Hubo un tiempo en que el algoritmo me respetaba. No me molestaba con basura comercial, no intentaba hacerme joven ni populista. No me proponía reguetón, ni tertulianos, ni planes de autocuidado emocional. Nos entendíamos: yo le ofrecía horas de rock progresivo con Rick Wakeman como protagonista, conciertos de Goran Bregovich por todo el mundo, duos protagonizados por Silvia Pérez Cruz tarareando a capela, y él me devolvía rarezas rusas, folk finladés y alguna canción desconocida de Antonia Font. Era un pacto silencioso entre dos entidades: una persona de gusto discutible pero cultivado y una máquina que sabía estar en su sitio. Hasta que llegó Tuquituquirb.
O, más concretamente, hasta que apareció una canción llamada «Susurremos» en el radar de novedades de Spotify. Ahí estaba: el título, entre melifluo y afectado; el grupo, con nombre de onomatopeya infantil o error tipográfico tras un ictus. Y, sin embargo, le di al play. Grave error. O, quizá, el único acierto estético de mi semana. La canción se deslizó con la facilidad de un tinto de verano de esos que te sirven en las playas de Almería con una mezcla alegre de Casera de limón y naranja en vaso alto, con hielo abundante y ese punto exacto de dulzor que reconcilia con la tarde. Ligera, chispeante, inesperadamente placentera.
Cuando quise darme cuenta, estaba tarareando el estribillo. No por belleza, ni por emoción, ni por afinidad lírica. Por pura repetición. Por resignación estética. Así que hice lo que cualquier persona racional no debería hacer jamás: buscar más. El agujero negro que se abrió ante mí fue sorprendente. Tuquituquirb tiene ya cerca de cuarenta canciones. Todas publicadas en apenas unas semanas. Todas como singles. Todas con portadas que parecen diseñadas por un becario de Canva en su primer día: fondos de archivo —nubes, océanos, dunas, ramas— con una palabra al azar plantada en el centro. “Comportarnos”. “Bestias”. “Alejarse”. “Despertar”. “Terrones”. (Sí, también podría ser el catálogo de una campaña de crema hidratante bio).
Lo fascinante no es la estética, sino la absoluta indiferencia ante la coherencia. Las letras no cuentan historias, ni expresan sentimientos reconocibles, ni siquiera deliran con lógica. Son una ristra de frases desconectadas, una sopa de tópicos visuales lanzados sin filtro sobre una base electrónica suave. Cosas como: “Vamos a perseguir las nubes y atrapar su brillo”. “Un mundo de maravillas bajo los árboles”. “Saltamos sobre espejos rotos buscando luz”. “La lluvia tiene nombres que olvidamos en silencio”. Frases que podrían haber salido de un generador automático de poesía para adolescentes con déficit de atención. Aquí no hay romanticismo. No hay ruptura ni anhelo. Hay una imitación de lo poético, sin compromiso ni consecuencia. Como si una inteligencia artificial hubiera absorbido 5000 publicaciones de Instagram con hashtags tipo #vibraalto, #cosmos, #resiliencia y luego hubiera vomitado canciones.
La música, por su parte, parece compuesta para no molestar a nadie. Es como el mobiliario de las tiendas de ropa: bonito, anodino, intencionadamente vacuo. Una mezcla de electrónica melódica, algo de synthpop, algunos guiños al chillwave, todo envuelto en una producción mínima que suena limpia pero sin alma. Y, lo que más me desconcierta, siempre con una voz distinta. Cada canción tiene un timbre diferente, como si cada una estuviera cantada por un ser humano diferente… o por una IA travestida de humano. Todas comparten, eso sí, un rasgo común: la adicción al melisma, ese recurso vocal que consiste en alargar una sílaba recorriendo varias notas, como en el “Por que desde que estás aqu-í-í-í-í-í” de Aitana en Formentera, pero aplicado aquí a frases como “captura-a-a-ar la-a-a-a-a vibración”.
