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Helen Keller: una vida de silencio y oscuridad

Helen Keller junto a Anne Sullivan en 1888. (DP)
Helen Keller junto a Anne Sullivan en 1888. (DP)

En plena oscuridad y silencio absoluto, alguien te coloca un objeto en las manos. Tú tratas de reconocerlo a tientas. No ves nada ni oyes nada. Tampoco sabes quién es ese alguien ni percibes si hay más personas con él. Al momento, sientes una caricia en la mejilla y, a continuación, un beso en la frente. Te limitas a suponer cuánta gente hay a tu alrededor. En un mundo sin imágenes ni sonidos, solo notas su presencia a través del tacto y el olfato. Eso es lo único que te comunica con la realidad: un roce, un aroma… Todo lo demás es un profundo abismo de silencio y negrura.

Así era la vida de Helen Adams Keller, una niña nacida en 1880 en Tuscumbia, Alabama, que se quedó sorda y ciega a los diecinueve meses de edad. En aquel entonces, los médicos afirmaron que la patología causante de tan terribles secuelas había sido una «congestión cerebro-estomacal», pero hoy se sospecha que fue meningitis la enfermedad que afectó a Helen de forma tan severa, privándola para siempre del sentido de la vista y el oído.

Y, a partir de ahí, el aislamiento. La pequeña Helen todavía era un bebé cuando el mundo se apagó y enmudeció, dejándola sola, prácticamente incomunicada, en la más callada oscuridad. A esas alturas de su vida, apenas había aprendido un puñado de palabras, como cualquier otro niño de su edad. No sabía hablar, no podía expresarse ni conocía el nombre de las cosas. Ni siquiera era consciente de la existencia de esas cosas ni podía comprender la realidad que la rodeaba. Solo existían olores y relieves en las tinieblas. Nada tenía entidad propia. Nada podía ser mencionado, ni tan solo imaginado: a Helen no le había dado tiempo a desarrollar la base de un lenguaje a través del cual estructurar su pensamiento. No era capaz de razonar. No podía entender qué era la vida. Qué había ahí fuera. En un mundo sin luz ni sonido, sin palabras ni conceptos, no había forma de aprender nada ni comprender nada. Confinada sensorial e intelectualmente, ni siquiera podía entender qué era ella misma.

Hagan la prueba: cierren bien los ojos y tápense con fuerza los oídos durante unos instantes. Lo poco que queda tras esa privación sensitiva era todo para ella. Para una niña que carecía incluso de una representación mental de la realidad. Todo cuanto conocía, más allá de los lejanos destellos de sus primeros meses de vida, era la nada más impenetrable, sumida en el mutismo y la oscuridad. Si yo sufriese hoy un percance que me dejase sordo y ciego de repente, todavía dispondría de referencias, sería consciente de mí mismo y de mis circunstancias, sabría qué es lo que me rodea y en qué situación me encuentro. Helen, sin embargo, incomunicada desde los diecinueve meses, habiendo crecido a oscuras y en total silencio, vivía en un limbo sin contenido en el que nada tenía nombre. No es difícil imaginar cómo debió de empeorar su temperamento con el paso de los años. Cómo debió de brotar la rabia, la rebeldía y también la amargura. Hasta que su familia se vio obligada a pedir ayuda.

En 1886, sus padres buscaron en Baltimore el asesoramiento del otorrinolaringólogo Julian John Chisolm, quien los puso en contacto con Alexander Graham Bell. Por aquel entonces, el hombre que, diez años más tarde, patentaría el teléfono, se distinguía por ser un eminente experto en fonación que se encontraba en Washington trabajando con niños sordos y estudiando la transmisión del sonido. Bell derivó a los padres de Helen al Instituto Perkins para Ciegos, en Boston, cuyo director les presentó a una chica de veinte años con discapacidad visual llamada Anne Sullivan que, a partir de ese momento, se encargaría de la educación de su hija. En 1887, Anne se mudaría a la casa de los Keller para atender personalmente a Helen y ya nunca se separaría de ella, cambiando su vida por completo. Con el tiempo, no solo se hicieron amigas inseparables, sino que Anne fue la responsable del primero de los prodigios en la vida de aquella niña sorda, muda y ciega: contra todo pronóstico, le enseñó a leer y a escribir.

