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Repensar la página en blanco

Repensar la página en blanco Imagen Warner Bros.
Imagen: Warner Bros.

No me gustaría decirlo, pero yo también he sido uno de los tantos que, entre miedo, preocupación o alerta, ha satanizado durante mucho tiempo a la «página en blanco». Aunque ahora me pesa aceptarlo, siempre la vi como una amenaza o como la prueba definitiva de que la escritura —en su modo más puro— solo era una actividad para valientes. Cuán equivocado estaba. La literatura también puede ser una actividad para cobardes o para gente llena de terrores. Y la página en blanco, en lugar de ser un obstáculo, puede ser también un principio o una extensión posible de la obra. 

Creo que era Ernest Hemingway el que, antes de ganar el Nobel de Literatura, exclamaba a gritos que la cosa más espantosa del mundo era una página en blanco. Lo decía casi siempre borracho, de modo que uno puede comprender su exaltación o sus espasmos de terror. Pero también se puede entender el pavor de muchos otros escritores y escritoras frente a este fenómeno escritural que, en 1947, el psicoanalista alemán Edmund Bergler bautizó como el «síndrome de la hoja en blanco». Cada vez que pienso en este horror literario, se me viene a la cabeza la escena de El resplandor de Kubrick, cuando el escritor loco que encarna Jack Nicholson, imposibilitado de escribir, llena y llena páginas en blanco con una sola y maldita frase: «All work and no play makes Jack a dull boy».

Y sí, la página en blanco puede generar impotencia, frustración, pereza y, sobre todo, intimidación. Pero al contrario de lo que se cree, no se trata de que un escritor carezca de ideas, planes o cosas que decir, sino más bien al revés: a veces se tiene muchas ideas, muchos planes y muchas cosas que decir que toda esta amalgama informativa compite entre sí y en vez de centrarse, se expande y desordena, dejando muy desorientado al escritor con su infinidad de materiales. En ese sentido, y como dice Levrero, el problema entonces no es qué escribir sino qué no escribir. 

El síndrome de la página en blanco se ha hecho muy famoso entre nosotros porque curiosamente se le presenta a la mayoría de escritores, salvo a contadas excepciones como Balzac, Swedenborg o la prolífica e intimidante Joyce Carol Oates. Lo llamativo es que se ha vuelto tan común que escritores con oficio o sin oficio, exitosos o fracasados, geniales o mediocres, lo sufren por igual. Lo padecía, por ejemplo, Francis Scott Fitzgerald, como lo puede padecer ahora mismo algún inefable escritor de Instagram o Wattpad. 

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2 comentarios

  1. Oportuna reflexión, estimado. Gracias. Felices los que no leen. Por eso hay que tomarse le vida en broma, y que se embromen los lectores para bien o para mal, en broma como a la Filosofía que morirá con aquella sin llegarla a entender; esto sí que es fidelidad, mi ignorancia y el sacrificio de la severa y risueña señora. Campea una esquela que me escribí hace años en la cual me aconsejaba con fuerza mayúscula NO ESCRIBIR. Hay que ser distraído para escribir no escribir. Y ahí está, una hojita amarilla, no blanca, una ventanita que es imposible cerrar, límite infranqueable para las palabras sonoras que bien saben qué pasa cuando arrecian los vientos, pues entonces, el sumo engaño de signos extraños sobre el papel. Fuerza lectoscritores, de frente a un desierto blanco de piedras y de sal, no queda otra que dar el primer paso esperando que en el otro lado encontremos el agua y no morirnos ágrafos de sed. (Los certificados de nacimientos, especialmente aquellos escritos a mano son como un pequeño y deslumbrante relato con solo un inicio feliz, sin desarrollo y menos final)

  2. Siempre he sentido que un cuaderno es una responsabilidad, por respeto al blanco, al ponerte delante, un día prometí ya no comprar mas cuadernos, hace casi una década, y desde entonces, cuando termino alguno, es un acontecimiento, y tengo un ritual, recorto paginas, y me las llevo al cuaderno nuevo, que se convierte en una especie de arca de memorias, recuerdos, errores, fechas, chorradas, en tinta, y con los años cada vez valen mas, y mira que valen poco, como piedras, o huesos, de una vida, de cosas que pasaron, o no, pero que sin duda, viví .

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