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María Dueñas: «Como escritora, me da mucho más juego el desamor que el amor puro, limpio y verdadero»

María Dueñas

Martin Luther King tenía un sueño. Isak Dinesen tenía una granja en África. Yo lo que tuve fue un blog. Patrulla de Salvación se llamaba. A lo largo de cinco años, junto a mis compañeras Daphne, Josephine y Samantha, nos dedicamos a denunciar desde él la impostura y la manipulación en el mundo literario en castellano. Hasta que llegó el día del alto al fuego unilateral y yo, la Sargento Margaret, me quité de en medio. Otras apasionantes labores me tuvieron después ocupada: series de TV en vena, cuidado de nietos, viajes del Imserso… Después vino la maldita covid-19, y ahora acaban de ponerme el segundo jeringazo de la vacuna. Como chavala de posguerra con zapatos nuevos, me he echado otra vez a la calle. Y a las librerías, claro. Y entre los nuevos títulos he encontrado en todas ellas un libro, Sira. Al quinto escaparate, harta de ver la misma portada con la misma muchacha con el mismo sombrero, he sacado mi Nokia 1100 del bolso de polipiel y he buscado la letra D entre mis contactos.

—Nena, estás hasta en la sopa.

María Dueñas, al otro lado del teléfono, suelta una carcajada.

—Mi sargento, qué alegría oírte. ¿Qué te pusieron por fin, Pfizer o Moderna?

—Ni lo sé ni lo ignoro, chata. Oye, me imagino yo que andarás de promoción, pero lo mismo tienes un rato para que me cuentes…

—Toda tuya, Margaret. ¿Nos vemos esta tarde?

—Esta tarde tengo que ir a comprarme ropa de verano; me he puesto once kilos encima durante el confinamiento y ya no me caben ni las guerreras ni los pantalones de camuflaje.

—Te acompaño, si quieres… ¿Sigues yendo a aquella tienda del Rastro? ¿Cómo se llamaba?

—Morgan Surplus, últimas tendencias en excedentes reciclados del ejército.

—¿Te parece si nos vemos allí en media hora, y te ayudo a elegir?

—Bueno, anda. Pero luego me invitas a merendar donde los Caracoles ¿eh?, que con la novela nueva seguro que te estás forrando. 

Pero resulta que Morgan Surplus está cerrada, y que es demasiado temprano para echarnos al cuerpo una ración de caracoles en salsa en Casa Amadeo. Así que callejeamos un rato por Cascorro, viendo escaparates y hablando de una cosa y de otra. De cómo fue Sant Jordi, de que la Feria del Libro de Madrid pasará a septiembre este año… Hasta que a la escritora le suena una alarma en su iPhone, mucho más moderno que mi cacharro; para eso ella vende libros a tutiplén y yo no soy más que una pensionista que los devora.

—Tengo que irme, Margaret. En quince minutos me toca entrevista por Zoom con El Mercurio de Chile.

—¿Y aquí tirada piensas dejarme, ahora que gracias a la vacuna ya puedo moverme libremente?

—Vente conmigo, si quieres.

—¿A tu casa? ¿Y me pones un café con magdalenas?

Tardamos poco en llegar, la escritora vive cerca. Ella se lía con su entrevista, yo la oigo mientras enredo por la cocina. Que si ha vuelto la protagonista de El tiempo entre costuras, dice. Que si ahora es una mujer más madura y más curtida. Rebusco por los armarios, no encuentro magdalenas de ningún tipo: ni la de Proust ni las de Mercadona. Tampoco hay bollos ni nada de eso que a mí me gusta. Tengo que conformarme con mojar en el café unas galletas de avena.

La sigo escuchando de lejos, se enrolla bien, tiene callo. Y entre galleta y galleta, voy pensando. Y pensando. Hasta que acaba, los chilenos la han tenido de palique un buen rato. 

—Oye, Sira, digo: María, tengo una propuesta.

—Dime.

—¿Me dejas que te haga yo otra entrevista?

—¿Tú? Pero si la Sargento está ya jubilada, y desde hace años tienes el blog de la Patrulla de Salvación más tieso que la mojama.

—Ya, pero ando con ganas de reciclarme. 

—¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No irás a convertirte en instagrammer?

—Ahí voy, dando vueltas al asunto… Y, además, me quedan amigos de los días de las trincheras que lo mismo me colocan tu interview en algún sitio.

Alza ella la ceja, escéptica.

—Oye, guapa, no me mires así —le digo—. Que la Patrulla de Salvación me dejó la agenda repleta de contactos.

—Ya, ya, no lo dudo. La Sargento fue la leche durante un tiempo. Tuviste revolucionado al sector editorial entero: a escritores y aspirantes, a editores, periodistas y críticos literarios… Pero amigos, lo que se dice amigos, no sé si te quedarán muchos, con las puñaladas que soltabas.

—De puñaladas nada, mona. Hacía lo que tenía que hacer, cumplía mi misión de defender al libro.

—Vale, sí, lo que tú quieras. Pero no te cortabas ni un pelo, y supongo que muchos se seguirán acordando de tus zurriagazos. A mí también me diste caña, ¿o es que ya no te acuerdas?

—Bah, tonterías… Bueno, ¿qué? ¿Me dejas que te haga la entrevista, o me abro? Igual consigo que me la coloquen en el Diez Minutos, para que la lean mis vecinas en la peluquería. O lo mismo en Jot Down me hacen un hueco…

Sigue la bestsellera poco convencida, tan tiesa, tan fina ella.

—Venga, nena, decídete. A ver si va a ser verdad eso de que vender libros a lo bestia va a terminar volviéndote gilipollas. 

—Pero Maggie, si ni siquiera puedes grabarme con ese truño de móvil que tienes.

—Oye, que una sigue llevando a mano sus herramientas de trabajo. Espera, espera… 

Rebusco en el bolso, sale la última novela de Emmanuel Carrère y una del año catapum de Bukowski; bolis sin capucha, el último número de Qué Leer y un CD de Rocío Jurado. Hasta que por fin aparece mi vieja grabadora.

—¿Ves tú? Anda, que si este aparato hablara…

—¿Por qué? ¿Grabaste con él a mucha gente?

—Montones; en los días de gloria de la Sargento, la gente andaba con ganas de soltar por su boca. A ver que la encienda… Ya está. ¿Preparada?

La de las costuras suspira, carraspea y —con resignación— dice: «Venga, dale».

María, ¿usted por qué escribe?

¿O sea, Maggie, que vamos en serio, en plan «usted» y eso?

Responda, haga el favor.

Vale, de acuerdo. Pues yo escribo porque un día, con más de la mitad de mi vida transcurrida y resuelta, decidí hacer algo distinto. Yo era por entonces profesora de universidad y nunca, en principio, opté por escribir con la idea de cambiar una profesión por otra. No conocía a nadie en el mundo editorial, no sabía si acabaría encontrando a alguien que me publicara. Me planteé mi primera novela como un proyecto nuevo e ilusionante, algo que encajaba en mi vida en un momento determinado, nada más.

Pero ¿no había escrito nada hasta ese momento?

Escritura académica. Y esas chorradas que escribimos todos alguna vez. Pero en ficción, en serio, nada.

¿Lleva usted un diario? 

No, no, Dios me libre.

¿Cartas? 

Cartas en su día sí escribí, muchas, sobre todo cuando aún no existía el email, y amigos y hermanos nos desperdigamos por el mundo. Y además escribía cosas un poco lúdicas; iba de viaje con amigos y hacía una crónica detallada, con humor y anécdotas. Siempre he tenido facilidad de palabra. Soy filóloga y buena lectora. He enseñado a escribir en español y en inglés a montones de alumnos, he explorado y analizado las estructuras sintácticas, el discurso y su funcionamiento. Siempre he vivido en el mundo de la lengua, de la lingüística aplicada, de las humanidades. El lenguaje siempre ha sido mi herramienta de trabajo. 

Ha dicho que sus personajes no tienen nada de usted.

Trato de que no lo tengan, aunque algo se me escapará alguna vez, supongo. Pero nunca de manera voluntaria y consciente.

María Dueñas

Se acaba de publicar Notas para unas memorias que nunca escribiré (Lumen, 2021). En él se recoge el diario que el escritor Juan Marsé llevó en una época de su vida. En la introducción se dice que Marsé, al contrario que otros autores, no utilizaba sus diarios para la introspección y que, sin embargo, miraba dentro de sí en sus libros. ¿Usted utiliza sus libros para eso?

No, no, yo no miro dentro en mis libros. Y una vez terminados, no los releo jamás. Lo que vuelque en ellos, ahí queda. Ni siquiera para escribir ahora Sira, he vuelto a leer El tiempo entre costuras.

