Arte y Letras Fotografía

Festival de fotoperiodismo Visa pour l’image 34: Perpignan incombustible en medio de todos los incendios

Tanto por el lugar —el sur de Francia— como por las fechas —de finales de agosto a mediados de septiembre, cuando se espera que profesionales y público regresen de vacaciones con las pilas recargadas—, como por el carisma de su director, el afable y sagaz Jean-François Leroy, que todos los años sabe dar un titular, Visa pour l’Image ha logrado consolidarse como un evento de referencia. Es seguro que durante algunos años la revolución de internet supuso una amenaza para los festivales como lugar de consagración del fotorreporterismo, habida cuenta que asalariados y freelance solían trabajar para medios impresos. Supongo que se ha perdido algo de aquel ambientillo cuando se podía ver de cerca y juntos al star-system de la prensa mundial, pero lo que queda tras dos décadas de internet, y de saturación de internet, es el concepto del reportaje como la construcción de una narración en imágenes de calidad y además un sentido de la propia historia del oficio, que se plasma en exposiciones de homenaje a la trayectoria de veteranos con rango de clásicos vivos.

La primera vez que visité Visa fue el 11 de septiembre de 2001. Lucía un sol esplendoroso en un cielo límpido que invitaba a un optimismo tranquilo de tanto como llevaba durando la prosperidad económica en occidente. En aquella edición, el tema destacado en no pocos reportajes era la segunda intifada, que había estallado a finales de septiembre de 2000 en los territorios palestinos. No me enteré de lo que sucedía en Manhattan —para el sur de Europa, fue a la hora de comer— hasta que a eso de las siete subí en el tren de regreso a Barcelona y un ligón francés que se sentó a mi lado me habló de las Twin Towers. Cualquiera se imagina cuál fue el tema fotográfico del año 2002 en Visa: no solo las Torres, el Pentágono, el luto en Estados Unidos, sino Irak y todo lo que el aleteo de la famosa mariposa —con el aspecto de cuatro aviones secuestrados— provocó.

Desde el 11 de septiembre de 2001 hasta hoy, veintiún años después, el espíritu del fotoperiodismo es lo que parece haber cambiado menos, por mucho que hayan cambiado las cámaras, la edición digital, la prensa y las plataformas de difusión. La calidad de las exposiciones que se han podido ver este año en Perpignan antes de pasar a París demuestra lo que decía Leroy en la presentación y repetían las cadenas de televisión: por desgracia, el mundo pasa por un periodo catastrófico, pero los fotógrafos están para contarlo. Y para contarlo bien.

Los temas protagonistas de la edición 34 han sido la guerra de Ucrania, el cambio climático, la salud mental. Hay además un seguimiento de conflictos que fueron la portada de ediciones pasadas como la vuelta de los talibanes en Afganistán y la estampida americana; la expulsión de Birmania de los rohingya, una comunidad musulmana, en 2018 da paso en el mismo país a la rebelión de ciudadanos contrarios al golpe de estado de 2021; la ruina de Venezuela vista desde las cárceles de mujeres y otras muchas declinaciones de la miseria, como Zor. El mayor gueto gitano de Europa, sito en Plovdiv (Bulgaria), que firma Selene Magnolia, con mucho color y un enfoque algo tópico. Las campañas presidenciales, siempre tan fotogénicas, que años atrás consagraron al estupendo Olivier Laban-Mattei siguiendo a Sarkozy, y al requetestupendo Luis Tato jugándoselo todo en Kenia, han tenido este año a los políticos franceses bajo el objetivo muy irónico de Jean-Claude Coutausse: en Baños de multitudes salta a la vista que la vieja grandeur ha mutado en una crisis de valores que lleva a todos los presidenciables a interpretar alternativamente los papeles de Caperucita, el lobo y el leñador salvador para un público a veces tan friki y desatado que cuesta creer que se trata de Francia.