La historia de Helen Keller es, también, la historia de Anne Sullivan, sin cuya determinación, paciencia y talento sería imposible comprender los extraordinarios logros de su alumna. Cuesta entender que Helen, careciendo de los sentidos de la vista y el oído, fuese capaz de aprender a leer una sola palabra. Si no puedes observar una letra y escuchar de cuál se trata, ¿cómo vas a ser capaz de leerla? Es más, si no sabes hablar ni has aprendido nunca lo más elemental de un lenguaje, ¿cómo puede alguien hacerte comprender el concepto de «letra» o «palabra»? Por mucho que te sujeten un lápiz entre los dedos y te hagan repetir con él la silueta de la letra a sobre un papel, es imposible que tú, a ciegas y sin oír el más mínimo ruido externo, aunque te chillen al oído, entiendas que eso es una letra y que sirve para formar palabras. Es imposible que deduzcas que existen siquiera las palabras. Aun reconociendo por repetición la forma particular de cada una de las letras —pero ignorando su nombre—, no podrías descifrar cómo se unen estas entre sí, cuál es el resultado de su combinación, cómo «se dice» eso que pone ahí. Más aún: incluso utilizando un sistema que sirviese para identificar, por ejemplo, la palabra «sol», se trataría de una lectura vacía, no sabrías a qué objeto hace referencia, puesto que no sabes qué es el sol, ni puedes verlo ni se te puede explicar en qué consiste.

Y, sin embargo, a pesar de todo ello, a pesar de lo infranqueable que parecía la barrera sensorial de Helen, sumida en el más hondo hermetismo perceptivo, Anne Sullivan fue capaz de mostrarle a aquella niña el mundo que la rodeaba.

Una vez instalada en casa de los Keller y disponiendo de una habitación específica, a modo de aula, para llevar a cabo la instrucción de Helen sin intromisiones, Anne puso en práctica su método. Comenzó a deletrear algunas palabras con su dedo en la palma de la mano de la niña, destacando cada trazo y, al mismo tiempo, colocando sobre su otra mano el objeto al que se refería esa palabra. Si, por ejemplo, deletreaba en la palma de la mano de Helen la palabra «taza», a la vez le daba a Helen una taza para que la palpase y reconociese su forma, de tal manera que, después de cientos y cientos de repeticiones, Helen acabase asociando aquellos símbolos que percibía en su mano con el objeto que sujetaba con la otra. Esas figuras, en definitiva, «eran» esa cosa.

El problema residía en que, al principio, la niña no entendía nada. ¿Por qué alguien colocaba algo en su mano? ¿Por qué sentía aquella presión en la palma de la otra mano? Ella ignoraba quién era su maestra y cuál era su cometido. No podía saber que el resto de personas, cuya presencia percibía únicamente mediante el tacto y el olfato, eran distintas a ella. Su mundo consistía en bultos mudos moviéndose en la oscuridad. Sentir aquella taza una y otra vez, junto con el deletreo en la palma de su mano, solamente generaba en Helen frustración e ira. Hasta el punto de que, en varias ocasiones, su respuesta consistió en romper bruscamente la taza contra la pared o el suelo.

