Encuestas Gastronomía Ocio y Vicio

¿Cuál es la bebida más mítica de sus años golfos?

Sucedió hace muchos, muchos años. Pero muchos. Montones. He cruzado océanos de tiempo para venir aquí y escribirte estas líneas. Fue en la época a.c.n. (antes de los carritos de niños), cuando ustedes, lectores ilustres que calzan canas (con suerte) o lustran calvitas (lo siento), eran mozuelos (sí), algo golfos (también), y atractivos (cof, cof), y triunfadores (claro que sí, campeón). Seguro que se acuerdan, aunque pasase cuando Lotina parecía técnico carismático y con futuro.

Y eso, que en aquel entonces, cuando las redes sociales no existían (menos mal) y la serie petándolo era Menudo es mi padre («ya estaaaaa amenecieundo, la nooooche se vaaaa») empezaban ustedes a salir de fiesta. Pero fiestas de verdad, no esas de ahora con bocatas, globitos y un montón de tíos en camisa hablando de hipotecas, inversiones y lo bien que suena todo eso del criptomercado. No, no, fiestas gordísimas. Y allí, no desvíen la mirada, había alcohol. A ratos mucho, a ratos bastante, a ratos te pasas. Bebidas con mezclas recién salidas del averno, pociones hoy casi olvidadas que usted lleva como tatuajes en neuronas traspapelando y poemas (afortunadamente) inéditos. Todo esto se perderá como lágrimas en la lluvia, creo…

Así que, en un nuevo acto de responsabilidad ciudadana, se acude acá para despertar en usted remembrares que pensaba hundidos en lo más profundo de su memoria, y aprovechamos para despertar punzadas nostálgicas en corazoncito y punzadas dolorosas por estómago. Pasen y vean, queridos lectores y lectoras, pasen y beban. Y no se olviden de votar cuál es la bebida más mítica de sus años de juventud, o añadirla en los comentarios.

(La caja de voto está al final del artículo)


Calimocho

bebidas
Tripy (CC).

Vale, pueden dejar de leer, ya tenemos ganador. El calimocho es, posiblemente, la bebida más prestigiosa, elegante y chic del mundo. Refresca en verano, calienta en invierno, ayuda a olvidar amores, facilita el tránsito intestinal. Todo son ventajas. Conozco muchachos que han tirado durante meses ingiriendo solamente calimochos y croquetas de Manolín (trozos de carne rebozada sin apenas bechamel, para entendernos). Refresco de cola y vino, por si ustedes no lo saben, que esto del calimocho se da, sobre todo, en el norte. Más aún, los calimochos marcan frontera más definida que Pozazal, pueden creerme. Y luego tienen ritualística, digna de los mejores poemas. El dónde beberlos. Vasos de vidrio, vasos grandes de plástico (cachis, si eres una persona de bien, si les llamas minis… en fin… mini… mi-ni), macetas, cazuelas para hacer macarrones, bolsas, botellas de dos litros, sandías ahuecadas… casi cualquier cosa puede contener calimocho (vale, casi cualquier cosa puede contener cualquier líquido, pero ustedes me entienden). Ambrosía pura con una miaja de licor. Mora, avellana. Capítulo aparte los juegos para simpatizar el asunto. O, dicho de otra forma, el quinito. Quinito, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Sobre todo fuego de mis entrañas. Un día les explico cómo es el quinito. Ay…

Para qué sirve: para pasar de adolescencia a edad adulta. Para celebrar los ascensos a Segunda División B. Para irte de acampada. Para que las manos estén pegajosas al día siguiente.


