Sociedad

¿Por qué no se venden periódicos?

Una antigua imprenta de periódicos. (DP)
Una antigua imprenta de periódicos. (DP)

Cuando el papa habla ex cátedra en materia de fe, su palabra es infalible. Así, Pío IX decretó la Inmaculada Concepción de María en 1854, y ahí tienes la celebración del dogma en el calendario litúrgico, el 8 de diciembre. Pero cuando el papa habla fuera de su silla simbólica, de su cátedra, puede errar como cualquier otro cristiano. A los catedráticos nos pasa un poco lo mismo. Lo que decimos sobre nuestro campo de conocimiento en las revistas científicas del ramo va a misa hasta que llegue otro más listo y nos refute. Pero fuera de ese ámbito, lo que digamos vale un poco lo mismo que la opinión del frutero, aunque suele dársenos cierto crédito por aquello de que se supone que nuestro cuerpo administrativo está formado por gente que lee. Esa percepción es, en general, errónea; pero no voy a abundar en ese espinoso asunto porque la creencia popular me viene de cine para escribir sobre una lujuriosa variedad de asuntos con la esperanza de que algo de lo que digo le sirva a alguien para mejorar su vida. 

Antes de lanzarme a pontificar sobre temas que no son de mi especialidad debo aclarar que el dogma no es que Jesucristo fuera concebido de manera inmaculada —que es lo que cree la mayoría de la gente—, sino que María nació sin el pecado original. De hecho, el nacimiento de la Virgen se celebra nueve meses después, el 8 de septiembre. Otro «por cierto» pertinente e importante, antes de entrar en materia, es que los deliciosos piononos granadinos deben su nombre a ese papa, Pío noveno (nono, en italiano). Se escribe a menudo que esos dulces suaves, pequeños, esponjosos y delicados se prepararon por primera vez con ocasión de su visita a la ciudad en 1897, pero hay referencias anteriores. Leopoldo Arias «Clarín» lo menciona en La Regenta, esa novela que le sacaría varios cuerpos de ventaja a La señora de Bovary, Los campesinos o Ana Karenina si la literatura fuera (que no lo es) una carrera de caballos. 

¿Por qué no se venden periódicos? Mi opinión, sin otra credencial —ya digo— que la de ser un señor que lee, escribe y da clase, es que en ese ámbito han confluido una serie de catastróficas desdichas para su modelo de negocio. Por una parte, internet y las redes sociales. Por otra, los cambios educativos y sociales de las últimas décadas.

Respecto a lo primero, tengo la suerte de haber nacido en un mundo analógico y de haber sido testigo del cambio a la digital. En mi adolescencia no había teléfonos móviles y los ordenadores personales eran muy primitivos. No teníamos internet y había solo dos canales de televisión. Si viajabas en coche y tenías un percance, tenías que esperar a que alguien se parase. Las fuentes de información para los trabajos escolares eran las enciclopedias y si querías profundizar en algo concreto, como por ejemplo por qué el aire húmedo es menos denso que el seco y asciende, tenías que acudir a una biblioteca y pasarte la tarde buscando, a menudo sin éxito salvo que fuera una biblioteca grande o universitaria. Cuando llegaron los primeros móviles y, sobre todo, internet, se abrió un nuevo mundo que quizá aprovechamos mejor los que habíamos pasado mucha sed en el desierto de información, y eso es algo que imprime carácter. Creo que esa experiencia permite valorar mejor el paraíso en el que vivimos.

En una sociedad como la nuestra, en el que los eventos se retransmiten en tiempo real, el periódico en papel recoge las noticias de ayer, que es cuando se maquetó para imprimirse de madrugada. Antes, no había más remedio que hacerlo así, pero eso ha cambiado. Hoy, sus versiones digitales se actualizan y las noticias cambian casi cada hora. Es raro que suceda algo serio y no aparezca en la web al cabo de un rato. Esto, que podría haber sido un ejemplo de libro de adaptación al medio, ha sido no obstante su némesis. El personal de las redacciones es limitado y no pueden competir con las —literalmente— millones de personas volcando y meneando contenidos en las redes sociales. 

