
Imagina que entras en una habitación y la reconoces al instante: la persiana entrecerrada filtrando la luz de la tarde por las perforaciones que la recorren, la mancha descolorida en el suelo de gresite y silla de madera carcomida junto a la mesa pequeña. Sales por la puerta y entras en otra habitación idéntica, la misma persiana, la abrasión bajo tus pies. Vuelves a salir y, de nuevo, te recibe la misma estancia, como si el espacio se hubiera doblado sobre sí mismo, atrapándote en una réplica infinita. La ansiedad se retuerce en tu estómago mientras intentas recordar cuál fue la primera habitación, cuál es la real. Pero el recuerdo se disuelve como humo, y la certeza de que estás atrapado se clava en tu mente como una garra fría.
Se trata de paramnesia reduplicativa. Solo el nombre ya suena como una maldición médica, ¿verdad? Un trastorno extraño, perturbador, de esos que la ciencia intenta domesticar poniéndoles etiquetas ordenadas y latinas. Dicen que es una alteración de la percepción, un fallo en ese delicado engranaje que nos permite saber dónde estamos y cuándo estamos. Pero no es solo eso. Es más perverso. Es la convicción, sólida como una roca, de que un lugar ha sido duplicado, de que existe otro sitio exactamente igual, una réplica perfecta que coexiste en algún rincón del mundo. Una copia sin el menor fallo, sin el menor defecto. Y la persona que lo sufre no solo lo cree, lo sabe. Lo sabe con una certeza feroz que no se tambalea, aunque todo el mundo le diga lo contrario.
Arnold Pick, el neurólogo que describió este trastorno en los albores del siglo XX describió la paramnesia reduplicativa con la frialdad meticulosa de un científico: «El paciente cree que el lugar en el que se encuentra ha sido copiado y colocado en otro lugar, exactamente igual en todos sus detalles». Pero ¿cómo describir con términos clínicos la aprensión de que mirar todos los espacios que conoces y sentirlos como ajenos, como réplicas sin alma? ¿Cómo describir con palabras esa sospecha persistente de que el mundo a tu alrededor no es más que una imitación? Una frase clínica, fría y sin emociones, como si hablar de una duplicación de la realidad fuera algo tan sencillo como describir un síntoma de gripe. Un trastorno neuropsiquiátrico que ni siquiera está recogido específicamente en el DSM-V.
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A mí me indigna igual o más el seguidismo hipócrita de Europa, porque me toca de cerca. Y viene de largo, ahora Trump dice aumentar el gasto militar y Europa cumple con más gasto militar. Y no estoy diciendo que haya que dejar a Ucrania a su suerte, estoy diciendo que hacer caso a los halcones del gasto militar, un lobby empresarial que coge el beneficio mientras los pueblos ponen los muertos, es siempre la peor opción. Las guerras,junto con las crisis económicas, son las excusas para recortar en gastos sociales y derechos, pero desde la primera guerra de Irak ahí vamos, sin un menor atisbo de crítica, y cuando la hay se acalla.
Disculpas a la autora, que ésto no iba aquí. El timing de publicación y