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Kenizé Mourad: «Nunca imaginé que todos los países del mundo iban a observar en televisión una matanza como la de Palestina, día tras día durante casi dos años, sin hacer nada»

Kenizé Mourad para Jot Down

Ni su edad, que prefiere no mencionar en un alarde de coquetería, ni la fisura de rodilla tras un reciente tropezón en Estambul, la ciudad donde reside actualmente, han impedido a Kenizé Mourad (París, 1939) viajar por España durante dos semanas. Beber vino, ver bailar a los caballos jerezanos, asistir a un espectáculo flamenco o visitar El Prado han sido algunas de las actividades que ha venido realizando esta periodista y escritora descendiente de una princesa otomana, que obtuvo un éxito arrollador con su primera novela, De parte de la princesa muerta.

Ahora regresa con una oportuna reedición de sus reportajes en Palestina titulados El perfume de nuestra tierra, así como una novela inédita hasta ahora en castellano: En el país de los puros, su personal declaración de amor a Pakistán. Ambas han visto la luz en el sello MSur Libros. Mourad recibe sonriente a Jot Down en un hotel de Cádiz, donde concluirá su gira promocional.

Permítame que comience preguntándole una curiosidad. ¿Kenizé Mourad es su verdadero nombre?

No, es Kenizé Hussain de Kotwara. Mourad es el apellido de mi padre, que es de la India. Pero cuando escribí mi primer artículo de periodista, me preguntaron cómo quería firmar, y me parecía un nombre un poco largo. Además, yo trabajaba para una revista de izquierdas y pensaba que a la izquierda no le gusta mucho los aristócratas. Luego me di cuenta de que sí, le gusta bastante [ríe]. Así que adopté el apellido de mi bisabuelo, el sultán Murad, que se pasó la mitad de la vida en prisión. Murió como prisionero porque había sido destronado por su hermano, el sultán Abdulhamit. Yo quería darle nueva vida y adopté su nombre, firmando como Kenizé Mourad.

Ahora está usted en España, un país que conoció de muy joven. ¿Qué recuerdos conserva?

Sí. Vine a España con quince años, me enviaron aquí porque yo estaba en una residencia de monjas en Francia y me mandaron a Madrid, creyendo que me alojaban en otra residencia similar. Pero no era en absoluto una residencia, sino una especie de hogar para chicas o mujeres jóvenes. Yo podía volver a las once de la noche, y eso para mí era extraordinario, porque antes nunca había tenido la posibilidad de llegar a casa después de las siete de la tarde. Así que para mí fue un mes de libertad magnífico. Tenía novios [lo dice en español], novios en el sentido de la época, es decir, que nos besábamos y poco más. En fin, adoraba España. Fue una gran experiencia de libertad.

¿Eran distintos los novios españoles de los franceses?

Es que en Francia nunca había tenido novios. Recuerdo uno de Madrid que era mayor que yo, que un día me llevó a Toledo con su motocicleta. En medio de la carretera se paró y me dijo: ¿Tú no tienes miedo de ir sola con un hombre? Le dije que no: «Sé que tú eres todo un caballero». Me respondió: «A veces uno se olvida de ser un caballero». Pero no pasó nada más.

¿Y por qué la enviaron a España?

Porque en el colegio siempre tenía el primer premio en clase de español, y eso era porque me gustaba España y los españoles. Porque yo creía que mi padre adoptivo era español. En realidad, era suizo, pero le decíamos padrino, y por eso yo pensaba que tenía que ser español y me empezó a gustar todo lo español. Él era embajador de Suiza y me acogió con su familia después de morir mi madre, cuando yo tenía un año y medio. Luego se fueron, porque le enviaron a Venezuela, y yo tenía que quedarme con las monjas y con familias francesas. Pero siempre soñaba con mi padrino, mi padrino. Y por eso, porque creía que él era español, por razones emocionales, aprendí el español con tanta facilidad.

¿Cómo ha condicionado su vida la historia de su familia? ¿Sabía usted quién era?

Claro que sí. Desde niña sabía quién era. Pero las familias francesas que me acogían querían que yo me convirtiera en una francesita y me quedara en Francia. Lo que ha condicionado mi vida han sido los prejuicios contra los musulmanes. Mi padre quería recuperarme. Después de la guerra [la Segunda Guerra Mundial], mi padre envió a dos mujeres a la residencia de monjas para llevarme a la India. Yo tenía cinco años entonces. Las monjas me enviaron al campo para esconderme, dijeron a las emisarias de mi padre que no sabían nada de mí, porque ¡no podían enviar a una niñita tan linda a casa de un horrible musulmán, un padre necesariamente horrible, porque era musulmán! Esto es lo que ha determinado toda mi vida. Yo habría tenido una vida mucho más fácil, desde luego, pero mucho menos interesante, porque mi vida al principio fue muy difícil. No tenía ni un duro, nada, pero tenía que superarlo; no era fácil. Tuve bastante depresión entre los veinte y treinta años. Todo esto venía de los prejuicios y de la ignorancia de Occidente frente a Oriente. Quise luchar contra eso como periodista y como escritora, quise hacer comprender a Occidente, hacer que mis países de origen se comprendieran en mis países de adopción.

¿Lo consiguió?

Hoy me doy cuenta de que, lamentablemente, Occidente sigue ignorando completamente, sigue sin entender y sin dar importancia a los pueblos de Oriente Próximo, y sigue teniendo ideas muy racistas.

¿Siempre ha escrito sobre países de Oriente?

Como periodista, nunca quería escribir sobre Europa; no me interesaba. Una vez, para castigarme, porque había criticado a un jefe, me trasladaron a la sección de Nacional. Ahí escribía unas estupideces tremendas, confundía un alcalde con otro, eso provocó un escándalo y me volvieron a pasar a Internacional.

Kenizé Mourad para Jot Down

¿Cómo fue su paso por la Sorbona?

Magnífico. Tenía un profesor de Filosofía del que estaba, por supuesto, enamorada, eso sí, platónicamente, que juntaba a sus mejores alumnos en un grupo que llamaba ‘Socialismo o barbarie’, era el grupo más intelectual y progresista de toda la izquierda en esa época. Yo, que salía del colegio de monjas, era completamente ingenua y aterricé en un grupo disidente trotskista, no entendía nada, pero me apasionaba todo, y las teorías socialistas de justicia e igualdad correspondían a mi necesidad de buscar justicia.

¿Y en qué momento decidió ser periodista?

Eso fue en 1970; tenía 28 años cuando empecé a escribir como periodista, durante unos quince años, para una revista semanal, la mejor que había en Francia, y que era de centroizquierda, Le Nouvel Observateur. También había escrito para Le Monde Diplomatique y otros medios.

