Destinos Ocio y Vicio

24 horas con una fallera mayor

24 horas con una fallera mayor

I.

Los turistas no dejan de pedirle un selfi ni en un momento de pausa. Un asiático se detiene en mitad de la abarrotada acera de la calle de la Sangre. Pregunta si puede capturarla con su móvil, rendido ante su vestido color burdeos y oro, ante su pelo recogido en dos caracolas laterales y otra posterior, que nos recuerdan a la Dama de Elche. Con un vaso de refresco en una mano y móvil en la otra, medio encajada en el hueco libre de este bar donde media Valencia hace tiempo hasta que llegue la mascletá, Esther Zazo (València, 1978) siempre accede: responde con una sonrisa y cumple. Selfie al canto. Esther posará y lucirá orgullosa su traje regional y los adornos que le acreditan durante todo el año como fallera mayor de la falla Enginyer Manuel Soto i França, la falla nueva del Grao. Ella es una de las centenares de falleras mayores de la región. Y su amabilidad sin límite como huésped nos permite pasar con ella un día entero. 

Una falla es una agrupación vecinal, en sentido amplio. Se establecen unos estatutos, se instaura una cuota y se espera que una Junta Central, organismo superior, acepte la demarcación de calles que la delimita. Es importante entender esa territorialidad porque las fallas se delinean y se viven en las calles cercanas. Todos los demás matices dependen de que se quiera entrar en la estructura de fallas de la ciudad, ser más o menos independiente o incluso ser un proyecto experimental. De la faena propia de la agenda de este grupo de vecinos se derivarán cargos, se participará en pasacalles, encuentros, ofrendas, o se organizarán actividades culturales, hasta animar en eventos deportivos. Todo, unificado por el propósito de ponerse hasta las trancas en comidas, meriendas y cenas. 

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II.

Hemos quedado el 8 de marzo, un Día Internacional de la Mujer que tiñe de morado bastantes actos en la ciudad. Cada una de estas falleras está cumpliendo a su manera un programa protocolario y festivalero. Para nosotros es la hora cero de este sábado pero, a la hora que acudimos al punto de encuentro para todos los falleros y falleras, muchas mujeres llevan ya despiertas un puñado de horas. A las seis y pico Esther nos estaba mandando al móvil un «Buenos días, yo estoy levantándome para peinarme y maquillarme». Y es que su sábado levantó el cierre cuando chaparon la carpa de la cena del viernes, casi cuando despuntaba la madrugada. Como tantas noches en estas semanas de fiesta, el programa de la noche anterior se solapa con el posterior.

Una falla vecina invitó a los del Grao a una ofrenda floral a la Virgen de los Desamparados y se decidió que falleros de ambas asociaciones paseen por parejas, en una comitiva que irá desfilando por las aceras de unas avenidas del ensanche más moderno de la ciudad. Irán, ceremoniosos, entre decorados de cristal, acero, hormigón y metros de avenida rectilínea. Voluntarios de las fallas cortarán un poco el tráfico y molestarán ligeramente en los semáforos de una zona nueva de construcciones futuristas. Que piten. También afirmo que, desde fuera, cuesta distinguir si se quejan a claxon o si son parte del ruido mañanero de Valencia.

Circulan asombrados varios ciudadanos europeos por el vestíbulo del hotel que sirve de punto de encuentro. Algunos bobalicones del norte, en chanclas y pantalón corto, ríen al descubrir una comitiva que les parece surgida de un óleo del siglo XIX. Tampoco nadie ha pedido a estos pobres ignorantes que lean sobre las tradiciones de la ciudad que visitan. En el hall, las falleras adultas, con un aire de misterio que les otorga la mantilla blanca, vestidas de traje de labriega de gala y de fallera, van indicando el protocolo del pasacalles a las componentes infantiles, tocadas también con delicadas piezas alicantinas, mantillas de media luna, bordados, peinetas y recogidos. Es emotivo ver a la generación de TikTok cubierta de encaje y de mantillas de tres picos. 

