
Mucho antes de que la palabra «México» se pronunciara en voz alta, ya ardía el fuego en el corazón de esta tierra. En el mito nahua de la creación del «Quinto Sol», el sol bajo el cual vivimos según los mexicas, el mundo actual nace de un acto de fuego: los dioses, reunidos en Teotihuacán, deben sacrificar a uno de ellos para volver a encender el tiempo. Nanahuatzin, el dios humilde y antiguo, salta primero al brasero divino y con su cuerpo ardiente da nacimiento al nuevo sol.
El fuego no es un accidente de la materia, es un principio del orden. Para los pueblos originarios de Mesoamérica, fue uno de los cuatro elementos sagrados junto con la tierra, el agua y el viento, pero también una de las fuerzas más activas y divinas. Los volcanes, como el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl o el Citlaltépetl, no eran simples accidentes geográficos: eran cuerpos vivientes de dioses dormidos o dolientes, amantes detenidos en una historia de sacrificio, cuyas entrañas ardientes mantenían vivo al mundo. Las culturas zapoteca, purépecha y mexica no solo los respetaban: los escuchaban. Eran parte fundamental de su cosmología y cosmogonía.
El fuego no comenzó en las manos humanas, comenzó en la tierra, no como accidentes naturales sino como entidades vivas, respirando humo y tiempo. Aquí, donde la corteza terrestre se agrieta y el magma encuentra su camino hacia la superficie, los volcanes no son fondo: son protagonistas. Dan forma al paisaje, definen los materiales y habitan el imaginario colectivo como dioses dormidos o testigos encendidos.
Desde épocas prehispánicas, los volcanes, el fuego y el sol fueron concebidos como cuerpos sagrados. Y más allá del mito, los volcanes son también materia: piedra, ceniza, lava. Son los que dan origen al tezontle, al basalto, a la obsidiana. La arquitectura y arte en México se construye, muchas veces, sobre y con lo que antes fue fuego. Esa fuerza originaria no se ha extinguido, ha sido traducida, contenida y transformada por generaciones de artistas y arquitectos. El fuego sigue siendo esencial para la sociedad no solo como símbolo sino como fuerza activa que atraviesa la vida material, emocional y espiritual. En la arquitectura, su huella es visible desde las primeras civilizaciones mesoamericanas. El fuego, ahí, no solo era necesario para el ritual, era parte del trazo, del lenguaje formal de la piedra.
Arte
En el arte, el fuego no se limita a ser representación. Es proceso. Es la herramienta que permite transmutar los materiales: la arcilla cocida, el metal fundido, el vidrio soplado, la madera quemada, la cerámica incendiada, la piedra volcánica, son materiales que desde la antigüedad hasta hoy, siguen siendo un medio alquímico. El fuego no es solo una herramienta ni una alegoría decorativa: es un principio activo que sostiene la historia estética y material del país. Por eso, cuando Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, presenció el nacimiento del volcán Paricutín en 1943, en Michoacán, no se limitó a documentarlo. Su pintura Erupción del Paricutín no representa un paisaje en transformación: se convierte en un acto litúrgico, en un registro de lo sagrado que emerge de la tierra con violencia y belleza. Esa misma visión atraviesa su Atlas de volcanes de México, publicado en 1950 en la Ciudad de México, donde cada monte incandescente es retratado como una deidad dormida, como un cuerpo vivo cuyas laderas respiran historia y origen.
En su vasta producción volcánica, Dr. Atl también pintó obras como Erupción en Apogeo y El Paricutín desde el aire, donde la atmósfera de ceniza, el rojo incandescente y el azul volcánico componen un lenguaje que no necesita palabras: el paisaje se convierte en testimonio cósmico.
Rufino Tamayo, entre las décadas de 1950 y 1980, pintó varias versiones de Paisaje con del Paricutín, en las que las formas triangulares, los cielos encendidos y la violencia contenida retratan no sólo al volcán como geografía, sino como metáfora de una identidad interior en combustión. En estas obras, el fuego se expresa a través del color, de la geometría encendida, de un horizonte siempre a punto de estallar.