Solo por esto, algunos han certificado ya el fin de la prensa tradicional, sustituida por la ciudadana. Hace unos pocos años se podía argumentar con facilidad que eso era imposible, porque dónde va a parar la credibilidad de un periodista respecto a un jambo que graba algo con su móvil y lo sube a la red. Pero ahora la gente no está tan segura, porque hemos visto y leído a periodistas que intentaban hacernos comulgar con ruedas de molino, otros jugando a enfants terribles sin demasiada consideración por los demás, y a otros defender con vehemencia justo lo contrario que lo que defendían hace unos meses. 

Lo que ha pasado es que muchos periódicos se han convertido en voceros de consignas y argumentarios cocinados en las sedes de los partidos. Ese modelo de prensa ya no es atractivo para un lector inteligente, pero menos aún para un lector sin demasiada formación. El lector inteligente sabe que le están vendiendo una moto, pero puede aplicar el cedazo de su sentido crítico —el construido con la trama y la urdimbre de lecturas y reflexiones propias— para extraer algo valioso, así que sigue consumiendo durante un tiempo un producto que, como las codornices, tiene mucho desperdicio y poca chicha, pero chicha rica. El otro, no; el otro lector desiste y pasa completamente de perder tiempo y dinero en esa mercancía, y se va a fuentes de información gratuitas. Y se queda allí. No porque esas fuentes sean independientes o hayan demostrado una línea de inquebrantable fidelidad a la verdad —lo que quiera que eso sea—, sino porque no intentan engañarle pretendiendo que son neutras. Van de frente, y la autenticidad en un mundo cada vez más virtual y difuso es un valor en alza.  

Cuando uno sigue las cuentas en redes sociales de ciertas personas ya sabe de qué pie cojean. No lo ocultan. Pero la prensa tradicional, sin embargo, sigue jugando al escondite. Pretende cimentar su prestigio en una independencia que, en realidad, y como medio, hace tiempo que no se puede permitir. Es cierto que los buenos periodistas actúan con profesionalidad y criterio, y que dentro de las líneas rojas implícitas en cada cabecera los redactores cuentan con cierta holgura; pero, a la postre, la criba editorial de qué piezas se publican y cuáles no les empujan a proponer a sus jefes ciertos temas y ciertos enfoques. La selección natural de las redacciones es tan potente como la darwiniana y solo sobreviven los mejor adaptados al medio. Eso, con suerte; porque cada vez hay más cabeceras y periodistas que actúan de palmeros finos y corifeos de aquellos políticos que piensan que pueden beneficiarles, para sonrojo de hasta sus más fieles lectores, que los abandonamos a pesar de comprender que la vida está muy mal y que de algo hay que vivir.

Si uno mira los balances de las empresas de la prensa entiende enseguida que los periódicos hoy viven de la publicidad institucional, y no de vender ejemplares o de la publicidad tradicional, la de los anuncios de empresas privadas. Ese hecho la hace dependiente de los políticos. La consecuencia casi newtoniana es que la línea editorial se tiñe de un color determinado. A nivel local y regional se nota mucho, pero también aparece a nivel nacional, aunque aquí las economías de escala podrían hacer a los medios un poco más independientes, porque al fin y al cabo la publicidad institucional está regulada. Seguirán dependiendo de lo que quieran sacar en el BOE, pero si quisieran podrían contar con un poco de margen.  

