
Imagina que entras en una habitación y la reconoces al instante: la persiana entrecerrada filtrando la luz de la tarde por las perforaciones que la recorren, la mancha descolorida en el suelo de gresite y silla de madera carcomida junto a la mesa pequeña. Sales por la puerta y entras en otra habitación idéntica, la misma persiana, la abrasión bajo tus pies. Vuelves a salir y, de nuevo, te recibe la misma estancia, como si el espacio se hubiera doblado sobre sí mismo, atrapándote en una réplica infinita. La ansiedad se retuerce en tu estómago mientras intentas recordar cuál fue la primera habitación, cuál es la real. Pero el recuerdo se disuelve como humo, y la certeza de que estás atrapado se clava en tu mente como una garra fría.
Se trata de paramnesia reduplicativa. Solo el nombre ya suena como una maldición médica, ¿verdad? Un trastorno extraño, perturbador, de esos que la ciencia intenta domesticar poniéndoles etiquetas ordenadas y latinas. Dicen que es una alteración de la percepción, un fallo en ese delicado engranaje que nos permite saber dónde estamos y cuándo estamos. Pero no es solo eso. Es más perverso. Es la convicción, sólida como una roca, de que un lugar ha sido duplicado, de que existe otro sitio exactamente igual, una réplica perfecta que coexiste en algún rincón del mundo. Una copia sin el menor fallo, sin el menor defecto. Y la persona que lo sufre no solo lo cree, lo sabe. Lo sabe con una certeza feroz que no se tambalea, aunque todo el mundo le diga lo contrario.
Arnold Pick, el neurólogo que describió este trastorno en los albores del siglo XX describió la paramnesia reduplicativa con la frialdad meticulosa de un científico: «El paciente cree que el lugar en el que se encuentra ha sido copiado y colocado en otro lugar, exactamente igual en todos sus detalles». Pero ¿cómo describir con términos clínicos la aprensión de que mirar todos los espacios que conoces y sentirlos como ajenos, como réplicas sin alma? ¿Cómo describir con palabras esa sospecha persistente de que el mundo a tu alrededor no es más que una imitación? Una frase clínica, fría y sin emociones, como si hablar de una duplicación de la realidad fuera algo tan sencillo como describir un síntoma de gripe. Un trastorno neuropsiquiátrico que ni siquiera está recogido específicamente en el DSM-V.
Como si fuera otro de los relatos de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks es interesante el caso de «Tauton» documentado por Benson et al. en 1976. Un hombre despierta en la cama de un hospital con la seguridad inamovible de que se encuentra en su ciudad natal. Desde el instante en que abre los ojos, sabe que todo era una farsa meticulosamente urdida; a pesar de los letreros, los médicos y las pruebas que insisten en lo contrario. Le dicen que está en Boston, en el Hospital de Veteranos Jamaica Plain, pero él sabe, con la obstinación de quien no necesita pruebas para sostener su certeza, que todo es un error o, peor aún, un engaño. No importa que recuerde la caída, que reconozca a los doctores o que pueda repetir sin titubeos la fecha del día. Algo en el aire, en la luz, en la textura de las paredes le susurra que está en Tauton y no donde ellos dicen.
Es lícito preguntarse si, de alguna manera, no estamos todos atrapados, aunque sea en momentos fugaces, en esas realidades duplicadas. Esto se hace más presente en nuestro transcurrir digital, donde las réplicas virtuales idénticas como los chatbot de asistencia técnica o un casino online españa se despliegan ante nosotros con una homogeneidad perturbadora. Las interfaces son intercambiables, las respuestas predecibles, los colores y sonidos diseñados para envolvernos en una experiencia indistinguible, sin importar el contexto.
A veces solo basta con recordar ciertas tardes de otoño, cuando el sol parece dibujar sombras familiares sobre las paredes, como si ese instante específico ya hubiera ocurrido antes. En esos momentos, el mundo parece una réplica de sí mismo, una copia idéntica que se despliega en otro tiempo y otro lugar. «Todo esto ha ocurrido antes y volverá a ocurrir», susurra el viento entre las ramas, cuando el tiempo se dobla sobre sí mismo, repitiendo la misma escena en un bucle silencioso.
Esta sensación de duplicidad, de existencia simultánea en más de un lugar, ha encontrado su eco en la literatura y el cine. Recordemos a Leonard Shelby, el protagonista de Memento. Aunque sufre amnesia anterógrada, su forma de experimentar el tiempo y el espacio tiene algo de esta paramnesia reduplicativa. Los eventos parecen repetirse en lugares que son iguales, pero nunca los mismos. Se desplaza a través de un paisaje fragmentado, siempre buscando algo que parece haber dejado atrás en una versión duplicada de su propia vida.
Otro ejemplo de paramnesia en la ficción es Jervis Tetch, más conocido como el Sombrerero Loco en el universo de Batman. Obsesionado con Alicia en el País de las Maravillas y creador del baile de la «Deliranza», Tetch vive en una realidad distorsionada donde los lugares parecen reflejos deformados de su propia fantasía. Para él, el mundo real no es más que una réplica imperfecta de su imaginación, una copia sin alma de un lugar que solo existe en su mente. La obsesión de Tetch con la duplicación y la recreación de espacios ficticios refleja una forma extrema de paramnesia reduplicativa, en la que la realidad se desdobla en versiones simultáneas y coexistentes, sin que él pueda distinguir cuál es la verdadera.
La paramnesia reduplicativa no es simplemente un fallo neurológico, es también un recordatorio de que nuestra percepción del mundo es, en última instancia, una construcción de la mente. Nos aferramos a la cartesiana idea de que el espacio es único e inmutable, pero ¿qué pasaría si en realidad estuviera replicado, si cada lugar existiera simultáneamente en más de un sitio? Quizás esta condición solo revela una verdad que preferimos ignorar. Como escribió una vez Philip K. Dick: «La realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no desaparece». Pero ¿y si esa realidad pudiera existir en más de un lugar al mismo tiempo?








A mí me indigna igual o más el seguidismo hipócrita de Europa, porque me toca de cerca. Y viene de largo, ahora Trump dice aumentar el gasto militar y Europa cumple con más gasto militar. Y no estoy diciendo que haya que dejar a Ucrania a su suerte, estoy diciendo que hacer caso a los halcones del gasto militar, un lobby empresarial que coge el beneficio mientras los pueblos ponen los muertos, es siempre la peor opción. Las guerras,junto con las crisis económicas, son las excusas para recortar en gastos sociales y derechos, pero desde la primera guerra de Irak ahí vamos, sin un menor atisbo de crítica, y cuando la hay se acalla.
Disculpas a la autora, que ésto no iba aquí. El timing de publicación y