Cerveza

bebidas
Len Rizzi. (DP)

La cerveza ya apareció por aquí como una de las «cosas sobrevaloradas en este mundo nuestro», así que no esperen nada demasiado positivo. Bueno, a veces he visto gente moderadamente feliz al beberla (moderadamente feliz significa sin hacer muecas raras) pero poco más. Digamos que tiene aspecto reconocible, y aguanta bien en cachis, así que era algo bastante socorrido. Además, aparece en muchas canciones de rock urbano, y eso siempre puntúa. Su aparentemente baja graduación y lo «no raspante» del retrogusto en boca la maridan perfectamente con el calimocho, y no resultaban inhabituales quinitos combinando ambos néctares. Aclaración: hablamos aquí de cerveza auténtica, no esos engendros artesanales con sabor a trufa, anchoa del Cantábrico y castañas crudas. No, no: cerveza. Birra. Mira, el nombre mola. Birra. Cómo son los italianos, macho. Una vez encontramos birras a veinte pesetas la lata (porque antes había incluso pesetas, miren lo viejo que soy). Dos o tres amigos míos tardaron semanas en recuperar la visión, pero en fin…

Para qué sirve: para hacer camisetas con dibujos supuestamente graciosos. Para actuar como sustituto de personalidad. Para justificación por estar gordo. Para beber algo con alcohol cuando estarías a gustísimo tomando un mostuco.


Orgasmo

bebidas
Unos chupitos random porque no hemos encontrado foto del original.

Decía Gonçalo M. Tavares que los nombres son importantes. Que cómo iba a escribir mal alguien llamado João Cabral de Melo Neto​. Pues con el orgasmo lo mismo. Se pedía por el nombre, porque podías hacer inteligentes (no), picantes (tampoco) y potencialmente seductores (espera, que me descojono) juegos de palabras. Mal se tiene que dar para pedir orgasmos y no acabar teniendo uno, dijo alguien que continúa anclado en la virginidad y los veinte años mentales. Ahora es youtuber, seguro. En fin, que me voy. Rico de narices, eso sí. Licor de melocotón con KAS limón o con KAS naranja. Pelín empalagoso, pero hemos venido a jugar. Suavecillo en boca, fácil de engullir, sencillísimo de expulsar más tarde. Quizá por todo eso da un poco de pudor pedirlo hoy, cuando la mayoría de mis amigos están calvísimos. Y pena, ¿eh? Lo de no tomar orgasmos, la alopecia ya tal.

Para qué sirve: para hacer chistes malos. Para conseguir respuestas cortantes. Para alargar tu desajuste hormonal otros siete días. Para tener resacas con gustillo a piruleta.


Licor 43 con chocolate

bebidas

Vale, bizarradas. Porque, visto ahora, es una bizarrada. Bebida para influensers, pijos y peña que puede meterse en el cuerpo ochenta mil calorías por sorbo. Digamos que la idea es sencilla: tú coges un batido y le metes alcohol destilado directamente desde la fábrica de chupachús. La clásica bebida con la que podrías glasear una tarta. Ocurre que el 43 con chocolate (también lo hay con refresco de cola, pero eso es mancillar algo que solo admite mixturas con vino peleón y roncacique) es como un gato esponjoso, con carita de amor y pelo acariciable. Mismo peligro, mismos resultados, incluyendo lesiones, mercromina y jaquecas varias. Como chiste está bien, pero dedicarse a esto es de ser poco serio. Un apunte: miren ustedes la clase política… muchos de ellos bebían 43 con chocolate, lo tengo clarísimo.

Para qué sirve: para matar a un diabético. Para darle salida a esa botella de Licor 43 que hay en el bar desde la época de Álvaro Pino. Para consumir chocolate, que va genial a las feromonas. Para tomar malas decisiones.


Guachiflay

bebidas
Cocktail, 1988. Imagen: Touchstone Pictures .

Entramos ya en el campo de las especialidades propias. Propias de Torrelavega, digo, lo siento si ustedes no son de aquí, solo cabíamos sesenta mil valientes. Y eso, que el guachiflay. Alta coctelería, amigos, Tom Cruise haciendo el imbécil, Brian Coughlin poniendo su toque de «canallita pero meh». Imaginen… sofisticación, un atardecer en los Navigli milaneses, conversaciones sesudas sobre Kierkegaard. Solo que no, que ni de coña. Mosto y contr… cuintr… bueno, mosto y cuantró, ya saben. Muy frío. Peligrosísimo. Solo lo ponían en un bar, supongo que tenía la patente debajo de la barra. Y eso, niveles de KO cercanos a Cassius Clay, dolor de cabeza parecido. Perfecto para noches calurosas de verano (aquí hay dos o tres por estiaje). Una vez mi amigo Tuten se quedó atrapado en la ventana del bar donde vendían guachiflays, medio cuerpo en calle, las nalguitas contoneándose sabrosonas por el interior. Así, como dato.

