Hebras y nodos

La herencia del silencio

Y no hai remedio2
Estampa de Goya «Y no hai remedio»

«Si algún día le viese bajar por aquella cuesta, y pudiese llamarle desde el balcón. Entonces… entonces bajaría corriendo y sería la persona mas feliz de este mundo». Eso decía mientras sus ojos azules miraban con amor, a través de la ventana de nuestra casa, esperando, deseando, recordando…

Yo escuchaba estas palabras, pero no las entendía bien. ¿A quién esperaba? ¿A quién recordaba?

Tampoco sabía el significado de la palabra amor, ni esperanza, ni deseo. Pero ya conocía la sensación que provocaban en mí, antes de haber aprendido los signos que la componían.

Nunca regresó. No hay ningún sendero que nos devuelva a aquellos que han atravesado la frontera de la vida.

Mi abuela siguió esperando, recordando.

Y ahora pienso que esa esperanza, ese deseo, mantuvo en su alma un amor perenne. El amor arrullado por el recuerdo de lo que pudo ser.

Mi abuelo fue fusilado en Agosto de 1936. Junto a mi tío. Junto a otros hombres, que víctimas de un «error», cerraron su vida sin acabar.

Y es este final abierto, ese recuerdo perenne el que sigue aquí, lleno de preguntas inertes. Ese vacío es el que me empuja a escribir estas letras. Con la débil esperanza de que entre los huecos, entre las pausas de estas letras, se cierren con calma y en paz esos deseos nunca cumplidos.

Y que mi corazón encuentre respuestas, pudiendo despedir a quien nunca conocí. Y que este amor forme parte del recuerdo de un pasado tranquilo, convertido en orgullo. Un pasado que pueda contar a mis hijos, con respuestas. Con sus sonrisas y sus silencios.

Con sus lágrimas y su orgullo.

Cuando era niño, en las noches, escuchaba a mi abuela hablar. Lo hacía en voz alta, supongo que para hacer más presente a su ser querido.

A la ausencia se le habla en voz alta, se le reivindica así.

Yo, a veces escuchaba, mitad asustado, mitad curioso. Era una especie de diario compartido. Ya que no sabía leer ni escribir, usaba su voz como pluma y la oscuridad de nuestra habitación era el papel en el que quedaban escritos sus pequeños aconteceres diarios.

¡Ay! Si estuvieras aquí y vieses a tus nietos ¡Qué feliz serías! Son muy buenos y muy listos. Yo no les hablo mucho de ti, pero no porque no quiera, sino para evitarles sentir el dolor que me acompaña. Uno de ellos se parece mucho a ti. Es de pelo muy oscuro y ojos negros. Ya sabe leer y escribir y en la escuela le dicen que podrá estudiar lo que quiera. Y tu hija, a la que nunca viste crecer, me cuida, y hace que mi vida sea mejor… ¡Ay! Si estuvieras aquí.

Poco a poco fui comprendiendo que ese desconocido oyente y el hombre al que esperaba eran la misma persona. Eran «mi abuelo».

Olvidado.

De todos esos cuerpos enterrados sin justicia suelen hablar de vez en cuando los políticos. Las familias de las víctimas suelen estar calladas, el trauma anida en su silencio. Sus hijos crecen escondidos. La vergüenza y la culpa, de modo extraño pero cierto los acompañan.

En el pueblo donde murió, que está muy lejos de donde yo nací y me crie, están trabajando otros nietos de otros asesinados (por desgracia somos muchos).

Se organizan y tratan de devolverles la dignidad que los asesinos y sus cómplices nunca les permitieron tener.

La dignidad que quisieron enterrar junto a sus cuerpos.

Me cuesta usar esas palabras, asesinos. No porque no sean adecuadas, que lo son, pues lo que hicieron fue asesinar fríamente, sembrar un miedo que todavía hoy nos acompaña, y que probablemente nunca desaparecerá.

Si me cuesta es porque cuando recuerdo a mi abuela, y a todo lo que tiene que ver con su pasado, con la pérdida de su marido, con las secuelas que tuvo que padecer por ser la «viuda de un rojo» en un alejado pueblo de la provincia de Salamanca, nunca escuché nada que tuviera que ver con el odio, el rencor, las ganas de venganza, o nada que se le pareciera.

Jamás maldijo a nadie, ni en sus ojos pude nunca ver ninguna huella de la amargura que acompaña estos, por otra parte, humanos y comprensibles sentimientos. Y que hoy día vemos con tanta frecuencia en los informativos de TV, cuando a alguien le quitan, la vida. Lógico. Pero porqué ahora sí y no antes.

¿Por qué?

Se equivocan quienes creen que darles la dignidad y el espacio arrebatado es un peligro. ¡No lo es!

O se equivocan o les sigue guiando el mismo odio y «error» que condujo a nuestros abuelos a la fosa.

Quiero pensar lo primero para honrar la memoria de mi abuela.

No quiero odiar, aunque me cuesta, porque yo también, dos generaciones después, crecí a la sombra de la derrota.

