
«La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo», así empieza el artefacto lírico y antropológico llamado Historia de cronopios y famas de Julio Cortázar. Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974) lleva casi treinta años picando ese ladrillo de la realidad, de «nuestra realidad», es decir, esta contemporánea y occidental en la que vivimos sumergidos. Y lo ha hecho, lo hace en cada uno de sus libros, en cada una de sus intervenciones artísticas, sea cual sea el formato elegido, en ámbitos tan dispares como reconocibles, desde los géneros literarios hasta las orientaciones sexuales pasando por las modas y los modos de vestir, hacer música o transitar las redes sociales. Su obra, porque ya podemos llamarla así, por lo que es y por lo que todavía le queda por ser, no desdeña profundidades pero tampoco superficialidades, cuando agarra un tema lo zarandea y le saca su máximo y su mínimo, su cliché y su más oscuro secreto. Porque si hay algo que Fernández Porta hace bien es justamente eso, darnos los matices, las aristas, cada cara del objeto a estudio, sea cual sea, y este ejercicio lo materializa, por un lado, desprovisto, como buen investigador, de cualquier prejuicio y por otro, dándonos todos los referentes necesarios, pasando de First Dates a Judith Butler con toda naturalidad porque así lo requiere su hipótesis.
Matices. Formatos. Precisamentenuestra primera toma de contacto es en una exposición en una galería de arte de Madrid donde Fernández Porta va a tomar la palabra para dar su peso teórico a un trabajo del artista plástico Mira Bernabéu. Y en cuanto nos presentamos, la realidad supera la ficción, nunca mejor dicho, y un espontáneo del público interpela a Eloy para darle la enhorabuena por su cameo en la serie de Netflix Autodefensa. Incluso le pregunta si va a haber una segunda parte y si él va a seguir saliendo «en la tele».
La tele, esa arma infalible. Has escrito ficción, ensayos, trabajos complejos, sesudos, pero igual tres minutos de tele superan en repercusión a todo ese «peso» en papel.
Con la buena recepción que está teniendo la serie ha surgido un debate y eso es quizá lo importante, mensajes a favor y en contra de los temas que intenta abordar, principalmente la manera en que se reconsideran los modos de entender la sexualidad. Entre muchos otros temas, las protagonistas nos enfrentan con una recodificación, podríamos resumirlo con un verso de T. S. Eliot, «enséñame a que me importe y enséñame a que no me importe», es decir, cuándo importa el sexo y cuándo no, cuánto y cómo. Para mi generación todo eso venía predefinido, antecedía al encuentro sexual y lo determinaba; las protagonistas, en cambio, lo deciden por sí mismas, en la medida en que se pueda decidir. Es una serie que plantea situaciones ambivalentes y que, como dijo Ingrid Guardiola, «no gustará quienes tienen muy claro qué está bien y qué está mal». Y sí, cuando salimos en la tele nuestro mensaje, sea cual sea, se abre a otras vías de acceso que pueden sumar. He podido comprobar cómo en una intervención televisiva un público a priori no habitual de mis textos escritos puede acercarse a lo que quiero contar.
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