Para qué sirve: para refrescarte. Para trasegar algo que no raspa. Para disfrutar del veranito. Para terminar recordando que el peligro acecha en cualquier lugar.


Cubata

bebidas
Ralf Roletschek (CC).

Bien. Cubata. Cubalibre. Como su propio nombre indica tiene que ser con ron, no me hagan ustedes experimentos. Ah, los mojitos son cosas para pijucos de ciudad, así que ni se lo planteen. Vamos, nada que se beba con pajita tiene cabida en el listado, amigos, desengañémonos. Las pajitas resultan indignidad estética y derroche medioambiental. Censura. Y eso, cubatas. Se las puede dar usted de entendido, de connaisseur, de paladar alicatado con rubíes. No engaña a nadie, a nadie, si le echan colonia (colonia de mercadillo, se entiende) lo pimpla igual, con su sonrisa y su ceja levemente alzada. Piense que si es un tipo alto, pasado de peso, con ínfulas y poco éxito posiblemente beba cubatas, ejem. Ah, perfecto para verbenas en pueblos con menos de quinientas habitantes, justo cuando la Orquesta Variedades toca «Voy a acabar borracho», un aborigen hace flexiones sin camisa en mitad del prau y el concejal de Festejos vomita entre dos coches. Noche de agosto en Cantabria, óleo sobre lienzo.

Para qué sirve: para integrarte en valles recónditos. Para hablar muy alto y con voz ronca. Para beber con el codo apoyado en la barra. Para que los churretones de sudor aparezcan integrados en el conjunto.


El sol y sombra

bebidas
Didier Descouens (CC).

Imagine que quiere convertirse en su tío Miguel Ángel, el que pasa las tardes de taberna a garito. Pues oiga, pide un solysombra y arreglao. El solysombra mezcla coñac y anís (hay variaciones chicas sobre la receta original), y debe servirse en copas tipo dirigida-por-José-Luis-Garci, preferentemente con un farias, un palillo y el ABC. Antes de dar el primer y delicioso (ja) sorbo, usted agitará vidrio haciendo círculos con su mano, como si estuviera decidiendo a qué partido de derechas votar. Luego ya puede echarse todo al coleto y sentir cómo el vello crece apresurado en pectorales, hombros y espalda. Vamos, que no parece buena idea, pero allá con su conciencia e hígado.

Para qué sirve: para que te salgan pelos en las orejas. Para pegar buenas hostias con las fichas de dominó. Para sudar Varón Dandy. Para gozarla con Los Bingueros.


Gintonic

bebidas
Missvain (CC).

Antes todo esto era campo y solo los viejos bebían gintonics. Lo juro. Nada menos cool, hostias, que va con tónica, con tó-ni-ca. Pero, en fin, un día alguien, desde algún barrio presa de la gentrificación y el postureo, decidió que el gintonic estaba de moda, y empezó a añadirle mierdas para opacar su repulsivo sabor. Nació así el yogur de macedonia con hielo, versión cuñao. Semillas de enebro, physalis, fresas (fresas), berros recolectados en noches de luna llena justo después de un solsticio y consagrados con lágrimas de unicornio estrábico. Supongo que hacen cargo. El gintonic metamorfoseó, de esta forma, en la primera bebida que te pides solo para sacar una imagen cuqui y subirla a redes, hastag #cayetanoscanallitas. Hoy, de hecho, los gintonics abandonados son un problema de salud pública, y muchas asociaciones se dedican a dar un nuevo a hogar a estas copas de balón despreciadas, culpables, tan solo, de ser tan vergonzantes como nosotros quisimos hacerlas.

Para qué sirve: para tomar cinco piezas de fruta al día sin darte cuenta, que lo recomiendan muchos médicos. Para que te claven precios abusivos por limón y hielo. Para ser canalla con copa gorda. Para hacer lo que hace todo el mundo.