Ahí fue cuando noté el temblor. Lo que me había parecido una excentricidad marginal era, en realidad, una cadena de montaje. Un ecosistema. Investigando más, descubrí que todas las canciones —sí, todas— están firmadas por el mismo nombre: Francisco Echevarría Báez. No aparece su rostro en ninguna parte. No aparece en Wikipedia. No hay rastro suyo en ninguna red social. Y sin embargo, su nombre aparece en la letra, música o producción de decenas de canciones lanzadas por proyectos con nombres tan extraños como Tuquituquirb, Mucama rb, Djfujitivosd, Indomablerd, la monjita 25, Dj bobitorb, misskeniarc… Todos grupos que no existen fuera del ecosistema de plataformas. Todos con el mismo patrón: letras sin sentido, melodías adictivas, portadas de stock, voces indistintas.
Me dí cuenta de que no estaba ante un artista. Estaba ante una central energética de canciones, una maquinaria de creación industrial disfrazada de sensibilidad. Un conglomerado de proyectos que podrían intercambiarse entre sí sin que el oyente lo note. La Coca-Cola, Fanta y Sprite del pop etéreo. Y de repente me sentí viejo. Muy viejo. Como cuando ves que los adolescentes han dejado de bailar y ahora sólo hacen vídeos de sí mismos fingiendo emoción ante cosas que no entienden. Pero también sentí algo más inquietante: admiración. Porque esto, hay que decirlo, esta basura digital te atrapa. Y ahí reside el auténtico terror. Que algo tan evidentemente artificial, tan evidentemente sin alma, funcione. No solo funcione: enganche. Como un reality de reformas de casas. Como un vídeo de recetas en vertical. Como las pastillas que ayudan a dormir sin saber por qué.
Si hubiera que buscar un neologismo para esta nueva especie musical que fusiona lo emocional simulado, lo electrónico básico y lo soul sin negritud ni sufrimiento saldría algo como «Emotronicsoul». Un soul sintético. Un sentimentalismo sin dolor. Un bálsamo sonoro para gentes que necesitan estímulo pero no conflicto. El equivalente musical de una frase en una taza de desayuno que pone “Hoy es un buen día para ti”. Lo más perturbador de todo es que no me molesta. En narrativa, en ensayo, en arte visual, mi reacción a lo generado por IA es visceralmente negativa. Me repele. Me ofende. Me recuerda que soy prescindible. Pero en la música, al menos en esta franja tan extrañamente específica —melódica, ligera, absurda—, me he rendido. Me he dejado vencer. No porque sea buena. Sino porque, al parecer, lo único que necesitaba era algo que sonara bien sin decir nada.
Y eso lo hace Francisco Echevarría Báez a la perfección.
Me gustaría insultarlo. Me gustaría pensar que es un producto menor del algoritmo. Pero lo cierto es que este hombre —o este enjambre de procesos, o este Frankenstein musical— ha dado con algo nuevo. Algo eficaz. Algo que, me temo, no es una broma pasajera. Porque el Emotronicsoul va a reproducirse. Va a crecer. Va a adornar playlists de media humanidad antes de que nos demos cuenta. Y mientras tanto, los que aún leemos letras, los que exigimos coherencia, los que crecimos creyendo en la autenticidad… nos veremos silbando, sin querer, la frase “vamos a buscar el sol en los tejados dormidos” camino del trabajo.
Así que, Francisco, si estás leyendo esto: gracias. O maldito seas. Todavía no lo tengo claro.









No entiendo este artículo. He buscado en Youtube y escuchado las canciones de
Tuquituquirb que se citan en él: «música» trivial, anodina, industrial, como hay toneladas desde hace décadas por todas partes. Y con letras pretenciosas y absurdas que canta una voz ridícula.
Inexplicable.
Aconsejo al autor del texto que escuche verdaderas canciones, como ésta de la cantante francesa Pomme:
«La lumière»
https://www.youtube.com/watch?v=b_E0pqf_Ht0
teniendo en cuenta que a usted le gusta Rick Wakeman, todo lo que viene detrás es puritita coherencia
¿Rick Wakeman? Por favor… Jot Down antes molaba.
¿Quien no tiene «placeres culpables» en música? Nada sorprendente, nada relevante. Que te guste cualquier música de Rick Wakeman puede ser considerado por algun@s como otro placer culpable… (no hay más que leer los comentarios de más arriba). Si te documentas un poco con el libro de Liz Pelly tal vez puedas generar pensamientos un poco más críticos al respecto de aceptar todo lo que parece que, por simple comodidad, estás aceptando como «bueno», y elaborar un escrito de mayor enjundia. https://www.simonandschuster.com/books/Mood-Machine/Liz-Pelly/9781668083505