas en directo. Porque esto, como ustedes comprenderán, gana mucho cuando hueles el salitre.

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6 Comentarios

  1. ¿Las regatas suelen ser de ida y vuelta? en fin, lo que hay que leer. Le dejo un enlace para que se actualice, visto que sabe vd. menos de regatas que banderas ganan las traineras de su provincia:

    https://www.diariovasco.com/v/20110908/deportes/remo/campo-regatas-balizas-20110908.html

    • Pepe Bedia

      Contando la Concha que le robaron a Pedreña o sin contarla??

      • 126 veces se ha celebrado con 10 victorias no vascas. Igual me he comido alguna, las victorias no vascas se concentran en años del ladrillazo (igual no tiene nada q ver pero me ha parecifo curioso). Ha dia de hoy, pues con echar un vistazo a ACT ya se ve donde esta el dominio. Hay q decir q los remeros van de una a otra trainera por pasta y hay mucho cantabro remando en Bizkaia por ejemplo.

  2. Rubén Laso

    A falta de papardos ya tenemos al Patxi de turno. Cierra con llave el apartamento de Noja, no sea te roben los abanicos de amachu colgados de la pared.

  3. Un componente capital del deporte (y de la vida) es la épica. Por eso el boxeo, el ciclismo o el rugby han generado literatura en grandes cantidades, por encima de lo que su trascendencia objetiva podría dictar. Las regatas de traineras, estropadak en euskera, entran dentro de este tipo de disciplinas que se pueden prestar muy bien al relato escrito. Su escasa trascendencia fuera de la costa Cantábrica, donde sí levanta pasiones; hace que rara vez se tenga el placer de leer sobre este deporte.

    Por tanto gracias al autor y Jotdown por esta feliz píldora. El artículo, escrito con la habitual lucidez a la que nos tiene acostumbrados Marcos, me deja la duda si realmente es aficionado a este deporte o sobre si sus conocimientos van más allá o no de haberse documentado para escribir estas líneas.

    En mi caso al menos, no ha sido capaz de emocionarme ni trasmitirme gran cosa por un mundo que vivo de cerca. Para quién no conozca de que se trata esto del cabalgar las olas a remo, unas imágenes de la Bandera de La Concha de 2017 https://www.youtube.com/watch?v=ACqU6xM1lDE

    Por aportar algo a lo descrito sobre los orígenes de las traineras, decir que es probable que ya desde el siglo XIV se utilizasen para la pesca de ballenas que se acercaban a la costa Cantábrica. En los siglos posteriores, cuando estas empezaron a escasear y hubo que ir tras ellas (y a por bacalao) a Terranova, las naos fletadas a tal fin llevaban varias chalupas a remos semejantes a las traineras actuales. Es desde estas barcas y no desde el barco principal desde las cuales se perseguía y daba caza a los cetáceos.

    En cualquier caso, interesante artículo, gracias nuevamente.

  4. No podían faltar en los comentarios los revisores de texto y los que ganan banderas mirando la tele, pero soy de los que tienen callo en el culo y me ha gustado el artículo, gracias Marcos.

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