Absenta

bebidas
Eric Litton (CC).

«La verde dama se llama absenta», escribí yo hace tiempo. Qué hostia más gorda tenía, colegas, qué hostia más gorda. En fin. Pues eso, que si vas de cultureta y quieres ganarte la vida escribiendo versos (jajaja, ganarte la vida escribiendo versos, cachondo) la absenta es lo tuyo. Absenta falsa, ojo, pero que raspa como si te estuvieran metiendo el palo del Frigopie por la garganta. En favor de la absenta diremos que es bonita, pero, como todas las cosas que son bonitas, acaba trayéndote un montón de líos. Una al año, para recordar que no, y suficiente…

Para qué sirve: para pensar que eres Charles Baudelaire. Para escribir versos los domingos que harían rechinar los dientes a Sam Quint. Para intentar ligar, sin éxito. Para dártelas de culto, sin éxito.


Machacao, cucaracha et al

bebidas
Dana Robinson (CC)

O, dicho de otra forma… chupitos, trozos de infierno ácido que llegan en vasos pequeñucos y sientes bajar rápidamente por tu garganta hasta el estómago, donde se quedan a vivir y generar ardor durante un período más o menos largo, dependiendo de tu grado de dipsomanía. En fin.

Hay chupitos dignos (tequila, whisky… esas cosas) y auténticas mamarrachadas dignas de Los Manolos, olmailovin, nainonainonaaaa. A estas alturas es innecesario señalar que mi querencia por la idiotez me arrastraba irremediablemente a los segundos. La gracia de estos era el andamiaje. La elaboración, trampantojera y con visual effects dignos de Al Salir de Clase. Machacao, que era juntar setecientos veintidós licores de difícil salida y gaseosa, para luego meter un hostión bien fuerte con mazo de madera. Uhhh, espuma, machacao, ahora lo pillo, a ver qué tal sabe, meh, mala idea. Y el sábado siguiente, repetición. Cucaracha, algo parecido pero, ojo, flameándolo (como en el flameado de Moe, pero sin elegancia). Hay que soplar la llama antes de beber (salvo que usted sea muy del agro, entonces aguantará todo, ganando mi admiración eterna). El pitufo, algo normalísimo pero de color azul, que es la leche (aún no teníamos todas esas bebidas que hay ahora y ponen espídicos a adolescentes y streamers). Marinos, un chupito estándar pero en vaso de tubo, magnífica operación comercial, dado que tirabas un noventa por ciento del brebaje rellenando cristales más pequeños. O la mamada, con su nata de spray por encima y su vaso de barquillo comestible, porque los sábados tienen una sutileza metafórica que ni Paz Padilla escribiendo alejandrinos. Y otros, que estas mierdas se reproducían como plagas, macho. Normalmente lo pedías en tablitas de seis, preferiblemente acompañado por cinco amigos (o dos, o uno, depende de la hora).

Para qué sirve: para arrastrarse por las aceras antes de caído el sol. Para provocar dolor de estómago. Para mezclar, que es buenísimo. Para llenarte la camisa de lamparones con origen ignoto.


Malibú con piña

bebidas
Open Food Facts (CC).

¿Licor de coco con zumo de piña? Pues claro que sí, aun no he zampado suficientes chuches hoy. El Malibú con piña era algo similar a comer tarta de zanahoria en un bar pijo de media tarde (uno de esos donde hay tantos carritos de bebés como personas), solo que con vaso de tubo, alcohol y montones de peña agobiándote, joder, Germán, cómo está esto hoy, ¿no tendrás una mesuca arriba? Lo pondrán en otros sitios, no voy a negárselo, pero el bueno, bueno, era el de Germán, pueden creerme. Y eso, que flojillo y bastante indigno, para qué engañarles. Manos pegajosas, lengua como si hubieras comido tres sobaos, sensación de que, hostia, qué estoy haciendo con mi vida. Existencialismo on the rocks. Los que estaban viciados a esto son quienes hoy, supongo, piden la pizza con piña, se curan a base de reiki y hablan a sus hijos en inglés.