Cubrió muchos conflictos como reportera de guerra. Empezamos, si le parece, por Líbano…

Sí, viví la guerra libanesa, ya estuve en la de 1978, luego en el asedio del ejército israelí de 1982. Durante tres meses, la gente no tenía casi nada que comer, no había agua… Bombardeaban Beirut Oeste, bombardeos sin parar, pero en Beirut Este estaban los cristianos, y ellos habían recibido a los israelíes con flores, era muy chocante. Mientras nosotros, en un lado de Beirut, estábamos bajo los bombardeos, en el otro lado celebraban, bebían champán, estaban de fiesta… No sé en cuál de estas guerras fue, que estábamos en el sur y veíamos a los soldados israelíes que invadían el país, mataban y quemaban. Los periodistas nos fuimos hacia Beirut y cuando llego ¿qué es lo que veo? A los libaneses del norte, cristianos maronitas, acogiendo a los militares israelíes, poniéndoles guirnaldas de flores en el cuello. Líbano era una sociedad muy interesante, pero un poco enferma… Y en cierto sentido era culpa de Francia. Porque Líbano lo había creado Francia, era parte de la Gran Siria y Francia hizo un pequeño Líbano, una especie de pieza francesa en Oriente Próximo, como luego Israel. Le dieron una Constitución totalmente loca, confesional, en la que el presidente siempre es cristiano maronita, el primer ministro, suní, y el presidente del Parlamento, chií. Dividieron la sociedad libanesa en tres; los maronitas no querían a los suníes, los suníes no querían a los chiíes… Montaron una sociedad fracturada.

Tengo entendido que usted vivió un momento muy peligroso como reportera en Líbano. ¿Nos lo cuenta?

Cómo no. Veamos: Beirut había sido dividida en dos, en medio transcurría la llamada Línea Verde. A un lado, en Beirut Oeste, vivían los palestinos y los libaneses más bien progresistas, la izquierda, y al otro, en Beirut Este, vivían los maronitas y la derecha, la gran burguesía. Los periodistas serios estaban en el lado que estaba siendo bombardeado, es decir, en el lado palestino y progresista, los periodistas no tan serios [ríe] se quedaban en el lado maronita, donde no había bombardeos. Eso duró tres meses, era verano, desde luego no había aire acondicionado, las tuberías de agua habían reventado, la gente bebía de las tuberías en la calle. Estábamos en un hotel, pero tampoco había gran cosa, todo se había podrido porque ya no había frigoríficos… Íbamos a uno o dos pequeños restaurantes cerca, yo tenía la costumbre de caminar por el centro de la calle, aunque había también francotiradores, pero lo que más miedo me daba eran los coches aparcados en los lados, porque podía haber coches bomba que explotaban, y andando por el centro se estaba un poco más lejos, aunque no suponía mucha diferencia, la verdad. En fin, yo había adquirido fama de heroína, porque caminaba como si tal cosa…

¿No tenía miedo?

Te voy a decir la verdad: en esa época yo tenía una enorme decepción amorosa y me daba igual morirme. Y me gané para toda mi carrera periodística una fama de ser una reportera intrépida, simplemente porque tenía un fracaso amoroso [ríe].

¿No cree que muchos grandes periodistas de guerra lo son por eso, por tener problemas sentimentales o personales?

No, eso no. Pero muchos son como niños grandes que quieren seguir viviendo la aventura, no se quieren aburrir en una oficina. La aventura es peligrosa, pero justo por eso la buscan. Los que más riesgo corren son los fotógrafos, porque ellos tienen que estar muy cerca. Yo tenía necesidad de estar muy cerca para sentir las cosas. Me acuerdo de una amiga fotógrafa, que estaba loca porque se había salvado de Dien Bien Phu, una mujer chiquita, muy valiente, pero loca. Un día me dijo de ir juntos a la zona donde pegaban tiros para que yo entrevistara a los heridos mientras ella fotografiaba, en medio del tiroteo. No me atreví a decirle que no, pero afortunadamente pasó algo en el último momento y no pudimos ir.

Pero una vez usted sí que estaba bajo un tiroteo, creo recordar…

Sí, dos veces, eso fue en Irán, durante los últimos días antes de la revolución, cuando el sah ya había partido. El ejército disparaba contra la multitud. Los periodistas habíamos subido a una azotea para hacer fotos; yo estaba ahí también. Otros se quedaban en el hotel y les pedían a los fotógrafos contarles qué pasaba. En un momento dado, un disparo le dio a un periodista italiano que estaba a mi lado y se derrumbó. Llamamos a una ambulancia. Había francotiradores en todos los tejados alrededor. Intentábamos resguardarlos en los muros ante los francotiradores, pero para bajar al periodista italiano a la calle había que descender por una escalera y quedar al descubierto. Y yo me decía, Kenizé, tú eres idiota, vas a dejar que te maten por tener tres líneas más en tu reportaje. Eres idiota de verdad, no te hacía ninguna falta. Y al mismo tiempo imaginaba que mi revista iba a estar muy contenta si me mataban, porque iban a hacer una gran portada, “nuestra periodista tan apreciada”, cuando en realidad no me apreciaban en absoluto, porque yo escribía muchas cosas que no les gustaban. Al final todo se resolvió, salimos de ahí.

¿Y la segunda vez?

También fue en Irán. Un grupo de periodistas, cuatro o cinco —porque ir solo era imposible, siempre íbamos en grupitos—, nos fuimos al norte, porque había una revuelta de campesinos contra el régimen de Jomeini. Los campesinos creían que con la revolución islámica iban a matar a los grandes terratenientes y les iban a entregar las tierras. Pero Jomeini no era socialista en absoluto, era capitalista, así que no había reparto de tierras. Hubo entonces una batalla entre la gente de Jomeini, los pasdarán, y los campesinos en el norte. Llegábamos en coche, había puestos de control en todas partes, nos dejaban pasar por ser periodistas, pero en un puesto nos pararon, había como siete u ocho pasdarán armados, y entre ellos un chico de trece o catorce años, esos son los más peligrosos, porque no saben lo que es la muerte, no lo comprenden. Disparan y ya. Como yo era la sola mujer del grupo, me apuntaba a mí, y yo intentaba ocultarme tras los demás, pero me seguía apuntando todo el rato. Pensaba en que me iba a reventar la cabeza, pero los demás lo calmaron y finalmente no pasó nada.

Cuénteme algo más de cómo vivió la cobertura de la Revolución Islámica de Irán.

Era la primera vez que veíamos una revolución hecha en nombre de la religión. Mucha gente en Irán, fuesen intelectuales o de la burguesía, apoyaban a Jomeini, porque se querían librar de la gente del sah. No creían que Jomeini se fuera a quedar. Luego se encontraron en una situación terrible, porque les caía encima una capa de plomo…

¿Era más difícil trabajar como mujer en este ambiente?

