
Raymond Aron y Jean-Paul Sartre fueron dos de los intelectuales franceses más importantes del siglo XX. Su amistad se forjó en cafés, tertulias y coctelerías. Los dos nacieron en 1905 y asistieron a la misma escuela. No podían ser más distintos: Aron era suave, discreto y elegante; Sartre, mientras tanto, compensaba su fealdad con la voluntad indomable y un ingenio irrebatible. Un carisma construido a base de hacerse fuerte ante los insultos de sus compañeros, que se mofaban de su fealdad y de su estatura. Aron y Sartre se conocieron en la Escuela Normal Superior: la instancia educativa más importante de Francia. Forjaron sus charlas sobre el Tratado de Versalles y sus efectos en la política y económica de Francia. Simone de Beauvoir y Albert Camus también se unían a esas conversaciones. Formaron un circuito de lo más variopinto, que se movía en el Flore, en Les Deux Magots y el bar Napoleón. Después de los cafés, el grupo iba a los bares de jazz, en el club Le Tabou, donde Boris Vian era la estrella absoluta del local, insultando y ridiculizando a todo al que entrase por la puerta. Fue una década turbulenta y feliz: la belle époque parisina había pasado, pero aún pervivía la magia de los cafés. La decadencia podía y puede ser encantadora.
Tanto Sartre como Aron se presentaron al examen de agrégation, que era la prueba que se les exigía a todos los que querían ser profesores en Francia. Aron y Sartre hicieron la prueba en 1928. El primero aprobó y el segundo suspendió. El joven Aron quedó el primero de su promoción, de hecho. Sartre, en cambio, relativizó su suspenso; al año siguiente concurrió de nuevo a la prueba, obteniendo una nota mejor que la de su amigo. Aron pasó una temporada en Alemania, en los estertores de la República de Weimar. Allí conoció la obra de Max Weber y Edmund Husserl. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, se exilió a Londres en junio de 1940. Allí escribió en Revue de la France Libre, una revista ligada a la Resistencia. Sartre sirvió como meteorólogo en el Ejército francés, donde fue capturado por soldados alemanes en Padoux. Ya se había convertido en un referente con obras como La náusea, llenaba auditorios y les invitaban a todas las conferencias. Era un trabajador incansable. Sin embargo, la guerra les marcaría de forma distinta. A Aron lo volvió más pesimista, cualidad que se podía observar en su estilo preciso y glacial. Era un hijo de la Ilustración que creía en la emancipación y en el progreso. Un estudiante más brillante que su amigo y un polemista menos estridente. Para él, el pensamiento filosófico era un diálogo entre el fin y los medios. Aron miraba al pasado para entender el presente y el futuro. Sartre, en cambio, consideraba su filosofía como una incesante búsqueda de la libertad del hombre. Un camino orientado hacia el futuro que superase los grandes problemas de la modernidad y su técnica. Veía el futuro con cierto idealismo. Con su vivacidad y su ingenio, se convirtió en el Buda secular de los desencantados de la condición humana. Era una rockstar: alguien que tenía el poder de cambiar las convicciones de sus oyentes.
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