¿Con tanta exactitud lo recordaba? Han pasado doce años desde la publicación, más aún, imagino, desde su escritura.

Recordaba, sobre todo, lo que yo quería que hubiese en ese libro antes de escribirlo. Si en algo me equivoqué, si algo no acabó siendo como yo había planeado, se me ha olvidado. He vuelto a lo que quería contar, a la intención que inspiró aquella primera novela.

¿Ha mandado alguna vez un manuscrito a una editorial y se lo han rechazado?

El manuscrito de El tiempo entre costuras fue presentado a un premio literario de la editorial… ¿Edhasa? Lo mandé a un premio de novela histórica sin estar para nada convencida de que fuese novela histórica. 

¿Y no pasó nada? 

No pasó nada. Ni sí, ni no, ni lo contrario. Aparte de ese premio que no gané, yo no empecé dirigiéndome a una editorial. Primero me puse en contacto con una agencia literaria. Quien hizo que El tiempo entre costuras llegará a Temas de Hoy (Planeta), no fui yo. Lola Gulias, de la agencia Antonia Kerrigan, fue la primera persona que apostó por la novela. Lola ahora es editora de ficción en castellano de Planeta, sigo trabajando con ella y mantenemos una relación estrechísima y muy cómplice.

Hay quien dice que para escribir una buena novela hay que tener experiencia, que no se puede escribir una novela buena siendo muy joven. También se afirma que, a partir de los cincuenta, un autor ya ha perdido toda su gracia para escribir. ¿En qué quedamos?

A juzgar por lo que leemos y tenemos alrededor, creo que ninguna de las dos premisas es cierta. Hay escritores con muy poca experiencia vital que han escrito cosas maravillosas. Las hermanas Brontë, por ejemplo. Y autores que después de los cincuenta han escrito sus mejores obras. De todos modos, creo que jugó muy a mi favor que yo entrara en este mundo literario cuando ya tenía un bagaje, con cuarenta y pocos años. Con esa edad, tenía experiencia y lucidez, energía y la mente ágil, entrenada y fresca. Creo que empecé en el momento óptimo; cuando ya tenía muchos frentes de mi vida cerrados: estabilidad profesional, estabilidad familiar… Frentes que no me habrían impedido escribir antes, pero sí dedicarle la atención que le he podido dedicar con esta edad y en ese momento. Las novelas que he escrito con los cuarenta y con los cincuenta ya cumplidos no las habría escrito iguales con veintitantos. 

¿Y qué pasará en el futuro? 

El día que mi cerebro empiece a flaquear o me falten las fuerzas, tengo muy claro que dejaré de escribir, y no me supondrá una frustración o un problema. 

Rafael Reig y Antonio Orejudo, escritores españoles de su edad, dicen que a su generación se la han saltado. Argumentan que la época de la Transición la protagonizaron sus hermanos mayores y ahora cortan el bacalao sus hermanos menores. ¿Se siente parte de una generación literaria poco importante? 

Yo no creo que pertenezca a ninguna generación; como te decía antes, yo he llegado a esto de escribir muy tarde, y voy por mi cuenta.

Pero…

Orejudo y Reig, a los que admiro muchísimo, de cuyas obras disfruto y con los que tengo una relación muy cordial, no tienen nada que ver conmigo. Ellos desde siempre tuvieron una clara vocación escritora, y yo llegué de una manera distinta, desde un circuito distinto. 

Pero hay características comunes entre los tres como escritores.

¡Ya quisiera yo haber escrito Fabulosas narraciones por historias, de Orejudo! 

Es un libro fuera de lo común, desde luego. Es…

Es irreverente y tronchante, magnífico. Y yo sé que tú también lo disfrutaste igual que yo, ¿verdad, mi sargento?

Por favor, señora Dueñas, no me corte. Además, soy yo quien hace las preguntas.

OK, disculpa. Prosigo entonces. Con gente como Orejudo y Reig coincido no solo en edad, sino también por nuestra formación como filólogos. Los tres hemos vivido y enseñado, además, en universidades norteamericanas. Javier Cercas y Manuel Vilas también, por cierto, y son de nuestra quinta, más o menos. No estoy del todo de acuerdo con la idea de que los nacidos en aquellos primeros sesenta hayamos quedado en tierra de nadie. Somos muchos y muy variados en proyección y en géneros. Quizá simplemente hemos ido por libre, cada cual por su cuenta. Ruiz Zafón, por cierto, era de mi mismo año, del 64.

Decía el escritor italiano Giorgio Manganelli que «una persona moralmente irreprochable no escribe libros». ¿De qué se arrepiente María Dueñas?

Con el paso de los años he hecho mía una frase de una canción de Joaquín Sabina: «Siempre que me confieso, me doy la absolución». Me confieso poco, y cuando lo hago, me absuelvo a mí misma y santas pascuas. No miro para atrás.

Pero si se confiesa es porque se arrepiente de algo. 

Me puedo arrepentir sobre la marcha de cosas pequeñas, de equivocaciones por ignorancia o por despiste, por cuestiones que me pasaran desapercibidas o por falta de tacto por mi parte. Pero los asuntos de relevancia los enfoco de otro modo. 

Venga, venga, no se las dé usted de firme y dura. Algo habrá en su vida en lo que habrá metido la gamba hasta el fondo. 

Vale, te hago una confesión de hace mil años, para que te quedes contenta. En mis días de universidad lamenté haber elegido mi carrera. Recuerdo que, estando ya en segundo o en tercero, me decía: «¿Qué hago yo aquí?, ¿qué hago en Filología? Si yo no quiero ser docente, si no quiero enseñar». Me interesaban las materias, pero no me agradaba ni el sistema de enseñanza ni muchos de los profesores. No me gustaba cómo funcionaba mi facultad; aquellos años ochenta de clases masificadas y descontrol absoluto eran un cachondeo. Bueno, al final, por responsabilidad, terminé. Me reconcilié conmigo misma y con la universidad, y encarrilé mi camino. Así que, volviendo a la pregunta, no tengo una mochila de arrepentimientos a las espaldas. Voy disculpándome, lo voy solventando y para delante. 

María Dueñas

Decía el escritor irlandés y católico rebotado John Banville que lo primero que hace la Iglesia católica con un niño es infundirle el sentimiento de culpa, y que eso es magnífico para un artista. ¿Qué tanto por ciento de sus derechos de autor le debe usted a la Iglesia católica y a la educación franquista?

Probablemente le debo ese sentido de responsabilidad de la que hablaba. Esa decisión de terminar mi carrera, aunque no me gustara, seguro que se debe al tipo de educación que recibí en mi casa: una educación marcada por una época y un estilo de vida. Mis padres, como tantísimos otros, eran de una generación que tenía muy grabado el sentido del deber, y nos lo inculcaron, Y también supongo que en mi forma de actuar algo tenía que ver el hecho de ser ocho hermanos. Yo soy la mayor, y allí no se hacían tonterías, porque por detrás venían otros siete. No te podías permitir dejar la carrera a medias, tirar el dinero de tus padres a la basura y dar ese ejemplo a tus hermanos. En ese sentido sí debo reconocer que un porcentaje de los derechos de mis novelas vienen de la educación que recibí, con escaso margen para la frivolidad y los caprichos. 

Entonces, la educación católica y el franquismo ¿no le dejaron nada feo?

Mis padres eran muy religiosos, pero también muy tolerantes; tenían una fe firme y profunda pero no eran unos santurrones en absoluto, eran optimistas, comprensivos y disfrutones, unas personas estupendas. No es porque lo diga yo, se lo juro. Yo me separé muy pronto de la religión y no tuve ningún problema; no supuso ningún trauma. El día en que dije: «Este domingo ya no voy a misa», mis padres respondieron: «Bueno, pues tú verás». La religión con la que he convivido en mi entorno familiar y en mis colegios de teresianas no ha sido opresora en absoluto. Y lo que siempre he intentado retener de aquello son valores que exceden el catolicismo y tienen más que ver con la ética. Me refiero a la compasión, la lealtad, la decencia, el respeto…

¿Y el franquismo?

Yo tenía once años cuando llegó a España la democracia. Carecía de edad para entender la esencia y las restricciones del franquismo que dejábamos atrás. Lo que he sabido de la opresión del régimen franquista lo he ido aprendiendo después, no marcó mi infancia conscientemente, aunque aún recuerdo las sonoras discusiones navideñas entre mi padre, más conservador, y sus hermanos menores, por entonces universitarios muy rojos. Dicho lo cual, soy hija de un país y de una época, y tengo clara conciencia de lo que el franquismo supuso para España y para todos nosotros.