Hasta que un día, tras muchos intentos, comenzó a intuir lo que ocurría. Durante una de sus clases, Anne dejó correr agua por la mano de Helen mientras, como siempre, en la palma de la otra mano, deletreaba con el dedo la palabra «agua» —en inglés, water—. Y, de pronto, algo se iluminó en las profundidades de la memoria de la niña. De alguna manera, el recuerdo difuso de aquella palabra, agua, aprendida durante sus primeros meses de vida, regresó tímidamente a su pensamiento. Poco a poco, a medida que Anne insistía, repitiendo una y otra vez el proceso, Helen empezó a relacionar aquellos garabatos que notaba en la palma de su mano con la sensación del agua cayendo sobre su piel. Hasta que su mente estableció el vínculo entre los trazos de su mano y el propio concepto de agua. Instantes después, ella misma comenzó a repetir con su dedo esos símbolos al sentir de nuevo el agua: la w, la a, la t, la e y la r. No sabía qué eran aquellas figuras ni cómo se interpretaban, pero había comprendido que, si las dibujaba con su dedo, se estaba refiriendo al agua. Y la persona que estaba con ella, además, entendía esa asociación. O, dicho de otro modo: por primera vez en su vida, disponía de un código para recibir y enviar un mensaje. Estaba empezando a comunicarse de modo recíproco con alguien.

Siguiendo ese método, Anne consiguió enseñarle a Helen el nombre de varias docenas de objetos, como «alfiler» y «sombrero». Algunas semanas después, la niña ya comprendía la diferencia entre las palabras que se referían a un objeto y las que se referían a una acción: los verbos. Entendía, por ejemplo, lo que significaba «levantarse», «caminar» y «sentarse». Cuando ella misma aprendió a deletrear aquellas palabras con su dedo sobre la mano de Anne, esta modificó su sistema de enseñanza, sustituyendo el método de deletreo por uno más sofisticado. Consistía en proporcionarle a Helen unas tarjetas de pequeño tamaño en las que se apreciaban distintas letras en relieve, con el objetivo de que ella pudiese seleccionar las letras que desease y ordenarlas para formar palabras e incluso frases.

Al cabo de un tiempo, comenzó a formar frases cada vez más complejas, tras reparar en que, con las palabras, también se podían expresar emociones e incluso ideas abstractas. Su evolución en pocas semanas era manifiesta: de ordenar sus letras en relieve para describir actos sencillos —como, por ejemplo, indicar que había dejado su muñeca sobre la cama—, había pasado a expresar sentimientos profundos, como la sensación de soledad o el gozo del aprendizaje. El desarrollo intelectual de Helen se mostraba imparable, por lo que Anne decidió dar un paso más en su formación e instruirla en el sistema braille de lectura y escritura táctil. Se trataba de un paso natural, teniendo en cuenta que consistía en enseñarle a la niña que las letras resaltadas de sus tarjetas también se podían representar en ese otro formato. Y, a partir de ese momento, el progreso de Helen a nivel mental, perceptual e incluso afectivo y social alcanzó una velocidad admirable. Comenzó a leer pequeños textos; a continuación, cuentos para niños y, en poco tiempo, ensayos breves, libros de aventuras y manuales de distintas disciplinas. Estaba descubriendo el mundo a través de la lectura, una actividad que practicaba a todas horas, incluso durante la noche, bajo las sábanas, cuando los demás creían que dormía. Los libros habían encendido una potente luz en su vida y ahora quería verlo todo, descubrirlo todo, contemplar todo aquello que, desde siempre, había permanecido en la sombra. Hasta que, gracias a aquella fuerza de voluntad y espíritu de superación, tuvo lugar el segundo gran prodigio en su vida: el momento en que aprendió a hablar.