No, en absoluto. Había unos 500 periodistas en Irán y éramos quizás una decena de mujeres. ¡Nosotras éramos las reinas! Claro que a veces podía haber momentos difíciles con los hombres porque, o bien no te tomaban en serio, o bien querían flirtear contigo. Aunque eso no solo era así en Irán, me pasaba lo mismo en Francia, cuando yo era una joven periodista de treinta años e iba a hacer entrevistas a políticos, franceses o no, siempre intentaban flirtear conmigo. Estuve muy contenta al cumplir más de 40, porque por fin me tomaban en serio… Pero, por otra parte, ser una mujer en un país musulmán tenía ventajas: podías ir a entrevistar a mujeres musulmanas, algo que los hombres no podían hacer. Y las mujeres suelen decir cosas más interesantes que los hombres, te dicen la realidad, las cosas prácticas, no te hacen discursos teóricos como los hombres. Y, además, en esos países, las mujeres sabían que yo era de origen musulmán, por mi nombre, y eso me facilitaba mucho las cosas, mucho más que a los periodistas franceses.

¿Conoció usted a alguna otra famosa reportera en esa cobertura?

Me cruzaba a veces con Oriana Fallaci, pero poco más. Ella jugaba un poco a la vedette, no nos interesaba en realidad. De ella me contaron una anécdota de cuando fue a entrevistar a Jomeini: ella criticaba duramente a Jomeini: ¡cómo puede usted obligar a las mujeres a velarse! ¡Qué vergüenza! Y Jomeini le respondió: ah, pero solo se tienen que velar las mujeres jóvenes, usted no tiene por qué. ¡Y se enfadó muchísimo más! [Ríe].

¿Y recuerda a otras figuras de la prensa de la época?

Había muchos periodistas. Los franceses tenían un equipo por cadena de televisión, los estadounidenses tenían cuatro o cinco equipos para cada cadena. Mandaban a gente a todas partes y conseguían muchísima información, pero no entendían nada de nada. Me acuerdo de una noche en el hotel, donde estábamos todos, Jomeini estaba aún en Francia, en Neauphle-le-Château, y cada viernes se hacían grandes manifestaciones en Teherán. El problema era que mi revista hacía el cierre semanal los jueves. Menos mal que yo tenía muy buenos contactos. Pues aquel jueves me llamó alguien de una mezquita y me dijo que, contrariamente a lo que decía todo el mundo, Jomeini no iba a anunciar una negociación, sino que había hecho llegar orden a todas las mezquitas a continuar con las movilizaciones, sin negociar nada. Al rato llego al restaurante del hotel, donde todos los periodistas se disponían a cenar, y dije: Señores, os toca reescribir vuestros reportajes. Jomeini no va a negociar. Pues se fueron todos a rehacer sus artículos y, al día siguiente, efectivamente, yo era la reina… Ahí, varias televisiones estadounidenses me pidieron trabajar con ellos, para que les ayudara a decidir qué escribir. Porque los americanos, sabe usted, no entienden nada, de verdad que no entienden. Los europeos entendían un poco más. Los mejores son los italianos y los españoles. La gente del sur comprende mejor las cosas.

¿Qué deberíamos comprender de Palestina?

Los periódicos ahora hacen como si todo hubiera empezado el 7 de octubre, cuando un grupo criminal llamado Hamás se mete a matar a gente… Hay que comprender cuál era la vida de los palestinos y también la de los israelíes, durante cuarenta años. Viven bajo la ocupación desde 1967, que son más de cincuenta años. Una vida de miseria, terrible, no solo de humillación, se mataba a los niños; Ariel Sharon, cuando era ministro, decía a los soldados que disparasen a las piernas de los niños que tiraban piedras, decía literalmente: convertiremos a los palestinos en un pueblo de mutilados. De todo eso hablo en mi libro El perfume de nuestra tierra, escrito en 2003. Para este libro no quería hablar con políticos ni jefes ni figuras conocidas, sino solo con gente normal, ordinaria, para contar su vida cotidiana, tanto en el lado palestino como en el israelí. Pasaba tiempo con ellos, me quedé cuatro meses, me tomé ese tiempo para que la gente cogiera confianza conmigo. A veces pasaba un día entero con alguien, o dos días. Y me salieron entrevistas extraordinarias: cuando lees el libro, lloras. Porque te explica lo que era la vida hasta la víspera del 7 de octubre.

¿Podía usted imaginar la reacción de Israel al 7 de octubre?

No, jamás. Pensé que iba a durar uno o dos meses, una especie de venganza. Lo que no podía imaginar es que todos los países del mundo iban a observar en televisión, día tras día, lo que pasaba, durante casi dos años, sin hacer nada ante la matanza. Eso no lo habría imaginado jamás. Eso no habría pasado hace cuarenta años, cuando yo era joven. Habría habido manifestaciones en todas partes, había una responsabilidad moral, se habrían hecho huelgas de hambre, se habrían producido enormes reacciones, unas cosas así no podrían haber pasado. Les han lavado tanto el cerebro a la gente que están completamente adormilados, entre el consumismo y la televisión, que los vuelve idiotas… Ya no hay conciencia política. ¿Dónde están los jóvenes ahora? Hay algunos pocos, valientes, que hacen algo, pero es una minoría, al igual que hay israelíes muy valientes, pero es una minoría exigua. Y en Francia, en las manifestaciones por Palestina no ves a franceses, ves a argelinos, a gente de color, pero no ves a franceses. Salvo a algunos, muy pocos, ancianos, de mi edad o de setenta años, gente que se educó con una conciencia política.

¿A qué se debe esa pérdida de conciencia?

Nuestros Gobiernos, nuestros grandes grupos financieros están convirtiendo a la gente en máquinas de consumir. No a la gente de mi edad, sino a los jóvenes. Máquinas de consumir para que no reflexionen, o solo reflexionen sobre sus pequeños problemas personales, narcisistas. Es terrible. Francamente, esto es un mundo en el que no me gusta vivir.

Kenizé Mourad para Jot Down

¿Lo que vemos ahora en Gaza, en Israel, con Irán, le parece algo ya conocido o estamos entrando en una zona desconocida?

Estamos entrando en una zona desconocida muy peligrosa. El mundo es peligroso con este loco de Trump y es peligroso con un Israel que no tiene límites. Ahora ha saboreado la sangre y quiere ir hasta el final, quiere acabar con Palestina. Las jóvenes generaciones de palestinos, los que aún están vivos, querrán vengarse, vengar a su familia, habrá más terrorismo en el mundo. Es terrible. No sabemos dónde vamos ahora con Irán, con Rusia, nos acercamos a una zona de turbulencias. Ya solo vale la fuerza, ya no hay reglas morales ni humanas, solo el derecho del más fuerte.

Aun así, por lo que cuenta en su libro, encontró a israelíes con una conciencia política clara y valiente, ¿no?