Hace unas semanas se produjo una estampida de shiny happy people (la canción es de R.E.M.) de «la red social anteriormente conocida como Twitter», que hubiera dicho Prince. El argumento era que esa red se había convertido en un refugio de la (ultra)derecha tras los cambios realizados por el nuevo propietario y en breve probable ministro estadounidense, Elon Musk. Esos cambios fueron lo que cualquier progresista de los ochenta y noventa hubiera defendido: la libertad de expresión (ya no se expulsa de la red a gente por tener opiniones heterodoxas o estúpidas) y el refuerzo del anonimato (ya no se sabe quién apoya los comentarios, lo que hace que a la gente no le dé reparo manifestar sus verdaderas preferencias). Un tercer cambio fue que a partir de ahora tienes que aguantar estoicamente que una comunidad de críticos más cáusticos que Boyero comente lo que tú acabas de escribir con toda solemnidad desde tu cátedra diciendo que les parece una gilipollez o más falso que un euro de cartón. 

La fuga de cerebros se produjo, irónicamente, el mismo día que la agencia EFE lanzaba urbi et orbi la noticia falsa de que un helicóptero se había estrellado contra una de las torres de Madrid. La nota fue repetida por varios periódicos sin molestarse en echar un vistazo a las redes a ver si alguien de la zona —un testigo ocular, vaya— lo había reportado. Aclarar que la noticia de la colisión del helicóptero es un ejercicio que hacen los periodistas en prácticas en esa agencia desde la época de los teletipos. Por alguna razón, ese día se les coló entre las noticias reales. Al cabo de unos días la agencia dio por muerto a Fernando Aramburu, que tuvo ese día la oportunidad de su vida para hacer un Mark Twain. Ya sabe el lector: aquello que dijo el estadounidense de que la noticia de su muerte aparecida en el periódico el día anterior había sido tremendamente exagerada. 

La poca preocupación por el rigor informativo motivada por el interés en llamar la atención a toda costa pasa factura. Hay páginas web como Malaprensa que recogen los pecados más sangrantes del gremio, pero más allá de anumerismos y errores fácticos hay todo un catálogo de prácticas defectuosas que solo pueden engañar a un niño de ocho años. Hay periodistas que se tienen a sí mismos por muy dignos que hicieron un papelón durante la pandemia de la COVID-19 haciendo de correa de transmisión oficialista del aquí no hay nada que ver, circulen; otros parece que han renunciado a la dignidad defendiendo hoy lo que condenaban ayer, según cambiaba de opinión el gobernante; y les hay que hasta han resucitado el espíritu de la Santa Inquisición arrogándose el derecho de decidir qué es verdad y qué es mentira bajo la égida del ministerio para el fomento de la virtud y la condena del vicio, ese colegio secreto y neutral que mantiene actualizado un Syllabus como el que en su día recopiló Pío IX, el de los piononos, con la idea de listar los principales errores de su tiempo. Errores aquellos que incluían la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de culto, imprenta y conciencia o, directamente, el progreso. 

El éxodo de Twitter quizá acabe en espantá cuando algunos se den cuenta de que hace mucho frío ahí fuera y que Bluesky es, ejem, otra empresa. El subirse a la ermita del pueblo harto de la fiesta patronal está muy bien si no tienes que ganarte la vida vendiendo cosas a tus vecinos. Guste o no el dueño, Twitter sigue siendo donde están los clientes de las cuentas más mediáticas. Para alguien que se tome en serio esas cosas, debe resultar duro escribir una supuesta genialidad y que solo cuatro gatos le den al me gusta, pero es que la vida es así. Hay que volver a la plaza del pueblo, a la verbena, y si acaso, cambiar la mercancía, o la presentación, y acostumbrarse a que gente sin el carné de vendedor ejerza competencia más o menos desleal.  

La otra catastrófica desdicha para la causa de los periódicos creo que han sido los cambios educativos y sociales. Antes de internet, el periódico era imprescindible no solo para estar medianamente informado sobre la actualidad, sino también para conocer los debates intelectuales del momento. En nuestros días, ya no. Hoy se pueden ir siguiendo esos debates a través de otros medios sin gastarse ni un céntimo, y a veces con mucha más amplitud y profundidad. 