Fuera, como una señal terrible de ira contenida, hay un cielo encapotado que amenaza con volcar el Mediterráneo sobre nuestras cabezas. Porque en Valencia acaba el mar y empieza la tierra, pero todos preferimos que ambos sigan en la posición que siempre han estado. Es un acto reflejo que alerta a la gente de la zona. Escamados por un régimen de lluvias catastrófico, en el exterior del hotel se comentan las noticias de las lluvias torrenciales de las horas y días previos. Se otea el cielo con la mosca detrás de la oreja. Siendo de secano, yo a lo más que llego es a creer que la temperatura es suave para ser marzo, pero qué sabré yo.

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III.

Entre rascacielos verticales, vallas de obra y aceras de baldosa gris infinita, se erige una carpa blanca. A su lado hay un cañón como si las tropas napoleónicas hubieran dejado aparcada la herramienta al lado de una caseta de obra. Se ha incorporado a las fiestas el mundo de la recreación histórica y pululan unos cuantos soldados del mil ochocientos. Desde la simple quema de monigotes satíricos del siglo XVIII por el gremio de carpinteros, que celebraba a San José, su patrón, las Fallas del siglo XX no han hecho sino evolucionar en pos del visitante.

Hay un ajardinado sencillo y árido que indica el camino a la comitiva dentro de un templo de arquitectura difícil. Un poco espantosa sí que es esta construcción, me susurran. Amparo, nombre ficticio de una valenciana que prefiere mantener su anonimato, me explica que la iglesia estuvo cerrada un tiempo largo, que la parcela no cumplía con la normativa vigente. Que el sumo pontífice, ah, celebró ahí una misa tras la calamidad del accidente del metro de Valencia. En su frontispicio de hormigón y con plantilla de cartel de obra rotularon ―con poco talento y todavía menos pintura roja― mártires, luego dejaron un hueco excesivo entre palabras, y valencianos.

Hacia el interior se dirigen falleras de todas las edades, vestidas con trajes de labradora, de gala, solemnes. Las madres acompañan a las chiquillas y al resto. Fuera de la iglesia queda un grupo de siete padres que luchan de un modo aconfesional echando un cigarro y cuidando algún crío pequeño. En la puerta, un sexagenario con alzacuellos sonríe mientras hace una foto con su teléfono móvil a alguna fallera de diez, doce años, rezagada de la comitiva. Un aire de incomodidad se levanta y eriza el vello de la nuca de un par de madres, que asienten con desgana.

El protocolo de la ofrenda de flores, guionizado con una seriedad parlamentaria desde la mesa de sonido, mezcla discursos, lecturas, la bendición parroquial, con el inmenso himno de Valencia en versión del atronador y elegante Francisco, plegarias a la Mare de Deu y un alegre himno de España que cierra el acto. Los ritos de exaltación católica son hoy una parte consustancial de la celebración. Esta fue otra incorporación contemporánea: corrían los años 50  cuando el régimen franquista apostó doble o nada por las celebraciones de la noche de San José. Estaba en juego atraer a los turistas europeos que empezaban a acudir a nuestro sol y nuestras playas. Afortunadamente la falla significa hoy día mucho más pero Franco y su equipo de branding impusieron las ofrendas florales a la virgen y hasta impuso a su nieta Carmencita Martínez-Bordiu como fallera infantil de 1960 en un juego de cromos con la ciudad. Desde una posición de debilidad, la ciudad admitió la sugerencia: había sufrido en 1957 la gran riada que anegó media ciudad y Valencia se jugaba recibir fondos económicos del para el plan de reconducción del río Turia.

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IV.

