
Debería haber un botón de reinicio institucional. Algo como Ctrl+Alt+Del aplicado a los parlamentos, ayuntamientos y sedes de partidos. Porque lo que vivimos en la política española no es una crisis de representación ni una deriva populista, sino una demolición sistemática de todo lo que una vez se llamó servicio público. Hay días en que parece que un narco gallego, un tertuliano de 13TV o una gestora de impagados bancarios tendrían más sentido del deber, del decoro y del pudor que los que se sientan en el Congreso a golpearse el pecho por la patria.
La política española está secuestrada por una generación de dirigentes que confunden el insulto con la oratoria, el bulo con la estrategia y el desprecio con la firmeza. En lugar de estar gestionando la emergencia habitacional, el colapso sanitario o la disolución de la escuela pública, se dedican a insultarse en horario de máxima audiencia, a lanzar cortinas de humo con prostitutas, drogas y familiares incómodos, y a convertir el hemiciclo en un plató de tertulia barata.
Mientras la vivienda se convierte en un lujo más propio de Mónaco que de un país con casi cuatro millones de pisos vacíos, los líderes políticos se lanzan acusaciones cruzadas sobre suegros proxenetas y supuestos pagos a narcos con dinero público. Lo último ha sido el espectáculo dantesco en el Congreso, donde Alberto Núñez Feijóo acusó al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de “haber vivido de los prostíbulos”. El presidente, en lugar de defender políticas de vivienda o responder con argumentos institucionales, contraatacó con el historial de amigos del PP detenidos por narcotráfico. «Mejor un narco que un putero», parece ser la nueva doctrina dialéctica de la democracia española.
Nadie se detuvo a hablar de la subida de los alquileres, ni del desalojo de familias por no poder pagar la hipoteca, ni de por qué seguimos construyendo hoteles mientras se cierran plantas en hospitales. Porque eso no da votos. Lo que da votos, o eso creen, es el barro. Cuanto más denso, mejor. La degradación no es solo estética, es estructural. En los últimos años, el descrédito ha tocado fondo, pero siempre encuentra un nuevo sótano. El Congreso ya no es una cámara deliberativa sino un ring de boxeo verbal, un meme continuo donde lo importante no es la ley, sino el zascazo. La política ha pasado de tener sentido del Estado a ser un timeline de TikTok de scroll infinito lleno de videos vergonzantes para compartir y viralizar. ¿Que una ley fracasa? No importa. ¿Que los médicos se van a Alemania? Poca cosa. Lo relevante es que alguien dijo “golpista” en una intervención, que otro llamó “burro” a un diputado y que algún asesor consiguió convertirlo en tendencia en X.
Todo se reduce a una lógica de patio de colegio con sueldo público. Las sesiones de control son un desfile de egos inflamados, de testosterona parlamentaria, de soberbia impune. No hay ninguna voluntad de debate, ni de reforma, ni de mejora. Solo hay una voluntad: humillar al otro. Y en esa carnicería verbal, el país queda como daño colateral. ¿Dónde están las soluciones al drama de la sanidad pública? En ninguna parte. Se buscan médicos como se buscan influencers: con desesperación y promesas vagas. Los centros de salud colapsan, las urgencias se saturan, y mientras tanto, en la Cámara, los diputados se arrojan escándalos como si fueran ladrillos en una batalla medieval. ¿Dónde está la reforma educativa que necesita este país para no seguir condenando a generaciones enteras a la precariedad? Nadie la plantea. A lo sumo, se discute sobre si el castellano está en peligro en Cataluña o si los libros de texto adoctrinan. El bosque arde, y ellos discuten si el humo es separatista o comunista.
Lo peor no es que los partidos hayan perdido el rumbo. Lo peor es que parece importarles bien poco. La crispación se ha convertido en un modo de vida, en una estrategia de comunicación. Las campañas ya no se basan en propuestas, sino en la demolición moral del adversario. No importa qué haré si gobierno, sino qué voy a decir para que el otro parezca un delincuente, un pederasta o un bolivariano. Y si cuela, cuela. Y si no, también, porque mañana habrá otro escándalo. En ese lodazal, lo único que prospera es la antipolítica: la renuncia a pensar en lo común, sustituida por la escenografía del odio, la lógica del cuanto peor, mejor y la teatralización constante del desprecio como herramienta de poder.
¿Y la ciudadanía? Asiste como puede, entre la estupefacción y el hastío. Muchos han desconectado, otros han optado por el cinismo, y algunos, los más jóvenes, ni siquiera se plantean votar. ¿Para qué? Para elegir entre el que llama terroristas a los votantes vascos y el que justifica la censura de periodistas porque no le hacen la pelota. Es comprensible que se pregunten qué demonios tiene que ver todo eso con ellos, con sus vidas reales, con su sueldo, su piso, su salud o su educación. La nueva generación de políticos ha entendido el poder como espectáculo y la gestión como un mal necesario. Han llegado a la política no con el ánimo de cambiar el país, sino con el impulso de vencer en el ring del prime time. No se preparan para legislar, sino para ser trending topic. No estudian los presupuestos, sino los algoritmos. No pactan, sino que cancelan. No representan, sino que se representan a sí mismos, como si todo el país fuera una selfie perpetua.