A esto ha contribuido una bajada de nivel general de la prensa. Antes, a los periódicos se les suponía cierto grado de erudición y fiabilidad. No eran el BOE, en cuanto a servir de referencia y fuente fidedigna de información, pero hacían un esfuerzo en ese sentido, a pesar de horóscopos y de otros divertimentos. Hoy, eso ha cambiado. En realidad, hasta el BOE ha cambiado en este sentido, pero en los periódicos el proceso ha sido el de una cuesta abajo sin frenos a la búsqueda desesperada de que los lectores hagan clic en enlaces con titulares cada vez más engañosos, pero adictivos. Un artículo serio, de un columnista solvente, compite por la atención del lector con unos contenidos patrocinados que dan mucha menos pereza abrir y que te llevan a otros igual de absorbentes. 

La trampa que se han tendido a sí mismos los medios es sutil. En la huida desesperada en pos de la independencia de la publicidad institucional, esa que les obliga a hacerles el juego a los políticos, la prensa ha acabado cayendo en lo vulgar. Estoy seguro de que nada les gustaría más a los periodistas que ser independientes y cultivar una profesión, la suya, que es vocacional. Muchos fantasean con ser Woodward o Bernstein, o Will McAvoy. Pero no van por ahí los intereses de los propietarios. Aquel periodismo tiene ya casi un siglo, y la sociedad era muy diferente de la actual. Y McAvoy es solo un personaje en la mente de Aaron Sorkin. En el mundo real le hubieran despedido antes de acabar el episodio piloto.

El giro de guion orteguiano en los cambios educativos y sociales ha sido que los periódicos han renunciado a la calidad esperando alcanzar a la masa. Pero así han espantado a la élite intelectual, que ha buscado campos más verdes en los que pastar. Todo esto se puede resumir para la generación X de la siguiente manera. Póngase la voz más patafísica y ominosa de Fernando Arrabal, crúcese con Ortega (el filósofo, no el torero), y helo aquí: La rebelión de las masas… ha llegado. Ha llegado al consumo de información. La masa ha decidido que no le gusta la prensa de calidad, la que hace pensar. 

Eso es grave para los intereses de los medios, pero es que además la élite se ha retirado a sus cuarteles de invierno. Las revistas culturales de alta calidad y exigencia son las nuevas praderas en las que rumia la minoría ilustrada y crítica del país. Si al amable lector no le convence su pertenencia a este gremio, le pregunto: ¿cuántos compañeros de tu clase de bachillerato crees que leen esta revista? Probablemente, solo los amigos con los que paseabas en el recreo, y quizá ni ellos. Pero no estás solo, y precisamente por eso, este tipo de productos culturales, al contrario que los periódicos, creo que sí que tienen futuro. 

¿El futuro de la prensa escrita? Quién lo sabe. Pregunten a un experto —lo que quiera que eso sea—. Quizá los periódicos de papel han quedado para señores de más de cincuenta años como yo, para quienes un buen plan para el sábado es ir al supermercado cuando abren, disfrutar de la compra, traerse el periódico, y una vez que la comida está ordenada en la nevera, sentarse en el sillón de orejas, el de la enervante Tala de Bernhardt, para ir pasando tranquilamente las hojas, respirando el olor a café y tinta fresca mientras se leen las noticias, editoriales y columnas. Hay periódicos en los bares, en las cafeterías, en las gasolineras, en alguna sala de espera VIP y a veces los regalan hasta en la facultad, pero la escena de gente con un periódico abierto en el transporte público ha pasado a ser la de gente mirando en el móvil cualquier cosa menos la prensa. Generalmente —por lo que cotilleo— vídeos absurdos de unos pocos segundos de duración, o juegos para niños de ocho años. 