Para qué sirve: para comer golosinas mientras te desgracias el estómago. Para pensar que estás en un hotel caribeño y no en tu pueblo a treinta grados sudando cual chon. Para que se te queden los labios pringosos. Para tener una sensación doble de resaca y empacho.


Orujo

bebidas
Saibo (Δ) (CC).

Tomar un orujo es la quintaesencia de cantabricidad. Dicen las historias arcanas que si pides orujo con miel en un bar de Madrid y te lo ponen sin mirarte raro, un holograma del mismísimo Miguel Ángel Revilla aparece para invitarte a esa, y otras cinco. El orujo (blanco, de hierbas o con miel, el resto son invenciones que buscan socavar nuestras raíces) es final perfecto para el clásico picoteo montañés (croquetas, rabas, cocido y chuletón, postre no, que estoy a dieta), porque tiene efecto vigorizante al ánimo y narcotizante al estómago, condiciones necesarias para continuar con la partida de mus, seis o siete copas, luego vemos el fútbol y ya después al Shamrock, hoy se lía. Hasta ahí normal. Vamos, digo yo. El reto es pedirlo en locales nocturnos, esos donde la música está muy alta, las luces son de colorines y, en general, te sientes bastante desplazado porque todo parece un plató de Mediaset. Allí es donde demuestras lo que uno vale. Pedir orujo es de valientes. Vale, el domingo te quieres morir, pero es de valientes. Nota: el orujo tiene un porcentaje de victorias mejor que el de Merckx, así que no intenten heroicidades.

Para qué sirve: para calmar el ardor de estómago. Para pasarlo bien en la verbena de san Cipriano. Para arrugar el morro mientras bebes. Para ir bajando esa botella que tienes en casa desde el último ascenso del Sabadell.


Peppermint

bebidas
DP.

Vale… ¿conocen ustedes alguien que se pida helado de menta? No, ¿verdad? Pues entonces ¿para qué destilas un licor con la hierbecita, amigo, que eso no puede estar bueno, que tiene cuarenta grados y no solo raspa, sino que también da picores? ¿En qué cabeza cabe? Enredando por internet veo que el peppermint es ingrediente destacado en gran número de cócteles pijos con precios descacharrantes y sensación de vaya, creo que nos han visto cara de tontos, colega. Pero no iré por ahí, porque tal mundo me es inexplorado. Solo conozco un puñado de personas que bebiesen peppermint con cierta frecuencia. Todos provenían del mismo valle cántabro, lo que me hace sospechar sobre oscuros rituales invocando a Yog-Sothoth, prácticas necrófagas y un pacto de silencio, lo que ocurre más allá del puerto se queda más allá del puerto. Grosso modo. A quién pretendo engañar, aquellos tíos me caían cojonudamente…

Para qué sirve: para tener la lengua verde y aliento a anís. Para olvidarte de cualquier acercamiento a la cópula por unos días. Para exhibir gusto (no buen gusto, solo gusto). Como demostración de reciedad.


Stroh

bebidas
Tamorlan (CC).

No quiero mentirles. Digan «no». Y punto. Imaginen comer wasabi a cucharadas… pues eso. Entonces, querido Marcos… ¿cómo es que conoces la existencia de este noveno círculo? Pues miren, porque la juventud es tonta, y la mía más. Y porque un amigo se lo pedía siempre a ciertas horas de la noche, con el poco disimulado deseo de provocar reacción en cadena que terminase en regurgitamiento y frescura solo aparente. Era bajito, un poco el Francis Begbie que todos los grupos calzan. Seguro que saben de lo que hablo. En fin. Aparta de mí ese cáliz.

Para qué sirve: para higienizar el estómago. Nada más, háganme caso.


Leche de pantera

bebidas
Dtarazona (CC).

