
La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito económico y laboral no constituye simplemente un avance tecnológico neutral, sino que inaugura una transformación estructural de gran calado, comparable en su carácter disruptivo a las revoluciones tecnológicas anteriores, aunque más aún en un contexto de Estados debilitados, inevitablemente reflejará y amplificará las tensiones históricas entre el mercado y la sociedad.
Sus implicaciones recuerdan, en más de un aspecto, tanto a las de la Ilustración del siglo XVIII como a las sucesivas revoluciones tecnológicas que han marcado la historia moderna. Como entonces, se presenta una promesa de emancipación: herramientas capaces de ampliar nuestras capacidades, democratizar el acceso al conocimiento y reducir ciertas desigualdades. Sin embargo, al igual que en aquel momento histórico, dicha promesa no está exenta de ambigüedades. En función de cómo se desplieguen y regulen estas tecnologías, podrían tanto reforzar procesos de liberación como dar lugar a nuevas formas de control y exclusión.
De la Ilustración clásica a la Ilustración digital
La Ilustración nació como un proyecto intelectual y político basado en la confianza en la razón, la ciencia y la educación como pilares del progreso humano. El ideal era claro, arrojar luz a una sociedad aún dominada por la autoridad, la ignorancia y la superstición. Apostaba por una humanidad capaz de autogobernarse a través del conocimiento, y sus valores impulsaron conquistas fundamentales como la libertad de prensa, la educación pública o los derechos individuales sentando las bases de las libertades y derechos modernos. No obstante, la Ilustración también convivió con profundas contradicciones: buena parte de sus pensadores defendían principios universales mientras toleraban y legitimaban prácticas como el colonialismo, la esclavitud o la exclusión de las mujeres del espacio público.
Hoy, lo que podemos llamar la Revolución de la IA o la Era de la cognición asistida comparte ese mismo doble filo y se revela como un desafío sistémico de amplio espectro. Por un lado, tecnologías como los modelos de lenguaje, los sistemas de recomendación o los algoritmos predictivos permiten a millones de personas acceder a información, generar contenido, automatizar tareas y tomar decisiones mejor fundamentadas. Por otro lado, estas mismas herramientas están promovidas y controladas, en su mayoría, por un reducido número de actores privados que imponen lógicas opacas y priorizan la rentabilidad por encima del bien común, además de que pueden incorporar sesgos de todo tipo que se reproducirán en sus contenidos.
La cuestión, por tanto, no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino a quién beneficia y en qué condiciones o a qué precio.
Productividad y eficiencia: ¿progreso compartido?
El discurso dominante en torno a la IA subraya su potencial para aumentar la productividad: automatizar tareas repetitivas, reducir tiempos de ejecución, optimizar procesos, etc. Sin embargo, la historia reciente evidencia que los incrementos en productividad no se traducen necesariamente en una mejora proporcional de las condiciones laborales.
La digitalización impulsada por internet y los ordenadores, a partir de los años 90, generó indudables beneficios económicos y productivos. Y ahora, de hecho, nos parece inimaginable trabajar sin ellos. No obstante, y sí, al margen de los nuevos puestos de trabajo que se crearon, en muchos casos dichos beneficios fueron absorbidos íntegramente por las empresas sin un reparto equitativo. Esta dinámica conllevó consecuencias significativas para la fuerza laboral, entre las que destacan la reducción de plantillas a través de procesos de automatización o externalización, lo que generó una precarización en el empleo. Paralelamente, los empleados que permanecieron en sus puestos vieron incrementada su carga de trabajo de manera considerable con el fin de capitalizar ese aumento de productividad. Se intensificó el control sobre el rendimiento mediante el uso de métricas digitales, que permitieron una supervisión más exhaustiva y constante y, finalmente, la conectividad permanente provocó una difuminación de los límites entre la vida laboral y la personal, exacerbando en algunos casos la sensación de disponibilidad continua y afectando el bienestar de los trabajadores.
A día de hoy nos parece inimaginable trabajar o vivir sin ordenadores o correo electrónico. Si la implantación de la inteligencia artificial sigue este mismo patrón, es muy probable que acabe ocurriendo lo mismo con los recursos que la IA nos ofrece, con el riesgo de que, en el plano laboral, los trabajadores no vean una mejora real en sus condiciones, sino una intensificación de la presión, una mayor dependencia tecnológica y una creciente invisibilización de sus aportes. En otras palabras, la eficiencia lograda podría ser utilizada no para liberar tiempo y fomentar el bienestar, sino para exigir más con menos, siguiendo la lógica del mercado de maximizar rentabilidades.
No estamos únicamente ante una transformación técnica, sino ante un cambio profundo en la organización del trabajo, el acceso al conocimiento y la distribución del poder. Esta nueva Ilustración digital puede proyectarse en al menos dos direcciones divergentes:
- Un horizonte emancipador, donde, por un lado, la IA se entienda y diseñe como un marco de colaboración humano-máquina, con un enfoque en complementar las capacidades humanas y aportar valor, sin pretender sustituirlas. Y, con ello, entre otras cosas se utilice para reducir la jornada laboral, mejorar la conciliación, potenciar la creatividad humana y garantizar una mayor equidad en el acceso al conocimiento. Para ello, será necesario poner en valor la subjetividad y creatividad genuinas propias de la inteligencia humana y sus valores, que la IA no puede replicar al operar únicamente con datos y algoritmos – al menos por ahora.
