
En la historia del cine existe un periodo breve, de algo más de un lustro, que denomino «Cine de la Transgresión (1968-1973)», en donde, en todo el mundo, se abrió un espacio muy breve y fecundo de creatividad y transgresión de las normas, sociales, estéticas, morales, culturales y, por supuesto, cinematográficas. Aunque, lato sensu, abarca dos décadas, las de los años 60 y 70, stricto sensu lo podríamos circunscribir al inicio de las revoluciones sesentayochistas. 1968 se inicia en Checoslovaquia con la Primavera de Praga (del 5 de enero al 21 de agosto de 1968) y con el Mayo del 68 en París y luego en el resto de Francia, con ecos en otros países como Estados Unidos o España. También tiene un enorme simbolismo juvenil en México y todo el mundo hispanohablante por la llamada Matanza de Tlatelolco (2 de octubre de 1968, en Ciudad de México, en la plaza de las Tres Culturas, donde más de trescientas personas fueron acribilladas y asesinadas). Todo ese contexto revolucionario impregnó el zeitgeist («espíritu del tiempo» o esprit du temps) de la cultura de la época; está presente en buena parte de su cine. Este clima contracultural dura unos seis años aproximadamente, hasta el otoño de 1973, cuando se produce el golpe de Estado de Pinochet en Chile (11 de septiembre), la represión a los estudiantes en la Universidad Politécnica de Atenas (masacre del 17 de noviembre) y, especialmente, la crisis económica de 1973, la llamada crisis del petróleo.
Sostengo que en el período de 1968 a 1973, se estrenaron algunas de las películas más transgresoras de la historia, superando al otro gran período transgresor, que en el caso del cine de Hollywood va de 1928 a 1934 (el llamado cine precode). Un ejemplo de ello, de la transgresión temática y estética, es la película británica de suspense y misterio The Man Who Haunted Himself (1970), dirigida por Basil Dearden. En España se estrenó en 1971 con el título de Tinieblas. Es un film que deseaba ver desde hace años. Lo he hecho dos veces.
Siempre afirmo que Alfred Hitchcock es el mayor cineasta de la historia del cine y, sin ninguna duda, el más influyente. Pero la versión de Basil Dearden (director, a mi entender, muy infravalorado) del relato y novela de Anthony Armstrong The Strange Case of Mr. Pelham supera al episodio televisivo de Hitchcock The Case of Mr. Pelham (1955). No hablo a la ligera. De hecho, he leído la novela en su primera edición española, y considero que la película es más redonda también que el libro, ora desde una perspectiva narrativa, ora estética.
Voy a explicarme. El orden cronológico es el siguiente. En noviembre de 1940 Anthony Armstrong publica en la revista Esquire el relato corto The Case of Mr. Perlham. En 1948 se lleva a la televisión británica por vez primera, con William Mervyn como el señor Pelham.
El 17 de noviembre de 1955, la BBC emite el telefilm The Case of Mr. Pelham, dirigido por John Jacobs y con guion de Ian Messiter y Duncan Ross, a partir del relato del propio Anthony Armonstrong, que supervisa y aprueba el texto. La protagoniza Richard Wattis y la emisión, al parecer, es un éxito de audiencia. Los rótulos del anuncio televisivo la resumían así: «Un tipo estirado y predecible, este Sr. Pelham. Pero, ¿quién es su misterioso doble, que parece llevar una existencia mucho más animada?» (A stuffy, predictable sort of fellow, this Mr. Pelham. But who is his mysterious double, who seems to lead a far livelier existence?).
Hitchcock, que vive en Estados Unidos desde hace más de quince años, desde 1939, está siempre atento a lo que se hace en su país natal. Y compra los derechos del relato a Armstrong. Francis Cockrell adapta ese relato a un guion televisivo (teleplay) para Shamley Productions, Revue Studios/Universal Television, como episodio de la serie Alfred Hitchcock Presents. Alfred Hitchcock dirige el episodio «The Case of Mr. Pelham» a partir de ese guion. Es magnífico, preciso, excelente. Conviene recordar que Hitchcock es un admirador temprano de los libros de Poe, E. T. A Hoffman (que leía en alemán), dos autores que, al igual que Stevenson o Dostoievski, cultivaron la temática del doble con gran éxito: William Wilson, Los elixires del diablo, Dr. Jekyll y Mr. Hyde y El doble. Las cuatro lecturas canónicas sobre el mito del doppelgänger.
El episodio de Alfred Hitchcock se emite el 4 de diciembre de 1955 en la CBS americana, con la habitual y característica presentación de Hitchcock, marca de la casa. Tom Ewell interpreta eficazmente a los dos Albert Pelham, el real y su doble. Su doppelgänger.

