Cine y TV

‘Grand Tour’: riesgos de los viajes en el tiempo

Grand Tour
Grand Tour. Imagen: Avalon.

Desde los primeros compases de Grand Tour se advierte la naturaleza libre e inclasificable sobre la que se asienta la cinta: las imágenes transitan del color al blanco y negro, los diálogos en portugués conviven con las voces en off en otros idiomas que van narrando el relato, el documental se entrecruza con la ficción… Durante estos instantes iniciales, el caos formal (entiéndase aquí caos como un juego audaz y despreocupado) se apodera de la narración porque, en el fondo, es el propio cineasta el que está planteando al espectador formar parte de ese juego. Por eso, el último largometraje de Miguel Gomes parte del desconcierto, que es el punto idóneo desde el que comenzar cualquier aventura, también las cinematográficas. 

Grand Tour es una de esas películas que transpira a través de sus poros y costuras todo aquello que le ha insuflado vida. Aquí hay contradicciones, incongruencias, repeticiones… el artificio es un elemento más de la puesta en escena, del propio relato. Existe un componente lúdico en el cine de Gomes, ya sea algo que hace explícito (en la primera parte de Las mil y una noches se rompía la diégesis y huía del proyecto, siendo perseguido por el equipo para continuar con la grabación); o que sencillamente le sirve de brújula a la hora de desarrollar el proceso creativo. Se trata, por tanto, de entender la creación, o el arte cinematográfico, como una aventura… No es casual que la propia película sea una odisea, un viaje. Porque a pesar de esa apariencia de casualidad, Grand Tour es coherente con su condición de film-río, ese tipo de películas que discurren, que avanzan y fluyen encontrándose a sí mismas. Son obras que descubren y capturan lo real y lo espontáneo sin renunciar a lo construido o artificial. Por momentos, incluso podría decirse que se trata en realidad de un film que se asemeja más a la forma en que operan los sueños. Pero no de la manera en que los trasladaron a la pantalla los surrealistas, o como en ocasiones se tiende a calificar el cine fantástico y su elaborada creación de mundos imposibles. En el caso de Grand Tour, lo primero que remite al mundo onírico es la persistencia casi continua de una especie de bruma, como si la cámara estuviera funcionando en mitad de un letargo: sigue a sus protagonistas, pero también se despista, registra los espacios, deambula por ellos… esta cuestión visual está vinculada con la mecánica de los sueños: la mayoría de ellos remiten a lo mundando, a lo común, se reviven experiencias previas o cercanas que se modifican de manera muy sutil, creando incluso paradojas a partir de ciertos detalles que, a simple vista, son difíciles de detectar. ¿Se trata, por tanto, de una película soñada? Aunque, ¿acaso podría no serlo?

Igual que en los sueños conviven el presente y otros tiempos (el recordado, el proyectado y/o el imaginado), en Grand Tour también coexisten (al menos) dos temporalidades distintas. No es la primera vez que los tiempos se entrecruzan en la narración de Gomes, un cineasta que parte de un instante para recorrer la historia, reevaluarla y proponer una lectura personal y propia. Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites, 2015) o Tabú (2017) modificaban las coordenadas espaciotemporales para ofrecer multiples perspectivas de un conflicto, de manera que quedaran al descubierto las distintas caras del poliedro. A pesar de las similitudes, aquí Gomes no repite la fórmula: en los tres volúmenes de 2015 se servía de la estructura episódica y la teatralización atemporal de los sucesos para explorar las consecuencias de la crisis económica que padecieron los portugueses durante 2013 y 2014, y Tabú se plegaba sobre sí misma a la mitad del relato para, en su segunda mitad, contar a través de un flashback la historia de uno de los personajes que aparecía en su primer tramo. Ahora, en Grand Tour, el director sigue liberándose de las convenciones que impone el relato clásico, que incluso la narratología demanda, para, a cambio, ofrecer un relato mucho más estimulante y difícil de clasificar. 

También partida en dos, la película adopta la forma de díptico estableciendo paralelismos formales y narrativos entre ambas mitades que están, en realidad, muy próximas en el tiempo: en la primera parte, un hombre huye de su prometida viajando por distintos rincones de Asia; la segunda mitad está dedicada a la novia, que va en busca del cobarde, siguiendo sus pasos y haciendo un recorrido similar. Pero estos dos momentos no son los únicos que apuntalan el relato. En todo momento, se alternan distintos tipos de imágenes: las que protagonizan los amantes y otras filmadas durante la localización del proyecto. Integradas de forma orgánica con el resto del metraje, su utilización no solo responde a la voluntad de incluir el proceso en el resultado (de hecho, de forma muy consciente, el cineasta se esfuerza porque sean parte de la narración), sino de añadir un tiempo más a la historia que en realidad son dos: el presente, a ojos del espectador, y el futuro, el devenir temporal de sus personajes. Desde los primeros instantes conviven en el film elementos que parecen haber viajado en tiempo y estar ocupando un mismo espacio: las norias y los fuegos artificiales, los espectaculos de marionetas y recortes de papel, los karaokes portátiles, las danzas de máscaras, los teléfonos móviles… Mientras las imágenes muestran ese lugar, ese contexto que es el de los amantes pero visto con los ojos del presente, una voz en off (en un idioma que no es el de ellos) narra las desventuras de cada uno. 

Y así, superponiendo y combinando también lo sonoro y lo visual, de la misma forma en que se conectaba la historia con el destino, se construye una película que tiene la capacidad, incluso, de remitir a la propia idea del cine. Y entre las múltiples reverberaciones y ecos que resuenan en Grand Tour se respira cierta nostalgia cinematográfica convertida aquí en homenaje y razón de ser. El uso del 16mm o los trucajes visuales propios del precine no son un mero ornamento de una puesta en escena que privilegia lo artesanal y lo celebra. Porque para Gomes, el cine es el lugar en que puede cohabitar la realidad y la ficción, el espacio en el que se puede viajar en el tiempo: donde es posible perderse en el pasado, proyectarse hacia el presente y convertirlo, incluso, en futuro. 

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