Ecología, tema de largo alcance

La ecología, en su doble faceta de canto a la naturaleza y denuncia de la explotación y derroche de los recursos naturales, es un tema vertebral en Visa. Ya sabemos que son trabajos que requieren larga preparación, equipos sofisticados y un espónsor de anchos bolsillos; a menudo también habilidades fuera de lo común. Alexis Rosenfeld comparte en 1Océano recientes hallazgos dentro del proyecto auspiciado por la Unesco de exploración del fondo submarino para ampliar el conocimiento sobre sus bellezas y amenazas inminentes. Su equipo de fotógrafos buceadores puede jactarse de haber descubierto un nuevo y gran arrecife de coral en Tahití en perfecto estado, a mayor profundidad de lo esperado, lo cual les brinda la oportunidad de estudiar su grado de resistencia al cambio climático.

Para completar Pescas mundiales, George Steinmetz se introduce en los grandes pesqueros factoría, sigue la captura todavía artesanal en Mauritania, islas Mauricio, ha recorrido todo el mundo desde Alaska a las Malvinas, de Tailandia a Senegal para mostrar cómo las grandes compañías esquilman los recursos y los nativos de ricos caladeros deben contentarse con los restos; Steinmetz es famoso por sus fotos aéreas, como las que ha expuesto en copias de grandes dimensiones en el patio de la Église des Dominicains, tomadas a vista de pájaro con su paraglider —parapente motorizado-, que empezó a utilizar cuando en 1997 le dejó tirado el piloto que había contratado en Níger, y ha sustituido a sus curtidos sesenta y tantos por drones. Steinmetz sabe traer la belleza de los paisajes y el resultado de la explotación de recursos sin políticas de recuperación. Se diría que pretenden consolarnos de no ir a conocer jamás todos esos lugares exóticos, a veces paradisíacos, informándonos de los diferentes infiernos que esconden las aguas transparentes, los cielos despejados, los arenales dorados, las espectaculares formaciones rocosas, las selvas exuberantes. Pero el público disfruta del retrato de animales marinos en poses involuntariamente coquetas, conoce qué especie está en peligro de extinción y qué otra se recupera población, contempla las formaciones de hielo mientras los pies de foto informan del declive provocado por el calentamiento global.

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Pescas mundiales, de George Steinmetz. Inhambane, Mozambique. Con marea baja, los pescadores unen sus esfuerzos en aguas poco profundas entre las islas de Benguerra y Bazaruto. Desde su dhow lanzan unas redes largas y estrechas con las que raspan la arena. En primavera, la marea baja apenas duras un par de horas o tres, pero el flujo y reflujo son tan fuertes que la pesca con red es muy eficaz. Esta sobreexplotación de las aguas costeras de Mozambique dura ya décadas.

El sudafricano Brent Stirton, fotógrafo de Getty, estaba trabajando en el comercio de Carne procedente de la caza salvaje cuando estalló la pandemia de covid, de ahí que su larga serie no parezca ni oportunista ni improvisada: la caza de pangolines, murciélagos, monos y otros bichos espantosos, y de peces algo más fotogénicos con flechas, cubre necesidades de alimentación en zonas alejadas de toda inspección sanitaria.

Después de visitar en la Maison de la Catalanité los hermosos retratos en blanco y negro de animales advirtiendo de La sexta extinción, de Alain Ernault, y la Maison de la Presse, con su selección de reportajes que a menudo se han quedado a varios pasos en calidad de los vistos en las sedes principales, y otras veces, como en los temas de la transhumancia francesa, sencillamente ha faltado un editor que ponga dinero para profundizar, mis ojos bulímicos aún pedían más, pero mis pies me traicionaron —por suerte, no en Níger— y me quedé sin ver el fruto de la beca Canon de la Mujer periodista, que en 2021 fue para Acacia Johnson. Su Pilotos de vuelo de zonas de difícil acceso en Alaska es una de esas expos que prometen levantar el ánimo al documentar la vida de los habitantes de esos remotos parajes que  deben confiar en las avionetas para resolver necesidades cotidianas.

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La sexta extinción, de Alain Ernoult. Mientras avanza la sexta extinción masiva, Alain Ernoult intenta despertar conciencias respecto a la belleza y vulnerabilidad de las especies.