Entrevisté a muchos israelíes impresionantes, que ayudaban a los palestinos, una abogada, grupos de derechos humanos, gente con una gran valentía. Pero también hablé con israelíes horribles, con colonos que decían que los palestinos no existen siquiera, que se deberían ir todos a Arabia Saudí, que es como decir a un español que se tenga que ir a Alemania, total, es europeo, ¿no? También muestro el miedo de los israelíes. Educan a los israelíes de forma consciente en el miedo, les hacen creer ya a partir de los cinco años que todos los palestinos son animales feroces que solo quieren matarlos y echarlos al mar. Cuando incluso Hamás ya aceptó, creo que en 1997, la idea de tener dos Estados, uno al lado del otro, y Arafat lo había aceptado desde hace mucho. Pero eso, los dirigentes israelíes jamás se lo han explicado a su pueblo.

¿Por qué no?

Porque los dirigentes, y eso lo vemos hoy día, quieren el Gran Israel, la tierra que, según dicen, les ha dado Dios. La escuela de los llamados Nuevos Historiadores israelíes, por cierto, ha demostrado que todo eso es una pura construcción, los israelitas, los judíos, nunca estuvieron en Egipto, ni hubo éxodo. Pero eso es otra historia. Ahora quieren evacuar Gaza completamente, eso lo ve todo el mundo, quieren vaciar Gaza, hacer que la gente muera de hambre, de enfermedades, es un horror. Y también han comenzado ya por la parte de Cisjordania, detienen a cientos de personas, matan, queman aldeas, expulsan a la gente de sus pueblos, los incendian… También quieren una parte de Siria, otra de Líbano, no sé si van a llegar a Turquía… Esa gente no tiene límite, y el mundo no se atreve a decirles nada porque todos se sienten culpables por el holocausto. Así que todo les está permitido, y eso es muy peligroso para el mundo entero.

¿Y en Francia nadie protesta contra eso?

Muy pocos. En Francia uno no puede decir que sea antijudío o antiisraelí. Salvo entre amigos, pero no en público, te meten en prisión, y aun cuando no, estás muerto socialmente. Está bien castigar el antisemitismo, estoy totalmente a favor, pero Francia intenta ahora hacer leyes que castiguen criticar la política de Israel, criticar el sionismo: dicen que es antisemitismo, y eso es una vergüenza. Lo han intentado varias veces y quizás lo consigan. Criticar Israel ya te trae problemas con la policía ahora.

¿Y por qué sucede eso en Francia, a diferencia de España?

Porque en Francia hay una sensación de culpabilidad por lo que pasó bajo el régimen de Pétain, bajo los nazis: muchos franceses, o algunos, entregaron a judíos o los denunciaban a los nazis, y los judíos no permiten que Francia olvide esto. Imposible olvidarlo: todas las semanas, todos los meses hay un filme sobre el holocausto o un artículo, un reportaje, una música, una canción, es algo continuo. Yo sabía que cuando escribía algo sobre un suceso terrible contra los palestinos había que sacar la misma semana un artículo sobre el holocausto. Y en los últimos treinta años, los grandes grupos financieros han ido comprando casi todos los periódicos, y los más importantes de estos grupos son sionistas; los sionistas están muy dominantes en los medios. Ya no se puede escribir gran cosa en los medios, tu artículo no se publica.

¿Cuál fue la reacción en Francia a su libro El perfume de nuestra tierra, que critica precisamente la política de Israel?

Cuando lo escribí, llevaba veinte años siendo periodista. Sabía que asumía un riesgo al escribirlo, que unos me iban a tratar de antisemita y otros de racista antiárabe, porque las posiciones están muy enfrentadas. Pero no me podía quedar indiferente, asumí el riesgo y he pagado el precio. He pagado un precio muy alto, aunque mi libro es muy equilibrado, habla de israelíes valientes, aunque también de israelíes horribles, y sobre todo muestra la vida desgraciada, miserable, de los palestinos. Evidentemente, eso no se ha aceptado bien. Me boicotearon todos los demás libros, aunque hablasen de la India, de Pakistán, etcétera. Antes tenía a mi disposición todas las televisiones, todos los grandes periódicos, estaba muy cotizada. Y de repente llegó el silencio total.

¿De golpe?

Mi novela En la ciudad de oro y plata (2010), que transcurre en India, todavía funcionó un poco, porque aún se me conocía mucho, y aunque ya no salía en la prensa, el librero, cuando llegaba la novela, pues la colocaba en un lugar visible. Pero cuando salió el último, En el país de los puros (2018 en Francia), ya no se hablaba de mí desde hacía quince años. Hubo un total silencio, no se vendía nada, era ridículo. Mi editora llamó a dos periodistas a los que conocía y les dijo: oigan, el libro está muy bien, ¿por qué no escribís alguna crítica? Y los periodistas le respondieron: No abrimos los libros de Kenizé Mourad.

Un boicot total…

Para mí fue un gran choque. Incluso la editorial Espasa, que me publicaba en España… Yo había vendido un millón de ejemplares en español, e incluso el de India, tan boicoteado en Francia, vendió 50.000, que no está mal para un libro. Pero Espasa rechazó mi novela sobre Pakistán. La persona que lo leyó me dijo que lo sentía mucho, que era un buen libro, pero que la dirección parece que no quería, parecía un poco similar a lo que ocurrió en Francia. El problema es también que mi libro no había salido en absoluto en la prensa en Francia, había muy pocas traducciones, y con la cantidad de libros que hay hoy día, las editoriales solo miran la prensa y traducen los libros que hayan tenido mucha repercusión.

Ahora esta novela sobre Pakistán, En el país de los puros, se publica en español, por fin. ¿Cómo llegó esto?

He tenido mucha suerte; fue una gran sorpresa: conocí a un periodista español en Estambul, corresponsal de la agencia EFE, que se leyó mi libro de Pakistán, le gustó y me dijo ¿pero cómo que no está en español? Le conté la historia y me dijo: mire, estoy empezando con una editorial minúscula y lo voy a editar. Le cedí los derechos, cosa fácil, porque no los quería nadie, y así pudo hacerlo. E hizo otra cosa muy importante: reeditó mi libro de Palestina, muy importante en este momento, pero que ya no estaba disponible en España y no se reeditaba. Pidió los derechos a la editorial francesa y ahora se puede volver a leer en español, y espero que se lea, porque es importante.

Hay que ser un poco loco para meterse a editor en estas circunstancias, ¿no?

No, no, este editor tiene toda la razón en hacerlo.

Hablemos de esta novela de Pakistán, ahora por primera vez accesible en español. Describe en ella Pakistán como un país apasionante.

Apasionante y muy diverso, muy bello. Describo el país y la sociedad y, como en todos mis libros, lo hago de manera muy precisa, muy documentada, aunque todo se desarrolle con una trama de novela. Hago novelas porque quiero informar entreteniendo a los lectores, explicar las cosas haciéndolas interesantes, fáciles. La gente no quiere leer libros teóricos sobre Pakistán, algunos pocos sí, pero es más fácil leer una novela. Y esta es una novela de amor, de aventuras, y al mismo tiempo explora todos los diferentes aspectos de Pakistán. Empezando con que el país tiene la bomba nuclear, pero también cuenta que Pakistán es un terreno de lucha entre Estados Unidos y China, porque el sur del país está abierto hacia las grandes rutas del petróleo. Por eso, China ha construido una carretera a través del Himalaya hasta el sur de Pakistán; esto le permite exportar sus mercancías en cuatro días, cuando tardaría veintiún días por mar. Además, la ruta marítima pasa por el estrecho de Malaca, y si Estados Unidos quiere, como los países ribereños son todos peones suyos, puede cerrar completamente el comercio chino. Por eso Pakistán es tan importante para China, y también viceversa, porque China lo protege contra India, que quiere destruir o recuperar Pakistán. En fin, explico todo esto, y muchas cosas sobre el islam, sobre el lugar verdadero de la mujer en el islam, que no es en absoluto el que dicen los extremistas.