En este contexto, la palabra “política” ha perdido su significado. Ya no remite al arte de gobernar, sino a la lucha tribal de unos contra otros. La mentira se ha normalizado, la corrupción se ha relativizado, la misoginia y el racismo se han infiltrado en los discursos como si fueran una opinión más. Y todo eso con risas, aplausos y excusas. «No era para tanto», «me sacaron de contexto», «lo dije en tono de humor». Mientras tanto, la realidad no hace chistes: se cierran centros de atención primaria, los jóvenes no pueden emanciparse, los inmigrantes son arrojados de un lado a otro como mercancía política, y la sensación de país fallido se instala en los barrios. La democracia se degrada no solo cuando se limita la libertad, sino cuando se vacía de contenido. Y aquí estamos: con un Gobierno que presume de socialdemócrata mientras baja la calidad de la enseñanza, con una oposición que se indigna por los okupas mientras calla la gestión de la DANA, y con una ultraderecha que ha aprendido que gritar más fuerte siempre deja huella. Todos compiten por el titular más sucio, por la imagen más hiriente, por la consigna más venenosa. Como si gobernar fuera lo de menos.
Quizá algún día recordemos estos años como un capítulo especialmente tóxico de nuestra historia política. O quizá no los recordemos, porque habremos dejado de creer que la política puede cambiar algo. Y eso será aún peor. Porque el descrédito no mata de golpe, sino por agotamiento. Y cuando todo esté tan podrido que nadie quiera acercarse, entonces habrán ganado los narcos, los puteros y Alvise. Y perderemos todos los demás.









El hecho de que gente que difícilmente podría ser reponedor de un supermercado esté ganando seis mil al mes en este negocio por el sufrido trabajo de apretar el botón que le mandan (y a veces se equivocan) tiene mucho que ver. Tienen que defender el chollo cueste lo que cueste.
Cuando los mediocres conquistan el cielo, los ciudadanos preferimos el infierno. Esa inmensa nada donde al menos podemos dejar pasar el tiempo. Y sí, dios o diosa debe estar hasta las narices de los salvajes que asaltan su paraíso. No hay control ni filtro, ya todos gritan e insultan y las masas inclementes asaltan los cielos y, por ello, por ello, muchos deseamos arder ardientemente en el puñetero infierno. Amén.
Suscribo 100%. Es repugnante así como intencionado, interesa que el desprestigio, la bronca y el y tú más sigan adelante. Esta pantomima mientras España arde por problemas sociales verdaderos y no por el fango es una estrategia en la que hay beneficiados que se frotan las manos con la degradación de la política, que intentan hacer ver qué el poder debe servir al que ya lo tiene, que abandonemos toda esperanza. Lo que tendría que ser la búsqueda del bien común se ha convertido en la mierda mostrada en directo.
Colapsamos y mantener el ritmo es imposible. De ahí el ruido, pues ahora, no hay para todos. Y decrecer, duele y no da votos.
El gobierno más progresista de la historia: viviendas imposibles de adquirir, cesta de la compra por las nubes, y comunidades históricas, las demás no lo son, funcionando como señoritos del resto del país. Gobernados por políticos puteros ladrones y cretinos y si criticas eres un facha. Si gobernará la derecha las calles estarían ardiendo que es lo que toca pero los intelectuales del régimen callados como putas, pero tranquilos te dicen que no vamos a permitir que venga la extrema derecha, y yo me pregunto para que queremos que venga la extrema derecha si ya os tenemos a vosotros?
El gobierno más progresista de la historia gobierna desde el primer día gracias al apoyo de la ultraderecha (catalana).
Culpa dels catalans, clar que sí! Que tingueu una història infestada de merda i que en els 40 anyets de «pau» continuada que porteu només les infesteu de calç viva, puteros, reis que pelen germans i elefants, narcoestat i farloperos al Parlament és culpa dels catalans. Sort company, mira de trobar-te el cervell, l’has perdut.
Ya arden las calles, las de Torrepacheco, con los mensajes de reconquista y deportacion que se intentan colar en una democracia como si nada, con los racistas de cacería y dando palizas, y con una derecha que calla y otra que aplaude, y que empiezan a ser indistinguibles.
Hay gente que olvida o que no acaba de entender que Vox es efecto de Torre Pacheco(s), no es que Torre Pacheco sea efecto de Vox.
Al mismo tiempo hay que defender a los inmigrantes y evitar cacerías xenofobas (mero sentido común y respeto a DDHH) y controlar los efectos sociales y culturales deletéreos de una población que en gran porcentaje es islamista radical.
