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El fuego y la creación en el arte y la arquitectura en México

El fuego y la creación en el arte y la arquitectura en México
Detalle de El hombre creador y rebelde, fresco de José Clemente Orozco en la cúpula del Paraninfo Enrique Díaz de León, Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. Fotografía: Renata Cedillo Flores / Colección MUSA.

Mucho antes de que la palabra «México» se pronunciara en voz alta, ya ardía el fuego en el corazón de esta tierra. En el mito nahua de la creación del «Quinto Sol», el sol bajo el cual vivimos según los mexicas, el mundo actual nace de un acto de fuego: los dioses, reunidos en Teotihuacán, deben sacrificar a uno de ellos para volver a encender el tiempo. Nanahuatzin, el dios humilde y antiguo, salta primero al brasero divino y con su cuerpo ardiente da nacimiento al nuevo sol.

El fuego no es un accidente de la materia, es un principio del orden. Para los pueblos originarios de Mesoamérica, fue uno de los cuatro elementos sagrados junto con la tierra, el agua y el viento, pero también una de las fuerzas más activas y divinas. Los volcanes, como el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl o el Citlaltépetl, no eran simples accidentes geográficos: eran cuerpos vivientes de dioses dormidos o dolientes, amantes detenidos en una historia de sacrificio, cuyas entrañas ardientes mantenían vivo al mundo. Las culturas zapoteca, purépecha y mexica no solo los respetaban: los escuchaban. Eran parte fundamental de su cosmología y cosmogonía.

El fuego no comenzó en las manos humanas, comenzó en la tierra, no como accidentes naturales sino como entidades vivas, respirando humo y tiempo. Aquí, donde la corteza terrestre se agrieta y el magma encuentra su camino hacia la superficie, los volcanes no son fondo: son protagonistas. Dan forma al paisaje, definen los materiales y habitan el imaginario colectivo como dioses dormidos o testigos encendidos.

Desde épocas prehispánicas, los volcanes, el fuego y el sol fueron concebidos como cuerpos sagrados. Y más allá del mito, los volcanes son también materia: piedra, ceniza, lava. Son los que dan origen al tezontle, al basalto, a la obsidiana. La arquitectura y arte en México se construye, muchas veces, sobre y con lo que antes fue fuego. Esa fuerza originaria no se ha extinguido, ha sido traducida, contenida y transformada por generaciones de artistas y arquitectos. El fuego sigue siendo esencial para la sociedad no solo como símbolo sino como fuerza activa que atraviesa la vida material, emocional y espiritual. En la arquitectura, su huella es visible desde las primeras civilizaciones mesoamericanas. El fuego, ahí, no solo era necesario para el ritual, era parte del trazo, del lenguaje formal de la piedra.

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