Artistas como David Alfaro Siqueiros no solo incorporaron el fuego y los volcanes como elementos formales, sino que los transformó en fuerzas vivas que atravesaban sus murales, sus paisajes y su visión política. En Paisaje de volcanes, el volcán no es solo un accidente geográfico, es una presencia estructural que se funde con los tonos metálicos de una tierra explotada, tal vez minera, tal vez insurgente.
José Clemente Orozco llevó el fuego al plano del símbolo humano y mitológico. En Guadalajara, pintó El hombre en llamas en la cúpula del Hospicio Cabañas, donde una figura humana arde en medio del cosmos, encarnando la purificación, la lucha interna y el renacimiento y El hombre creador y rebelde en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA) en Guadalajara, Jalisco.
En el arte contemporáneo también son varios los artistas que toman su inspiración en el fuego y su materialidad, como Pedro Reyes, realizando esculturas en basalto llamadas Comedic Idols, inspiradas la fuerza compositiva del arte prehispánico como punto de partida hacia una nueva visión del arte mexicano. Otro artista que trabaja con cerámica es Adán Paredes, que crea piezas monumentales y orgánicas que evocan fósiles, rituales antiguos y paisajes interiores, fusionando técnicas tradicionales con un lenguaje escultórico contemporáneo. Un ejemplo de ello es Textil de huellas eternas, una instalación compuesta por más de 4600 piezas cocidas en hornos de extrema temperatura, ensambladas como un gran mosaico simbólico que alude a las tramas de la memoria y la cosmovisión mesoamericana.

Arquitectura
También desde la arquitectura prehispánica, México estableció una relación única con el entorno volcánico: construía con tezontle, basalto y otras piedras surgidas del fuego. Esta misma materia fue reutilizada tras la conquista para levantar templos, palacios y edificios coloniales, especialmente en el Centro Histórico de la Ciudad de México, edificado sobre la antigua Tenochtitlan. Así, México es uno de los pocos lugares donde la ciudad colonial no solo se impuso sobre la indígena, sino que la absorbió materialmente. La piedra volcánica conecta ambos mundos: es cimiento compartido y memoria encendida.
El Templo Mayor fue construido con piedra volcánica como el basalto y el tezontle, materiales cargados de simbolismo para los mexicas: venían del fuego de la tierra y servían para honrar a los dioses del sol, la guerra y el tiempo. Tras la conquista, sus piedras fueron reutilizadas en templos y edificios coloniales del Centro Histórico, manteniendo viva su memoria mineral.
En contraste pero en diálogo, el Pedregal de San Ángel, formado por la erupción del Xitle, fue retomado en el siglo XX por arquitectos como Luis Barragán y Juan O’Gorman. Ellos integraron la lava petrificada en muros y jardines, retomando la materia volcánica como base de una arquitectura moderna que reconoce la historia ardiente del territorio.
Esa conciencia telúrica se prolonga hacia la arquitectura del siglo XX, especialmente en el Pedregal de San Ángel, una zona construida sobre el rastro mineral de antiguas erupciones. Luis Barragán, Diego Rivera, Dr. Atl y Armando Salas Portugal recorrieron el territorio llamado «mal país», agreste, pétreo, con especies nativas, con animales ponzoñosos, cuevas de los tubos de lava formados por la explosión de Xitle hace dos mil años. Y supieron ver la belleza de la naturaleza explosiva formada por la lava petrificada. El urbanista Carlos Contreras trazó calles ondulantes, cuyo nombre son reflejo de la naturaleza del sitio como nube, lluvia, fuego, llama, lava, piedra, cantera, las cuales siguieron el paso natural de los antiguos caminos de lava y en conjunto, lograron uno de los desarrollos urbanos más auténticos del mundo. Lograron domar y habitar la lava1.
Sobre este territorio, se construyeron numerosas casas del movimiento moderno adecuadas a un paisaje pétreo que había permanecido intacto por siglos, dejando en bruto la naturaleza de la roca volcánica ó en lajas recortadas para exteriores e interiores. Allí, Luis Barragán concibió entre 1949 y 1950 la Casa Prieto López (hoy Casa Pedregal), una fusión entre el diseño moderno y la roca volcánica: la casa no se impone al paisaje, lo acompaña, como si el fuego que alguna vez fundió esas piedras aún definiera la temperatura de sus muros. Max Cetto también levantó ahí su propia vivienda en 1949, dejando que el basalto se hiciera base, muro, techo y jardín. No hay ornamento, la lava basta para narrar la existencia.