Ucrania, hasta la victoria… 

La industria de las armas gobierna el mundo y este año ha encontrado Ucrania como terreno donde probar los últimos avances en ataque, defensa, reconstrucción y, por si fuese poco, quedarse con el dinero fresco que Europa había planeado invertir en instalarse de una vez en el siglo XXI. Daniel Berehulak para The New York Times, con Aquí vivía gente, Lucas Bariolet para Le Monde con Ucrania: la guerra diaria y Mstyslav Chernov & Eugeniy Maloletka con Marioupol han acertado a construir un relato de la invasión y los crímenes del ejército ruso, así como de la reconversión de los civiles no solamente en soldados sino en enterradores, logistas, enfermeros, testigos de cargo. Las imágenes del improvisado ejército ucranio, así como de los cadáveres en patios, calles o morgues de hospital y del levantamiento de fosas —que tanto recuerdan escenas de la guerra de Yugoslavia en los noventa—- duplican su interés informativo al convertirse en documento para denunciar crímenes de guerra, dosier destinado a crecer con las imágenes de las zonas liberadas en septiembre. La perspectiva ucrania se completa con Tras el telón de z, de Elena Chernyshova, un brillante reportaje sobre el impacto de la invasión en Rusia, la represión de protestas y opositores y la propaganda del Kremlim. Acierta a trasladar la sensación de ominosa amenaza que viven los disidentes con imágenes como la de la gigantesca Z proyectada en la fachada de edificios oficiales. 

Haciendo amigos… o no

Aunque la selección de reportajes quiere reflejar las crisis más importantes acaecidas en el año previo, tanto la personalidad del director como las relaciones exteriores de Francia pueden determinar los temas expuestos. Leroy se niega a dar publicidad a los terroristas —islamistas, en todo caso—, lo cual explica el escaso espacio que atentados como el de Barcelona en 2017 encontraron en Perpignan. En cambio, Líbano, antaño conocido como la Suiza de Oriente, recibe del país galo ayuda para paliar una crisis económica que era ya muy grave cuando en agosto de 2020 explotaron los depósitos de nitrato de amonio del puerto de Beirut destrozando parte de la ciudad. El sector artístico y cultural es tratado con cierto mimo, como demuestra la firma del Ministerio de Cultura francés tras la exposición de la joven Tamara Saade, que en Sin tregua resume dos años siguiendo las reverberaciones de la explosión: son fotos muy periodísticas de un Beirut en ruinas, vecinos despejando los destrozos organizados en cuadrillas autónomas frente a la inactividad de los poderes públicos, protestas y todo lo que hace un pueblo para demostrar que está vivo frente a la calamidad y la corrupción.

El fotolibro, parada y fonda

Las nuevas tecnologías han abaratado tanto los costes de edición que cada vez más los fotógrafos piensan en el fotolibro como destino de un esfuerzo que puede llevar años y una elevada inversión que no se recupera con la publicación en revistas y diarios. El reportaje concebido para diferentes plataformas se planifica entonces de modo distinto al destinado a galerías o a prensa. Así concibe y así hay que entender obras tan interesantes y espectaculares como las de Paolo Woods, que suele trabajar a dúo en reportajes que requieren una producción muy compleja. Aborda temas de rabiosa actualidad desde ángulos inesperados: The Heavens, con Gabriele Galiberti, sobre la vida en paraísos fiscales, surgió del fastidio que le provocó al fotógrafo los altos impuestos pagados un año en que las cosas habían ido bien.

