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De Roland Garros al marquesado: Rafael Nadal y la ficción aristocrática de los deportistas

Rafael Nadal y el rey de España, Felipe VI, en una entrega de premios en 2022. Foto Cordon Press.
Rafael Nadal y el rey de España, Felipe VI, en una entrega de premios en 2022. Foto: Cordon Press.

Rafael Nadal es ahora marqués, lo cual no debería sorprender a nadie en un país donde la aristocracia ya no se funda en la sangre azul sino en la sangre derramada —preferiblemente propia, preferiblemente sudor— sobre una pista de tenis, un estadio de fútbol o cualquier otro escenario homologado para la épica contemporánea. El rey otorga, el pueblo aplaude y el deportista, que lleva años acostumbrado a recibir trofeos con formas diversas, acepta con la naturalidad del que recoge un servicio flojo en la línea de fondo. La operación parece inocua: un título más para quien lo ha ganado todo. Y, sin embargo, encierra una paradoja que conviene masticar con calma: ¿desde cuándo el mérito deportivo equivale a virtud social?

Porque el marquesado de Nadal no es un gesto aislado, sino la confirmación de un hábito: ennoblecer al campeón, elevar al atleta al rango de referente político o moral, como si su brazo derecho —capaz de convertir en punto cualquier bola improbable— pudiera trasladarse con idéntica eficacia a la responsabilidad fiscal, la ética pública o la conciencia cívica. De esa confusión nacen equívocos deliciosos, como creer que un futbolista de élite puede ser ejemplo de integración cuando se esfuerza más en diversificar sociedades que en pronunciar la palabra «igualdad», o imaginar que la disciplina de un piloto de Fórmula 1 tiene algo que enseñarnos sobre justicia climática mientras calcula los kilómetros en su avión privado.

El marquesado, en definitiva, no premia un título: lo recicla. Le da a la monarquía un aire de proximidad popular —ya no se honra al general que tomó una plaza africana, sino al chico de Manacor que tomó París en pantalón corto— y, de paso, nos distrae de una cuestión más incómoda: que los héroes que idolatramos no siempre son el ejemplo de ciudadanía que desearíamos imitar.

De la sangre azul a la sangre sudada

El ennoblecimiento, en origen, era un contrato sangriento: se convertía en marqués quien había conquistado territorios, sometido vasallos o, en el mejor de los casos, pagado lo suficiente para aparentar haberlo hecho. El título era recompensa y coartada; el marqués podía mirar al resto de los mortales desde la altura de su blasón y, de paso, justificar los privilegios que le permitían no rebajarse a trabajar. La nobleza era, sobre todo, el arte de vivir sin sudar.

Esa vieja fórmula se desgastó con los siglos. La modernidad trajo guerras donde los marqueses ya no brillaban en la primera fila, sino en la retaguardia, y revoluciones que hicieron sospechoso cualquier apellido con demasiadas sílabas. El siglo XX obligó a reinventar la aristocracia: ya no bastaba con tener linaje, había que tener relato. Y de repente aparecieron otros héroes, otros cuerpos a los que exaltar: el torero que convertía la muerte en espectáculo, el cantante que lograba que hasta el régimen pareciera moderno, el científico al que se podía premiar sin riesgo de que hiciera preguntas incómodas sobre el presupuesto.

Hoy, en pleno siglo XXI, la operación sigue siendo la misma, solo que el escenario ha cambiado. Donde antes había plazas de toros, ahora hay estadios; donde antes se alzaban expediciones imperiales, ahora se multiplican finales de Champions o de Roland Garros. La aristocracia se recicla en clave deportiva: el atleta como nuevo noble, el palmarés como linaje, el trofeo como blasón. El rey no puede ya nombrar marqueses por haber conquistado un territorio, así que los nombra por haber conquistado un ranking. Y todos contentos: el deportista añade un título que no se gana en la pista, la monarquía se aproxima al pueblo y el pueblo confirma que la épica aún tiene quien la escriba, aunque sea con raqueta o balón.

El mito del mérito y la realidad del ejemplo

Nadie discute que Nadal haya sido un titán de la pista, como nadie discute que Messi ve cosas en un campo de fútbol que el resto apenas intuimos en una repetición a cámara lenta. La cuestión no es su talento deportivo, sino la facilidad con la que se confunde esa excelencia con la virtud cívica, como si los mismos reflejos que devuelven un saque a 200 kilómetros por hora sirvieran también para esquivar contradicciones fiscales o silencios políticos. El deporte crea héroes en zapatillas, pero la sociedad insiste en coronarlos como modelos de vida, olvidando que la raqueta no paga impuestos ni la medalla legisla sobre justicia social.