Nos metemos en un taxi. Para acceder al centro de la ciudad, durante todo el mes de marzo hay que sortear un puzzle de calles cortadas. Cada falla es la verdadera unidad asociativa de la ciudad y ésta ha de ceder ante la solicitud de las agrupaciones. Cada una desea que les dejen plantificar una carpa en su calle. Durante semanas, cada falla come, merienda y cena en su coliseo de sillas de plástico, borriquetas y tablones. De ahí sale una hermandad duradera entre los socios y visitantes. De ahí sale el humo de las parrillas, de paellas que se pueden hacer sobre un montón de arena puesto en el asfalto; de ahí sale música. Suenan petardos que avivan el griterío infantil tan de otro momento. Se instalan luces de verbena, se adosa algún kiosco de churreros y se aguanta la fiesta ajena. Y hay que conducir por mitad de un caos en el que Valencia se debate entre aquellos que odian la ciudad durante las Fallas, y la pasión de quienes toleran lo que haga falta por las grandes celebraciones del año.

Dentro del taxi se opina de peinados y de quién se queda al cargo de los hijos cuando una mujer tiene que cumplir con todo un programa como fallera mayor. Se comenta la solidaridad mostrada con las artesanas y costureras del otro lado del Turia, de los trajes que han quedado perdidos con la riada catastrófica del reciente otoño. De la confusión que existe al usar los términos traje de huertana y traje de labradora. De la cantidad de empresas pirotécnicas que siguen siendo territorio masculino. Del fuego, la pólvora, de lo que cuesta que dejen de ser cosa exclusiva de hombres. Nuestra fallera mayor, administrativa que dirige con mano de hierro a su equipo en su día a día, nos cuenta que es una apasionada de los bailes regionales. Gira por medio país con el grupo de febrero a agosto. Ensaya cada fin de semana. Además ha criado a dos gemelos que cuentan ya quince años. Hoy ha dormido tres horas y media. Pendiente de todo, indica una entrada estratégica al taxista para sortear Colón y acceder hasta el ayuntamiento. Y consulta su móvil para conseguir una acreditación de prensa de última hora.

―¿Y en ningún momento te obligó a parar el organismo?

―Intenté llegar a todo hasta que un día hice catacroc. 

Le digo que no se puede llegar a todo y confiesa que así es de grande lo que ella siente por la fiesta fallera. Desde el asiento de delante y atrapada por el cinturón de seguridad y el propio vestido, nos resume los años que ha pasado peleando contra un cáncer de endometrio, útero y zona cercana al colon. Pero, lo que se dice dentro de un taxi, queda dentro del taxi.

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V.

En Valencia se ejerce a rajatabla la parada obligada del almuerzo. Sería necesario un artículo aparte solamente para explicar por qué, tras un desayuno en regla, en esta zona de España se come a media mañana un bocadillo, se toma una buena cerveza y hasta se remata con un café. Nos contentamos con una ración de ensaladilla y unas tablas de quesos. Mientras llega la hora de las explosiones, la fallera que nos hace de guía tiene que recolocarse un peinado que se ha ajustado esta mañana, en casa, ella sola. «Hay días», confiesa, «que ni me quito los moños para dormir». Cada obra de arte, cada postizo que venden en posticerías centenarias, va fijado al pelo natural con agujas que se clavan en el pelo como sables. Ver cómo una fallera se ajusta el maravilloso tocado de la cabeza atrae tanto a turistas como a locales. Esther lleva constantemente prendidos dos hoyuelos y una sonrisa en la cara y se ha hecho la reina provisional de un bar, un estrecho pasillito al que bajan a desayunar los funcionarios del ayuntamiento. 

«Consígueme un japonés para una foto», ríe Eva Máñez, nuestra fotógrafa. Pero algo hay en el tumulto del local que asusta a los japoneses. Creo que es el barullo del bar, de las cañas que salpican desde la barra a la parroquia, la ensaladilla y la familiaridad de decenas de mujeres locales que pegan la hebra con nuestra fallera. Se palpan amorosamente los bordados, se entrelazan las manos en una confianza levantina y se pregunta sobre las diferentes piezas del vestido, si va envarado con naranjo o con cordón, sobre el cancán, las mangas de farol, los corsés, sinagües, espolines y escapularios. Se nos están haciendo las dos de la tarde y es la hora de la mascletá.