¿Nos puede avanzar un poquito de la trama, sin hacer spóiler, evidentemente?

Claro. Mi protagonista es una joven periodista francesa enviada a Pakistán para investigar si es posible que la bomba nuclear pueda caer en manos de terroristas. Escogí a una periodista, porque una periodista puede ir a todas partes y hablar con todo el mundo; cualquier otro personaje tendría menos motivo para estar en esos sitios. Pues esa periodista se enamora de un joven paquistaní, muy simpático, seductor, pero con un misterio que se revela al final. Y por el camino se encuentra con mucha gente que son personajes reales, personas que yo misma he conocido, gente extraordinaria. Entre ellas, una bailarina que enseña a las niñas musulmanas las danzas hindúes, lo que supone para estas chicas un espacio de libertad; también va por los pueblos con un grupo de teatro de chicos y chicas para escenificar pequeñas obras que explican a las mujeres campesinas qué derechos tienen frente a los hombres que las tratan mal. Tiene mucho valor.

He visto en el libro que algunos personajes conservan incluso su nombre real, ¿cierto?

Sí, como una amiga mía, Perween Rehman, una arquitecta que ayudaba a la población pobre de Karachi, una zona de periferia que ahora se ha convertido en casi céntrica; la gente allí tiene pequeñas casas con jardincitos, y la mafia de los terrenos quiere expulsarlos para construir allí grandes edificios. Perween luchaba contra esa mafia. Además, había inventado un sistema de alcantarillado extraordinario, que ahora se encuentra en todas las aldeas del país, resistiendo a los intentos de Noruega de venderle a Pakistán un sistema de desagües, que estaba mucho menos adaptado al clima paquistaní. Noruega lo quería donar, pero ya se sabe que esa ayuda al desarrollo siempre hay que pagarla de una forma u otra, el Gobierno quería aceptarlo, porque había un intercambio de intereses, pero Perween organizó tantas manifestaciones que finalmente el Gobierno aceptó que fuera su sistema el que se instalara en todo el país. Mientras tanto, seguía luchando contra la mafia de los terrenos, que la seguía amenazando. Le dije un día que tuviera cuidado y me respondió: ¿Qué pueden hacerme, aparte de matarme? Pues un día la mataron.

Y usted ha querido recordarla así.

Era una mujer fantástica. Hay de todo en la sociedad paquistaní, y quiero mostrarlo. Hay un sector extremamente moderno, de la alta burguesía, con mujeres muy libres, bueno, más o menos libres, cuya vida es muy similar a la de las europeas. Pero luego hay enormes diferencias sociales, terribles diferencias. Un diplomático francés le dice a la periodista: usted no para de hablar de la bomba, cuando la verdadera bomba es la miseria. La gente desposeída no tiene más salida que escuchar a los grupos islamistas, extremistas, que les prometen que con el islam serán más felices.

Kenizé Mourad para Jot Down

Cambiamos de geografía. ¿Alguna vez también se ha dedicado a Latinoamérica?

Cuando publiqué mi segundo libro me enviaron a hacer una gira por varios países de Sudamérica y me sorprendía que absolutamente todo el mundo me conociera por mi novela De parte de la princesa muerta

Me refería a cubrir la región como periodista. ¿No estuvo en Cuba?

Bueno, pero ahí tenía 27 o 28 años, era después de estudiar en la Sorbona, estaba en Sociología y Psicología, pero no hacía nada, tenía problemas psicológicos gordos, no iba a clase, trabajaba para ganarme la vida. Al final abandoné la carrera, lo dejé todo, me ofrecieron un trabajo de azafata en Air France y fui azafata durante tres años. Me divertí mucho, me gustaba, y me aprovechaba de la posibilidad de viajar gratis fuera de los ratos de trabajo. Me fui a muchos países, a Japón y finalmente a Cuba en 1967. En esa época solo se podía volar desde México, e incluso allí había que esperar y esperar hasta que saliera un avión. Me acuerdo de que era el 1 de noviembre, Todos los Santos, me fui a los cementerios a comer cráneos de azúcar, como los mexicanos. Al final encontré un avión todo chiquitito, de mercancías. Cabían seis viajeros, no había asientos, nos sentábamos sobre sacos de patatas, incluido un embajador de no recuerdo qué país. Así llegamos a Cuba, justo dos días después de la muerte del Che Guevara.

¿Y cómo se vivió aquello?

Estaba toda Cuba llorando, pero a mí me parecía un país extraordinario. Tenían un sistema de educación maravilloso y era un socialismo con rostro sonriente. No era como Rusia, donde todo el mundo estaba triste y gris. A mí me sorprendía mucho ver un socialismo con bares donde iban mujeres medio desnudas, con plumas en el trasero, como en el Lido de París, cantando y bailando. Era un socialismo muy disfrutón, con música en todas partes. Pero sobre todo me gustaba la enseñanza. Por la mañana había clases teóricas y por la tarde, prácticas; se enseñaban oficios, por ejemplo, carpintería, y se valoraba igual; tenía el mismo valor un examen de matemáticas que uno de carpintería. Luego tú podías escoger ser ingeniero o carpintero, el salario era exactamente el mismo y se te consideraba, se te respetaba igual, no como en Europa o el resto del mundo, donde escoges tu oficio a menudo no porque te guste sino porque se te paga mejor o se te respeta más. Te respetan si eres médico, pero no si eres carpintero. En Cuba, los niños podían elegir lo que realmente les gustaba hacer. No existían esas neurosis de Occidente de gente obligada a ejercer una profesión que no les gusta.

América Latina era un laboratorio interesante de ideologías en esa época. ¿Por qué al final no salió adelante el socialismo? ¿No tuvieron capacidad o no se lo permitieron?