Sí con éso me estás diciendo que Vox crece porque aprovecha el racismo contra el moro que hay en España te lo compro. Pero también ocurre que Vox ha conseguido colar el discurso racista en las televisiones y los debates para intentar hacer pasar al inmigrante como un problema, cuando el problema será el delito y el racismo. Son vasos comunicantes que se retroalimentan.
Y por supuesto si tú quieres integrar a los que vienen en tu cultura, en la tolerancia y la democracia, lo que no puedes es criminalizarlos, cerrar los centros de acogida y transformarlos en cárceles, porque inmigrantes habrá siempre, y se esperan más cuando la crisis ecológica económica mundial siga avanzando. La radicalización tiene mucho que ver con la pobreza y la falta de oportunidades.
Para los que interesadamente confunden al español que se opone a los delincuentes con el español racista que se opone a la inmigración sea la que sea; datos del INE, población extranjera en España año 2022 – último dato publicado en su web – ambos sexos y por nacionalidades/continentes de origen (no pongo el desglose por países porque seria muy largo):
TOTAL EXTRANJEROS – Total Nacional – 5.542.932
EUROPA Total Nacional – 2.205.961
ÁFRICA Total Nacional – 1.217.706
AMÉRICA Total Nacional – 1.618.989
ASIA Total Nacional – 493.065
OCEANÍA Total Nacional – 3.580
APÁTRIDAS Total Nacional – 3.631
No veo ni he visto antes manifestaciones o lo que sea contra estos 5,5 millones de personas, más bien al contrario, la mayoría viven perfectamente integrados en España, tienen trabajo, cotizan, ahorran para una casa, sus hijos van al mismo colegio que los tuyos, etc.
Que muchos españoles y no españoles que residen en España estén hartos de un tipo muy concreto de inmigración ilegal y criminal, no significa que se opongan a los inmigrantes por concepto, más bien al contrario. Pero no interesa, no interesa seguir la máxima de «pensar es distinguir», lo que interesa es seguir con la brocha gorda llamando a todo el mundo facha y nazi racista, y hasta que la cuerda se termine de romper.
Lo que me chirría siempre en artículos de este tipo es la separación, tan contundente, entre «los políticos» y «la ciudadanía». La «ciudadanía» parece ser una masa inocente y pura, maltratada por los «políticos», gentuza miserable sin excepción; corruptos, incompetentes y deshonestos del primero al último. Me cuesta mucho verlo así.
Escribe el autor: «¿Y la ciudadanía? Asiste como puede, entre la estupefacción y el hastío…». No estoy de acuerdo. Porque si «los políticos» se comportan de esa manera, si la antipolítica prospera, como indica acertadamente el autor, es porque buena parte de esa «ciudadanía» la recibe de muy buena gana y pide más.
La moderación en el debate, el análisis crítico, el respeto al que no opina como uno, se han convertido casi en actos de rebeldía, y no solo en el ámbito de la política. Y esto es así porque un porcentaje tristemente muy grande de «la ciudadanía» no valora esas virtudes o incluso las desprecia abiertamente. La responsabilidad por la degradación del debate público al que asistimos es compartida. Quien ocupa un cargo público tiene una mayor responsabilidad que cualquier ciudadano anónimo, sin duda. Pero en este descenso a los infiernos vamos todos de la manita. Si es tan fácil oír barbaridades y estupideces en el Parlamento es porque también es muy fácil oír como se las aplaude en el bar de la esquina, en la oficina … o en el pegajoso y maloliente X.
Totalmente de acuerdo. El Rebaño es tan culpable como ellos, si no más…
Absolutamente de acuerdo. Los políticos son así porque así son sus votantes. No al revés. Que las criticas sistemáticas a «los políticos» soslayen este hecho, siempre me ha parecido una muestra de cobardía por parte del denunciante, que prefiere lanzar su critica a los que están lejos en vez de señalar a los que están a su alrededor. Pero claro, esto ultimo es mucho mas peliagudo y obligaría a hacer algunas reflexiones muy incomodas.
Su comentario demuestra una inteligencia y nobleza muy superior a la media.
Que tampoco es que la media esté muy alta.
Un ejemplo , y solo es un ejemplo, de la clase política que tenemos está en el currículum de la MINISTRA DE CIENCIA, EDUCACIÓN Y UNIVERSIDADES. (https://es.linkedin.com/in/dianamorantripoll ). Ese CV es paradigmático para entender la clase de dirigentes que tenemos.
«Nadie se detuvo a hablar de la subida de los alquileres, ni del desalojo de familias por no poder pagar la hipoteca, ni de por qué seguimos construyendo hoteles mientras se cierran plantas en hospitales» Es que esa es la estrategia, colegas.
El otro dia vi en DVD un episodio de la serie de televisión española » Fariña » y después vi en DVD
de la serie de televisión norteamericana » Miami Vice, Corrupción en Miami » .
Y no se porque me acordé de Alberto Núñez Feijóo.
¿ Será que soy muy mal pensado…….? .