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VI.

Desde fuera, es normal pensar que es difícil arrancar a la pólvora una mínima armonía. Con algunos comentarios de los locales, la impresión es todavía más sólida.

―Mañana hacen la mascletá los de La Alpujarreña. Son famosos porque tienen un explosivo que llaman el Martillo de Thor, que un año reventó los cristales de una fachada ―describe nuestra fallera mayor con una pasión detonadora.

Uno se ha de presentar a una mascletá con el deseo de sentir vibrar las vísceras dentro de la caja torácica. La Plaça del Ajuntament de la ciudad se convierte durante los meses de febrero y marzo en una jaula metálica gigantesca, en la que han tendido hilos e hilos de explosivos. Se habla de cientos de kilos de petardos, masclets, truenos, crackers, mariposas. A un lado de la plaza, frente a las balconadas del Ateneo Mercantil y del edificio del teatro Rialto, yace envuelto en celofán transparente el gran ninot que arderá la noche del diecinueve. Por las calles que confluyen se empaqueta una riada de espectadores que van haciendo que aumente el ruido de ambiente hasta la entrada en acción de las charangas. No una. Sería una organización extrañamente septentrional. Varias charangas tocan a la vez. A las fiestas no les hace falta la pólvora para alcanzar el nivel de estruendo.

De repente, una jerarquía de cascos amarillos, blancos, rojos, de especialistas pirotécnicos protegidos por el oficio y de bomberos varios, escucha la señal que todos esperan oir desde el balcón del ayuntamiento.

―Senyora pirotècnica, pot començar la mascletá― alguien sentencia desde arriba.

Y se desata el infierno. En la puerta de este infierno, además, han colocado unos altavoces, por si el estruendo pudiera pasar inadvertido para los oídos de decenas de miles de asistentes. Y, a cargo de poner a tope el volumen de todo aquello, está una mujer pirotécnica. Nuria Martí, que este año se jubila a la cabeza de la empresa Nadal i Martí, eleva todas las regletas de la mesa de sonido de este apocalipsis con una armonía que aturde y después atrapa. Los minutos pasan y los ojos se abren más y más ante una nube blanca y morada que termina subyugando a todos. El final del crescendo explosivo desata las lágrimas y un aullido final. Un sentimiento de alivio y de locura colectiva. 

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VII.

Desde una bien ganada primera fila, los especialistas en pillar sitio recogen con tristeza en mitad de la barahúnda. Es fácil identificar a los emperadores de la silla de tijera y la neverita con el pack fallero de mediodía. También se van amigos y familiares que acudieron con los de la pólvora; hay chiquillería que adora salir como atrezo de fondo en las conexiones de las diferentes televisiones; hay famoseo y pases VIP porque la plaza, en fechas de mascletá, es hoy el único acceso en el mundo que permite dar un salto a un tiempo primitivo donde se celebra el rito del ruido y del fuego. Hay a mi lado una señora bajita, con un cartel alusivo a una hija o sobrina, y que lleva un forro polar verde con el logotipo de su falla (es fácil identificarse si uno busca a su alrededor colores afines); y otra, morena, con gafas de sol sin graduar descolgadas sobre el labio superior, pelo con mechas de tono castaño y una chaqueta que dice Mare de fallera major infantil, Lucía 2022, 2025. Y hay mozos alturrucones, en manga corta, que tocan la trompeta y el trombón en un bucle infinito. 