Creo que no se lo permitieron. Cuando en un país las cosas van bien, pero tiene recursos… Un pequeño país con grandes recursos va al desastre: las grandes potencias y los poderes financieros se lo arreglarán para sembrar la división y hacer que la gente se pelee, para que no tenga un Gobierno independiente de las potencias. Lo he visto con Francia en África cuando era joven, en los años setenta, era la época de las independencias y había mucha esperanza. Pero Francia no iba a permitir que los países con grandes recursos fueran libres para hacer lo que quisieran, para comerciar con quien quisieran. Así que Francia ayudaba a que el presidente de la República siempre fuera un hombre de Francia, alguien que firmase contratos sobre las materias primas muy ventajosos para Francia y muy desfavorables para el país. Si salía alguien independiente, íntegro, honrado —y los había, claro que los había—, Francia lo eliminaba, porque no habrían podido firmar contratos jugosos con él. Todos los países eran similares, todos los países europeos obligados a ceder la independencia a sus colonias. Era una independencia política, pero un neocolonialismo económico en todas partes. Se eliminaba a todo aquel que quería ser realmente independiente, cortar los lazos y guardar las riquezas para desarrollar el propio país.

¿Los países colonialistas no hicieron nada bueno por estos países?

Claro que han hecho cosas, pero poco. En la India se dice que los ingleses estuvieron muy bien: hicieron carreteras y ferrocarriles y unificaron el país mediante el idioma. Pero India era uno de los países más ricos del mundo antes de la llegada de los ingleses, exportaban todo tipo de productos, seda, muselina… Cuando se fueron los ingleses, era uno de los países más pobres del mundo; solo ahora se están recuperando. ¿Qué ocurrió? Inglaterra importó todas las materias primas de la India, seda, algodón, etcétera, y en eso se basaba el desarrollo industrial de Inglaterra, que antes era un pequeño país muy pobre. Con todas las materias primas de India y otras colonias, como Birmania, tuvieron un auge tremendo; luego vendían los productos a India a precios bastante altos y destruyeron toda la artesanía india. Prohibían hilar seda o algodón en India. A los niños, que tejían la muselina más valiosa con sus manitas, les cortaban los dedos, como castigo ejemplar. En fin, había muchas cosas para arruinar la artesanía india, al tiempo que la industria inglesa se volvía importante.

Tampoco sería todo tan ideal en India antes…

No, claro que pasaban muchas cosas, pero el problema es que antes en esos países había un sistema social que se mantenía, equilibrado, con su cultura, sus hábitos, la familia… Y Francia y los demás destruyeron totalmente esos sistemas y colocaban al mando a jefecillos fieles a ellos para convertir esos países en colonias productivas para Francia. A los niños se les prohibía hablar su propio idioma, ya no sabían nada de su historia, y eso que en África había grandes civilizaciones, pero solo les hablaban de nuestros antepasados, los galos. Había una desestructuración de la sociedad y, por lo tanto, una desestructuración psicológica. En mi primer libro muestro al rajá, que es mi padre —aunque esta escena me la invento— diciendo: Ellos quieren que seamos como los blancos, quieren meter un cerebro blanco en nuestra cabeza para que seamos como ellos. Pero nosotros no queremos un cerebro blanco. Nosotros tenemos nuestra personalidad, nuestra sociedad.

¿Cómo es un día en la vida de Kenizé Mourad?

Esta pregunta no me interesa… No hay dos días iguales. Detesto la rutina, ningún día es como otro.

Volvamos, pues, a la literatura. Su primer editor en España, Mario Muchnik, dijo que Kenizé Mourad, al empezar a escribir, no tenía experiencia ni técnica literaria. ¿Es cierto?

Totalmente. No tenía nada. Empecé a escribir como periodista. Y eso no era en absoluto el estilo que hacía falta, era un poco seco, no era un estilo de escritora. Tampoco he buscado modelos de escritores, no me han influido. Creo que todo lo he buscado y descubierto en mí. Leía mucho cuando era pequeña, pero como periodista ya no leía nada, salvo libros de política, de sociología… Antes me interesaba mucho la psicología, quería ser psicóloga, así que solo leía libros sobre psicología y psiquiatría. No estaba para nada habituada a leer novelas. Las novelas me aburrían mucho, porque mi vida era mucho más interesante que todas las novelas que leía. Y yo no puedo leer algo aburrido porque tenga un buen estilo, me aburre igual. En fin, yo había leído mucho de política, de sociología y de psicología, pero muy poca novela y bastante poca literatura.

¿En serio?

Bueno, no es exactamente así. Claro que leía a grandes autores que me gustaban mucho: Marguerite Yourcenar, Gabriel García Márquez, claro que leía, pero no intenté inspirarme en el estilo de ellos. Lo que me guiaba al escribir era una música interior. Escuchaba esa música y mi estilo se debía acoplar a ella, esa era muy importante. El estilo tenía que ser musical, tener un equilibrio, algo que yo tenía dentro y que reproducía.

¿Estaba convencida de que, con una vida tan interesante, su novela sería un gran éxito?

No, no, en absoluto. No estaba convencida de que la novela tuviera éxito. Le había dicho a mi editor que quería vender cien mil ejemplares, simplemente porque había hecho un cálculo: había empleado cuatro años para escribir la novela, y habría necesitado otros cuatro años para escribir otro libro. Calculé el dinero gastado y resulta que necesitaba vender cien mil ejemplares para compensar ese gasto. Eso era todo, una cuestión puramente material. En fin, claro que pensaba que algún éxito tendría, pero no ese éxito que tuvo.

¿Hubo gente celosa o envidiosa con ese éxito que tuvo?

¡Y tanto! Hubo gente que antes me trataba sin problema y estaban muy celosos, sobre todo en el ámbito intelectual, entre los escritores. Me odiaban. Una recién llegada que nunca ha escrito nada y es ahora la más leída en decenas de países… Entiendo esos celos, porque un escritor que hace el esfuerzo de escribir libros durante años y años y vende cinco mil, diez mil… y ve llegar a alguien recién llegado, pues lógico que le dan celos, necesariamente tendrá que decir que es un mal libro. Había gente que me daba la espalda. Por el éxito, pero también por mis opiniones políticas.

¿En qué sentido?

Lo contaré: en realidad no me debería haber publicado Robert Laffont, que es una gran editorial, pero no tan intelectual, sino Grasset. La editorial Grasset tenía muchos libros intelectuales que se vendían poco y quería publicar una novela de verdad, una saga de verdad, pero de alto nivel. Les parecía que mi libro era perfecto, pero en el comité de dirección de la editorial había un chico que también trabajaba en el Nouvel Observateur y que era judío; no le gustaban mis opiniones sobre Palestina. Cuando en el comité se hablaba de mi libro, y el editor decía que era formidable, él dijo que sí, ella es guapa, dará bien en televisión, pero tiene ideas extrañas: es muy proárabe, propalestina. Le dijeron que qué tiene que ver, si el libro no habla de eso, pero el chico empezó a hacer campaña dentro de la editorial contra mí y el director de Grasset me lo hizo saber a través de alguien, dijo: mire, he dicho que sí y estoy dispuesto a sacar el libro, pero ella tiene un enemigo dentro de la casa que lo hará todo descarrilar y eso no es bueno para el libro. Por eso me fui con Robert Laffont.

¿Tenía prisa por escribir la segunda parte tras el éxito?