El problema no es individual, sino sistémico. Se convierte a los deportistas en referentes universales sin preguntarles si quieren o si están preparados para ese papel. Y la mayoría responden con la neutralidad de manual: declaraciones insípidas, causas benéficas tan genéricas que nadie pueda ofenderse, residencias fiscales flexibles que harían sonrojar a cualquier otro fugado de Hacienda. El contrato es claro, ellos nos regalan victorias y nosotros les regalamos indulgencias.

Existen, por supuesto, excepciones incómodas. Marcus Rashford, que obligó al gobierno británico a extender las comidas escolares gratuitas durante la pandemia, utilizó su popularidad para algo más que un eslogan. Lewis Hamilton, contradictorio pero insistente, habla de racismo estructural en un deporte blindado por la blancura y el dinero. Megan Rapinoe se convirtió en símbolo de igualdad sin pedir permiso a nadie. Son ejemplos de que la influencia deportiva puede ser palanca social, pero también recordatorios de lo excepcional que resulta ver a un campeón asumir un compromiso que vaya más allá de posar con un trofeo y sonreír en una campaña institucional.

La contradicción es evidente: se otorgan marquesados a los que callan y se aplaude con recelo a quienes hablan. La nobleza deportiva se mide por títulos, no por la capacidad de incomodar al poder. Nadal es marqués porque ganó Roland Garros trece veces; Rashford sigue siendo «solo» un delantero porque prefirió enfrentarse al gobierno en lugar de limitarse a regatear defensas. El linaje contemporáneo se construye en la pista, no en la plaza pública.

El silencio como disciplina nacional

En España, la neutralidad de los deportistas es casi un dogma, una extensión invisible del régimen de concentraciones: se entrena, se compite, se gana, y se calla. Nadal ha llevado esa fórmula a la perfección, con una carrera marcada por la disciplina y una biografía pública en la que lo más arriesgado que ha dicho cabe en una taza de desayuno. La retórica del esfuerzo, del sacrificio y del «siempre se puede» es eficaz sobre una pista, pero resulta insuficiente cuando se la coloca como ejemplo de ciudadanía. El mismo país que pide a gritos que los políticos hablen claro celebra que sus ídolos deportivos no digan nada, como si la neutralidad fuera prueba de nobleza y el silencio, garantía de unidad.

No es que no existan ocasiones para hablar. El genocido en Gaza, los ejemplos de racismo o machismo en las gradas, la falta de inclusión en el deporte, las derivas autoritarias aquí o allá: todo pasaba ante los ojos de deportistas que acumulaban micrófonos a su alrededor y que podrían haber pronunciado una frase incómoda. Y, sin embargo, el único ruido que hicieron fue el de sus zapatillas sobre el parqué o el de sus raquetas golpeando la bola. Se dirá que no es su papel, que un atleta no está para dar lecciones de civismo. Pero, si no lo está, ¿por qué insistimos en convertirlo en modelo social, en otorgarle marquesados o en situarlo como referente moral? O al chocolate o a las tajadas.

La monarquía ha entendido bien esta ecuación. Premia al campeón precisamente por su neutralidad, aunque es una neutralidad que siempre, en estros caso, cojea de la pierna diestra. Nadal es ideal porque gana mucho y habla poco. Es, en cierto modo, la traducción contemporánea de la vieja nobleza cortesana: estar cerca del poder, disfrutar de sus honores, pero nunca cuestionarlo. Donde antes se pedía linaje, ahora basta con palmarés; donde antes se exigía sangre azul, ahora se exige sangre fría para no incomodar.

Méritos invisibles

Lo curioso es que este mismo país que convierte a sus campeones deportivos en nobles de pleno derecho parece padecer una ceguera selectiva hacia otras formas de mérito. Nadie piensa en armar caballero al cirujano que sostiene un quirófano con recursos mínimos o en conceder un marquesado a la investigadora que logra que un fármaco nacional se cuele en revistas internacionales. Ni siquiera el maestro que convierte la docencia en milagro cotidiano recibe más reconocimiento que una placa conmemorativa al jubilarse, si es que se la dan.

La diferencia no es trivial. El esfuerzo del deportista se mide en puntos y segundos, se celebra en directo y se monetiza en patrocinadores. El esfuerzo del científico, del docente o del sanitario carece de retransmisión televisiva, no ofrece camisetas firmadas ni da pie a contratos publicitarios con refrescos azucarados. Y, sin embargo, es ese esfuerzo invisible el que sostiene la estructura social que permite que un país pueda siquiera tener deportistas de élite.