La fanaticada de la empresa de pirotecnia de L’Ollería salta a impulsar a su pirotécnica matriarca, porque es tradición llevarla hasta el balcón del ayuntamiento. Se sube en volandas a la protagonista del estruendo, excepcionalmente hoy una mujer, para que salude y reciba el reconocimiento de todos. Nosotros, pieza insignificante de la marabunta, evitamos a quienes toman al asalto el centro, lo convierten en un botellón peatonal, y nos dispersamos en pos del siguiente punto de la agenda fallera del día.

Esther retoma su papel de símbolo viviente desde el momento en que seguimos el torrente de valencianos hasta los andenes del metro. Una multitud ―otra más― de mayores y jóvenes le pide una foto, le dedica amables comentarios y vocea un guapa aleatorio y espontáneo, que dicen desde muy hondo del alma. La fallera, sentada en el repleto vagón, se convierte en un recipiente de historias de otras mujeres que le cuentan lo que se parecen esas prendas, doradas y bordadas hasta el extremo, a faldas o corpiños de madres y abuelas, llevadas en tiempos de la huerta o de fiestas.

―Pero ¿llevas corsé, nena?

―Llevo un corpiño tejido con rama de naranjo. No es rígido sino que es más flexible, y me deja levantar los brazos al bailar― y Esther sube ligeramente los brazos y forma unos paréntesis armoniosos.

―¡Ay, que también bailas!

―¡Guapa!― viene desde el fondo del vagón.

Sorry, can I… ―se abalanza sobre la fallera un varón del Este de Europa, pidiendo hacerse una foto y que su mujer plasme este su momento mitológico con su móvil, que compite en brillos y pedrería con el traje de Esther.

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VIII.

Subimos a casa para el ritual de despojarse de toda esa ropa. Una casa ajena, en muchos casos. Vive en Tabernes y le es materialmente imposible desplazarse a diario a la ciudad en época de Fallas. Alquilan un apartamento para estas semanas, que queda convertido de manera automática en vestidor, refugio, almacén y zulo. Entre su marido Miguel y Perfe, su prima carnal, que constituyen el sostén familiar en tiempo de fiestas, van sacando con delicadeza las varias capas de una personalidad, de una manera de sentir un cargo representativo. Entra la luz desde detrás y sus siluetas flotan en un ambiente neblinoso, como si el humo permanente danzara, microscópico, rodeando el proceso de volver a ponerse unos vaqueros y una blusa de la huerta. Adiós a esa versión más siglo XVIII, más francesa, del traje de labradora, que hoy tocaba lucir con manga larga por la ofrenda realizada en una iglesia. Fuera las peinetas de la Casa de las Ollas, una de las tiendas más antiguas de Valencia. Nuestra protagonista se toma un respiro entre la vorágine de vestidos y actos.

Sentada ya en la calle sobre un tablón, deja caer el peso de sus hombros. Le rodea un marasmo de mesas sobre las que se ejecuta una paella, se brama con alegría cuando llega el jurado y un hombre vigila un secreto centenario: que el arroz se haga y no se pase. Dos mujeres con el pelo blanco distribuyen platos de cartón y pedazos de pollo, conejo, verduras y arroz. Ríen ante la perspectiva imposible de conseguir que ese experto arrocero haga un menú semanal en casa. Si hay vino y fuego y unos trozos de palé o de naranjo, si hay cachondeo, me sugieren, hay un valenciano al mando de la paleta de metal.

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IX.

―Hacer paella, ¿es tarea de hombres?

―Puedo decirte que mi mujer no ha hecho una paella en su vida.

―Luego, el resto de la semana ya…

―Sólo me has preguntado por hacer paellas.

José Ortiz, presidente de la falla, me explica cómo se convoca a cientos de personas a concursar alrededor de una paella (hay pocas presidentas de fallas y aún menos cargos en las esferas de control de la Junta Central). La cosa suele hacerse así: los concursantes pagan un fijo por unas diez personas y aparecen con su recipiente para hacer el arroz. Todo lo demás, prefieren en esta versión, lo pondrá el organizador: el arroz que se acumula en sacos en la acera, la verdura, la carne, bebida, la leña que está sufriendo un invierno pasado por agua, hasta la arena sobre la que se enciende el fuego. Estos concursos suelen dejar un remanente que financia parte de las actividades del casal fallero.