Tengo una amiga de Murcia que dice que le gustan los libros en los que «el muchachico se termina casando con la muchachica». Tolstói en Guerra y Paz, (Bezújov y Natasha) y en Anna Karenina, (Levin y Kitty) incluye relaciones amorosas duraderas en el tiempo y basadas en la lealtad y la fidelidad, lo que se conoce como «amor verdadero». Entre las relaciones amorosas de sus personajes echo de menos un amor verdadero, una de esas relaciones que dan sentido a la vida y lo hacen a uno mejor persona.

Ocurre que, como escritora, me da mucho más juego el desamor que el amor puro, limpio y verdadero. Si Sira se hubiera quedado con Ramiro en el capítulo dos de El tiempo entre costuras, se me habría acabado pronto el asunto.

¿Deben sufrir sus personajes?

Vaya preguntas me haces, Maggie; ni que esto fuera Sálvame

Chhsss. Sin protestar. Y hábleme de usted, haga el favor. Un respeto a mi rango.

De acuerdo, ahí voy. No es una máxima que yo crea que en la literatura todo tiene que ser desamor para que funcione. Por supuesto que no, pero en mis libros, por el tipo de tramas, por el tipo de personajes y por la peripecia vital que quiero que vivan, me interesan esos tipos de amores. Relaciones que se van truncando, que no salen bien, que tienen altibajos. A Blanca Perea (Misión Olvido) la deja su marido; a Sira la engaña un sinvergüenza; de una de las hermanas en Las hijas del Capitán abusa un caradura y otra se enamora del hijo de su marido. Son situaciones amorosas que a mí me dan mucho juego narrativo. En algunos casos, dejo una puerta abierta para que quien así lo quiera imagine ese final que tú, perdón: que usted, mi sargento, echa de menos; para que el lector, si lo desea, cierre la relación de una manera positiva o como le apetezca.

¿Qué ambiente necesita para escribir?

Vengo de una familia numerosa, ya lo hemos hablado; el ambiente en que me crie era enredado y ruidoso, y eso me ha dejado una cierta huella. No necesito una paz monacal, no necesito un silencio absoluto, aunque reconozco que algunos exámenes de BUP y COU los estudié encerrada en el cuarto de baño. Después, en la carrera, ya no vivía en casa y fue distinto. El caso es que me desenvuelvo bien con las prisas y el estrés, con los ruidos y con elementos que me disturben. Dicho lo cual, si puedo elegir, prefiero trabajar con tranquilidad y sosiego. Y prefiero hacerlo —y esto sí que es muy importante para mí— con tiempo prolongado por delante. Cada vez que me siento frente a mi ordenador, lo primero que hago es ir hacia atrás, repasar lo ya escrito, volver al trabajo del día anterior o, si es por la tarde, retorno a lo escrito por la mañana. Reviso, repienso, corrijo… Me tomo mi tiempo, y para eso necesito tener horas por delante sin compromisos. Por eso nunca me llevo el ordenador en los viajes, por ejemplo, aunque esté en mitad de la novela. Me llevo algo para leer. Me llevo algo para corregir, para repasar, pero nunca para seguir avanzando.

«¡Niños, silencio, que papá está escribiendo!» ¿Le dice algo esa frase?

Claro que sí: me suena a algo que yo jamás he oído, ni en la casa en la que crecí, ni en la mía propia. Mi padre hizo la carrera de Económicas mientras trabajaba nueve o diez horas diarias e iba sumando hijos a su currículum. Recuerdo que, de pequeños, en mis años de EGB, nos sentábamos todos en la mesa del comedor a hacer los deberes mientras él estudiaba, y allí los hermanos discutíamos y nos peleábamos, le robábamos los folios, nos pinchábamos con la punta del lápiz o le pedíamos que nos ayudara con los problemas de matemáticas. Jamás nos quitó de en medio, nunca le estorbamos. Esa es la escuela de la que yo vengo, así que exigencias, pocas. 

¿Y usted? ¿Hacía lo mismo mientras escribía sus primeras novelas? 

Ahora mis hijos viven fuera de casa y, en lo referente a poder escribir con tranquilidad, estoy en una situación óptima. Puedo trabajar desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche si quiero, y hacerlo sin la más mínima interrupción. Pero he pasado por otras épocas: yo también he trabajado con niños encima de las rodillas, he conducido a dos ruedas para llegar a todo, leí mi tesis doctoral el día en que entraba en el último mes de embarazo de mi hijo, que pesó al nacer cuatro kilos y medio, imagínate, perdón: imagínese la estampa, mi sargento. Recuerdo aquella época en que yo preparaba mi oposición y había un único ordenador en casa, unos ratos trabajaba yo con mis artículos académicos, y otros ratos mi hija se conectaba al Tuenti aquel de entonces, y a veces se mezclaba una cosa con la otra, sus amigos preadolescentes con mis methodological approaches.

¿Tiene un ritual a la hora de sentarse a escribir? ¿Algún objeto, algún amuleto? 

Nada. Nada. Escribo en ordenador, pero siempre con un cuaderno a mi izquierda. Desde hace muchísimos años, escribo siempre con rotuladores negros de punta fina porque como soy zurda, la tinta del bolígrafo la arrastraba y terminaba manchándome. Fuera de eso, no tengo otras manías.

Para llamar a las musas, ¿alcohol o ejercicio físico?

Me gusta salir a andar por las mañanas. Una caminata larga, intensa, de una hora. Me oxigena. La aprovecho para pensar en lo que he escrito el día anterior. Recupero cosas, ajusto tuercas, retomo algo que se me quedó a medias, cómo llamo a este personaje… [la escritora mira al techo, hace como que piensa]. No hago grandes descubrimientos, ni creo nuevas tramas durante esos paseos. Pero me vienen bien para atar cabos sueltos de mi trabajo y, sobre todo, para refrescarme, para arrancar a escribir con la mente despejada con el riego sanguíneo en su sitio.

Eso que decía Hemingway de «escribir borracho y corregir sobrio»…

Es que Hemingway era un imponente machote, mi sargento, y la mayoría de los escritores tan solo somos frágiles mortales. Lo que suelo beber cuando estoy trabajando es café, agua o nada. Otra cosa es cuando termino de escribir. Entonces, si el día ha ido bien, a menudo me tomo un dry martini. Y vino en la cena, por supuesto. 

¿Qué es un día productivo para usted?

Un día productivo es poder empezar a trabajar en torno a las nueve o nueve y media de la mañana. Una jornada en la que no tenga por delante ningún compromiso o una de esas pequeñas colaboraciones que te han pedido y que odio porque te rompen el ritmo. Un buen día de trabajo es cuando todo va fluido hasta las siete, siete y media, a menudo ocho o más de la tarde. Nunca llevo la cuenta del material escrito, solo de las horas que estoy delante del ordenador. Por mantener una estructura y llevar un orden, suelo hacer capítulos con una dimensión similar, entre las seis y las ocho páginas, prefiriendo que sean siete. A veces, me quedo un poco corta y me lo perdono. Otras me extiendo un poco más y me lo perdono también. Ahí tengo yo mi marca y me voy controlando.

Cuando escribe es consciente de que su libro va a competir por la atención del lector con redes sociales, series de televisión y WhatsApp. ¿Le influye eso a la hora de escribir? 

No, ni me lo planteo. No quiero decir que cuando escribo esté en un estado de trance y de abstracción absoluta. No, para nada. Pero estoy yo sola con mi texto, con mi historia, y no interviene nada más, no me planteo qué vendrá luego. 

Pero sí utiliza los llamados cliffhangers (recurso narrativo que consiste en crear una tensión al final de un capítulo que lleve al lector a seguir pasando páginas). 

Bueno, son técnicas, herramientas de carpintería. He debido de ir asumiéndolos como lectora y como espectadora de películas o de series, nadie me los ha enseñado. Es un recurso que funciona para mantener la tensión narrativa. No es un truco o una treta porque no intentas engañar a nadie. Me parece legítimo utilizarlos, e intento que sea en los momentos oportunos.

En la última novela, usted comienza con «Aquella máquina de escribir no reventó mi destino».

Es la misma primera frase de El tiempo entre costuras, pero con un «no» en medio.

Sí, pero quiero destacar otro aspecto de ese primer párrafo. En ese arranque de su nueva novela, como hizo en la primera, introduce palabras contundentes. Términos como violencia, amargura, desolación, rabia, azar, explosivos y siniestro. Son palabras que enganchan. En una primera novela, lo entiendo, pero en una quinta novela… ¿era necesario?