El Pedregal de San Ángel, en la Ciudad de México, es un lugar profundamente simbólico y materialmente singular. Su importancia no reside solo en su valor inmobiliario o en su historia reciente de arquitectura moderna, sino en su origen geológico, cultural y artístico: es un territorio modelado por el fuego, un campo de lava petrificada. Es uno de los pocos lugares en una gran ciudad donde se puede habitar sobre un paisaje volcánico sin haberlo alterado por completo. La lava que se extendió desde el Xitle cubrió caminos y vegetación, dejando una capa de basalto porosa, negra, irregular y viva, e incluso sepultó antiguas ciudades como Cuicuilco (pirámide circular excavada, hoy convertida en zona arqueológica).
Importantes arquitectos de mediados del siglo XX, decidieron construir en el Pedregal en un estrecho diálogo con la naturaleza y la geografía del sitio. El Pedregal se convirtió así en un laboratorio de lo que podría ser una arquitectura verdaderamente integrada al entorno: casas que no arrasan con la lava, sino que se asientan entre sus pliegues; muros que usan la piedra volcánica no sólo como recurso estético, sino como memoria material.
Juan O’Gorman, por su parte, transformó su vivienda en 1948 en una declaración absoluta: su Casa-Cueva, por una parte, ocupando y tallando directamente la roca volcánica del Pedregal de San Ángel existente en el predio, y por otra, edificando en torno a ella una nueva estructura orgánica cubierta de piedras de colores traídas de todo México.
A la par de la construcción y desarrollo de El Pedregal, se edifica la Universidad Nacional Autónoma de México, declarado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2007. Pieza maestra, construida por un ejército de notables arquitectos del siglo XX, comandados por Carlos Lazo. Ahí también hay elementos que celebran el territorio y su esencia geológica, como el Estadio Olímpico Universitario de Augusto Pérez Palacios, Raúl Salinas y Jorge Bravo, cuyo concepto asemeja la boca de un volcán con murales de Diego Rivera en su basamento exterior; los frontones, que parecen bloques monumentales de piedra en forma de pirámide trunca, obra del arquitecto Alberto T. Arai; y finalmente, el espacio escultórico, cuya pieza cúlmen es el anillo de 120 metros de diámetro, rodeado por 64 prismas triangulares que apuntan a celebrar un mar de lava, obra realizada por un grupo de connotados artistas del siglo XX: Helen Escobedo, Federico Silva, Manuel Felguérez, Mathías Goeritz, Hersúa y Sebastián (Premio Carlo Scarpa para el Paisaje 2023-2024). En Ciudad Universitaria, el mural de la Biblioteca Central de la UNAM, realizado entre 1952 y 1956 por O’Gorman, hace del fuego historia nacional. Compuesto de miles de piedras de colores naturales, muchas de ellas volcánicas de distintas regiones del país, el mural narra el devenir de México como si cada fragmento mineral fuera una chispa de un relato ardiente.
El uso del recinto, la piedra volcánica sigue siendo un elemento de inspiración cultural, artística y arquitectónica. Por mencionar tan solo algunos ejemplos en arquitectura, el Museo Anahuacalli, realizado por Diego Rivera con asesoría constructiva de Juan O’Gorman, concibe una pirámide habitable del siglo XX para albergar su extensa colección de arte prehispánico. Cada nivel del edificio refleja la ideología de nuestros ancestros (el ultramundo, la tierra y el cielo) y dota las cuatro orientaciones cardinales de simbolismos de dioses antiguos representados en los murales en los techos: sol, luna, viento y agua.