Anne llevó a Helen a conocer a la profesora Sarah Fuller, directora de la Escuela Horace Mann para sordos, quien, a lo largo de once clases, se encargó personalmente de la instrucción de la niña, familiarizándola con un nuevo método llamado Tadoma, diseñado por Alexander Graham Bell, para ayudar a hablar a personas sordomudas. El procedimiento se basaba en la vibración y movimiento de la garganta al pronunciar una palabra, así como en la posición de la lengua y de los labios. Fuller colocaba sobre su garganta la mano de Helen mientras emitía los sonidos correspondientes a una serie de sílabas, formando una palabra que, previamente, le había sido indicada a la niña mediante lectura táctil. Con la otra mano, ella palpaba los labios de la profesora e introducía los dedos en su boca para comprender cómo colocaba la lengua con respecto a los dientes o el paladar, articulando así el habla. Al principio, los esfuerzos de Helen por reproducir los mismos sonidos que Fuller eran en vano. Ella ignoraba cómo sonaban las palabras —ignoraba cómo sonaba cualquier cosa, en realidad— y, por lo tanto, debía pronunciarlas intuitivamente, procurando repetir la vibración de la garganta y la postura de los labios y la lengua de la profesora Fuller. Pero no se le entendía nada.

De vuelta en su casa, una vez finalizada la iniciación en este nuevo método, Helen se esforzó por continuar practicando con la ayuda de Anne día tras día, hasta que, por fin, a base de determinación y mucho trabajo, logró aprender a hablar. En un primer momento, de forma extraña y de difícil comprensión, pero, con el paso de los años, llegó a alcanzar una dicción correcta y perfectamente inteligible. La niña que no podía comunicarse con el mundo se había convertido en una joven que, a pesar de ser igualmente ciega y sorda, ahora sabía leer, escribir e incluso hablar.  

De hecho, su formación académica se rigió por el modelo ordinario, como el de cualquier otra muchacha de su época. Había estudiado con Anne en casa las materias básicas para, después, centrarse en asignaturas más complejas, siguiendo las directrices del Instituto Perkins para Ciegos. También realizó en casa, bajo la tutoría de Anne, la primera parte de su formación secundaria, que se completaría con la asistencia de Helen a la Escuela para sordos Wright-Humason y, a continuación, la Escuela para jóvenes señoritas de Cambridge, en Massachusetts, con la constante compañía de Anne. Una vez finalizados sus estudios secundarios, realizó las pruebas para entrar en la universidad y, en 1897, ingresó en el Radcliffe College de la Universidad de Harvard, siendo costeados sus gastos por el magnate del petróleo Henry Huttleston Rogers —gracias a la intervención de un gran amigo del empresario: el escritor Mark Twain, que se había declarado públicamente admirador de Helen al conocer su historia—.

En la universidad, Helen se interesó por la política y, muy especialmente, por las libertades civiles, el sufragio femenino y los derechos de los trabajadores con discapacidades. A los veinticuatro años, tras la publicación de sus primera obras —la autobiografía La historia de mi vida y el ensayo Optimismo— y una vez finalizados sus estudios de Humanidades —se trata de la primera persona sordociega en obtener un título de grado—, Helen comenzó a desempeñarse, además de como escritora, como activista política y conferenciante, ofreciendo charlas por todos los rincones de Estados Unidos en defensa de los derechos de las mujeres y de los trabajadores, promoviendo causas contra la participación de su país en la Primera Guerra Mundial y convirtiéndose en una figura destacada de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, en cuyo proceso de fundación intervino en 1918.

Seis años más tarde se apartaría de la política para dedicar todos sus esfuerzos a la reivindicación de los derechos de las personas con discapacidades, viajando por todo el mundo para participar en ponencias relacionadas con ese asunto, recaudando dinero para la Fundación Americana para Ciegos, ayudando a los soldados que habían perdido el sentido de la vista o el oído a causa de la guerra e involucrándose en docenas de causas solidarias de distinta índole. Anne Sullivan, que la acompañó durante toda la vida, falleció en el año 1936. Helen vivió hasta los ochenta y siete años, en 1968, cuando murió tranquilamente mientras dormía, a oscuras y en silencio.

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2 Comentarios

  1. Excelente relato de una historia deslumbrante. Muy recomendable la excelente película «El milagro de Ana Sullivan» (1962) de Arthur Penn para poner en imágenes lo aquí leído.

  2. Manuel Queimaliños Rivera

    Dos milagros, Anne Sullivan y Hellen Keller.

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