
A veces, demasiadas, la vida es como en el mito de Sísifo. Era el rey de Corinto, Sísifo; experto en burlar su destino y engañar a la muerte, incluso del inframundo se escapó. Hasta que un día, como castigo por sus mentiras y engaños, Zeus le impuso una condena eterna: empujar una roca enorme montaña arriba. Justo cuando Sísifo llegaba a la cima, la roca tenía más fuerza que él y caía de nuevo hasta la base, obligándolo a empezar desde el principio una y otra vez.
El mito de Sísifo ha sido interpretado de muchas maneras y ha servido para reflexionar sobre la condición humana. Algunos, incluso, aceptan esa falta de sentido sin caer en la desesperación y disfrutan de la experiencia de pasarse la vida haciendo siempre lo mismo. «Si te caes tres veces, levántate cuatro», «lo importante es seguir intentándolo», y cosas por el estilo. Pero a mí me gusta ver el mito como metáfora de la repetición inútil, de la falta de lucidez para afrontar la realidad; ver en Sísifo, incluso, un arquetipo de emprendedor muy actual.
Otras veces, la vida consiste en avanzar por un laberinto; en este, la existencia no se reduce a la lucha contra el sinsentido, sino a la construcción de un tapiz donde las bifurcaciones y repeticiones multiplican las posibilidades del destino. En «El Aleph», cuento de Jorge Luis Borges, el narrador, que deliberadamente se llama Borges, está enamorado de Beatriz, una mujer fallecida. Para recordarla, mantiene contacto con su primo, Daneri, de quien opina que es un poeta mediocre y pretencioso. Un día, Daneri le habla de un objeto increíble: el Aleph, un punto en el espacio donde pueden verse, simultáneamente y sin distorsión, todos los lugares y momentos del universo. Intrigado, Borges acepta buscarlo. Entra al sótano de la casa de Daneri y, efectivamente, experimenta la visión del Aleph, un instante de conocimiento absoluto que lo deja atónito.
Borges juega con la idea de que la totalidad puede ser contenida en un solo instante, en un punto donde convergen todas las experiencias posibles. Había leído mucha literatura inglesa, y posiblemente escribiera «El Aleph» recordando el cuento «El huevo de cristal», de H. G. Wells (relato sobre un anticuario que descubre un huevo de cristal que actúa como ventana a un mundo desconocido); y los versos del poeta William Blake: «Ver el mundo en un grano de arena, y el cielo en una flor silvestre; sostener el infinito en la palma de la mano, y la eternidad en una hora» (hay una traducción, en algún sitio, de Luis Cernuda).
Es fascinante cómo la literatura, desde Blake hasta Borges, logra recrear esa sensación de totalidad a partir de momentos fugaces, como si el arte fuera la puerta de acceso a una visión absoluta del universo. La vida, desde esa perspectiva, se compone de una serie de aspectos que, juntos, dan una visión amplia de lo que el individuo es y busca.
«Sin amigos, nadie querría vivir, aunque tuviera todos los demás bienes», decía Aristóteles en Ética a Nicómaco. Desde Aristóteles, como mínimo, la amistad es un vínculo basado en el afecto y el deseo del bien para el otro; no por interés, sino por aprecio genuino. En su forma más pura, la amistad es uno de esos elementos que dan sentido a la vida.
Julio Cortázar entendió esto muy bien: sus personajes se buscan y se reconocen en un juego de encuentros y desencuentros diseñado por un azar cómplice. En Rayuela, la amistad entre Oliveira y Traveler es una forma de resistencia, una manera de esquivar el absurdo a través del diálogo y la complicidad, y de aceptar el destino. «Ahí tenés —le dijo Oliveira a Traveler (…)—. Ahí tenés lo que son las cosas. Cada uno cree que está hablando de lo que comparte con los demás», para luego, concluir: «Dios me puso sobre vuestra ciudad».
También en el cine se ha tratado la amistad como acto de resistencia contra el caos. Por ejemplo, en Ocho y medio, de Federico Fellini, el personaje que interpreta Marcello Mastroianni busca en sus amigos ecos de su propia identidad y de su lucha por encontrar sentido en medio de una crisis creativa. También en La gran belleza, de Paolo Sorrentino, Jep Gambardella solo encuentra sentido en sus amistades más auténticas. Es en la conversación con un viejo amigo, en el recuerdo de la juventud compartida, donde vislumbra la posibilidad de un sentido más allá del espectáculo vacío de su mundo.