A ver, cómo explicarlo. Hay un sitio. Hace calor de narices, más humo que en el Londres de Jack, luz tirando a escasa. Suena Rage Against The Machine, con suerte. Dover, si tu vida es una mierda, porque hubo un tiempo en que Dover sonaba mogollón, y menudos gallos, tío, que si cantaban así en el disco no me quiero ni imaginar cómo antes de sintetizar. En fin. Era tan malo Dover que algunos, hoy, lo reivindican. Lo reivindican sin ánimo irónico, ojo. No sé, a mí no me miren. Y eso, que pillan el pelaje del garito. Pues vendían una cosa. Leche de pantera. Uhhhh, leche de pantera. En botellas de Larios, me viene remembranza. Aspecto general a zumo de vacuca, cierto toque acanelado, olor delicioso, dulzón en paladar, pesado por tripa, contundente entre ambas orejas. Bomba. Como venía en recipientes grandes, a compartir, propiciaba charla, compadreo y confesiones, te quiero, macho, eres mi mejor colega, no, cuelga tú, no, tú. Pero berreando, por lo de la música. Indignidad y sentimentalismo a partes iguales.

Para qué sirve: para estrechar lazos de amistad, camaradería y cortejos nunca consumados. Para echar un ratuco al socaire de la barra. Para enlazar el «momento quinito» y el «momento tarambana bailarín». Para pensar que eres el Nota bebiendo ruso blanco.


Esa-que-hay-en-el-bar-y-nadie-bebe

bebidas
Foto: Stefan Giesbert (CC).

Esa. Esa botella, esa precisamente. La que acumula polvo, la que jamás has visto moverse de allí, de la esquina donde parece olvidada, totalmente ajena al paso del tiempo, al discurrir de los eones. La misma botella que una tarde, vaya usted a saber razón, acaba en manos del camarero, que te mira con sonrisilla de superioridad, de «otros mejores que tú lo intentaron antes». Ahí empieza todo. Ay.

Para qué sirve: no me acuerdo.


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36 Comentarios

  1. El Marie Bizart. Durante un verano de la postadolescencia a un amigo y a mí nos dio por tomar este anisete. Vaya resacones, aunque a esas edades nos recuperabamos rápidamente.
    También tengo el desagradable recuerdo de una fiesta de la universidad, en la que me tomé unos cuantos «butanos» (patxaran con kas de naranja) y a la mañana siguiente estaba como si me hubieran puesto una máscara enchufada a una bombona de butano.

  2. Ni una mención al claro con gas. Poco mundo ha recorrido el picaletras …

  3. Lux Interior

    Cerveza, sin duda. La cerveza te permitía jugar, jugar al «penúltimo» por ejemplo, tres o cuatro o siete tíos (y tías) en círculo y bebiendo a morro de una litrona (y oigan que yo recuerde ni uno solo/a pillamos la enfermedad del beso) un solo trago cada uno con el loable objetivo de dejar al que bebía a continuación tuyo la cantidad justa para que no se la acabase (la cerveza) porque en caso contrario palmabas tú o al más educado, por aquello de beber en vaso, «capitán plim» muy largo de explicar pero no tan largo como la duración de la castaña que te pillabas.

  4. Y el Patxaran?

  5. Will Rogers

    Mítica lo que se dice mítica… Una que probé una sola vez. Pero no recuerdo absolutamente nada!

  6. Muy centrado el artículo en los mamaos de Torrelavega, lo dice uno de Torres. Mítico el Guachiflay pero mis borracheras favoritas fueron las de los cubatas de ron cuando estaban a 300 pesetas y los machacaos en el Anticuario.

  7. Tequila con un trozo se limón y sal.

  8. Lo de los lugumbas (o lumumbas o…) con 43 supongo que era para una fase de la juventud temprana. Posteriormente ya pasabas a mezclar el batido de chocolate con coñá, o al menos esa era la evolución.

    Tengo un insano recuerdo de mis primeras fiestas de Comillas, donde llegamos tarde por la clásica ocurrencia que tienes de repente. Y para entonar lo más rápido posible sólo a mi se me ocurre pedir en el primer bar un «Liébana libre». Sí, me lo inventé en el momento, y era cocacola con orujo. Estaba asqueroso, cómo no. Me tomé tres. Funcionó a la perfección en su labor de dejarte mamao como un piojo en cero coma.