¿Qué más da que sea la primera novela que la quinta o la décima? Con cada una de ellas arranco de cero, vuelco de nuevo todo mi interés, todas mis ganas y el mucho o poco talento que pueda tener. Asumo cada novela como un proyecto independiente e ilusionante para el que me esfuerzo en sacar lo mejor de mí. Escribí así ese primer párrafo porque quería hacer una especie de elipsis, dar un anticipo de algo que se cerrará cien páginas más tarde. Pero no asumo la escritura con tanta frialdad como para pensar si aquí tengo que poner cien gramos de este tipo de adjetivos y allá doscientos gramos de adverbios. Fluye todo de una forma más natural. Con cabeza, pero no con una calculadora en la mente.

En Sira retoma la primera persona como narrador, pero en las dos últimas novelas la había abandonado por el narrador omnisciente. ¿Con cuál se siente más cómoda?

Me siento muy cómoda con la primera persona, pero tiene su dificultad, porque no te puedes despegar nunca de ella. Me explico: hay veces que quieres o necesitas hablar de algo que no forma parte de la acción principal en la que la protagonista está presente, y estás obligada a contarlo con la voz del narrador, de esa primera persona, o tienes que hacer uso de estrategias como la especulación o las evocaciones a voces ajenas. En ese sentido, la primera persona es más estricta, mucho más exigente. Pero, en general, a mí me fluye bien la narración, no tengo problemas en ese registro. De hecho, cuando escribía La Templanza, que fue en tercera persona y con un hombre como protagonista, al principio me chocó, me costó un poco adaptarme. Luego tomé ritmo y me habitué, pero tuve que hacer un cierto reajuste. 

Para Las hijas de del Capitán, su anterior libro, dijo que la emigración española como asunto marcó el inicio de su interés y de su investigación. ¿Qué hace que un tema le resulte interesante para una de sus novelas? 

Mi chispa de arranque más común es el escenario donde va a transcurrir la acción. Creo que Las hijas del Capitán es la única de mis novelas en la que el emplazamiento geográfico, el territorio, no fue el primer detonante. El tiempo entre costuras arrancó con Tetuán. Para Misión Olvido fue California y en La Templanza, Jerez. Y en Las Hijas del Capitán sí que es cierto que lo primero que tuve claro no fue un lugar, sino un asunto: quería mujeres emigrantes. Para situar la acción, en un principio me tentó Australia. Allí hay otra novela muy buena por escribir. No sé si debo contárselo, por si me lo quita como tema. ¿Usted no tendrá interés en escribir algo centrado en las antípodas, verdad, mi sargento? 

¿Yo? ¡Válgame el Señor! Pero siga, siga… 

Australia me interesaba porque hubo un movimiento migratorio español propiciado por el franquismo muy interesante. Por el franquismo y por la Iglesia católica. Me gustaría escribir sobre ello algún día, pero no sé si lo haré. También consideré la posibilidad de Argentina, que fue durante un tiempo nuestro destino migratorio natural. Lo que pasa es que ya hay muy buenas novelas sobre ese asunto: Jorge Fernández Díaz con Mamá, por ejemplo, o Andrea Stefanoni con La abuela civil española. Estos autores argentinos, además, lo contaron desde dentro de sus familias, no iba a poder superarlos. Entonces, empecé a indagar sobre la presencia española en Estados Unidos y encontré que había un nombre importante detrás de toda esa información, James Fernández, un profesor de la New York University de origen asturiano, un colega del mundo académico en cuya busca acudí a Nueva York. Me puse en contacto con él y me desenterró muchas más historias, de su mano conocí montones de avatares y descendientes de aquellos emigrantes. Junto con el periodista Luis Argeo llevaban años rescatando viejos archivos de centenares de familias que integraron las colonias de españoles repartidas por Norteamérica. Acabé, gracias a su ayuda, viendo mucho más allá de mi idea inicial. Pude, de ese modo, rendir un tributo a través de mi novela a la emigración española en Estados Unidos. Y, de paso, Jim y Luis se han convertido en unos grandes amigos que acabaron montando una maravillosa exposición con todo ese material en el Centro Conde Duque.

María Dueñas

¿Haría un libro sobre la guerra civil?

No creo. A no ser que se me cruzara por delante algo absolutamente impactante, novedoso, que me resultara cautivador —algo que no creo que ocurra ya a estas alturas—. Pero, en principio, no entra en mis planes.

De todas sus novelas solo recuerdo una escena de sexo: en Las hijas del Capitán, Victoria con Chano…

¡Vaya tema! Es usted una señora de provecta edad, mi sargento. Se lo recuerdo. A ver por dónde me sale ahora…

¿Se siente incómoda con esas escenas? ¿Le resultan difíciles?

Esto va más allá de su facilidad o dificultad. Ha habido cosas mucho más complejas en mis novelas, y me las he currado cuando ha hecho falta. Una partida de billar en un tugurio habanero del siglo xix, tres jóvenes malagueñas a punto de cometer un crimen bajo el puente de Brooklyn… Lo importante es que la escena me resulte oportuna o necesaria. Nunca voy a introducir una escena así, a capón, solo para que haya sexo. Las hijas del Capitán, en el momento que usted menciona, lo pedía para que viéramos cómo el triángulo amoroso se desequilibraba, había que resolver un conflicto. Pero insisto en que no tengo ningún interés en meter sexo porque sí. Me lo piden a veces: «Oye, María, pon un poco más de morbo, que nos lo pasemos un poquito mejor». «Pues no sé, abónate a una web porno», me dan ganas de responder. El que quiera una escena calentita por mero divertimento, que la busque en otro sitio. O que se lea un libro de mi amiga Megan Maxwell, que van bien cargados y ella se curra el asunto como nadie. O aquellos de Harold Robbins, ¿se acuerda, mi sargento? Deben de ser de su época… 

Calle, calle, que se me alborotan los pocos estrógenos que me quedan… Sigamos. Pero erotismo sí hay en sus libros, ¿no?

Eso lo sabes tú, perdón: usted, de sobra. En el blog Patrulla de Salvación hizo un sesudo análisis científico de El tiempo entre costuras, y tiró de ese hilo.

Recuerdo que, en El tiempo entre costuras, Sira tiene que entregar unas pistolas a un masón. Ella se amarra las armas al cuerpo desnudo con unas vendas. La escena se resuelve cuando en un espacio muy pequeño el hombre le tiene que ir quitando las vendas para liberar las pistolas. Lo curioso es que he leído esa escena a otras personas y no todos la encuentran erótica. ¿Había intención en la autora a la hora de escribir esa escena?

Obvio. Fíjese que, hasta mi padre, todo un señor, bien sobrio y ya octogenario, se dio cuenta. Me dijo: «Oye, muy impactante, muy bien esa escena». No le puso ninguna etiqueta, pero recuerdo que me hizo una mención.

Cuando se escribe una escena de sexo, cualquier lector ve claro que en esa página hay sexo. Pero el erotismo tiene la cualidad de ser siempre algo subjetivo. Si la escena está bien trabajada, cada lector percibirá una cosa diferente. ¿No le parece? Hay una escena en La Templanza de un el gato que se mueve entre los pies de los personajes. Para mí es una escena de un erotismo de grado muy alto, sin embargo, usted lo niega. 

Fíjese en la poca intencionalidad que tuve ahí, que ni la recuerdo siquiera. Además, a mí no me gustan nada los gatos. Por lo general, en cualquier caso, soy bastante consciente de escribir lo que escribo. No soy una escritora que se deje llevar y que salga lo que Dios quiera. La escena de las pistolas sí quise que tuviera un poso de erotismo. Pero de un erotismo destinado a los lectores e inconsciente por las dos partes, por los dos personajes. Allí había una intimidad física: estaban en una letrina de uno por uno, e inevitablemente tenía que haber unos roces… Y eran jóvenes y estaban en medio de mucha tensión. Pero lo del gato no, le juro que no. Aunque sí hay otra escena en La Templanza, con un beso nocturno y arrebatado, que a mí me parece muy sexy, aunque no lleguen más lejos.

De todos los personajes reales que incorpora a su última novela, ¿cuál le parece el más interesante? 

