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Lovecraft: escribir contra el hombre (3)

Lovecraft escribir contra el hombre
Howard Phillips Lovecraft. Foto: DP.

Viene de «Lovecraft: escribir contra el hombre (2)»

III

En la presente década (2020-2030) concluirá el proyecto de edición en veintitrés volúmenes de las cartas de H. P. Lovecraft. Está claro que ese corpus de correspondencia conservada perdurará como una obra impresionante tanto por su envergadura como por su rigor editorial. Sin embargo, también es claramente, y por las mismas razones, una obra de lectura casi impracticable. No estoy diciendo que no pueda haber lectores dispuestos a leerse más de diez mil páginas de correspondencia. Y ciertamente, desde el punto de vista académico, es un lujo poder acceder a todo el material sin expurgar. Pero también está claro que esos lectores no académicos encontrarán más placentera la lectura de una edición ya cribada, seleccionada y abreviada, como era la edición en cinco volúmenes de Arkham House. Como es natural en una correspondencia que tiene a casi un centenar de destinatarios distintos a lo largo de más de veinte años, los temas, elementos y argumentos se repiten. La correspondencia completa acaba siendo un océano interminable de escritura del que se elevan de forma regular motivos y elementos recurrentes que a su vez evolucionan con el tiempo.

Las cartas de Lovecraft son, por encima de todo, una de las autobiografías más extensas que se han publicado jamás. Las sucesivas (y voluminosas) biografías canónicas publicadas tras la muerte de Lovecraft se quedan minúsculas en comparación. Lovecraft: A Biography, de L. Sprague de Camp, solo llega a las quinientas páginas. H. P. Lovecraft: A Life (1996), de S. T. Joshi, se queda en ochocientas páginas. Y I Am Providence: The Life and Times of H. P. Lovecraft (2010), del mismo autor, apenas alcanza las mil doscientas páginas. Como dice el mismo Joshi, Lovecraft en sus cartas fue «uno de los individuos que se documentaron a sí mismos más exhaustivamente de la historia de la humanidad» y también «uno de los escritores de cartas que más revelaron de la historia», ya que «no tenía reparos en contar hasta los detalles más nimios de su vida».

Teniendo en cuenta que Lovecraft es famoso por su misantropía, por haber vivido casi toda su vida en el mismo barrio y por un estilo de vida tan solitario que a su funeral solo asistieron dos personas1, surge una pregunta inevitable. ¿Es interesante leer su biografía y ya no digamos una autobiografía de diez mil páginas? Eso es lo más extraño de todo. Como persona que ha leído esas diez mil páginas, doy fe de que la vida de H. P. Lovecraft es una historia fascinante. De acuerdo; por un lado, lo fascinante es su extrañeza: su falta de sincronía con su época, que en la práctica lo convertía en un caballero más o menos convencional del siglo XVIII atrapado en un siglo XX que no entendía. También son extraños sus hábitos. Todo un sistema de rituales cotidianos destinados a suplir la falta de personas humanas de carne y hueso en su vida. Sus paseos nocturnos, sus excéntricas travesías en busca de arquitectura colonial, su opaca vida doméstica. Y es sumamente extraña su falta de vivencias, casi siempre porque rechazaba tenerlas.

Es cierto que la experiencia de Lovecraft en el «mundo real» es poco común, y caracteriza a un individuo excéntrico, introvertido, quisquilloso, apocado y en muchos sentidos incapaz de enfrentarse a la vida. Pero igual de poco convencional —o más— fue su vida interior. Como es de esperar, es esa vida de la mente la que ocupa la mayor parte de su correspondencia. Y también es la que la convierte en una lectura fascinante. Es obvio que no se alimentó de muchas «experiencias», tal como entendemos el término hoy en día. Se nutrió fundamentalmente de libros, y, para ser más específicos, de un itinerario estrictamente autodidacta por los clásicos, la literatura moderna, la historia, la filosofía, la antropología y la ciencia política. Y a lo largo de las décadas esa vida fue creciendo a partir de un diálogo continuo con individuos de intereses comunes. Un diálogo que tuvo su vehículo fundamental en la carta.