En el campo lector, no veo relevo generacional. Mis estudiantes, de edades entre los dieciocho y los veintiséis años, no leen periódicos (de los libros, ni hablamos). De hecho, lo ven como algo viejuno. No es que no compren periódicos en papel, es que ni siquiera toman de la cesta los que nos regalan, ni miran los digitales. Tampoco pinchan en los enlaces de prensa de las redes sociales, ni en los tuits o post de las cabeceras más importantes del país. La información la reciben de otra manera, pero el contenido ya no es lo que nosotros hubiéramos llamado información. Los sucesos se transmiten en tiempo casi real gracias a que todo el mundo lleva hoy una estupenda cámara en el bolsillo y puede mandar vídeos rápidamente. Los debates que les interesan son muy diferentes a los que nos privaban en un programa como La clave. Las distracciones y variedades que capturan su interés son casi ilimitadas y se renuevan constantemente. Además, los personajes públicos se suceden y tienen muy segmentados sus mercados en comunidades o tribus. Lo que reciben mis estudiantes a través de las redes sociales y de internet no les permite entender mejor el mundo y defenderse en él, sino que les invita a vivir en una alternativa falsa —aunque mucho más brillante— del mismo. 

La crisis de autoridad, de credibilidad, no afecta tan solo a los periodistas. Los catedráticos vivimos el mismo proceso. Unos se lo toman con llanto y crujir de dientes y otros, como yo, con más sentido del humor, en parte por carácter y en parte porque hay que hacer un poco de autocrítica en el gremio y reconocer que aquí confluyen otros problemas, como que, por ejemplo, se hayan regalado las acreditaciones de la ANECA por publicar en editoriales de padre conocido, pero madre de dudosa reputación. Los cambios de timón con los sexenios, o los criterios para valorar los proyectos de investigación tampoco ayudan. Sea cual sea la causa de la pérdida del lustre académico, el hecho es que a la gente ya no le da apuro discutirle su especialidad a un señor que lleva veinte años dedicado a explorar una parcela del conocimiento. 

No es algo tan terrible, aunque a veces resulte molesto. Ha ocurrido siempre. Después de todo, la infalibilidad, como la del papa cuando habla ex cátedra, no deja de ser otro dogma, promulgado en el caso vaticano por el (a estas alturas) ya familiar Pío IX, el de los piononos granadinos, en 1870. Él fue el último monarca de la iglesia católica —desde su pontificado los papas dejaron de detentar el poder político en el último reducto temporal que les quedaba, Roma— y su muerte marca el fin del Antiguo Régimen, una época que, como la de cuando los catedráticos tenían autoridad, o la de la influencia social de la prensa escrita, pertenece al pasado.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

7 Comentarios

  1. jesus senar senar

    Excelente artículo y muy buen análisis. No creo que la inmediatez con la que el grueso de las personas quiere resolver y analizar cualquier problema sea compatible con la lectura sosegada de unas páginas. Creo que no solamente es aplicable a la gente más joven sino a todo el mundo. Esto me temo ha venido para quedarse, así que mejor acostumbrarse y actuar en consecuencia.

  2. Eva Pastor

    Esto es muy bueno, gracias. Es un diagnóstico muy afilado y certero del que deberían tomar nota los medios. Discrepo en la calidad de algunas revistas culturales. Hay suplementos que son panfletos. Me encanta el estilo. Muy buena forma y muy buen fondo. Se lee con placer.

  3. Creo percibir una crítica, entre líneas, a entidades como Newtral y los fact-checkers, lo cual está bien, pero estamos muy mal en este país si un autor como este no se atreve a ser más explícito y denunciar abiertamente los intentos de censura y de silenciar a los que no piensan como ellos. Ese es el mayor peligro al que se enfrenta la democracia: no poder discutir abiertamente temas controvertidos. Nótese que en la república de Weimar había leyes que prohíbian decir ciertas cosas y lo que pasó después. Quizá tuvo algo que ver en todo ello la represión y no poder expresar ciertas ideas abiertamente. Me preocupan más los intentos totalitarios de imponer la neolengua, el buenismo y el pensamiento único que cuatro exaltados que si tienen público es precisamente por eso, porque no se les dejan expresarse. Es mejor dejar que la gente diga todas las tonterías que quiera porque así se desenmascaran . Pero bueno, que el artículo bien y felicidades al autor que escribe muy bonito y con ideas nuevas y originales, que ya cansa siempre lo mismo y todo lleno de citas en vez de reflexiones propias.