Los exiliados españoles en el Londres de posguerra me interesan muchísimo. Tenían poco que ver con los españoles en Nueva York de Las hijas del Capitán, que era una emigración económica, de jornaleros, de obreros: una emigración proletaria y de gente con mucha hambre y con pocas posibilidades materiales de vivir en España. Estos que saco a la luz en Sira, en cambio, conformaron un grupo de una altura intelectual enorme. Allí había juristas, académicos, diplomáticos y artistas de grandísima categoría, que en parte se sintieron agradecidos y en parte decepcionados por el país que los acogió. Gente como Salvador de Madariaga, que había sido ministro en la Segunda República, catedráticos como José Castillejo o Luis Portillo, escritores y periodistas como Arturo Barea, Rafael Martínez Nadal o Manuel Chaves Nogales, que había muerto un poco antes de la acción de mi novela. Poetas como Luis Cernuda, pintores como Gregorio Prieto, embajadores como Pablo de Azcárate… Confiaban en que, cuando terminara la Segunda Guerra Mundial, los ganadores iban a ayudar a España a recobrar la democracia y a que Franco dejara el poder. Pero los ingleses —y los norteamericanos—acabaron lavándose las manos, y estos españoles sintieron una sensación de desencanto cuando se dan cuenta de que no iban a poder regresar a su país. Y, a diferencia de lo que hablábamos antes acerca de las escenas de sexo, esto sí que reconozco que lo meto un poco a capón. Entiendo que a algunos lectores les puede sobrar la cuestión del exilio en la trama, pero yo quería que estuvieran en mi novela, rendirles mi personal homenaje. 

Me interesa mucho también la figura de Eva Perón. Todos conocemos quién fue Evita y cuál fue su trayectoria. Pero me sorprendió descubrirla en España, cuando hace el primero y realmente único gran viaje de su vida. Sola, veinteañera, sin experiencia, sin formación ninguna, sin asesoramiento de nadie. Viene y se planta aquí, delante de Franco, de ministros y obispos con su aplomo y sus joyazas y sus peinados excesivos y sus visones en el verano. Y llega dos o tres horas tarde a los actos oficiales porque sí, y hace lo que le da la gana y dice lo que le sale del alma. Y eso se lo hace al Franco del año 47, cuidado: estamos hablando de unos años muy duros, tremendos. No sé si la postura de Evita es debida a la inconsciencia o a la audacia. No tengo una etiqueta, pero me fascina la frescura con la que llega a la España de aquella época. 

El escritor norteamericano Paul Auster explicó lo siguiente sobre su técnica de escritura: «Cuando llevo veinte páginas escritas, se las leo en voz alta a mi mujer (la también escritora Siri Hustvedt). Leer en voz alta me permite objetivar el libro, me permite detectar de forma auditiva los errores o las partes en las que no he conseguido expresar lo que quería decir. Luego, Siri hace sus comentarios. No recuerdo ningún caso en el que no haya seguido su consejo». Cuándo su novela aún no está terminada ¿Le muestra a alguien lo que lleva escrito? ¿Lo lee en voz alta?

Leo en voz alta alguna vez, cuando me atasco mucho, aunque suelo hacerlo entre dientes. Y muestro lo que he escrito cuando ya la novela está bastante avanzada. Se lo enseñó antes que a nadie a Raquel Gisbert y a Lola Gulias, mis editoras. Y a Antonia Kerrigan, mi agente. Al principio, con El tiempo entre costuras, cuando no tenía ni editorial y ni conciencia de nada, iba dando trozos a mis hermanos, a compañeras de universidad, a amigos, a mi marido… Pero acabé con aquello cuando empecé a ver mi trabajo desde una perspectiva más seria. 

¿Qué opina de la autoficción?

Me parece perfecta para quien quiera hacer uso de ella.

¿Usaría alguna vez el personaje María Dueñas?

No tengo la menor intención. 

¿Aunque lo que diga y haga ese personaje sea ficticio?

No, no me interesa. Dicho lo cual no quiere decir que no me guste leer algunas cosas escritas en esa clave. 

¿Qué opina de la prosa cipotuda?

Mi Sargento, disculpe mi ignorancia: ¿me podría desarrollar esa pregunta? 

No se haga la sueca, querida. Sabe de sobra que me estoy refiriendo a un nuevo estilo de escribir que se caracteriza por la virilidad y la rimbombancia como ingredientes principales de los textos y que, según explica Íñigo F. Lomana en un artículo muy leído, ha sido desarrollado recientemente por un grupo de periodistas amigos entre sí y todos ellos hombres, claro.

Ah, ya entiendo. Eso de la pandilla de amiguetes canallitas que se van a cenar juntos y luego lo cuentan y se jalean unos a otros en los artículos y en las redes, ¿no? Pues a mí me parece genial, que cada uno haga lo que quiera…

Por ejemplo, encuadrado en ese tipo de nueva prosa hubo un artículo en un medio muy comentado sobre una actriz americana de la que como único mérito se destacaba el volumen de sus pechos. ¿Nada que comentar?

Nada en absoluto: cada uno es muy libre de escribir sobre lo que quiera, de hacerse colega de quien guste y de buscar sus lectores cómo y dónde le dé la gana. Otra cosa es que no se perciba la estrategia y la intencionalidad que hay detrás, claro. Que la percibimos muchos y, sobre todo, muchas. O sea, muches, como diría la simpar ministra Montero.

María Dueñas

Cambiemos de tema: veo yo que no quiere usted entrar al trapo, ya la cogeré otro día por banda… Hablemos de expatriación. En todos sus libros, los personajes principales viven fuera de España, fuera de su ámbito. ¿Qué le ofrece a usted como recurso literario la expatriación?

Con poco más de veinte años me fui a Estados Unidos. Estuve allí unos años rodeada no solo de norteamericanos, sino de gente de todo el mundo. Disfruté muchísimo la vida y el ambiente de un gran campus. Para mí, aquello fue un aprendizaje magnífico en muchos sentidos y una manera espectacular de abrirme al mundo. Yo venía de la España de los ochenta, que nos parecía muy guay y muy moderna entonces, pero aún estábamos a medio cocer, despegando del aislamiento y el atraso. Hay muchas cosas de mí que nacieron entonces y que las he mantenido a lo largo de los años. Esa expatriación, a la edad que yo tenía entonces, me enriqueció como pocas cosas en mi vida. Siempre me ha parecido magnífico el salir de tu entorno como experiencia vital y me gusta para mis personajes seguramente por eso.

Pero, viviendo fuera, sus protagonistas también pasan por dificultades. Y eso siempre da juego literario, ¿no?

Las dificultades también las puedes tener en tu barrio, a la vuelta de la esquina o sin moverte de tu familia y tu casa. A mí me gustan mucho últimamente todas estas novelas de gente que vuelve al pueblo o al campo. Ayer compré el último libro de Edurne Portela, por ejemplo, que creo que va un poco de eso. Y el año pasado me fascinó La forastera de Olga Merino, que es una escritora espléndida. Me ha gustado mucho también Llévame a casa, de Jesús Carrasco, o qué te voy a contar de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, que me pareció un puntazo. O Sergio del Molino y su España vacía, que no es novela, pero no importa. Son en general obras sobre gente que o bien ya está, o bien se larga y se quita de en medio, que huye o por razones diversas retorna la aldea, o se muda a un pueblo o a mitad del campo. Las disfruto enormemente, cierto, pero a mis personajes los mando a vivir al extranjero, quizá por hacerlos repetir mi experiencia. ¡Ah, y que no se me olvide! Estupenda Ana Iris Simón y su Feria, con la que conecto además por el rollo manchego. Por cierto, mi sargento, ¿me permite una recomendación al respecto de expatriados y regresos?

Venga, pero rapidita.

¿Ha visto usted la película argentina El ciudadano ilustre? Es de hace cuatro o cinco años, creo que está en Netflix. Va de…

Oye, nena, una cosa es que tenga bajada la persiana de mi blog, y otra que no esté en el mundo. Cómo no voy a haberla visto… 

Usted perdone. A su disposición sigo. 

En el último libro, en Sira, en las páginas finales de agradecimientos, cuenta que, para conocer el Mandato Británico en Jerusalén, utilizó once libros, la mayoría en inglés. Además, me consta que viaja a los lugares donde se desarrolla la acción de sus novelas. ¿Es necesario un trabajo de documentación tan concienzudo?

Seguramente no, reconozco que a veces me paso de rosca. Pero disfruto enormemente esa fase de documentación, desarrollo una honda curiosidad por aquello que estoy tratando, quiero llegar hasta el fondo, verlo todo desde distintos ángulos… Y, a veces, se me va la pinza. No solo por la novela que vaya a escribir, sino también por mí misma, por mi propio aprendizaje. En este caso concreto de Sira, confieso que, antes de ponerme a escribir, conocía poco sobre el Mandato Británico en Palestina. Y ahora parece que he hecho un máster, y estoy encantada con todo lo aprendido. Le pongo otro ejemplo: el vino de Jerez para La Templanza. Quería conocer su historia en el siglo xix y antes, su trasfondo y su expansión, la sociedad que rodeaba el vino y el ambiente de las grandes bodegas, así que me adentré en ese universo a fondo hasta el punto de que me entraron unas ganas inmensas de convertirme en bodeguera. Cuando no piso firme o cuando veo que puedo trastabillar en según que asunto, necesito investigar. Quizá porque provengo del mundo académico, el rigor documental me resulta clave y se convierte en mi punto de amarre. A partir de ahí, a veces ocurre que el asunto que he de investigar acaba tornándose en una pasión arrebatada. 

