Ocio y Vicio Destinos

Un viaje al Alto Turia

Un paisaje del Alto Turia. Foto Francisco J. Tapiador.
Un paisaje del Alto Turia. Foto: Francisco J. Tapiador.

Llegué a Tuéjar tras dejar la A3 a la altura de Requena, tras unos cuantos kilómetros de una carretera estrechísima en la que los locales aminoraban la marcha lo suficiente para saludar y avisarme de que venía un camión cargado de troncos. Iba por trabajo, a una reunión del órgano rector de la reserva de la biosfera del Alto Turia. Me convocaron a las diez y media, así que había salido de Toledo el día antes, tras acabar las clases, con la idea de recorrer el núcleo de la reserva, la zona más protegida, dormir en algún sitio —quizá en medio del campo— y luego, por la mañana, tratar los temas del orden del día, hacer fotos de flora y fauna para mis libros y comer con la gente que se encarga de la gestión de este espacio.

Era mi primera visita, lo cual siempre es algo emocionante. La relación entre el mapa y el territorio es tan difusa como las relaciones entre los padres y los hijos de Houellebecq. Es una identificación mental, a medio camino entre la ciencia y la imaginación. Korzybski fue más contundente al respecto y escribió que «el mapa no es territorio», pero eso, dicho en serio, no deja de ser una tautología. El francés fue más sutil y sensato, demostrando que la literatura, en cierta manera, comprende a la filosofía. En lo que a mí respecta, el Adriano de Yourcenar que vive en mí diría que muchas veces he consultado un mapa para darme cuenta después de que nada tenían que ver las curvas de nivel, las carreteras y las manchas azules que limitan lagos con la curvatura leve de una loma, con el contraste de un río y su lecho, o con la variedad de la vegetación de un bosque maduro. Yo también he imaginado, como Swift, o Borges y su colegio de cartógrafos, mapas inverosímiles, desaforados, poco prácticos; y he dedicado horas a imaginarme paisajes. Antes en cartas, portulanos, atlas, mapas y cartas, y ahora en Google Earth. Pero la visita al lugar sigue siendo insustituible.

Me había preparado antes de viajar. Deformación profesional. Hoy, los mapas temáticos están digitalizados y los puedes analizar en el portátil, y lo mismo con las fotos. La navegación por las carreteras y pistas se puede hacer sin sobresaltos gracias a la geolocalización del teléfono. De todo eso, información espacial, hay mucho. Pero apenas si encontré a alguien que hubiera escrito sobre ese rincón entre Castilla-La Mancha y la Comunidad Valenciana, más allá de las guías turísticas. En vano fatigué las bibliotecas universitarias buscando monografías o tesis. No hay demasiada documentación técnica sobre la zona. Tampoco literatura. Viendo el mapa, pensé que la escasez de tratados tendría que ver con la forma de la reserva, que viene a ser el curso del río en su tramo alto, antes de que descienda rápidamente hacia Valencia. No es un espacio para ser recorrido a pie atravesando pueblos nombrados o rutas a través de bosques o tierras de cultivo. La reserva sigue al río en su bajada, así que el recorrido es trivial sin más que no perderle de vista, fijándose en sus riberas, en lo que está más allá de lo salvaje, en las zonas de contacto con las actividades humanas. Pero ese es un viaje quizá demasiado técnico, cosa de geógrafos. Al viajero casual, al turista o al que busque experiencias o fotos para colgar, este espacio natural quizá le diga poco, lo cual es una bendición porque así no hay casi nadie. Los pocos que me encuentro son los fanes del medio natural, el tipo de visitante perfecto para este tipo de espacios. Vienen con la guía leída, con mapas, prismáticos, ganas de andar y no alteran la vida natural haciendo ruido, toqueteando piedras y plantas o molestando a los animales.

La impresión de mi primera visita fue la de un descubrimiento. Tuéjar es un pueblo como los miles que hay en España, de esos que, en su superficie, para el lego, no tienen interés, pero en los que el geógrafo descubre maravillas. Como casi todo que merezca la pena, disfrutar el territorio es saber en qué fijarse, aprender a mirar y deleitarse con lo que ves (al igual que la literatura es leer entre líneas y gozar del lenguaje; o la antropología, según el profesor Marotta, es ver). Con las gafas de geógrafo todo es interesante en el pueblo, desde el bar-restaurante-hotel de la calle principal hasta la edad del parque móvil, pasando por las obras públicas de adecentamiento del viario, el paisanaje o, por supuesto, los recursos y carteles con el codiciado marchamo de la UNESCO.

El espacio natural protegido por la reserva es singular, diferente a otros. Me tienta describir ese territorio usando la jerga de mi gremio, pero no quiero que me pase como a Ferlosio, que tuvo que aclarar que el comienzo y final de su Jarama no era de su cosecha, sino que lo sacó de una monografía escrita por otro, Casiano de Prado. La gente le escribía para decirle que esa parte era la que más les había gustado de la novela, para martirio del romano, quien, hacia el final de su vida, acabó reconociendo lo que ya sabíamos sus lectores: que su mejor obra, de lejos, fue el Alfanhuí, y que El Jarama solo fue fruta de temporada. El comienzo y el final de ese libro es de un estilo evocador muy caro a los buenos lectores y fácilmente imitable con los conocimientos técnicos mínimos de un geógrafo, pero es recomendable que el lector se aventure por el Alto Turia sin ni siquiera un texto de geografía literaria, apenas con el folleto turístico, porque el encuentro virginal con un territorio es como la primera vez que se lee un libro como La conjura de los necios. Algo irrepetible.