Chinafrica retrata la penetración china en el continente africano, y específicamente en la transformación industrial en Nigeria, Lagos, Congo, que no es reciente aunque ha adquirido en este siglo unas dimensiones que ponen en peligro el equilibrio de imperios conocido, con la repercusión geoestratégica que la guerra de Ucrania ha revelado. Este nuevo colonialismo africano no se hace sin expatriados, y Woods recoge en fotografías de medio formato e intensos colores la explotación de los nativos controlados, supervisados, formados por un empresario o un directivo chino. La maquinaria es del siglo XXI, las relaciones laborales del XIX. Los chinos maquillan esa explotación mediante la creación de escuelas o centros de ocio, meras limosnas a una población sometida a un «ritmo de trabajo sostenido», eufemísticamente hablando, con la complicidad de las autoridades políticas, las únicas en lucrarse con la cesión de la fuerza de trabajo nacional a emprendedores chinos sedientos de obscenos márgenes de beneficio. No puede extrañar que unas transformaciones a gran escala que mantienen a la población nativa en una indigna pobreza fomenten las desesperadas migraciones que vemos recalar en las costas mediterráneas, para desde el sur alcanzar Alemania o Reino Unido, como documenta Sameer Al-Doumy en Las rutas de la muerte.

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Happy pills, de Paolo Woods Haití, 2016. Vendedores callejeros en las calles de Haití prescriben el remedio. Venden pastillas sueltas fabricadas en China, medicamentos falsificados en la República Dominicana destinados a Haití, y medicamentos caducados desechados por las ONG. Cuanto más bonita es la torre de pastillas, más vende.

Paraísos e infiernos 

En Happy Pills (Píldoras de la felicidad) explora con Arnaud Robert el peso de la industria farmacéutica en nuestras vidas. Visualmente muy atractiva y nada ingenua en su contenido, demuestra que si la industria farmacéutica ha acumulado beneficios exorbitantes, el riesgo que conllevan las píldoras de la felicidad no empieza y termina en la epidemia de adictos al oxycontin que afecta a Estados Unidos. Igual que esas series de fotografía sociológica donde niños de todos los puntos del globo exhiben sus juguetes o familias todo lo que comen en una semana, Woods pide a grupos familiares más o menos extensos que enseñen el surtido de fármacos de sus botiquines, e incluye con sentido del humor a unos alternativos con un escaso muestrario de hojas medicinales, gráfico resumen de que menos (pastillas) es más (y mejor salud). Pastillas para los hormonados culturistas indios fotografiados en blanco y negro, con primerísimo plano del rictus de la boca que desfigura el gesto atlético en manía histérica. Viagra para gigolós y actores porno, antidepresivos y un largo etcétera de soluciones rápidas, y milagrosas solo al principio, para olvidar que el mundo está hecho un asco, y nosotros atrapados dentro.

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Happy pills, de Paolo Woods. Actores porno, culturistas o gigolós como el italiano Roy Dolce consumen estimulantes. Termas de Montecatini, Toscana, 2017.

En una discoteca gay de Israel fotografió a hombres que recurren a la PReP (profilaxis preexposición) para prevenir el contagio por VIH, tomando diariamente los nuevos fármacos por los que tantos enfermos de los años ochenta habrían dado un riñón. Hombres como cuerpos clónicos, fantasmas semidesnudos bañados en una luz azulada sugiriendo probablemente lo aleatorio del contagio. El pirulí de pastillas de todos los colores y propiedades que cargan al hombro vendedores de calle africanos resume gráficamente las paradojas de la globalización y cómo los tráficos de cualquier mercancía suplen arriesgadamente los déficits de los países del sur.

Al formular sus reportajes gráficos como «estilos de vida» a veces con estudiadas puestas en escena y encuadres museísticos, Woods y Robert eluden el miserabilismo y la denuncia hipócrita, transmitiendo la sensibilidad irónica, acelerada y oportunista que define el siglo XXI. 