Cuando se le otorga a Nadal un marquesado, lo que se premia no es solo su palmarés, sino que se valida la idea de que la épica física es el único mérito que merece traducción institucional. La investigación, la cultura o la sanidad se resignan al aplauso discreto de congresos, suplementos culturales o salas de espera, mientras la monarquía inviste como nobles a quienes ya tienen más honores de los que podrían colgar en un salón. El mensaje es claro: el mérito que no se televisa no existe.

Epílogo de nobles y sudores

El marquesado de Nadal no es, al final, un caso aislado, sino el síntoma de una sociedad que ha confundido la épica con la ética. Convertimos en referentes a quienes saben ganar partidos, y les perdonamos cualquier otra cosa como si la victoria en la pista incluyera indulgencia plenaria. La nobleza, que antes se heredaba en un apellido impronunciable, ahora se otorga a golpe de saque directo, basta con sudar lo suficiente en público para ser considerado digno de figurar en la nómina simbólica del reino.

Podría parecer inofensivo, incluso simpático: ¿qué daño hace que un rey reparta títulos entre deportistas que ya tienen más trofeos de los que caben en sus vitrinas? Pero conviene leer la letra pequeña. Lo que se institucionaliza no es el mérito deportivo, sino la equivalencia entre talento físico y virtud social. Y esa equivalencia es peligrosa, porque legitima la idea de que basta con jugar bien para ser buen ciudadano, de que el silencio es ejemplo y de que pagar lo mínimo en impuestos no invalida un marquesado.

La paradoja es que mientras se ensalza al campeón neutral, se olvida al ciudadano incómodo. La aristocracia contemporánea se viste de chándal y se domicilia en sociedades opacas, mientras las figuras que alzan la voz —los pocos deportistas que hablan de transfobia, de racismo, de injusticia— se quedan sin honores ni coronas. Quizá sea esa la moraleja, que la nobleza sobrevive porque siempre encuentra un cuerpo al que aferrarse, ya sea en un campo de batalla, en una plaza de toros o en una pista de tenis. Lo único que cambia es el uniforme, y entre títulos heredados y marquesados conquistados a base de saques, la sociedad confirma lo que sospechábamos. Que seguimos fascinados con la aristocracia, aunque ahora prefiramos que en lugar de espada lleve raqueta.

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11 Comentarios

  1. Perry Manson

    Estoy de acuerdo en que otorgarle un marquesado a Nadal es una chorrada , pero no más grande que este artículo. Otro intento taimado de extender la sospecha sobre el deportista más grande que ha tenido este país y relacionarlo con los fachas y los toreros porque no se pronuncia por la transfobia. ¿Virtud cívica?, ¿neutralidad?, ¿ Megan Rapinoe? No me hagas reír. Aquí de lo único que se trata es de amedrentar y poner en la picota a todo aquel que no siga el juego de vuestras causas estupendas para seguir viviendo eternamente de la épica infantiloide del activismo, la misma épica que te permite facturar esta ridiculez de artículo que podría haber escrito un crío resentido de doce años. Y , por cierto, Rafael Nadal no tiene 13 Roland Garros, sino 14. Si te interesara tanto el tenis como la virtud cívica, igual lo sabrías.

    • LePeisens

      Para mí el mejor deportista español es Márquez, seguido eso sí por Nadal. Por lo demás susbcribo todo su comentario. Despropósito de artículo, de primero de comunista; si no eres de los míos ni lo demuestras vamos a por ti, aunque sea con la excusa más peregrina.

  2. El artículo es un delirio de principio a fin. La autora debería saber que «Rashford sigue siendo «solo» un delantero porque prefirió enfrentarse al gobierno en lugar de limitarse a regatear defensas» es rotundamente falso. Rashford fue nombrado MBE (Member of the Most Excellent Order of the British Empire) por sus iniciativas sociales. Hamilton por su parte también es MBE y además fue nombrado caballero ( Knight Bachelor). Con respecto a Rapinoe hay poco que decir más allá de que Biden le concedió la Presidential Medal of Freedom pocos años después de que le regalaran un Balón de Oro absolutamente inmerecido por el simple hecho de que su activismo coincidía con la imagen que quería proyectar el establishment futbolístico.

  3. Buen artículo. Y sintomática esa defensa cerrada que hacen los lectores ofendidos como si les mentasen un familiar. Dicen que la madurez no la traen los años necesariamente, sino la asunción política. Se ve que en España, y en el mundo en general, falta éso. Lo has resumido bien: sobra épica y falta ética. Aunque ver protestar a la gente por la limpieza de cara del sionismo que quieren llevar a cabo en la Vuelta Ciclista es esperanzador.