El programa Hombre y Biosfera de la UNESCO es una gran idea. En resumen, es un panel intergubernamental que nació en 1971 y que persigue establecer una base científica para mejorar las relaciones entre las personas y su medio ambiente. La idea es combinar las ciencias naturales y sociales, la economía y la educación para mejorar los medios de vida humanos y la distribución equitativa de beneficios, y para salvaguardar los ecosistemas, promoviendo así enfoques innovadores para el desarrollo económico que sean social y culturalmente apropiados, y ambientalmente sostenibles. Este festival polisindetónico no es mío; Chus Beltrán, mi querida profesora de lengua en la EGB, me mataría si me viera escribir así. Es marca de la casa: la UNESCO —como cosa de educación, ciencia y cultura— es muy de sumar.

Una de las ideas más creativas del programa Hombre y Biosfera es el concepto de «reserva de la biosfera», una figura poco conocida por el público, pero muy interesante. Se puede definir como una especie de parque nacional en el que la actividad humana es tan importante como la vida silvestre. Un buen laboratorio para ensayar el concepto de sostenibilidad y ver cómo hacer compatible el desarrollo humano con la conservación de la naturaleza. La idea central es promover un equilibrio entre la conservación de la biodiversidad, el desarrollo sostenible y la investigación científica. Los sitios que lo consiguen, o que al menos aspiran a ello, son reconocidos internacionalmente con un sello por su triple valor ecológico, cultural y social. Significarse por algo positivo es una necesidad en un mundo en el que las áreas rurales compiten para atraer visitantes e inversiones y diferenciar sus producciones agrarias en los mercados.

Las reservas de la biosfera se dividen en tres zonas: la zona núcleo, que es un área estrictamente protegida para conservar la biodiversidad y los procesos ecológicos; la zona de amortiguamiento, que rodea la zona núcleo y permite actividades humanas compatibles con la conservación, como investigación o ecoturismo; y la zona de transición, un área más amplia donde se fomenta el desarrollo sostenible, incluyendo asentamientos humanos y actividades económicas. Esta estructura quiere ser un ejemplo de cómo integrar la conservación ambiental con el bienestar humano, adaptándose a contextos culturales y sociales específicos.

Actualmente, existen más de setecientos reservas en todo el mundo, distribuidas en más de ciento veinte países. En España hay treinta, un número que espero que vaya creciendo. Para un geógrafo, alguien que estudia principalmente las relaciones entre los humanos y el medio ambiente, son un sueño. La idea es mucho más interesante que la de una reserva natural o un parque nacional. Aquí hay que considerar todas las relaciones entre hombre y medio, el cómo se pueden conjugar el muy legítimo interés humano en sobrevivir y progresar con la conservación del medio para que las generaciones que vengan también puedan desarrollarse a su manera. Porque los humanos no somos animales que arrasen con todo sin importarnos el futuro; de hecho, probablemente somos el único que fantasea con lo que vendrá cuando muramos. Y para ello, para prever, es importante saber cómo funcionan las cosas. Esa es la tarea principal de la geografía: entender para buscar maneras de que crezcan los bosques sin que un conflicto social con las autoridades ambientales los arrase, o para conservar las joyas que son los humedales frente al comprensible asedio de la agricultura.

La medida más eficaz para hacerlo sería el mercado, no subvencionar actividades agrarias alrededor de los pocos reductos naturales que nos quedan, pero hay que tener cuidado, porque la sociedad humana es bastante compleja y las recetas fáciles tienen siempre muchas derivadas que, si no se consideran, dan al traste con la más voluntariosa de las iniciativas. No es ningún secreto que, si los locales no obtienen un beneficio de su espacio natural, este acaba reducido a la mínima expresión, quemado, desecado o contaminado.

Al lector quizá le sorprenda que el programa de la UNESCO se llame oficialmente «Hombre y Biosfera», y no de otra forma. Hace unos años se propuso cambiar la denominación internacional del programa a «Persona y Biosfera», pero surgieron diversos obstáculos. Uno, que personne en francés significa también ‘nadie’. La sede de la UNESCO está en París, el francés es la lengua principal, y en esa lengua, como en español, el género marcado es el femenino. Sería homérico usar «nadie», pero la cita es demasiado erudita para los tiempos que corren.

Otro problema es que los franceses aman su cultura y a Orwell, y consideran al lenguaje inclusivo una neolengua totalitaria que mina las bases de la cultura occidental y de la democracia. Alguien propuso «Ser humano y Biosfera», pero se votó y ganó la opción de dejarlo como estaba porque ya se entiende, desde 1789, que la «Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano» incluye a las mujeres.

En España, no obstante, se ha cambiado hace poco a «Persona y biosfera». Je ne sais pourquoi, que cantaba Kylie Minogue.

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3 comentarios

  1. Me ha gustado. Es una manera muy inteligente de tratar un tema que me saca de quicio como mujer, el del lenguaje inclusivo, así como que no quiere la cosa. El texto es ameno, informativo y erudito. No he leído aún la conjura de los necios pero lo haré. También iré a ese pueblo a ver.

  2. Pingback: Descubriendo la Reserva de la Biosfera del Alto Turia: geografía, naturaleza y sostenibilidad - Hemeroteca KillBait

  3. Interesante lectura. Saludos desde Mexico.

    Alberto Leon

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