¿Le divierte más documentarse que escribir?

Sí, me divierte más. Disfruto también escribiendo, pero es verdad que al final es más fatigoso, te da más quebraderos de cabeza. Al principio, todo es ágil y va muy bien. Pero, según avanza tu novela, hay momentos que te desgastan, que te fatigan, te frustran o te hartan. Terminado el proceso de investigación, ponerte a escribir es como bajar a la mina, y sabes que te toca lunes, martes, miércoles…, una semana y otra semana y otra semana…, y un mes, otro mes… No me quejo, que conste. Lo hago con sumo gusto, es el mejor de los trabajos. Pero es más laborioso que la documentación, sí, con diferencia.

¿Cómo acomete esa fase de documentación?

Mi fuente principal suelen ser los libros y artículos académicos, me interesan también muchísimo las memorias escritas por quien vivió en primera persona esos momentos y la literatura de la época. Compro montones de cosas en librerías de viejo y a través de la web de Iberlibro, no sé si la conoce. Me convierto en una friki de la prensa de aquel tiempo y lugar, disfruto escarbando en hemerotecas físicas o digitales. Acumulo todo el material gráfico posible: fotografías, postales, mapas y planos, incluso menús de restaurantes, publicidad, pasajes, folletos turísticos… Viajo a los escenarios, hablo con gente, toco mil puertas y entro en contacto con expertos que, a menudo, se acaban convirtiendo en amigos. Veo documentales, películas y series emplazadas en los momentos o localizaciones de la novela, escucho la música del momento. Además, me fascina cuando, en algunas ocasiones, tiras de un hilo y te salen siete asuntos interesantes detrás, algunos capaces incluso de torcer alguna trama o subtrama de la novela. Es como un viaje de placer, con un aprendizaje incorporado. 

¿Ha visto algunas películas o series de TV para esta última novela?

Varias, algunas británicas sobre los tiempos del Mandato en Palestina o el Londres de posguerra, otras argentinas o españolas sobre Eva Perón, o aquella vieja serie sobre Barbara Hutton que protagonizó Farrah Fawcett… Pero la que más me ha fascinado desborda mi interés documental, y se ha convertido en un maravilloso hallazgo: es una serie israelita. Se trata de Shtisel, mi último deslumbramiento. Me he quedado colgadísima de esa familia de judíos ultraortodoxos en el barrio de Geula, en el Jerusalén contemporáneo. Hablan en hebreo y en yidis, pero eso no importa en absoluto, empatizas con ellos al instante. Te fascinan con su día a día y sus líos familiares, con sus casas feas y sus rutinas extravagantes, sus preocupaciones y ocupaciones cotidianas. Reconozco que he sido abducida por esta serie, quería ser la novia de Akiva, la nuera de Shulem, la hermana de Guiti, la madre de Ruchami… En fin, corto porque se la voy a destripar como me dé carrete. Pere quédese con el consejo, mi sargento. Regálese las tres temporadas de Shtisel, y después me cuenta.

Decía Umberto Eco que para escribir una novela lo primero es crear un mundo y que las palabras luego prácticamente salen solas. ¿Le pasa a usted algo así? ¿Se documenta para conseguir crear ese mundo?

Me documento para estructurar ese mundo, exactamente. Entonces, una vez que ya lo tengo estructurado, siempre me es mucho más fácil ensamblar y encajar mi historia en él. Necesito tener los cimientos del edificio plantados y los pilares puestos. La metáfora no puede ser más simple, lo sé, pero no encuentro mejor manera de explicarlo. Para mí, el tejado es la ficción que yo pongo sobre los pilares que me da la documentación, que es la estructura previa.

¿Ha cambiado algún personaje suyo después de documentarse? 

El primero que cambió fue Sira, en El tiempo entre costuras. En un principio, mucho más interesantes que ella me parecían los personajes históricos, el coronel Beigbeder y Rosalinda Fox, su amante. Me parecía que esa pareja ya venía con una novela. Pum toma, guapa, una novela. Te la traigo entre las manos [María Dueñas cambia su tono de voz, como si se metiera en la piel de sus personajes]. Porque su relación sentimental, su vida pública, su vida privada…, todo era apasionante. Iban a contrapelo, rompían todos los moldes. Me parecieron fascinantes los dos y, para desplegar sus vidas entre las páginas, Sira, en un principio, nació como la excusa, la mano que iba a llevarme a mí y a los lectores para que conociéramos la vida de Rosalinda Fox y de Juan Luis Beigbeder, que fue alto comisario en el Protectorado de España en Marruecos, después ministro de Exteriores del franquismo y, finalmente, un juguete roto. Pero Sira empezó a crecer más de lo que yo preveía. Y fue ganando enjundia. Llegó un momento en el que creció mucho más que los otros, los desplazó y relegó a un segundo plano. Ella sola se hizo con el protagonismo de la novela.

¿Alguna vez, durante la investigación para una novela, ha encontrado un tema sobre el que le apetecería escribir un ensayo?

No, no quiero escribir ensayo. Prefiero dedicar todos mis esfuerzos a escribir nuevas novelas. Investigando me he topado con montones de temas sobre los que me gustaría escribir otras ficciones; tantas, que asumo que me resultará imposible abarcarlas para convertirlas en libros. Aunque igual encuentran otro cauce…

Dígame el nombre de un autor que leyó en su juventud y que la impulsó a escribir para parecerse a él o a ella.

Soy muy poco mitómana, no admiro a nadie hasta la idolatría, ni quiero ser como nadie ni lo he querido nunca. Y ahora, como escritora, lo mismo: nunca me he querido parecer a nadie. Nunca tuve posters de cantantes en mi habitación, como era habitual en mi adolescencia, ni forré carpetas con fotos de actores, ni pedía firmas a escritores antes de entrar en este mundo. Pero, aunque sé que no soy nada original, sí hay una autora que suelo mencionar…

Ya la estoy viendo venir…

Una escritora que yo leí compulsivamente y a la que nos referimos todos aquellos de mi edad que la disfrutamos de niños. Me refiero a Enid Blyton, la autora de Los Cinco, Los Siete Secretos, Torres de Malory, Santa Clara… Devoraba aquellos libros. Yo quería ser inglesa y alumna interna en Santa Clara. Del mismo modo que le he dicho antes que me habría encantado convivir con la familia Shtisel en Jerusalén, confieso que me habría chiflado ser una niña más dentro de uno de esos libros. Deseaba ser como esas niñas que tomaban cerveza de jengibre y tenían a una mademoiselle de profesora de francés y se escapaban por las noches de los dormitorios comunes y comían pastel de carne. Yo quería ser una de ellas. No quería ser como ninguna, quería ser una más. Quería ser yo dentro de esa película. La narrativa de Enid Blyton no me hizo querer ser escritora, pero sí me hizo entender que había otras vidas dentro de los libros. Y no soy nada original, ¿eh? Recuerde que Antonio Orejudo, de quien hemos hablado antes, escribió una novela titulada Los Cinco y yo.

¿Otras vidas dentro de los libros? Explíquese, ande.

Le hablo de cuando una ficción consigue que te traslades, que ansíes vivir situaciones que no están a tu alcance en la vida real. Cuando ese libro te traslada a ese otro mundo, es cuando se produce la magia. 

Maria Duenas para JD 10

Antes hablábamos de autores españoles de su edad. Le voy a citar ahora nombres de escritores norteamericanos que también son de su generación y que por algún sitio he oído o he leído que le gustan: Donna Tartt, autora de El jilguero, por ejemplo.

 

Fantástica. Ya me pirró en los noventa The Secret History, que en España se publicó, creo, con el título de El secreto. Pertenece a lo que en el mundo anglosajón llaman campus novel, todo un género literario con novelas que se desarrollan en el ambiente de una universidad, soy una fan absoluta. ¿Sabe que El jilguero se ha llevado al cine hace poco? La veré y luego releeré la novela. Seguro que me gustará como la vez primera.

¿Y vuelve a disfrutarla igual?

Igual o más todavía. Las novelas que me gustan, dejo que pase el tiempo y las vuelvo a leer, dos, tres veces. A mí no me fastidian los spoilers. Cuando me está interesando mucho un libro, suelo saltarme un buen puñado de páginas y veo qué personajes nuevos hay, si el que parece que va a ser el asesino o el novio de la chica sigue saliendo hasta el final o ha desaparecido; averiguo qué va a pasar, no me importa. Otras veces, aunque esté en la mitad del libro, me voy al final y veo cómo queda todo resuelto; después regreso a donde lo dejé y continúo leyendo ya sin prisas. 

