
Decía Theodor Adorno que «después de Auschwitz escribir poesía es un acto de barbarie». Y cabría preguntarse, en nuestro contexto actual, en el que los mares y los océanos se han convertido en una fosa común de cuerpos y sueños a los que se mira como estrategia política desde todos los hemisferios del gráfico de Nolan, obviando que eran personas con un nombre que su familia no habrá podido olvidar —por mucho que la historia occidental así lo haya decidido— cabría preguntarse, decíamos, si es lícito escribir poéticamente sobre el agua sin caer en un cinismo repugnante.
A priori, parece que no, que la romantización del elemento que tantas vidas se cobra al día es un acto de violencia contra lo que llena el concepto de humanidad. Pero, si nos aferrásemos a esta idea, estaríamos cayendo en una injusticia aún mayor: la de exculpar a los auténticos responsables, que son, también, personas con nombres propios, que tampoco deberíamos dejar que se perdiesen —aunque por los motivos contrarios de los primeros—, cargando todo el peso de las víctimas a lo que no puede ser culpado por estar exento de conciencia, de interés personal y de voluntad racional. Así que, entendemos, lo no poetizable sin caer en la barbarie es el sufrimiento deshumanizado y que, por el contrario, el único modo de hablar del medio que nos quieren pintar como verdugo, devolviéndole cierta dignidad, es, justamente, dejándolo nutrirse de lo poético, que es lo que él mismo, durante siglos y siglos, se ha encargado de evocar.
Negarle esa parte sería amputarle sus extremidades en la historia, en la única historia no elitista, ni dogmática, ni tramposa. Es decir, en la historia como relato conjunto que excede, con mucho, a lo escrito, y que se filtra por los poros de la imaginación para sellarla en utopía, en leyenda sin discriminación de culturas.
Y si toda historia debe tener un principio, en este caso el principio es y está en la propia agua. Quizá no para el relato de Dios, que en su creación diciente vio necesario darle existencia y extensión, primero, a los cielos y a la tierra para, posteriormente, en el segundo y tercer día, anegarlos y separar en regiones los límites marcados por el mar y los océanos. Él mismo nos libre de poner en tela de juicio su elección del orden creacional en el Génesis, o su compromiso con la economía del lenguaje —porque a ver qué necesidad había de dedicar dos días a eso, teniendo poder suficiente para crear a los vivientes con una sola palabra—, pero tampoco nos dejemos engañar: que una vez creado el cielo y la tierra, se nos dice que el mismísimo «Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas», así que podemos decir que existir, existía el agua previamente a que el Todopoderoso la nombrase y, todavía más, que le hacía de morada espiritual, fuera del mundo, cancelando la noción de vacío, siendo una isla solitaria frente a otra isla abarrotada de espíritus, esencias y todo cuanto conocemos por naturaleza.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







La cita de Adorno tiene como objetivo la cultura como propaganda. En Auschwitz había no menos de cuatro orquestas judías para esparcimiento del espíritu de las SS. La ambigüedad de los supervivientes hacia la música fue evidente: para unos escuchar música hacía recordar su condición humana en aquel ambiente diabólico, mientras que para otros oír música mientras una nueva remesa de prisioneros era asfixiada y cremada constituía la guinda de la inhumanidad.
El problema es que no sólo la poesía, sino todas las artes son reo de la misma duplicidad, incluyendo la literatura que siguió produciendo Adorno.
Nunca está de más leer a Gadamer. La cultura es independiente de los productores de la cultura, así como la lengua es independiente de los hablantes
Hay una coplilla que viene al caso:
«¿Qué culpa tiene el tomate,
que está tan tranquilo en su mata,
de que llegue un hijoputa
y lo meta en una lata?»
¿No pretenderás, encima, condenar al tomate?