Editorial

La vuelta al cole que no te cuentan: mochilas nuevas, calor de siempre

Imagen promocional de Stranger Things

Como cada septiembre, los telediarios se llenan de imágenes de mochilas nuevas, de madres comparando precios de cuadernos y de gráficas que repiten el mismo mantra: el gasto medio por alumno ha subido otro año más. La OCU cifra en más de 500 euros la vuelta al cole, un 18 % más que en cursos anteriores. Las emisoras de radio también se suben al barco de la inauguración del curso escolar, acuden a las aulas y hablan con los padres sobre la subida de los uniformes, los libros de texto que no se pueden heredar y el esfuerzo que supone llenar una mochila que, antes de empezar, ya pesa en la economía familiar. La prensa reproduce el mismo ritual, con reportajes fotográficos de niños entrando en fila a clase, entrevistas a libreros que confirman el repunte de ventas y artículos que convierten en dato lo que para muchas familias es un desvelo cotidiano.

Sin embargo, hay un elemento que casi nunca aparece en este coro mediático: el calor. Un calor impropio de septiembre que convierte las aulas en hornos, con termómetros que marcan treinta grados a primera hora de la mañana y alumnos que aprenden a soportar la jornada como un ejercicio de resistencia física. Se habla del precio de los libros, del uniforme, del gasto acumulado en material escolar, pero se evita mencionar que, mientras tanto, los niños estudian en condiciones térmicas que harían imposible cualquier reunión de trabajo de un adulto. Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿por qué en las consejerías de Educación hay aire acondicionado y en las aulas no? La respuesta, aunque tentadora, no es tan simple como señalar la hipocresía del político que disfruta de su despacho refrigerado. No se trata solo de voluntad política o de indiferencia: el problema es más complejo, y es precisamente esa complejidad la que permite que se prolongue el absurdo.

Es verdad que climatizar los 14.000 colegios públicos de España con aparatos de aire acondicionado tendría un coste energético muy elevado: un split de 3,5 kW puede rondar los 500 kWh por curso si se utiliza únicamente durante las semanas de calor más intenso, unas dos o tres horas al día en los meses de septiembre y junio y durante las olas de calor de mayo u octubre. Extrapolado a las cerca de 300.000 aulas del sistema público, la cifra alcanzaría en torno a 150 millones de kWh anuales, lo que equivale al consumo eléctrico de unos 40.000 hogares medios. En un sistema eléctrico ya tensionado en verano, ese gasto no es un detalle menor. Y también es cierto que no todos los colegios sufren por igual: en zonas rurales, con más masa térmica y menos isla de calor, las aulas pueden mantenerse soportables con ventiladores de techo, toldos o sombras naturales, mientras que en los centros urbanos la temperatura roza lo insoportable. Aceptar esos datos, sin embargo, no elimina la incongruencia. Lo que la agrava es la ausencia de planificación: se invierte en soluciones tecnológicas vistosas —pizarras electrónicas, paneles fotovoltaicos— mientras se posterga lo que, siendo menos fotogénico, es más urgente para la vida cotidiana de los alumnos. Que las pizarras se financien con partidas específicas de planes estatales o europeos y que los paneles solares permitan generar excedentes para futuras baterías son matices administrativos ciertos, pero irrelevantes para quien tiene que sentarse seis horas en un aula a 30 grados. La política se parapeta en la ingeniería presupuestaria para justificar decisiones que, vistas desde el pupitre, carecen de sentido.