- Un escenario regresivo, en el que la IA sirva para concentrar aún más el poder económico, precarizar y reorganizar de manera desigual el empleo, automatizar decisiones sin supervisión humana con el potencial de generar sesgos y discriminación sistémica, y consolidar formas abusivas de monitoreo y vigilancia digital, facilitando la expansión de modelos autoritarios y de control social, a todos los niveles.
Si además permitimos que la IA condicione nuestras decisiones personales sin que lo percibamos y vaya erosionando de forma sutil nuestra capacidad deliberativa, esto contribuirá sin duda a anular la dimensión individual del ser humano como parte integrante de la sociedad y como sujeto autor de sus propias decisiones. En ese escenario regresivo cabe preguntarse si corremos el riesgo de avanzar hacia una sociedad monolítica, regida por una ideología autónoma y opaca y desanclada de los valores sociales, de la que se puedan nutrir fácilmente corrientes totalitarias.
La dirección que tome este proceso estará condicionada por las decisiones políticas, institucionales y sociales que se adopten en los próximos años.
Sin embargo, sería tremendamente ingenuo obviar que muchas de las instituciones democráticas parecen hoy desbordadas, tanto en su capacidad normativa como en su ambición transformadora, frente a ciertos visionarios tecnológicos y su influencia creciente para imponer sus propias reglas. La arquitectura institucional heredada del siglo XX, centrada en la tangibilidad y pensada para regular mercados industriales, muestra serias limitaciones para adaptarse a este nuevo ecosistema y gobernar algoritmos opacos, infraestructuras digitales globales y modelos de negocio basados en la extracción masiva de datos. Esta brecha puede dar lugar a un vacío de soberanía democrática, donde decisiones de gran impacto social se tomen fuera del escrutinio público en una clara deriva hacia el tecnofeudalismo.
Una transición justa
El progreso tecnológico posee un enorme potencial para mejorar la vida humana, pero también puede profundizar las desigualdades y concentrar aún más el poder si se deja exclusivamente en manos de las dinámicas del mercado.
Las advertencias de Karl Polanyi en La gran transformación (1944) cobran aún más relevancia en el actual contexto digital: “Permitir que el mecanismo del mercado sea el único director del destino de los seres humanos y su entorno natural […] resultaría en la demolición de la sociedad”.
Para que la revolución digital en curso no reproduzca las desigualdades del pasado ni amplifique las asimetrías ya existentes, sino que contribuya a reducirlas, será necesario actuar simultáneamente en varios niveles:
- Regulación democrática de la IA: garantizar la transparencia de los algoritmos, el derecho a saber cuándo se aplican, la supervisión humana de decisiones automatizadas y el respeto a los derechos civiles y éticos.
- Reparto equitativo de los beneficios: vincular, en el plano empresarial, las ganancias de productividad a mejoras reales en salarios, jornadas y condiciones de trabajo.
- Cultura crítica y reflexiva: fomentar una ciudadanía digital capaz no solo de usar la IA, sino de comprender sus límites, riesgos y sesgos inherentes. Preservar la autonomía individual frente a la inteligencia artificial, y evitar así devenir en sujetos subordinados o dependientes de estas tecnologías, pasa necesariamente por cultivar una cultura crítica y reflexiva.
Como en toda Ilustración, el acceso al conocimiento puede ser una fuente de libertad o un instrumento de dominación, según cómo se canalice. Esta nueva Ilustración digital posee un potencial inmenso para ampliar las capacidades humanas y promover una sociedad más equitativa, pero su éxito no será automático ni neutro.
Resulta razonable pensar que nuestra libertad personal no se ejerce en el vacío, sino en el seno de las estructuras sociales en las que vivimos, condicionadas por mecanismos tecnológicos —plataformas como ChatGPT, buscadores o las redes sociales— que median cada vez más nuestra relación con el mundo. Y no sabemos del todo cómo funcionan estos mecanismos, pero sí como actúan. Actúan como instrumentos de mediación social: filtran el acceso a la información, pueden invisibilizar ciertas opciones y modelar nuestras decisiones, e incluso automatizar muchas de las que nos afectan directamente.
Mientras aprendemos a convivir con las contradicciones de esta nueva era, que emanan de las grietas que aparecen entre el ideal de libertad personal y la posibilidad de influir en las estructuras sociales —como los sistemas de inteligencia artificial— que lo sostienen o restringen, será necesario un esfuerzo colectivo, un contramovimiento, para redefinir los fines del progreso y situar la tecnología al servicio de una sociedad sostenible y justa para todas las personas.
Como advierte Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia (2019) “Lo que está en juego aquí es la expectativa humana de soberanía sobre nuestra propia vida y de autoría de nuestra propia experiencia. […] Que el futuro sea digital, pero, ante todo, que sea un futuro humano.”
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