―¿Quién ganará?, pues depende de una retahíla de factores: los sobornos al jurado, que los habrá, el buen humor y el azar. Básicamente ganará quien nos dé la gana a Esther y a mí porque este concurso intenta que la gente se lo pase bien ―enumera el orgulloso anfitrión viendo cómo los tablones arden de alegría, y cómo las familias y los amigos intercambian pullas y cumplidos por el arroz. 

Hay un alborozo indisimulado porque llega a nuestra mesa un ciudadano chino que bromea con varios de los presentes. Me cuentan que el año pasado se unió a la jarana tras la crida, el pregón de las fiestas, se arrimó y arrimó y pasada la noche, ya había firmado su inscripción como socio de pleno derecho la falla. Esto podría resumir qué significa una falla: entidad a la que no es necesario guardar fidelidad de por vida, en la que se puede entrar pagando la cuota libremente y, del mismo modo, dejar de hacerlo. Lo que importa es ser participativo.

Por supuesto, me dicen sin disimulo un par de valencianas de pura cepa, hay varias maneras de tomarse el discurrir de la falla de una. Claro que existen fallas clasicotas, de marcado cariz religioso y cuyo objetivo no disimulado es triunfar, escalar y establecerse en un sistema un tanto viejuno de categorías, mantenido y vigilado por una cúspide rancia y ―hoy es día de guerra― dominada por hombres. 

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X.

Cae el sol aunque más bien es la luz la que cae. Las fiestas de 2025 están marcadas por un tiempo de perros. Caen los litros de líquidos variados y los altavoces elevan una reclamación al público. Se van a otorgar los premios del concurso de paellas. Uno piensa que hay un quintal de verdad en lo que decía Pepo Ortiz, fundador y presidente de la falla Enginyer Montes Sotos i França. En el mundo mediterráneo somos afortunados de tener unas reglas complejas, a las que hacemos un caso relativo. Y esto nos quita mucha tensión porque al final se trata de que siga oliendo a fogata, de que las explosiones sean festivas y no consecuencia de una guerra.

Miro desde este lado de la explanada, que da al edificio Calabuig, que es como un mascarón de proa del viejo puerto de Valencia. El ayuntamiento ha cedido su uso para que esta falla tome al asalto la calle Ingeniero Manuel Soto durante veinte días. Huele a leña de naranjo al fuego. En una mesa se discute si la caja que llega entre los postres al concurso es de sanguinellis o taronja roja, y yo me hago cruces de que estén discutiendo sobre estos diamantes de interior carmesí. Al fondo, despuntan más carpas tras las vallas y muros de los terrenos de ADIF del Puerto de la ciudad, porque ayer se celebró ahí detrás otro concurso de paellas de dimensiones faraónicas. Mientras tanto, los niños meten jaleo en una zona ajardinada y arrojan bombetas al suelo. El viento de levante, insistente, aumenta su fuerza. Me sirven un vaso de mistela. ¿Intentan sobornarme también a mí?

―Y el primer premio es para este nuevo socio, que lleva dos meses y ha regalado dos arcones frigoríficos a la falla.

De desatan el jolgorio y algunos abucheos totalmente humorísticos.

―¿Qué esperabais, que le diera el quinto premio?

La algarabía y los aplausos celebran este pequeño acto teatral, otro más de una agenda loca que conduce desde hace una o dos semanas hasta la noche del 19 de marzo, la noche de la purificación por el fuego, la cremá de los ninots. Al día siguiente, hay otro almuerzo a las doce y una comida que ofrece el presidente a las tres. Esther ha dicho que se quedará durmiendo hasta la comida. Que las Fallas son muy largas.

 

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2 Comentarios

  1. PERIODISMO

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