Literatura

Hélène Cixous y el desamparo contemporáneo

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Hace seis meses contaba en estas páginas cómo el Formentor de las Letras volvía a premiar la inteligencia que sabe entender con el galardón a Hélène Cixous. Entonces era la noticia recién llegada al correo, el asombro inicial, la sensación de estar leyendo un nombre que funciona como detonador de memorias. Hoy, es el acta del jurado la que llega a mi bandeja de entrada y con la ceremonia en el horizonte, vuelvo a esa primera emoción para intentar poner en palabras lo que significa este reconocimiento: no solo a una escritora, sino a una forma radical de entender lo literario.

El acta, firmada en Valencia, subraya “la personalidad de su estilo y su intrépido sentido de la soberanía creativa, por la amplitud de las disciplinas intelectuales que ha integrado en su numerosa y proteica obra, por la composición de una obra literaria que ha expandido la más ilustre herencia de la cultura europea”. Pero lo que más transciende es esa otra frase: Cixous como “protagonista y testigo del desamparo contemporáneo”. Pocas veces un jurado ha dado en el centro de lo que una escritora encarna. Porque si algo define a Cixous es esa condición de cronista de la intemperie, alguien que sabe contar la herida del exilio, el infortunio y la adversidad sin pretender cerrarla.

Su biografía ya contenía la metáfora de lo extranjero: nacida en Orán en 1937, hija de padre judío sefardí y madre judía asquenazí alemana, se trasladó a París en 1955 y desde entonces no dejó de habitar en la doble o triple condición de ser otra. En 1968, año convulso por excelencia, se doctoró en letras y publicó El exilio de James Joyce o el arte de la sustitución. Ahí estaba todo anunciado: la escritura como desplazamiento, como sustitución perpetua, como destierro. Cixous ha hecho de ese desarraigo una poética. Cada libro suyo habla desde el lugar de quien nunca se reconoce en la casa, de quien escribe para no sucumbir al silencio.

La llamada écriture féminine, concepto que cristalizó en La risa de la Medusa (1975), no proponía una esencia femenina ni una biología trascendente. Era, más bien, la invitación a escribir desde el cuerpo, desde el inconsciente, desde el deseo reprimido por siglos de patriarcado. Esa idea, incómoda entonces y ahora, vuelve a interpelar: demasiado orgánica para quienes temen que lo corporal derive en exclusión, demasiado simbólica para quienes buscan certezas biológicas. Cixous se instaló en medio, en la grieta, y desde ahí sigue hablando. Su Medusa no tiene sexo fijo, tiene potencia creadora.

El jurado reconoce además “la incisiva invención de un nuevo género literario”. Y en efecto, cada página de Cixous parece inventar un idioma dentro del idioma. No escribe siguiendo normas: las dinamita. Sus libros son híbridos que se mueven entre ensayo, poesía, teatro, autobiografía y delirio onírico. Leerla es entrar en un bosque sin senderos, avanzar a machetazos por frases que se quiebran y se multiplican. Una literatura que exige del lector un compromiso físico: mandíbula apretada, cuerpo tenso, respiración entrecortada. No hay consuelo en sus páginas, solo la certeza de que el lenguaje es trampa y salvación al mismo tiempo.

En el ámbito hispánico, su recepción ha sido fragmentaria: La risa de la Medusa, que Anthropos publicó en los años noventa y que ahora acaba de reeditar Cátedra en una edición revisada y contextualizada —me atrevería a decir que gracias al premio—, La ciudad perjura, El libro de Prometea o El tercer cuerpo en editoriales argentinas y españolas. Cada nuevo título aparece como un destello aislado en un mapa aún incompleto, lo que hace que cada publicación sea casi un acontecimiento en sí misma. No es casual: traducir a Cixous es siempre complejo, porque su francés no admite la docilidad de la sintaxis ni las convenciones de género. Obliga a reinventar, a arriesgarse, a quebrar las costuras de la lengua de llegada. En ese sentido, cada traductor se convierte en su doble, obligado a compartir la misma intemperie y a asumir que trasladar sus textos no es tanto verterlos como prolongar el gesto original de insubordinación lingüística.

Que el Formentor la premie no es casual. Este galardón, recuperado hace quince años, ha ido reuniendo a una constelación de autores que comparten una condición disidente: Ulítskaya, Quignard, Krasznahorkai. Ninguno escribió para agradar. Todos han incomodado, tensado el lenguaje, puesto en cuestión la comodidad lectora. En esa genealogía, Cixous ocupa un lugar extremo: ella no se limita a incomodar, directamente expulsa al lector del territorio seguro. La ceremonia se celebrará en el Teatro Real de Madrid el día 1 de octubre. El contraste es inevitable: la solemnidad del mármol y el terciopelo frente a la escritura que ha hecho de la intemperie su hogar. Imagino a Cixous recibiendo el premio sin domesticar su voz, como si cada palabra pronunciada allí siguiera siendo un golpe contra la complacencia. Esa paradoja es el gesto más político del Formentor: consagrar a quien nunca buscó consagración.

Habrá quienes digan que premiar a Cixous es un acto elitista, que la literatura necesita ser más accesible. Yo pienso lo contrario. Necesitamos voces que nos arrojen fuera del sofá, que nos saquen del letargo, que nos enfrenten a la herida. Cixous no es un lujo cultural: es la memoria encarnada de lo que significa escribir para no desaparecer. Su obra es la constatación de que el lenguaje, incluso roto, sigue siendo el único refugio contra el desamparo contemporáneo.

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