No, no quería escribir la segunda parte, no quería hablar de mí, me parecía que era narcisista. Por eso intenté escribir una novela sobre Rusia, pero no la sentía desde dentro, así que, tras unos años de documentación y trabajo, lo dejé. No lo hice. Pero en cambio sentí que si no escribía el segundo libro, El jardín de Badalpur, tendría como un cuchillo clavado, como tras una operación no acabada, con el cuchillo aún dentro. La primera parte de la operación era reconciliarme con mi madre y la segunda quizás fuera reconciliarme con mi padre también, porque los dos han sido grandes problemas para mí.

Pienso que escribir es terapéutico, ¿no? Al escribir, ¿ha alcanzado usted la paz interior?

Nunca he alcanzado la paz interior [ríe]. O nunca del todo, un poco sí.

¿Y cómo se escribe un libro después del éxito?

Escribir el segundo libro siempre es muy difícil, porque todo el mundo te está esperando con pistolas y cuchillos. Siempre me ha dado mucho miedo escribir un segundo libro tras el éxito del primero. Era también difícil por eso.

El oficio de escribir, ¿es un modo de vivir?

Sí. Cuando era joven siempre escribía, sobre todo a partir de los quince años, escribía en cuadernitos, era una especie de terapia, porque yo tenía muchos problemas. Escribir me permitía ir más profundo, más allá de la superficie, buscar la unidad y la calma en la diversidad. Con pensar no funcionaba, tenía que escribir para pensar más en profundidad, llegar a un nivel en el que encontraba la serenidad, una especie de síntesis de todas mis contradicciones. Escribir para mí era vital. Si no, yo habría acabado en un psiquiátrico. La gente va al psiquiátrico por mucho menos de lo que yo he vivido.

Kenizé Mourad para Jot Down

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22 comentarios

  1. Pues todo los que hemos estudiado un poco la II Guerra Mundial sí que lo imaginamos. Se trata fundmentalmente de quién tiene el poder y de qué puedes haacer. La respuesta a la primera pregunra es «ellos» y a la segunda es «nada». Y lo saben.
    Y en este caso, estamos ante alguien que comete un genocidido porque sabe que puede, amparado por grupos de presión económicos y mediáticos, que no tienen inconveniente en desenmascararse para decirnos quién está al mando.
    No se trata de creer en la vieja leyeenda de los sabios de Sión, un gran tontería, sino de reconocer que la existencia de la mentira no aanula la verdad paralela.
    Al parecer, otros Sabios de Sión, otros cualquiera, están ahí, promoviendo un genocidio. Está a la vista de todos. Pero como parecen elfos, y los elfos no existen, el genocidio tampoco.
    Todo un trampantojo.

  2. Víctor Hurtado Oviedo

    ¿Cree la señora Mourad que los secuestradores deben entregar los rehenes israelíes de inmediato y sin condiciones?

    • ¿Cree el señor Hurtado que los siete niños asesinados por el ejército de Israel solo el 14 de julio mientras hacían cola para recibir comida eran secuestradores? Por las otras dieciocho mil víctimas asesinadas en Gaza por el Estado genocida de Israel preguntamos otro día, no sea que se haga líos con las cuentas.

    • ¿Qué rehenes? El día 11 de octubre Hamas secuestra a más de un centenar de israelíes en territorio ocupado. Menos de tres semanas después Israel ha detenido a casi 3000 palestinos, sin cargos, o con cargos tan espurios como «ondear banderas palestinas». ¿Qué son esos detenidos sin cargos, sino rehenes, para poder hacer intercambio de cromos con Hamas? ¿Si Hamas llamara a los israelíes que tiene retenidos en Gaza, «detenidos», bajo el crimen de ser ocupantes ilegales e invasores – un crimen del que son indudablemente culpables, según la legislación internacional, entonces ya valdría?

      Israel siempre invoca el derecho a defenderse de los ataques de los habitantes… de los territorios que invadió ilegalmente en 1967. ¿Tiene Rusia a invocar ese mismo derecho para defenderse de los viles ataques de los ucranianos? El discurso cambia que es una maravilla según interesa…

    • ¿Quienes matan haciendo explotar los móviles personales de decenas de personas no son capaces de rescatar unos secuestrados teniendo como tienen la supremacía militar de un territorio que ocupan?

  3. Blablabla genocidio blablabla genocidio blablabla genocidio… Otro genocidio por aquí otro más por allá. Y tenemos entrevista y comentarios sobre genocidio. Un genocidio que curiosamente convive con un incremento ininterrumpido de la población desde hace más de medio siglo. Curioso cuanto menos

  4. Esta señora desvaría bastante (lo cual es normal, vista su edad). Habría que pasar el día aquí para rebatir muchas de sus opiniones. Pero vista su «obra literaria» no merece la pena.

  5. Los que un día fuimos a manifestarnos multitudinariamente contra la guerra de Irak y la complacencia de Aznar con Bush Jr en un lluvioso día hace ya bastantes años y hemos salido a manifestarnos ante el genocidio de Israel y las matanzas de niños palestinos, resulta que cabíamos en un taxi, con toda la izquierda caniche de chupitos en Garibaldi. Este es el plan. Completamente de acuerdo con esta señora, la conciencia de esta sociedad ha sido abducida por el capitalismo sionista.

  6. Es legítimo hacer lecturas morales de los hechos políticos e históricos (es un genocidio / no es un genocidio), pero la realidad que que la utilidad de ese juicio es muy escasa. Ninguna máquina de guerra se va a detener porque se hagan esta clase de juicios a miles de kilómetros de distancia
    Los hechos del 7 de Octubre rompieron un statu quo previo, que no era pacífico, pero que al menos era razonablemente estable. A partir de ahí una amplia mayoría de la población de Israel, ha llegado a la convicción de que su derecho a la existencia es incompatible con la supervivencia de Hamás. De ahí se deduce la voluntad de aniquilación a cualquier precio. La imbricación de Hamás entre la población palestina de Gaza, es el principal factor que condiciona el modelo de guerra que allí se desarrolla.

    • Conceptos de primaria

      Lo único que me demuestra tú comentario es que los análisis chuscos y el ascenso de extrema derecha guardan una relación simbiótica. No hay seso ni profundidad en tanta palabrería, solo repetir la versión oficial sionista, deslavazada del contexto y apropiada para ignorantes.

    • Las guerras se libran entre ejércitos. Jugar al tiro de pichón con quien va a ver si pilla un saco de harina no es guerra, es genocidio, limpieza étnica, holocausto, solución final. Nunca guerra.

  7. «Lo que ha condicionado mi vida han sido los prejuicios contra los musulmanes.»
    Como si los musulmanes no hubiesen dado históricamente suficientes motivos para suscitar prejuicios.
    El islamismo es generador de conflictos porque no actúa meramente como una religión, sino que siempre se expresa de manera invasiva tratando de ocupar de forma impositiva la vida civil de cualquier sociedad sobre la que se asiente.