  9. Joder, el Stroh! Solo tomé un chupito y me fui al futbol. Se ganó en el descuento con remontada incluida. Euforia total de colocón + gol :)

  10. Pacharán, por dios, pacharán

  11. Tatis Alvarez

    Absenta. Después de la reunión clandestina , íbamos a un bar viejísimo y tomábamos absenta y bocadillo. Para que no te taladrase el tracto digestivo. Fué cumplir los 18 y no volver a verla.

  12. En el Norte la juerga adolescente a medidos de los noventa giraba en torno al kalimotxo. Punto.

    Para ratos puntuales de euforia colectiva y posibles tiradas de caña una ronda de Orgasmos, para estar un rato tranquis el 43 con chocolate o el Malibú con piña…

    Pero la adolescencia en el Norte, ergo LA VIDA, era color, olor y sabor Kalimotxo.

  13. Un artículo sensacional. Hacía tiempo que no me reía tanto leyendo, porque bebiendo se suele reir uno más, sobre todo algunas de estas «pócimas» que aparecen por aquí (bueno, dependiendo de lo que bebas… o te entra la risa o directamente las palmas…).
    Me voy a permitir añadir una combinación más a la lista, de las miles posibles: vodka con Cointreau, alcohol básicamente destilado suavizado con un poco de dulce, pero recubierto con más alcohol, no vaya a ser que empalague demasiado… ¡Un colocón asegurado!

  14. José Antonio

    En mis años locos he bebido de todo, pero digamos que la cerveza era como el regazo materno al que siempre vuelves. Por otra parte, me he reído mucho con el texto, no se si lo habrá escrito sobrio.

  15. En mi juventud, no recuerdo su nombre, pero una mezcla de Wozka y Licor 43 con mucho hielo.

  16. Kalimotxo cuando andábamos sin un clavel.
    Una vez que ya empezamos a juntar algo más de dinero nos dió por tomar «Kendall’s», una bebida mezcla de Gin Kas con zumo natural de naranja que popularizó Howard Kendall, un entrenador del Athletic de Bilbao.
    Ibas mamado hasta las trancas, pero el zumo de naranja natural te hacía sentir sano y revitalizado… O algo parecido.

  17. En un bar de la calle San Mateo (aquí en Madrid) servían un combinado llamado volcán. El barman te lo mezclaba directamente en la boca, reclinado en un sillón de barbero. Consistía en una combinación de las botellas que tuvieran más a mano. El nombre era apropiado.

  18. Dice la wikipedia que el cerebrito es un chupito elaborado con vodka, jugo de lima, crema irlandesa y granadina. En el bar del pueblo no sé que le hecharían al vaso, pero el tabernero no tenía tantas botellas. Eso sí, no fueron pocos los empalagosos cerebros de mono que nos tomamos.

  19. Vaya artículo más divertido! Enhorabuena.
    El tekila boom hacía estragos : vaso de tubo, dos dedos de tekila y resto de 7up, golpe en la barra, la espuma que subía y todo pa dentro. Colocón rápido y barato.
    En Tenerife a finales de los 80 dominaba el cubata, eso sí, de ron Pampero, era lo más In cuando no existía la expresión cool. Luego cayó en desgracia (¿por qué?) y fue sustituido por el Arehucas cola (¿por qué?). Cosas del snobismo y la mercadotecnia, supongo.
    El vino con vino era otro recurso barato y efectivo: ibas a la bodega y pedías que te mezclaran en la misma botella tres cuartos de vino tinto (o blanco, según el gusto de cada uno) y un cuarto de vino dulce. Igual de barato e igual de efectivo.

  20. Ryugarato

    El Stroh sabe a lo que huele el aceite de motor quemado. Fantasía desinfectante.

  21. Lareon Falken

    Por economía siempre primó la cerveza (aunque su resaca es de lo peor, continuamente eructando con sabor a cerveza rancia que solo te daban ganas de vomitar), aunque mis amigos en sus peores días (de dinero) bebían dolimocho (vino DIA + cola Dolly). Lo del orujo en Galicia no es muy meritorio ya que mucha gente tiene (tenemos) un pariente que destila (blanca, hierbas, tostada y licor café). Por cierto que el licor café, si es bueno y fresquito, baja bien pero lo expulsas a doble vertiente…
    Los chupitos eran una guarrada: cerebrito, leche de pantera, upside down margarita… Y todos garantizaban una mala noche y una mala resaca.
    Aunque ya hace años que cuando empecé a tener un poco de dinero me pasé al bourbon. Solo, con cola, o acompañado de una cerveza ha sido un compañero fiel.