Esto no quiere decir que toda su correspondencia sea literaria. Sus misivas están salpicadas de anécdotas vividas que se alejan de lo intelectual y abstracto. Al menos un millar de páginas de las cartas las ocupan sus coloridos y tremendamente prolijos diarios de viajes. Hay pasajes donde incluso asoma algo parecido a la sensualidad (eso que en la ficción lovecraftiana solo existe asociado al horror), como, por ejemplo, en la descripción de un paisaje atractivo o de la comida que le ha servido la mujer de algún amigo durante una de sus visitas. Hay infinidad de pasajes donde el tono intelectual deja paso a la fantasía lúdica, a dejar volar la imaginación, a disfrazarse él y sus amigos de personajes fabulosos de un relato extraño. Hay humor. Hay toneladas de bromas privadas. Y, por supuesto, la cotidianidad irrumpe todo el tiempo en el discurso epistolar, a menudo como fuerza negativa, casi contraria a la vida. Los problemas de salud. Los problemas de dinero. Las constantes irrupciones del mundo de fuera, del mundo en general, en la plácida vida de College Hill. Hay arquitectura, a raudales, la otra gran pasión de Lovecraft junto con la literatura. Y hay geografía; una geografía tremendamente peculiar que fue armando a lo largo de su vida, un compendio de lugares aceptables y lugares inaceptables, de pueblos y ciudades donde el pasado perduraba y, por tanto, la vida era agradable. Y de otros pueblos y ciudades donde el universo manifestaba su cara fea y monstruosa.

No toda su correspondencia es literaria, pero la literatura sí ocupa la mayor parte de sus páginas. La literatura, la filosofía y las ideas. (Como corresponde a un hombre que aseguraba no sentir interés alguno por las personas, más que en calidad de «artífices de arquitectura»). Solo hace falta ver con quién se estuvo escribiendo durante su vida: la mayoría aplastante de sus corresponsales eran hombres y mujeres de letras.

Entre sus corresponsales encontramos, por supuesto, a sus colegas escritores del que sería el llamado Círculo de Lovecraft (Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, August Derleth, Donald Wandrei, E. Hoffmann Price); también a escritores jóvenes a los que apadrinó o aconsejó o bien hizo de revisor, muchos de los cuales terminarían teniendo carreras en el ámbito de la ciencia ficción o la literatura extraña (Adolphe de Castro, C. L. Moore, Henry Kuttner, Fritz y Jonquil Leiber, Harry Otto Fischer, Richard F. Searight, F. Lee Baldwin, Robert Bloch, Wilfred B. Talman, Kenneth J. Sterling, Zealia Bishop, William Lumley, Emil Petaja o C. M. Eddy Jr.); los poetas Samuel Loveman y Elizabeth Toldridge; los editores de Weird Tales, J. C. Henneberger, Edwin Baird y Farnsworth Wright, además de algunos de sus autores, como Seabury Quinn y Carl Jacobi; artistas como Howard Wandrei; editores como Edward H. Cole y Donald A. Wollheim; gente del mundo del periodismo amateur, con quienes trabó amistad en su juventud y después conservó aquella amistad durante el resto de su vida (Alfred Galpin, Rheinhart Kleiner, Maurice W. Moe y un largo etcétera); fans y autores de fanzines (Duane W. Rimel, Nils Helmer Frome, Bernard Austin Dwyer o Willis Conover), y académicos (el filósofo James F. Morton, J. Vernon Shea, Carl Ferdinand Strauch o Lee McBride White).

Frente a esta legión de amistades literarias, encontramos una pequeña fracción de correspondencia que Lovecraft dirigió a sus dos tías, Lillian D. Clark y Annie E. P. Gamwell; a la que fue su esposa, Sonia H. Greene, con quien apenas ha sobrevivido correspondencia, y a un puñado muy reducido de amistades de la familia y no literarias.

Lovecraft escribir contra el hombre
Un boceto de Cthulhu dibujado por Lovecraft. Imagen: DP.

Cuando hablamos de un corpus de diez mil páginas, está claro que intentar resumir de qué tratan las cartas de Lovecraft será necesariamente una empresa ingenua. Las cartas hablan de casi todo. No hay episodio histórico o cultural, ni tema asociado a la vida y las artes de América entre 1915 y 1937 que no aparezca reflejado en ellas de una forma u otra. Aun así, es tentador dejarse llevar por un perverso impulso tipológico. Antes he comparado la correspondencia de Lovecraft con un océano de palabras del que van surgiendo temas y cuestiones recurrentes. Las cartas navegan por ese océano, construyendo sus patrones al recorrer una y otra vez esos temas. Son como rutas de navegación diseñadas a base de revisitar puertos familiares. Y en ese sentido creo que sí es posible abordar la tarea de hacer una clasificación temática de la correspondencia, una lista de los principales intereses y objetos de reflexión que llenan sus páginas.

He aislado una docena de esos patrones, aunque, antes de presentarlos, me parece necesario avisar de que hay muy pocas cartas que se centren en uno de ellos de forma exclusiva. La estructura misma que adoptan las cartas de Lovecraft impide que esos temas y patrones aparezcan de forma aislada.

