
«No me quedaba sino interrogar a los filósofos», le explica Marco Polo a Kublai Kan, el emperador de los tártaros que le había encargado dibujar un mapa de su propio territorio (la geografía simbólica de Las ciudades invisibles de Italo Calvino). En Ipazia, el viajero recuerda haber preguntado:
«–¿Dónde está el sabio? –el fumador señaló fuera de la ventana. Era un jardín con juegos infantiles: los bolos, el columpio, la peonza. El filósofo estaba sentado en la hierba. Dijo:
–Los signos forman una lengua, pero no la que crees conocer.
Comprendí que debía liberarme de las imágenes que hasta entonces me habían anunciado las cosas que buscaba».
También Pedro Narcob viaja, explora y cartografía un territorio interrogando a los filósofos, leyendo imágenes y palabras, signos y planos para sugerir sentidos –significados y direcciones de lectura– distintos de los que creíamos conocer. Y nos invita a acompañarle en su periplo por las cinco temporadas de la serie Fargo (FX, 2014-2024), el artefacto televisivo que expande y renueva la matriz cinematográfica de Fargo (1996), la película escrita, producida y dirigida por los hermanos Ethan y Joel Cohen. En un ejercicio delicioso de actualización de las referencias filosóficas que resuenan en la pantalla, Narcob lee las dimensiones de la Fargo serial a través, por debajo y más allá de la propia serie, en un juego de espejos y ecos que ilumina el diálogo entre textualidades y experiencias: las nuestras.
Fargo(s)
Antes de ser película y serie, Fargo era (y sigue siendo) una ciudad del estado de Dakota del Norte. Una geografía física y política nombró una cosmografía audiovisual, pues el universo de Fargo fue expansivo ya en sus primeros destellos. La séptima película de los hermanos Cohen se estrenó en el Festival de Cannes en 1996 (Joel Cohen mereció el premio al mejor director), recibió siete candidaturas a los Premios Óscar (ganó la estatuilla al mejor guion y la extraordinaria Frances McDormand, a mejor actriz protagonista), se convirtió en un éxito de taquilla y, sobre todo, generó un debate crítico tan intenso que reverberó en las siguientes obras de los hermanos Cohen, enmarcando la filmografía de los cineastas de Minneapolis en la unicidad que, casi treinta años después, nos resulta evidente.
Noah Hawley es el creador y guionista de las cinco temporadas de la serie, antológicas por la autonomía del relato que cada una abre, atraviesa y cierra, y por la coherencia visual que las une bajo una misma atmósfera. En 2017 Hawley ganó el Premio Edgar Allan Poe por su quinta novela, Antes de la caída (Reservoir Books, 2016). Que el guionista también sea novelista no es un detalle menor, de hecho, su habilidad narrativa se despliega en la sutileza de la reescritura implícita. Consciente de intervenir en un objeto cinematográfico ya perteneciente a la tradición, lo reinterpreta utilizando activamente su significación para insertarla en un discurso propio, que contemple el origen como mitología y modifique su forma y estructura, multiplicándolas en el formato serial. El resultado es un espacio fértil para la producción de sentido, precisamente el lugar que Pedro Narcob recorre, proporcionando la leyenda para interpretar su mapa. La serie Fargo se introduce, por tanto, en una genealogía cinematográfica que la trasfusión de actores y actrices entre película y episodios televisivos amplifica. Cada temporada plasma un mundo narrativo propio que, en cada entrega, añade complejidad a los parámetros que dibujan el universo expandido de la película Fargo, empezando por la continuidad de la paleta cromática y culminando en la ambigüedad que fluye en cada capítulo, diálogo, plano y que Narcob analiza con precisión quirúrgica.
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