¿La lee, a ella y otros autores británicos o norteamericanos, en inglés, o traducidos?

Literatura contemporánea, en inglés siempre. Otra cosa es leer, qué sé yo, a Shakespeare. Para eso están las magníficas traducciones de mi antiguo colega Ángel Luis Pujante. Admiro muchísimo la labor de los traductores porque…

No se me vaya por las ramas. Sigamos. Entre libro y libro, Donna Tartt, desaparece.

Es una pena que no escriba más. El jilguero, su última novela y con la que ganó el Pulitzer, creo que es de 2012 o 2013.

La escasa presencia pública de Donna Tartt me lleva a pensar en Elena Ferrante. Está usted en medio de una intensa campaña de promoción. ¿No le habría gustado ser Elena Ferrante? Se ahorraría tanta entrevista y tantos eventos promocionales.

Para mí no es una carga la promoción de una novela. A menudo tiene aspectos muy gratificantes, sobre todo al principio, cuando todo es novedad y tienes ganas de que prensa y lectores conozcan la historia con la que has estado encerrada tú sola tanto tiempo. Pero es cierto que hay autores que lo llevan mal; todo depende de la personalidad de cada uno, o de sus circunstancias. 

La escritora que estaba detrás de Elena Ferrante argumentaba que la excesiva presencia pública de un autor puede interferir negativamente en la interpretación de su obra. ¿Está de acuerdo?

Supongo que depende de qué entendemos por «excesiva presencia pública». Yo ahora mismo estoy, como usted misma ha dicho, hasta en la sopa, pero es porque toca hacer la promoción posterior al lanzamiento de la novela. En cuanto pase todo esto, me retiraré a mis cuarteles de invierno. Aunque quizá lo que Elena Ferrante dice tiene más que ver con autores que entran en debates públicos, o se pasan el día opinando. Ahora, además, con las redes sociales, todo el mundo tiene a mano una especie de micrófono. En cualquier caso, hay escritores como Javier Cercas, por citarle un ejemplo reciente, que alzan la voz para decir cosas interesantes. Hay otros, en cambio, que entran en diatribas quizá menos necesarias. En última instancia, creo que cada cual sabe perfectamente lo que hace y asume esos riesgos de los que habla Ferrante con plena conciencia.

Otro nombre americano de su quinta más o menos: Jonathan Franzen.

Me gusta mucho también. Recuerdo que compré The Corrections en Estados Unidos porque estaba de moda, encontraba el libro por todas partes. Me lo traje a España aquel verano sin saber bien qué había dentro, pero se me fue quedando abajo en la pila de lecturas que tenía en mi mesilla de noche. Y meses, muchos meses después, lo empecé a leer. Lo comenté con Raquel Gisbert, mi editora, y coincidimos: «Es bueno, bueno, bueno». No sabe usted cuánto lamenté haber dormido tantas noches con él cerca, sin hacerle caso. De sus siguientes novelas me gustó mucho Freedom; Purity, algo menos.

Nora Ephron.

Oiga, sargento, que Nora Ephron no es de mi quinta, ¿eh? Más bien de la suya, si no le importa.

Chica, qué estupendas se ponen algunas con eso de la edad, ¿qué más dan dos décadas arriba que abajo? Alguna vez me habrá dicho usted misma que le gustaba, o por algún sitio se lo habré leído…

Eso es cierto. De Nora Ephron me gusta todo: sus novelas, sus ensayos, sus películas… Sus comedias románticas para el cine son únicas: Cuando Harry encontró a Sally, Algo para recordar… Entiendo que no pasarán a la historia por su hondura intelectual, pero son estupendas. Me parece además interesantísima su vida. Hay un documental sobre ella hecho por su hijo en alguna plataforma, no recuerdo cuál. Y hace poco pusieron en La 2, o en alguna otra cadena, Se acabó el pastel, con Jack Nicholson y Meryl Streep, y disfruté muchísimo viéndola otra vez, con su aire ochentero y la música de Carly Simon.

¿Esa es la peli que va de cuando Bernstein, el del Watergate, le puso los cuernos? 

Exacto.

¿Y el guion lo escribió ella?

Exacto.

Pues ojalá hubiese tenido yo a la Ephron entre mis patrulleras, porque tuvo que echarle un par para abrirse públicamente en canal de esa forma.

¿Ha leído alguno de sus ensayos, mi sargento? Hay uno genial que se titula en español El cuello no engaña (y otras reflexiones de ser mujer), que habla de las cosas que nos ocurren a las mujeres cuando comenzamos a cumplir años en serio. Usted me entiende. Es buenísimo.

Pero a Nora Ephron, aunque fuese una neoyorquina de lo más intelectual y cultivada, hay quien considera que sus obras dieron pie a la chick lit.

¿Y qué me quiere decir con eso? 

¿No me irá a confesar que también lee usted chick lit, doctora Dueñas? ¿No le da vergüenza?

Mire, yo soy una lectora de amplio espectro, de muy amplio espectro. Lo mismo leo a Coetzee, que me apasiona, o a Martin Amis, o a Julian Barnes o a Kazuo Ishiguro, que los sigo desde siempre, que me zampo una novela de la irlandesa Marian Keyes —que también es de mi generación, por cierto— y me quedo tan a gusto. Hay que ser un poquito menos elitista con los libros que leemos. En según qué momentos y dependiendo de cómo te encuentres de ánimo, una novela liviana y sin pretensiones te puede entonar el cuerpo. Y hasta el alma, si me apura. No hay que beber Vega Sicilia todo el día, te puedes tomar una Coca-Cola con hielo y te sabe estupenda. Mire, por ejemplo, de haber sabido que la sargento vendría esta tarde, le habría traído unas pastas de té de la cafetería Mallorca, que he pasado por Serrano esta mañana. Pero, en vez de unas pastas finísimas hechas con mantequilla, usted se ha puesto las botas con estas galletas de avena del Carrefour Express y le han sabido a gloria bendita. No me lo niegue porque no ha dejado ni una. 

No me cambie de palo, que no me engaña, mona. Dígame, ¿por qué le gustan esas narraciones?

A ver, no todo me vale. Hay mucha morralla dentro del género, de acuerdo. Pero hay también novelas estupendas, entretenidísimas e inteligentes, con una ironía muy lúcida, con un sarcasmo muy sano y necesario, y a menudo una honda reflexión, en clave de humor, sobre la condición humana y el mundo convulso, a menudo impredecible y a menudo disparatado, en que todos vivimos. No es que las lea a menudo, pero de vez en cuando cae una en mis manos, me la ventilo en tres o cuatro días y tan contenta. Novelas como Sushi para principiantes o Claire se queda sola de la Keyes, por ejemplo; son de las antiguas, pero a ver si las tengo por ahí y se las dejo. Es literatura poco profunda, pero, en muchos momentos, la vida de todos nosotros es poco profunda y tampoco te hace falta más. Reivindico que nos olvidemos de los prejuicios a la hora de elegir nuestras lecturas.

¿De quién se fía María Dueñas a la hora de elegir una novela para leer? ¿Quién es su prescriptor?

Me fío algo de la crítica, y de los suplementos literarios españoles y a veces extranjeros. También me fío de lo que me comentan buenos lectores como mi hermana Ana, mis editoras y algunos amigos. La opinión de ciertos libreros también pesa en mis decisiones, y a menudo me fio simplemente de mi instinto cuando entro en una librería. Y, sin intención de hacerle la pelota, me fio también de usted, mi sargento. 

Ya, sí, bueno, usted insista, pero no voy a dejar que le hagan photoshop para esta entrevista, se publique donde se publique. Volviendo al asunto: ¿no le parece que la crítica oficial de los suplementos culturales ha perdido mucha autoridad?

Leo, me informo y separo el grano de la paja. No tengo grandes referentes incuestionables, pero confío en alguna gente que me interesa y a la que respeto; qué sé yo, Óscar López, de Página 2, por ejemplo, tiene para mí un criterio excelente. Y a veces me dejo llevar por otras personas que me parece que tienen un gusto similar al mío en otras cosas, aunque la literatura no sea lo suyo. La periodista Rosa Belmonte, por ejemplo, que no se dedica a la crítica literaria, sino a la televisiva. Pues, alguna vez, me puede apetecer más un libro que le oigo o leo comentar a ella que lo prescrito por un supuesto pope dentro de un suplemento cultural.

Usted sabe que podría autoeditar sus libros, bien en Amazon, bien de otro modo. ¿Necesita una editorial? ¿Para qué?