Advierte Javier Marías en toda su obra (aunque las citas que vienen a continuación son de Corazón tan blanco), que «cualquier relación entre personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones», y que «la propia vida no depende de los propios hechos, de lo que uno hace, sino de lo que de uno se sabe, de lo que se sabe que ha hecho». En Mañana en la batalla piensa en mí, Eduardo mantiene una relación secreta con una enfermera. Viajan a Londres, donde la regaña hasta asustarla, aterrorizarla, al averiguar algo que ella ha hecho. Cuando contactan a Eduardo desde Madrid y le informan de la muerte de su esposa, ya es demasiado tarde para actuar de otro modo con su amante. Si hubiera sabido antes que su esposa había fallecido, no habría tenido una segunda muerta.
Marías enseña que la vida está marcada por el peso de las decisiones y por la forma en que estas decisiones son vistas por los demás, lo que a su vez altera el sentido de la existencia. Y que hay quienes conciben el amor como un espejo en el que ver reflejada su propia imagen magnificada. La seducción para ellos no es un acto de descubrimiento, sino de conquista. Después, imponen su voluntad sin concesiones. Se creen mejores que los demás y, sin embargo, se comportan con una grotesca falta de elegancia. Ya Simone de Beauvoir advertía que «el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos». Como en Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín, que va sobre el maltrato. ¿Por qué una mujer aguanta hasta diez años con alguien que la machaca? ¿Cómo evitar ser la segunda muerta de Mañana en la batalla piensa en mi? Poco se ha divulgado sobre el perfil del abusador.
Vronski, en Anna Karénina, la novela de León Tolstói, es un oficial joven y apuesto que seduce a la protagonista, Anna. Con su encanto y aparente devoción, Vronski representa el amor romántico que Anna, sin ser muy consciente, desea. Al principio, parece dispuesto a desafiar las normas sociales por ella, pero a medida que la relación avanza, su compromiso resulta no ser real. Y cuando Anna se desmorona emocionalmente, cuando no sabe qué va a ser de su vida, Vronski no la apoya y se aleja, dejando en evidencia su egoísmo y su incapacidad para asumir las consecuencias de una situación que él mismo ha creado.
«El amor no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección», escribió Antoine de Saint-Exupéry en Ciudadela. Esta visión del amor como proyecto compartido se ha tratado también en el cine, en situaciones en las que el trabajo conjunto se convierte en metáfora de la unión afectiva. En Su otra esposa, Katharine Hepburn y Spencer Tracy interpretan a dos personajes que trabajan en el mismo departamento de un gran medio de comunicación. Ella es una bibliotecaria con mucha capacidad para organizar información y él es un experto en informática que va a instalar un nuevo sistema. A medida que ambos trabajan juntos en el proyecto, surge una historia de amor. El trabajo conjunto en la empresa es el proyecto que los une.
Borges tomó una cita de Hamlet como epígrafe para «El Aleph»: «Oh, Dios, podría estar encerrado en una cáscara de nuez y considerarme el rey del espacio infinito», e invitó a imaginar la vastedad contenida en lo más diminuto. En Hamlet, esta reflexión surge de la tensión entre las limitaciones del pensamiento y la magnitud de la realidad: el protagonista, atrapado en la corte y en sus propias dudas, comprende que el universo es ilimitado. «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía». El mundo es misterioso, hay más de lo que se puede explicar con la lógica y siempre habrá algo que escape a nuestra comprensión, incluso que la grandeza se puede manifestar en la derrota.
La vida es equilibrio de contrastes. Hay días que fluyen sin esfuerzo y otros que se hacen cuesta arriba, incluso para los que evitan ser Sísifo. La sonrisa es fundamental, pero no la risotada, que ha perdido el equilibrio y aun se parece al llanto. Hay tantos momentos que justifican la existencia: las buenas maneras, el trabajo acabado, el sol en invierno, las novelas de Javier Marías. Hay que saber mirar para verlos. Como en La gran belleza, hay que contemplar la vida desde el desencanto y la nostalgia, pero también desde la maravilla. El instante en que se ve el Aleph es irrepetible, y solo quien sabe mirar con atención puede descubrirlo. Siempre habrá quien prefiera ver solo el reflejo de su propia imagen, ajeno al hecho de que esta se diluirá con el tiempo. Para los demás, para quienes viven con los ojos bien abiertos, la vida seguirá siendo una obra de arte en movimiento.








El poeta Blake en esas tres líneas ( » ver en un grano de arena..») pone en bandeja una respuesta perfecta a la pregunta de «si pudieras pedir un deseo , cuál sería».
Tres líneas contra la fugacidad del tiempo y el infinito Inabarcable.
No hace falta un mamotreco de libro de autoayuda , esas tres líneas son el clavo que no arde para poderte asir.