No tan invisibles

El italiano Valerio Bispuri lleva más de una década empeñado en documentar «la libertad perdida».  Ha expuesto otras tres veces en Visa: Encerrados sobre las cárceles, Paco sobre la cocaína, y Prigionieri, y en 2022 ha traído a los enfermos mentales en un programa doble: en las soirées se proyectó su work in progress sobre la enfermedad psiquiátrica en Italia, que complementa En las cámaras de la mente, un exhaustivo documento en blanco y negro sobre las condiciones de encierro de enfermos mentales en manicomios de Zambia, Kenia, Benín y Togo, donde prevalece el hacinamiento y la falta de recursos. Buspuri es un fotógrafo que para mi gusto se inspira desde demasiada cerca de clásicos del XX. La visita a hospitales psiquiátricos en países subdesarrollados o en guerra ha brindado siempre la ocasión de obtener imágenes duras de personas alienadas que no tienen el control de su imagen, por lo que es fácil esconder la falta de talento visual repitiendo lo que otros han hecho; Bispuri sortea esa obscenidad con un trabajo metódico: En las cámaras de la mente puede verse en contraste con las Happy pills y con su patente homenaje a clásicos como Eugene Smith logra conjugar denuncia y compasión. 

Dos o tres clásicos por lo menos

Visa no sería Visa sin el homenaje a clásicos contemporáneos. Esta edición ha celebrado a varios imprescindibles como son la francesa Françoise Huguier, el serbio Goran Tomasevic y el norteamericano Eugene Richards.

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Tomasevic en Libia durante los enfrentamientos entre rebeldes y las fuerzas leales a Gaddafi.

Tomasevic (1969) empezó jovencísimo en su Serbia natal y llegó a documentar la vida antes de la guerra cuando el futuro criminal Karadzic frecuentaba salas de fiestas. Aunque años atrás Leroy declaraba que no le gustan nada los retratos, nadie ha osado excluir los fabulosos primeros planos que Tomasevic es capaz de conseguir y dejan al público parado delante de ellos, y que en Entre guerra y paz acompañan a instantáneas en Irak del lado de los soldados americanos, las manifestaciones de la primavera árabe en El Cairo, las batallas que culminaron en la caída de Gadafi en Libia, el levantamiento en Siria… lugares donde todo parece saltar por los aires excepto el foco de su cámara. Si alguien se pregunta cómo reconocer el verdadero talento fotográfico, la cantidad de imágenes de Tomasevic que han llegado a ser iconos de la historia reciente es una buena respuesta.

Ha sido también el año del norteamericano Eugene Richards (Boston, 1944). Miembro de Magnum desde 1979 y una carrera en la que ha destacado siempre su preferencia por reflejar el dolor en el ámbito urbano y las consecuencias de la pobreza extrema, el anciano reportero se sentía durante la pandemia de covid doblemente aislado: deprimido por el estrago en las residencias de ancianos de todo el mundo y por la convicción de que su estilo ya no interesaba. Por suerte, su hijo insistió en que rescatara imágenes inéditas de su extenso archivo y se abriera una cuenta en Instagram/Facebook. No solo aprovecharía el confinamiento sino que además podría entablar conversaciones virtuales con admiradores y colegas.

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Eugene Richards, de la serie Al margen, Washington D.C., Estados Unidos, 1990. «Estaba trabajando en una serie sobre la familia americana para la revista ‘Life’ cuando conocí a Jim y Sarina. Fui yo quien los llevó hasta el hospital para el parto y fui testigo del nacimiento de su hijo Jim».

Muy pronto el número de seguidores ascendió a cantidades muy halagadoras que demostraban que muchos no lo habían olvidado y otros más jóvenes descubrían a un maestro del que se puede aprender mucho. Y en esas llamó Leroy proponiéndole convertir en exposición ese material inédito. En su regreso a Visa después de War is personal (2009), Richards presenta Al margen (An outsider), título que alude tanto a esas imágenes que en su momento descartó para la publicación, a las que el tiempo ha añadido nuevas capas de interés, como a la índole de los protagonistas de sus reportajes. Sus fotos parecen fotogramas de una película que sabe capturar la complejidad de las circunstancias y la emoción de las personas que las viven: adictos a la heroína chutándose junto a foto de bebé no se sabe si vivo aún, jóvenes parejas mexicanas cultivando la esperanza de vidas mejores, persecuciones policiales, servicio de urgencias en el Nueva York de los ochenta, la vida familiar, la vida de los negros pobres en el Arkansas de los sesenta… El toque Richards es la combinación de drama y empatía en esa justa dosis que hace del fotógrafo el punto de enlace.

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