Por supuesto que sí, Margaret; con perdón, pero tiene usted cosas del Bombero Torero… Necesito una editorial para todo. El trabajo que hay desde que yo envío mi manuscrito justo antes de la pasada Navidad hasta que el libro ha aparecido en las librerías el 14 de abril es inmenso y enormemente dispar. Detrás de este libro [la escritora levanta un ejemplar de Sira, su última novela] hay equipos de edición, diseño, producción, marketing, comunicación, distribución… Y llevan varios meses de pico y pala, pico y pala… Y luego hay una cosa más. Hay algo que en este mundo —no el editorial, sino el mundo en general— que cada día se valora menos, pero que para mí es muy importante. Me refiero a la lealtad que yo le tengo a mi editorial, que, en realidad, más que a una casa o empresa, es lealtad a todas las señoras y señores que hay por detrás, trabajando con enorme profesionalidad, de una manera entusiasta y competente. Algunas son las que confiaron en mí cuando yo no era absolutamente nadie en este circo, otros se han sumado después a la aventura. Y ahí siguen, acompañándome libro a libro, ilusionados igual que yo con cada título como si fuera el primero.

Sus libros son un buen negocio ¿no es así?

Hasta ahora, sí, por suerte. Hasta el momento las cuatro novelas que hemos publicado han funcionado de una forma excelente, y la quinta ha arrancado también con mucha fuerza. Por lo que a mí respecta, me siento magníficamente retribuida por mi esfuerzo. Pero yo no soy la única que come de mis libros, y eso parece que a algunos se les pasa por alto.

¿A qué se refiere?

A algo que usted misma exploró en su día en su blog: a aquellos que desprecian algunos títulos por la sencilla razón de vender copiosamente. Cuando un libro funciona bien, ganamos todos: editorial, impresores, libreros…

La editorial se queda con un buen porcentaje, ¿no?

Pero ese tanto por ciento no va al bolsillo de los dueños, y eso lo sabe usted bien, mi sargento. Además de mantener una plantilla de trabajadores, con esos ingresos se consigue dinamizar un mercado en el que, en principio, no todos vendemos tanto. Algunos autores noveles de talento, por ejemplo, consiguen publicar esa primera novela gracias a que un gran grupo editorial tiene colchón económico para permitirse esas apuestas.

Además de editorial, también tiene agente. ¿Para qué le sirve el agente?

En mi caso, además de para contratos y liquidaciones en España, es fundamental para todas las gestiones relacionadas con las traducciones y las publicaciones internacionales, excepto en América Latina, que de eso también se encarga la editorial. Para todo eso tengo la suerte de contar con la magnífica agencia de Antonia Kerrigan y, adicionalmente, con algún magnífico subagente suyo, como mi admirado Tom Colchie en Nueva York, encargado de mover mis libros en el mercado anglosajón. Y luego está un sector que ha adquirido una enorme importancia para mí últimamente: la gestión de los derechos audiovisuales, las adaptaciones a televisión y otros formatos. En ese terreno, contamos además con un especialista en estos asuntos, Sydney Borjas, que es un crack absoluto.

Ha mencionado Latinoamérica. ¿Sus libros funcionan bien en todos los países latinoamericanos?

Sí, en general funcionan muy bien, por suerte. Los mercados más potentes son Argentina, México y Colombia, pero están presentes con fuerza en todo el continente.

¿Y se envían los ejemplares desde España, o se imprimen allí?

Se imprimen allí, siempre; desde España mis libros no se envían nunca. El tiempo entre costuras se publicó en distintos países en distintos momentos, pero desde Misión Olvido se hace un enorme esfuerzo coordinado para que salgan en todos los países a la vez. 

¿Y el texto es exactamente el mismo, o se adapta?

A veces se puede llevar a cabo una revisión con ligeros reajustes. En Argentina, por ejemplo, hacen lo que mi querido editor Nacho Iraola, responsable de Planeta en el Cono Sur, llama desgalleguizar, es decir, eliminar términos o expresiones dispares, complejas o malsonantes que no viajan del todo bien entre España y América.

¿Qué se pierde de una novela al adaptarla a la pantalla de televisión o de cine?

Se pierden algunos matices y se ganan otras cosas. Se gana quizá impacto porque todo es más visual, hay más plasticidad y espectacularidad. Pero hay matices de determinadas emociones y sensaciones que un escritor puede trabajar mucho con sus palabras y que luego los directores y los actores transmiten con acierto y otras no tanto. Luego hay otras cosas que dependen del gusto y criterios particulares de los lectores y las audiencias. Hay quien prefiere quedarse con su interpretación única y personal de los libros. Y hay aquellos a quienes les gusta que les muestren en la pantalla el mundo sobre el que han leído; tenerlo ahí, reconstruido, abierto delante tus los ojos. Y cuando se hace a lo grande, como han hecho por ejemplo con La Templanza, visualmente es impactante.

¿Los guiones son suyos?

Los guiones los escriben guionistas profesionales. Yo lo superviso, opino y a veces me hacen caso y a veces no tanto. Aunque en general, vaya por delante que mi relación con los guionistas suele ser excelente.

¿No cree que usted debería respetar que la pantalla es un medio diferente al libro?

Soy respetuosa, pero cuando entiendo que las cosas pueden ser mejorables para bien, y no por capricho mío, doy mi opinión, no me corto. Y no estoy hablando de velar por la fidelidad al cien por cien de mi obra, en absoluto. Me refiero a la integridad del producto final, a contribuir a que la adaptación audiovisual sea objetivamente mejor. Como se dice mucho en el sector, hablo de remar todos juntos a favor de obra. En esos casos no me debo callar. Y, muy a menudo, los guionistas y productores me lo agradecen. 

¿Qué le parecen los audiolibros? Últimamente, funcionan muy bien. ¿Puede ese nuevo medio hacer daño al libro de papel?

No, creo que nadie va a sustituir la lectura por el audiolibro. Pero hay momentos para cada soporte. En el coche, o caminando o haciendo deporte… Todo lo que sea abrir el abanico y ganar opciones para llegar al lector, a mí me parece perfecto.

¿Pero le pega usted al audiolibro? Venga, sea sincera.

Por supuesto. Hágase un favor, mi sargento. Escuche, por ejemplo, Nada, de Carmen Laforet. Y luego me dice qué le parece… Si no lo encuentra maravilloso, le invito a dos docenas de ostras en La Paloma de la calle Toledo.

Le cuento lo que me decía el otro día un productor de pódcasts. Opinaba que la creatividad que había en la radio en la época de la Transición, incluso antes, se había perdido. Se refería a las radionovelas y a algunos programas de humor. Pues afirmaba este señor que esa creatividad ha vuelto con los pódcasts. ¿Escucha muchos pódcasts? ¿Qué le parecen?

Escucho pódcasts a menudo, sí. Cosas muy variadas; a veces son programas de radio recuperados: La Cultureta, los Cowboys de Medianoche hablando de cine, El Faro de Mara Torres… También algunas de las entrevistas de Hotel Jorge Juan, y hay ficciones excelentes de Mona León, y me han gustado mucho los pódcasts de Isabel Cadenas y su proyecto De eso no se habla. Hay algunas cosas también, magníficas, rescatadas de los viejos archivos de RNE, y últimamente ando fascinada por las charlas de Obama y Bruce Springsteen en Renegades: Born in the USA, ya sabe usted que soy una rendida admiradora de ambos señores.

Y si tanto le tira el asunto, ¿no se atreve a dar el paso?

Para terminar la entrevista le voy a dar una primicia. Tenemos ya grabada una ficción sonora. Algo original y divertido. Se estrenará este verano en Amazon Audible. Lo ha dirigido Mona León Siminiani, la de Negra y Criminal, que es fantástica y ahora ha montado La Sonora. La mantendré al tanto, se va a reír mucho.

Solo una pregunta dejó María sin atender, la última. A si ella sería la próxima ganadora del Premio Planeta, respondió con una carcajada y, acto seguido, me ofreció brindar con unas cervezas como colofón de nuestro encuentro. ¿Unas cervezas? ¿Y la botella de champán carísimo que yo había visto en la nevera mientras buscaba las magdalenas? «Seguro que la tiene reservada para el periodista de Babelia», pensé. Brindamos (con cerveza) por la vacuna, por la pronta salida de la pandemia y por la buena salud del libro. 

Cuando sonó la alarma de su móvil y me dijo que tenía entrevista por teleconferencia con México, aproveché para marcharme. En la calle, el barrio de la Latina bullía de actividad. Si no fuera por las mascarillas, nadie diría que el virus aún hacía de las suyas.

 

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