Ante el éxito masivo de este décimo episodio de la serie televisiva, el escritor original, nacido en Canadá como George Anthony Armstrong Willis (1897-1976) y nacionalizado británico, conocido como Anthony Armstrong, amplía el relato y lo convierte en una novela. Una buena novela, aunque no una gran novela, no por su estilo, a mi juicio admirable, sino porque incluye episodios inanes o innecesarios solo para alargarla.
En 1957, año y medio después del estreno del episodio de Hitchcock, la mítica editorial Methuen Publishing Ltd (la Methuen Books que publicó a Robert Louis Stevenson, por ejemplo), publica la novela The Strange Case of Mr. Pelham. Al mismo tiempo, se publica también en Nueva York en la editorial Doubleday.
Esa novela es la que lee el cineasta británico Basil Dearden. Y decide él mismo adaptarla al guion cinematográfico. Gracias a su colega el director y productor Bryan Forbes (1926-2013), —otro realizador británico muy infravalorado— que también coescribe el guion, deciden producir la película, protagonizada por Roger Moore.
EMI Music, a través de su productora EMI-Elstree, toma la determinación de producir la película en 1969 con Forbes y Dearden, con el título de The Man Who Haunted Himself, estrenada en Reino Unido en julio de 1970. En la España tardofranquista se estrena en 1971, como ya he dicho, con el título de Tinieblas. Un fracaso comercial y crítico. Algo muy injusto.
Estamos ante un peliculón transgresor, de misterio, suspense y paranoia. Y con sorpresas. Atentos. La película comienza y concluye con un accidente de coche. Un accidente filmado de forma impactante y efectista. El 23 de marzo de 1971, seis meses antes de que se estrene el film en Estados Unidos, Basil Dearden regresa de los estudios Pinewood y ¡tiene un accidente de coche! Por increíble que parezca, el suceso tuvo lugar no lejos de donde se filmó el accidente inicial, en la autopista M4, cerca del aeropuerto de Heathrow. Dearden fallece en el hospital de Hillingdon, como resultado de las múltiples lesiones del accidente. Tenía sesenta años. Deja mujer y dos hijos. Una tragedia. Y una cruel coincidencia. ¿La vida imita al arte?
Fallecido su director, entre 1971 y 1972 la película, preñada de un aura de misterio, se va estrenando en muchos países, con títulos a cada cual más ingenioso: en Francia, Bélgica y Quebec como La seconde mort d’Harold Pelham (La segunda muerte de Harold Pelham), en Alemania y Austria como Ein Mann jagt sich selbst (Un hombre se caza a sí mismo); en Italia con el título de L’uomo che uccise se stesso (El hombre que se suicidó), en Brasil O homem que não era (El hombre que no fue); en Portugal, en cambio, con el título de A luta de un homem (La lucha de un hombre), etcétera, así hasta en una veintena de países de cuatro continentes. El único título que, hasta donde he podido saber, usa el concepto cultural de doppelgänger (en alemán, literalmente, doble), es el del estreno neerlandés, en Países Bajos, donde la titularon De duivelse dubbelganger, es decir, El doble demoníaco.
El film, casi maldito por la muerte de su creador, se convierte en una obra de culto. Ya en el temprano 1972, se reestrena en las salas británicas, por el ascenso a estrella de su actor protagonista. Un cult movie anómala para cinéfilos muy atentos y desprejuiciados. Casi friquis. Luego cae en el olvido. Y vuelve a aparece de la nada en el maremágnum del mercado videográfico de principios de este siglo. En España, Universal Pictures Spain, la edita en 2005 en DVD, pero no con el título del estreno en España de 1972, Tinieblas, ni con el británico, sino con el título de El hombre que se apareció a sí mismo. Posteriormente saldrá en Blu-ray Disc editaba en muchos países, incluido España.

En VoD, ergo en plataformas de video bajo demanda, está disponible en España. En dos copias, una en Amazon Prime Video (la copia de 1972, Tinieblas, doblada al español y en versión en inglés, de la que he visto ambos visionados) y otra en Filmin.
Pero estén atentos, las conexiones literarias-cinematográficas no acaban aquí. Al ser cult movie, una editorial desconocida (B7Media) rescata la novela de 1957, recupera los derechos y la publica en 2021: The Strange Cage of Mr Pelham. La anuncia con el slogan a classic psychological thriller. Traduzco la frase promocional de la editorial: «Reeditado aquí por primera vez en más de medio siglo, este clásico de época acercará a uno de los grandes escritores de suspense del siglo XX a una nueva generación de admiradores». Sin duda, ayudado por un diseño de cubiertas muy atractivo, inspirado en el rostro de Roger Moore en el film, quien decía que aquel era el mejor papel de su carrera. Creo que acertaba Moore, nunca le he visto una interpretación tan sutil y rica en matices psicológicos.
La edición británica tiene ciento noventa y dos páginas, más o menos como la vieja edición española de 1958 que acabo de leer, que tiene ciento ochenta y nueve páginas, ya amarillentas. Se trata de un librito entrañable: El extraño caso de Mr. Pelham, traducido por Enrique Jarnés Bergua (1919-1986), colección Antena, número 39, Editorial Cid, Madrid, 1958. Una buena traducción, especialmente los diálogos, aunque con los tics y expresiones del español coloquial de hace casi setenta años. Al releer sus páginas pienso que quizá varios de sus lectores tenían presente el episodio televisivo emitido el año anterior.
Hasta donde puedo saber, la edición inglesa de diciembre de 2021 no está traducida al español. ¿Hasta cuándo?









Gracias, la he encontrado en torrent…!
La vi de pequeño y me horrizo el final al ver a MI James Bond terminar asi, pero un compañero de clase me tranquilizo diciendome que realmente acababa bien, que el «bueno» recuperaba su personalidad.
Me quedo con ese final.