  22. Coñà barato en botella de cola de litro y medio a la que primero le dabas un par de tragos largos para darle espacio al coñá. Una botella por cabeza, claro.

  23. Luis S.B.

    Los cubatas del Kwai. DEP Constante. 2 cacharros, 150 pesetas. El vodka, la ginebra y el ron, marca JB (Julio Borrajo) y, eso sí, el whisky, DYC. 3/4 (o más) de cada cubata eran alcohol; el refresco correspondiente daba para rellenar los dos artefactos y hasta un tercero. Te tomabas eso para empezar la fiesta y, aunque siguieses toda la noche a base de tilas, te duraba la tajada hasta bien avanzado el día siguiente.

  24. Cabe mencionar las bebidas de licor calientes.
    La queimada era un clásico final de verbena que ya casi no se hace, a la par del chocolate o las sopas de ajo. Ahora de hacerla, la adornan con un ritual pagano y brujeril, que yo nunca vi en mi infancia y que ahora parece imprescindible.
    De efectos terapeuticos similares al orujo, la perdida de alcohol al quemarlo se compensa con una buena cantidad de azúcar y aderezos frutales.
    Emborracharse a queimada se convierte en una tragedia para el aparato digestivo.
    Por otra parte conocí gente que bebía ponche caliente, en copa de coñac calentado al vapor de la cafetera expres. Nunca lo comprendí, es una tortura sado-maso.

  25. El Agua de Valencia, al menos en Valencia, en mis años mozos – hace ya unos cuantos – .
    Te alegra, o sea, te emborracha igual, que todas esas porquerías que ya se han mencionado. Y es mucho más sana.
    Para el que no lo sepa, coctel de champán, zumo de naranja, y algún truqui según quien lo prepare ( Cointreau, ginebra, etc. )

  26. Elvis Gaga

    Ruso negro, licor de café con vodka. Con varios de esos uno podía ir bailando la kalinka mientras dejaba atrás al Eugeni Berlín de la primavera de 1994.

  27. Elvis Gaga

    Berlín = Berzin. Maldito corrector del móvil.

  28. ¡El quinito! Has hecho llorar a un exiliado…

  29. Inokashira

    La mezcla de vodka y Licor 43 se llamaba Cristal. O así me lo vendían a mí.

    • Así era. Recuerdo de mis primeros éxtasis alcohólicos época instituto. De hecho creo que era una «receta» oficial, y venía en algunas etiquetas de licor 43.

  30. En Valencia/Alicante se tomaba el granizado de limón con un chorrito/chorro/chorrazo de ginebra… a gusto del consumidor. Ginebra Larios, por supuesto!!!

  31. El Hashimuri de La Chocita Sueca en la zona de la glorieta de Bilbao, en Madrid. También la leche de Pantera del Chapanzaz por Argüelles, que caía del techo.

  32. Johnny Ramone

    Echo de menos en la lista el Cua-Cua
    Cointreau + Licor 43

  33. El «Mosqueado», vaya brebaje rico y salvaje.Se mezclaba vino moscatel con orujo,lo que pasaba después de unas rondas es difícil de recordar y solamente explicable por la edad!.

  34. ArminTanzarian

    No he podido para de reírme. Que nostalgia!. Casi me meo con los comentarios. He bebido todas las pócimas y he pasado por todas las etapas. Que manera de engullir como si fuera el último día en la tierra! Me pregunto cómo era posible…….

  35. Beodo destroyer

    Lo más chungo que he probado en cuanto a mezclas fue en los quintos de la mili,mezclar vino con anís,es como mezclar agua y aceite

    Falta por este orden para ir degenerando

    Wisky-cola después de muchas cogorzas y por cantidad no pegabas ojo

    Wisky-naranja después de muchos acidez de estomago

    Wisky-sprite o 7up entra muuuuu suave

    Wisky a paloseko

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