La gran mayoría de las cartas de Lovecraft están organizadas como boletines. Es decir, están divididas en secciones para poder tratar diversos asuntos en una misma misiva. La razón principal es que Lovecraft siempre mantiene con cada corresponsal varias conversaciones simultáneas centradas en asuntos diversos. Por poner un ejemplo completamente al azar, en una carta a Clark Ashton Smith del 29 de noviembre de 1933 encontramos, por este orden, los siguientes asuntos: primero Lovecraft habla en términos elogiosos de unos cuantos relatos de Smith. Pasa a hablar de la revista The Fantasy Fan, donde los dos han publicado. Comenta los intentos por parte de Smith de cobrarle una deuda a Hugo Gernsback, el fundador de Wonder Stories (y de quien toman su nombre los Premios Hugo). Una mención a la biblioteca de Herman Koenig le sirve de excusa para hacer una disertación sobre libros en torno a la brujería. Procede a narrar con detalle una serie de sueños fantásticos que ha tenido en las últimas semanas. De ahí pasa a hablar de su bloqueo creativo. Luego se pone a comentar unos recortes sobre el monstruo del lago Ness e improvisa una pequeña historia de terror a partir de ellos. Comenta también la imagen de una postal de Auburn; responde a unas observaciones astronómicas de Smith; habla del tiempo, y termina valorando unos textos de Walter de la Mare. A veces, es cierto, salta de una «sección» de la carta a la siguiente por pura asociación de ideas. Pero la mayor parte del tiempo, Lovecraft está siguiendo un «guion»: atendiendo de forma sucesiva los distintos temas que vienen de las cartas anteriores del intercambio.

Por supuesto, un elemento crucial de todas las cartas son las noticias. Suelen ocupar la sección inicial de la carta, y son, por ejemplo, el espacio reservado para hablar de las interminables gestiones postales: qué libros, manuscritos, copias mecanografiadas han sido enviados a quién, cuándo se estima que serán recibidos y a quién se han de reenviar después. Los escritores del Círculo de Lovecraft se enviaban entre sí todo lo que escribían para que todos pudieran aportar sus comentarios, un poco como lo que se hace en las aulas de escritura de hoy en día. Por tanto, rara era la carta en que Lovecraft no acusaba recibo de algún paquete o avisaba de la llegada de otro. También es el espacio donde notifica sus gestiones con editores: qué revista ha aceptado o rechazado alguno de sus relatos, cómo de avanzado está su proceso de publicación y qué está pasando con el pago. Y, por supuesto, Lovecraft también informa a sus corresponsales del estado de su escritura: cómo lleva el texto que está escribiendo, cuántas páginas ha llenado ya y lo contento o frustrado que está con el resultado.

Algo muy característico de Lovecraft es la consideración radicalmente distinta que otorga en esta parte de las cartas a los textos de sus amigos frente a los suyos propios. Con su humildad característica, siempre dedica mucho más espacio a comentar los relatos que ha recibido de sus amigos que a hablar de los suyos. Asimismo, frente al tono autocrítico y escéptico con que se refiere a su propia creación, cuando habla de los textos ajenos se deshace invariablemente en elogios hiperbólicos. Cuesta imaginar que un lector tan exigente y maniático como Lovecraft pudiera sentir sinceramente el amor que declaraba profesar por toda la producción literaria de sus amigos. En cualquier caso, pensara lo que pensara para sí mismo, en público siempre defendió a muerte y promovió esa producción. Su lealtad en este sentido era incuestionable. Sin embargo, quizá no estuviera exento de cierto amiguismo desesperado, resultado de su falta absoluta de apoyos fuera de aquel círculo.

Con el espíritu metódico que lo caracterizaba y quizá movido también por cierta noción patricia de que todo lo relacionado con el trabajo es penoso por naturaleza, en sus cartas, Lovecraft casi siempre lidiaba primero con todas las cuestiones profesionales. Como si se las quisiera quitar de encima cuanto antes. Su trato siempre difícil con cualquiera que hubiera decidido publicarle algún texto. Las dificultades económicas de Weird Tales o la pésima calidad de sus contenidos. El dinero que nunca parecía llegar a manos de Lovecraft. Una vez liquidadas estas cuestiones, ya podía pasar a temas más apropiados para alguien de su estatura. Me refiero a las discusiones intelectuales, las disertaciones y los pasajes más puramente ensayísticos. Liberado de la tiranía de lo concreto, lo urgente y lo inmediato, ya podía explayarse y llenar páginas y más páginas con sus opiniones y elucubraciones.

(Finaliza aquí)


Notas

(1) Su tía y una prima a la que apenas conocía.

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3 Comentarios

  1. Carlos Espinosa Mariel

    ! Felicidades! Para los que no lo conocemos, fascinante introducción a la obra de un creador rara avis. El texto atrapa desde un principio por su elocuencia, manejo riguroso del dato, y elegancia.

  2. Mauricio

    Excelente reseña, espero la próxima entrega. Sería interesantísimo saber más sobre los sueños de Lovecraft. Creo que una compilación del lado más oscuro de su oscura mente, más allá de su intento por parecer humano, su biografía oscura…

  3. Jose Heredia

    Magnífico texto. Cada uno de esta serie ha sido un disfrute informativo. Espero la siguiente entrega con ansias.

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