  4. Muy interesante. Gracias

  5. «En el campo lector, no veo relevo generacional. Mis estudiantes, de edades entre los dieciocho y los veintiséis años, no leen periódicos (de los libros, ni hablamos). De hecho, lo ven como algo viejuno. No es que no compren periódicos en papel, es que ni siquiera toman de la cesta los que nos regalan, ni miran los digitales. Tampoco pinchan en los enlaces de prensa de las redes sociales, ni en los tuits o post de las cabeceras más importantes del país.»

    A mis dos hijos (hijo et hija) cuando tenían «entre los dieciocho y los veintiséis años» tampoco les interesaba la prensa, ni de papel ni digital. Ahora que tienen 15 años más, que trabajan, están casados, tienen hijos, dinero y «proyectos de futuro» (como dicen los políticos), ahora se informan con la prensa digital, por la sencilla razón de que lo que sucede en su país y en el mundo puede tener repercusiones en su vida personal.

    Luego ese argumento de «los jóvenes de hoy», que es más viejo que la orilla del río (en uno de los primeros textos que se conservan, un viejo escriba se queja de la insolencia de los jóvenes de su época y dice que no son como los de su generación), argumento que todo el mundo utiliza para probar que el ser humano cambia a una velocidad de vértigo, es falso. Las cosas evolucionan, pero mucho menos de lo que nos hacen creer las apariencias. Cambian las formas y los medios, pero no el fondo. Y quien no lo crea que relea el «Eclesiastés»…

    En cuanto al tema del artículo, la necesidad de informarse seriamente no sólo no desaparecerá sino que será mayor aún mañana que hace 20 años, porque con la IA las noticias falsas van a multiplicarse. La prensa seria, fiable, que separe la paja del grano, será, pues, más necesaria que nunca. ¿Cón qué forma? Eso ya se verá… Sin olvidar nunca que los grandes inventos de nuestra época (desde el bolígrafo hasta internet) no fueron previstos por nadie. Y que no hay nada más cómico que leer viejos libros de futurología (yo los colecciono).

  6. Muy bueno el artículo aunque esta frase me chirría: «La masa ha decidido que no le gusta la prensa de calidad, la que hace pensar.»
    Como parte de «la masa» no estoy de acuerdo. Por supuesto que me gusta la prensa de calidad y que te hace pensar! pero…existe?? Ahí es donde está el problema, que además usted describe también! Los periódicos son altavoces de sus amos políticos y los digitales son un engendro de click-baits y anuncios intrusivos. Son, pura y llanamente, basura.
    Entonces, para informarme, voy a las fuentes. A la gente que graba en su móvil atracos en su calle y dice «esto cada día» y no al sesudo columnista que dice que son «hechos aislados de inadaptados porque la culpa es de la ultraderecha». (Es un ejemplo, nada más. No me metan en el saco «facha»).
    Y creo que el autor me dará la razón sobre que «la prensa que te hace pensar» ya no existe cuando él mismo escribe sobre «líneas rojas implícitas en cada cabecera». Prensa libre e independiente? jajajaja

  7. Se recoge lo que se siembra: si vivimos según la posmodernidad en un tiempo en el que el principio de autoridad no vale y en donde cualquier opinión es respetable (preguntad a un historiador) o donde no hay verdades absolutas, muchos han visto un chollo para no hacer esfuerzo. ¿Si no hay una verdad, para que narices voy a perder el tiempo en informarme? En estos tiempos la falacia ad hominem es la reina y la falacia ad numeram el rey.
    Ayer ver la película te ahorraba tiempo con respecto al libro, hoy ver un reel resumen te ahorra sobre la peli, siempre que no dure más de dos minutos que el horno no está pa bollos.

Responder a lector Cancel

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*