Mi abuelo era profesor, sabía leer y escribir, y tenía un carro con el que vendía y compraba. Esto lo supe después, cuando escuchaba a mis padres y a mi abuela. En aquellos años esto era un capital, y el futuro se presentaba abierto y lleno de luz. Su mujer acababa de dar a luz a su primera hija, y él formaba parte del ayuntamiento democráticamente elegido en aquel convulso 1.936.

Todo esto desapareció con él. La democracia fue enterrada junto a la esperanza. A su hija y a su mujer el futuro les reservó hambre, y humillación. Después la emigración. Y aunque lucharon para borrar las heridas, y evitar que sus cicatrices nos marcasen, no lo consiguieron.

Prueba de ello son estas palabras.

Y no lo consiguieron porque desde su silencio bajo la tierra, nos llaman.

Imagino sus cuerpos como semillas tozudas.

Imagino nuestros recuerdos como el agua que las riega.

Los frutos son estas palabras, sencillas. Escritas hoy aquí, por mí. Pero pienso que en muchos otros corazones, en otras almas con otros recuerdos, hay palabras que hablan de otros abuelos, de otras ausencias, de otros silencios asustados.

Nunca escuche el llanto de mi madre recordando a su padre. Ni siquiera ese consuelo pudo tener. Se lo llevaron cuando ella tenía 15 meses, y no queda huella en su memoria. Solo recuerdos contados, palabras escuchadas. Y siempre ha quedado ese hueco en su alma.

Eso hicieron quienes los mataron, abrir un enorme y árido hueco. Y no quieren cerrarlo. No quieren ver crecer las flores de su recuerdo. ¿Tienen miedo?

Pero es posible que hoy logremos algo, la única victoria en una guerra injusta y errónea. Quizás hoy consigamos llenar esos huecos. ¿Es posible?

Mi madre creció con el miedo y la sensación de ser menos, de faltarle algo. Solo era la «hija del rojillo», pero al igual que mi abuela, no dejo que el odio creciese. Lo pudo convertir en tristeza. Una tristeza tibia, que no se calma con lágrimas, pero que tampoco araña, ni clama venganza.

Cuando le conté que un día iba a hablar de su padre en un homenaje, y que iba a tener un lugar donde poder dejar las flores que siempre quiso darle, me respondió con un melancólico «ya era hora», y esta vez si había lágrimas.

La tierra se empapa y crecerán flores.

Si, ya es hora de tener un poco de luz, de que se escuchen palabras de aquellos silenciados por el error. Y el terror.

¡Ciento diez hombres y dos mujeres!

Eso me contaba mi padre. Lo repetía muchas veces. Tantas que llegaba a cansarnos a mis hermanos y a mí. «Ya lo sabemos», respondíamos.

Era y es un hombre tozudo que no quiere que se olvide. Y no nos olvidamos.

De valientes no hay nada escrito, solía decir.

Siempre he tenido a mi abuelo, a su memoria como un referente, un modelo. He imaginado muchas veces su valor, su última mirada de frente a sus verdugos. Su coraje. Y he pensado muchas veces en sus 28 años, cuando le mataron.

Estas palabras son el homenaje que le brindo a él, y a todos los valientes que no pudieron escribir.

A mi abuelo Victoriano Gómez, a mi tío Desiderio Criado, a los ciento diez hombres y dos mujeres asesinados en Ciudad Rodrigo (Salamanca) en el otoño de 1.936. A los miles que junto a ellos nos dejaron este hueco en blanco.

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4 comentarios

  1. María Antonieta Ugarte y Chocano

    Hermosas palabras. ¡Qué maravilla de abuela! El abuelo no murió, siempre estuvo presente: en cada palabra dirigida a él; en cada recuerdo, en los momentos que la abuela le hablaba, él vivía sin conocer lo que era envejecer. Su misión: hacer perdurar el recuerdo de los dos abuelos.

  2. Todo homenaje es poco, para aquellos a los que les segaron injustamente la vida.
    Pero, lo que pienso, es que, a los que verdaeramente asesinaron , fue a los familiares que quedaron con vida, (tu abuela como el mejor ejemplo).
    Personas, que ademas de arrebatarles a seres queridos, tenian que seguir viviendo , soportar las meserias, estigmas y sacar adelante a familias.
    Todo homenaje es poco, aunque pienso que el mejor reconocimiento, es que se sepa.
    Las generaciones actuales deben saber y comprender, que por decir verdades no se esta adoctrinando.

  3. Victoriano Criado Gomez

    Hola Aljavi,
    Gracias por tu comentario. Discrepo en parte. Intentaron asesinar a mi abuela en vida, pero no lo lograron. Sufrió/sufrimos, pero tambien, y ahí está la clave, disfrutó, y vivió hasta el último instante con una alegría, teñida, eso sí, de lágrimas. Pero supo sonreír desde el alma. Y de esa sonrisa, mi alma se alimentó. Y he visto otras víctimas a las que, efectivamente, asesinaron en vida.
    Me he preguntado muchas veces cómo lo hizo. Creo que su amor incondicional por ese hombre ideal mantuvo la esperanza, que es la base de una vida llena de sentido.

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