  8. Esta desopilante y culta señora no hace otra cosa que narrar, en su limitado espacio vital de tiempo, hechos dramáticos de un proceso mayor, el de Occidente, que personalmente creo se reduzca a pocos paises, al Nordeste de Europa y allende los mares, en donde, y como dato mínimo pero no banal, paradojalmente están conpiscuos restos de la civilización del Oriente Medio en sus museos, sin las pirámides por supuesto, pues son díficilesde desarmar, si no, ya lo habrían hecho, con la excusa de que esas reliquias eran partes inalienables de la culturas de los conquistadores, rústica y mínima si nos informamos sobre los famosos pueblos germanos gracias a los romanos, cuando simplemente fue una rapiña, respaldada por un racismo de vieja data, la de los griegos, nuestros padres estéticos, éticos y morales y autores del primer intento de imperialismo occidental en el 400 ac, y de la pimera descripcion de los pueblos de Oriente, en aquel caso el del reino persa, que fue destruído con tanta saña que pocos sabemos de él, y no solo a través de nuestro amado Alejandro Magno. Como falsos, traidores, viciosos, cobardes y sensuales desviados los describe Tucidide. Habría que ponerse en los paños de estos orientales para hablar con fundamento del porqué de la desconfianza o rencor por el Occidente. No por nada los más radicalizados árabes siguen llamando “Cruzados” a los occidentales, y ya pasaron más de mil años de aquel horror de avidez religiosa y comercial. Putin no deja de usar el vocablo “Occidente” cuando se refiere a problemas geopolíticos, acentuando el orientalismo del pueblo ruso. No hay acción sin reacción, este es un silogismo que descubrió Occidente, pero por lo visto no sabía qué problemas podía traer. El drama de Iran surge cuando ese Sha advenidizo quiso occidentalizar a su pueblo después de derrocar a una presidente elegido democraticamente que había nacionalizado su riqueza primordial, el petróleo, cosa inaceptable para los EEUU. Y después nos escandalizamos por las crisis de los rehenes, o por la matanza de Charlie Ebdo. Nadie se mete a derribar torres o a matar sin ninguna razón. Y para colmo con la aparición histórica de los hebreos por un lado, cultos y refinados por antonomasia y por esto envidiados, pero endogámicos socialmente y que jamás olvidaron el mito de Jerusalén, y por el otro el cristianismo que nunca aceptó paternalidad alguna de aquellos. El caldo de cultivo fue hirviendo, creciendo, y ahora nos encontramos en esta situación comatosa, extraviados pues la Historia también sirve para eso, para confundir, con atropellos prepotentes que fueron más allá del Medio Oriente. El tratado de Nakim impuesto a China fue una vergüenza, y todo por el opio; la conquista del sudeste asiático que autorizó y alentó a Japón a sumarse a la repartición de las riquezas de sus vecinos con los resultados que conocemos; la creación de países Medio Orientales sobre una mesa de campaña, con fronteras creadas de acuerdo a las “zonas de interés” de cada potencia imperial sin considerar las particularidades de cada sociedad; “protectorados”, una definición humillante, solo por las costumbres simples de sus habitantes. Mientras tantos inocentes mueren en la Tv como si nada. Todo lo mejor para la entrevistada. Gracias.

  9. Pa resumir: «mi vida ha estado marcada por los prejuicios a los musulmanes» Prejuicios que como bien se dice en un comentario anterior están perfectamente justificados por multitud de motivos, pero básicamente porque el Islam no es solo una religión, es otra cosa.
    Pero luego, sorprendentemente, dice «los americanos no se enteran, los europeos del sur sí, los ingleses no se qué…»Y es no son prejuicios, no?
    Yo creo que JotDown debe subir un poco el nivel; esta señora muy mayor como escritora de novelas no vale nada, sus opiniones tampoco parecen valer demasiado.
    Que se les vaya a explicar a los padres del atentado de Hamas con más de 1300 muertos; sí, esos mismos a los que la población de Gaza les importa menos que a los propios isaraelís.

  10. Por cierto, E. Roberto:
    «Nadie se mete a derribar torres o a matar sin niguna razón»
    Joder, ese comentario debería merecer carcerl.

    • No logro imaginar bajo qué cargos podría merecer la cárcel. Sería una injusticia. Mas todo puede ser en estos tiempos. No hecho otra cosa que repetir lo que dicen los libros de Historia con reflexiones mías, en especial modo en lo que se refiere a las opiniones que tenían nuestros griegos de los persas, reino que incluía también el actual Irán. Conocer sería una manera de entender el presente. Poco sabemos de los pueblos de aquellos tiempos. Fueron sistemáticamente destruídos. Cártago, Jerusalén, Ninive, Babiloinia, Susa. Egipto se salvó a medias, pero su fabulosa biblioteca fue incendiada. Destruir pirámides era impensable, por la grandeza y por el asombro de frente al grado de conocimientos que tenían. Por mi parte no dejaré de divulgar el atropello arrogante del imperio inglés cuando en dos ocasiones, 1806 y 1807 trataron de invadir mi país para transformarlo en colonia, y en 1845 cuando, por la fuerza y junto a la Francia remontaron nuestros rios interiores parea comerciar con la sola razón de las armas. Y ya pasaron más de cien años. Ningún crimen puede ser justificado. Siempre habrá causas o vestigios que llevan a la sociopatia si no hay otra razón plausible, una sociopatia por inducción, y el fanatismo lo es, de cualquier manera se presente, especialmente bajo el aspecto religioso. Los pueblos tienen memoria aunque no lo parezca. Por eso digo que hay que ponerse en sus paños antes de acusar o escandalizarse. Cártago fue un formidable rival de Roma con Aníbal Barca como caudillo genial. El famoso senador romano Cátulo, conocido como el “Censor” por sus dotes morales, al concluir en el senado cualquier discurso que nada tenía que ver con Cártago, terminaba diciendo que, en lo que a él concernía Cártago tenía que ser destruída, derramando sal sobre sus restos para que nada creciera. Y así fue, y vaya mi sorpresa cuando en busca de más información sobre Aníbal descubro que en un puelo de Turquía, con un nombre imposible de pronunciar hay una estatua que lo recuerda. Y pasaron más de dos mil años. Si no tenemos un poco de empatía este mundo seguirá siendo un infierno.

  11. Lo voy a decir de otra manera, a ver si así publican el comentario: esta fabulosa escritora habla de prejuicios contra los musulmanes que le han marcado la vida, pero luego no para de generalizar con «los americanos no se enteran, los europeos del sur sí, los ingleses no se que..». Eso es absurdo, y supongo que esta parte del comentario no es reprobable.
    Dicho esto, me ha parecido entender en algún comentario que los atentados terroristas están prácticamente justificados. Eso no solamente es absurdo, sino que debería tener algún tipo de responsabilidad.
    Y nos podemos acordar, por favor, también de vez en cuando de un padre israelí, que quizá ni tan siquiera es sionista, al que han agredido, violado y matado a a su hija en un festival de música electronica.
    Más que nada por si eso ya no cuenta.

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