Junto a este monumento pétreo, el arquitecto Mauricio Rocha realizó recientemente una ampliación significativa: una serie de pabellones con nuevos usos y servicios complementarios al museo, como salones, talleres, baños, bodegas y tienda, utilizando la piedra volcánica, antes ruda, silvestre y agreste, y hoy pulida, recortada, natural y delicada, sabiamente colocada en pisos, parteluces, celosías, pérgolas y muros, dejando entre los intersticios de cada volumen que la piedra y la vegetación del terreno destaquen y armonicen todo el conjunto. El conjunto fue distinguido con el Premio Mies Crown Hall Americas Prize en 2023.
El Arte y la arquitectura en México, al fundarse sobre piedra volcánica, no solo habita la tierra: habita el tiempo. Del mismo modo, en el arte, el fuego no se limita a ser representado. Se incorpora como método, como atmósfera, como huella. Y en un país como México, donde la tierra sigue viva, donde los volcanes no son ruina sino presencia latente, el arte y la arquitectura no pueden desligarse del fuego. Porque el fuego no solo ilumina: revela. No solo destruye, da forma. Crear en México, es aprender a vivir entre brasas. Y transformar esa energía en algo que, al enfriarse, permanece.
María Bustamante es presidenta de FUNDARQMX, arquitecta por la Universidad Iberoamericana y maestra en Vivienda y Urbanismo por la Architectural Association School of Architecture de Londres.
Arantza Briffault es egresada de Historia y Estudios de las Artes en la Universidad El Claustro y realiza su servicio social en FUNDARQMX
FUNDARQMX es una plataforma interdisciplinaria dedicada a la documentación, difusión y defensa del patrimonio arquitectónico y urbano de México a través de exposiciones, investigaciones, publicaciones, talleres y activaciones públicas, labor por la cual ha recibido la Medalla al Mérito en Artes por el Congreso de la Ciudad de México. Más en @fundarqmx y www.fundarqmx.org.

Notas
(1) Te invitamos a profundizar en la temática a través de la exposición realizada por @fundarqmx titulada El Pedregal: habitar en la lava.
Obras
- Murillo Coronado, G. (Dr. Atl). (1943). Erupción del Paricutín [Pintura]. Museo Nacional de Arte, INBA.
- Murillo Coronado, G. (Dr. Atl). (ca. 1960). Erupción en apogeo [Pintura]. Museo Nacional de Arte, INBA.
- Tamayo, R. (1947). Paisaje del Paricutín (Volcán en erupción) [Óleo y arena sobre tela]. Colección privada.
- Orozco, J. C. (1935–1937). El hombre creador y rebelde [Fresco sobre cúpula]. Paraninfo Enrique Díaz de León, Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA), Guadalajara, Jalisco, México.
- Orozco, J. C. (1937–1939). El hombre en llamas [Fresco sobre cúpula]. Hospicio Cabañas, Guadalajara, Jalisco, México.
- Siqueiros, D. A. (s.f.). Paisaje de Volcanes [Óleo sobre tela]. Colección SURA.
- O’Gorman, J. (1952–1956). Representación histórica de la cultura [Mural en piedra natural]. Biblioteca Central, Ciudad Universitaria, UNAM, Ciudad de México.
- Messeguer, B. (1963). La creación humana y la economía [Acrílico sobre asbesto y cemento]. Auditorio Narciso Bassols, Facultad de Economía, UNAM, Ciudad Universitaria, Ciudad de México.
- Goeritz, M. (1951). El animal del Pedregal [Escultura en piedra volcánica]. Jardín de la Casa Estudio Max Cetto, Pedregal de San Ángel, Ciudad de México.
Para saber más
- Museo de las Artes Universidad de Guadalajara. (s.f.). El hombre creador y rebelde. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Museo_de_las_Artes_Universidad_de_GuadalajaraWikipedia
- Biblioteca Central (UNAM). (s.f.). Representación histórica de la cultura. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Biblioteca_Central_%28UNAM%29Wikipedia
- Juan O’Gorman. (s.f.). En Wikipedia. Recuperado de https://en.wikipedia.org/wiki/Juan_O%27GormanWikipedia
- El País. (2025, febrero 14). Juan O’Gorman, más allá del mural de la UNAM. Recuperado de https://elpais.com/mexico/2025-02-14/juan-ogorman-mas-alla-del-mural-de-la-unam.htmlEl País+1El País+1