La alternativa tampoco puede ser el simplismo de reclamar “aire acondicionado para todos” como un derecho inmediato. Esa consigna choca contra la realidad física y económica: meter aparatos en edificios de los años sesenta y setenta, mal aislados y sin ventilación cruzada, es quemar compresores en dos veranos. Portugal y Grecia, con climas más duros, han establecido la secuencia obligatoria: aislar primero, ventilar después, refrigerar al final. En España seguimos obsesionados con saltarnos pasos porque lo urgente parece más fotogénico que lo importante. Pero aceptar esa secuencia lógica no debería servir de excusa para seguir aplazando la solución. Porque mientras los presupuestos se enredan en partidas etiquetadas y proyectos de eficiencia a largo plazo, los niños siguen sudando en septiembre y junio. Lo que falta es un plan integral: rehabilitar la envolvente térmica de los edificios escolares, instalar ventilación mecánica con recuperadores y, allí donde sea imprescindible, incorporar sistemas de refrigeración alimentados con energía solar producida por los propios centros. Solo así se resuelve la contradicción entre la dignidad inmediata y la sostenibilidad futura.

El calor en las aulas, además, no es solo un problema de confort: es un problema de equidad. Los mapas muestran que la “brecha térmica” no coincide exactamente con la “brecha de renta”, pero sí la agrava. Los colegios de barrios periféricos, muchas veces con patios sin sombra y edificios antiguos, soportan más calor que los nuevos centros de urbanizaciones acomodadas. Los ventiladores de techo ayudan, pero no son panacea. Plantar árboles y pintar cubiertas de blanco cuesta menos que un split, pero requiere voluntad de mantenimiento, esa palabra maldita en la política española. Se dice que los medios ya no callan, que desde 2021 se han publicado más de un centenar de artículos sobre “calor en las aulas”. Es cierto. El enfoque informativo ha cambiado: en lugar de titulares como «los niños sufren por el calor», ahora predominan noticias del tipo «la Junta licita 3.000 equipos de climatización». El tema se presenta más como un proceso administrativo que como una denuncia social. En ese giro de enfoque se diluye lo fundamental: la licitación de aparatos puntuales no sustituye la necesidad de una estrategia coherente de climatización escolar.

El cambio climático añade la urgencia final. España ya vive olas de calor que superan en frecuencia e intensidad a las de hace una década. Pensar que el calor escolar es un asunto menor es olvidar que afecta a la concentración, al rendimiento, a la salud y, por extensión, a la igualdad de oportunidades educativas. El futuro se juega también en esos grados de más o de menos. Y lo peor que puede hacerse es fingir que con plantar placas solares en la cubierta y repartir pizarras electrónicas se ha resuelto algo. La incongruencia es clara, pero no puede resolverse con eslóganes fáciles ni con soluciones parciales. El aire acondicionado en las aulas no debe ser un tabú ni un mantra político: debe ser la última pieza de un plan de rehabilitación térmica integral, que permita a los niños aprender a 26 ºC sin que eso suponga una factura inasumible ni unas emisiones que hipotequen su futuro. Mientras ese plan no exista, la paradoja seguirá vigente: invertiremos en símbolos de modernidad, inauguraremos pizarras y paneles, y dejaremos que lo más básico —el derecho a estudiar en condiciones dignas— siga dependiendo de la capacidad de aguante de un niño bajo el calor de septiembre.

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3 Comentarios

  1. Desde el 2021, en Andalucia se estan colocando en los colegios, placas solares y aire acondicionado.
    De los 1300 colegios, ya se a actuado en unos 500.
    Va despacio, pero va…..

    Pd. Referente al tema, lo que no entiendo, es porque una mochila + material cada curso?
    Los que fuimos a la EGB, la mochila duraba varios cursos (hasta que se quedaba pequeña), y el materia tipo lápices, rotuladores etc, seguian valiendo el siguiente curso.

    • Leandro De Frutos Gosálvez

      Se trata de facilitar el robo y la extorsión por parte de las instituciones, con el gobierno en primer lugar, a los ciudadanos de a pie. Vamos, lo de siempre…

    • El material sí, pero al menos en mis tiempos (últimos años de EGB, primeros de ESO) cada año a los libros de texto les cambiaban dos párrafos. Así se conseguían dos cosas por partida doble: irlos amoldan al pensamiento del gobierno en turno, e impedir que se puedan heredar los de los hermanos mayores – es decir, obligar a pasar por caja de nuevo.

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