  4. Pinkerton

    Es superesperanzador que un etarra condenado lidere las protestas en la Vuelta a España, qué casualidad: un cachorrillo al que no se le pasa aún el mono de quemar contenedores y que se ha quedado sin la adrenalina de la jarana callejera. Lo que falta en España es mucha decencia básica y lo que sobra es mucho totalitario que confunde la épica con pisotear los derechos de los demás.

  5. Casimiro Ledesma

    Las protestas contra el genocidio en Gaza son ETA. Bildu es ETA. El Gobierno es ETA.
    ETA es todo lo que no me gusta…(Y si no me haces caso que te vote Txapote).

  6. Evaristo Camargo Rodas

    Plantea todos los puntos y aristas envueltos en este tipo de distinciones que,además del completo inventario de significados subyacentes expuestos con meridiana e hilvanada fluidez, confirman como el deporte ,en su variado repertorio , ha Sido convertido no solo en el mas imporante instrumento de control manipulación,distrasccion,alienacion ,de la masa sino fuente de inmensas ganancias a la cabeza de lo cual está el tal fútbol que por ejemplo en Colombia cuando la juventud se levantó masivamente en enérgico rechazo al narco estado corrupto fue salvaje y sanguinariamente atacada generando apoyo,a los jóvenes,y solidaridad internacional..y a todas estas dónde estaban los futbolistas dr la «seleccion colombia» ? dándose la gran vida sin importarles un bledo lo que pasaba en el país que dicen dizque representar..No dijeron ni mu,son,los futbolistas mercenarios de nuevo cuño.S propósito el fútbol de ahora no vale tres hilachas cuando un equipo ataca el atacado en vez de enfrentarlo va retrocediendo cediendole la inociativa y el campo,cuánta estupidez,cuando un arquero atrapa el balón,en vez de lanzarlo enseguida para contraatacar,como en el Futb de antes,ahora rdpera que el equipo contrario se reacomode que imbecilidad eso es el fútbol de ahora estúpido e imbécil y se originó en Europa cuando vieron como con BRASIL como Líder se jugaba en América Latina un Fútbol pletoricos de Magia! Fantasía! Imaginación!inventiva! A Raudales y claro lo distorsionaron yergiversaron y desdibujaron inventando se dizque el sistema y la teoría de los espacios acompañado de la puesta en marcha de numerosas contrataciones a precios exorbitantes y entonces claro el dueño de los latinoamericanos eray esjugar en Europa sometiéndose al»sistema» y a la «teoría de los espacios» olvidándose y abandonando la Magia,la Fantasía la Imaginación para serunos correntones esclavos de los entrenadores.
    Hoy día el fútbol latinoamericano con Brasil a la cabeza está años luz de su otrora Genialidad Creativa,incluso se ve la aberración de un europeo dirigiendo a la Selección Brasil que horror,y serviles comentaristas vociferan otra aberración dizque Messi es el mejor jugador de la historia que disparate absurdo,saben quién hizo el Número 10,si el número 10 en la camiseta? Edson Arantes do Nascimento el inmortal PELE!!!!!!!! Saben quién comenzó la tradición del intercambio de camisetas? Edson Arantes do Nascimento el Super Genial PELE!!!!!!!! Siendo un niño vio a su padre afligido a punto de llorar y le pregunto que pasa papi? Y este le dijo es que perdimos la Copa,en el tristemente celebreMaracanazo a lo que el niño poniendo su mano en rl hombro de du padre le dijo No te preocupes que Yo te traeré la Copa..y efectivamente no le trajo una ni dos Sino Tres Copas Mundo de las Cinco conquistadas por Brasil cuando Brasil era. Brasil ademasparaque Messi se muda a Peleyiene que pasar antes por otras grandes figuras leyendas que acrisolaronal Fútbol: Garrincha! Jairzhinl! Rivelino! Ronaldinho Gaucho! El Káiser Franz Beckenbauer! Johan Cruuff! Alfredo di Stefano la Saeta Rubia! Diego Maradona!!! Y muchos otros como Cristiano Ronaldo cuyos Performances en la cancha recuerdan a las hazañas futbolísticas de los nombradoselfutbol actual novale la pena verlo porque no ofrece nada que valga la penaver
    Rafa Nadal fue motivo de cordial discrepancia familiar ya que mi hermanaMirtha Camargo. Rodas era fan de el,y yo de Roger Federer sus encuentros fueron épicos!!! Y sin ellos sin Rafa ni Federer el Tenis yaNo es lo mismo. Quiero aprovechar parna exaltar y aplaudir el otocergamiento por la Corona EspaÑola del Premiopr

  7. Gran artículo, parece que los logros de Nadal son para todos nosotros y en realidad son sólo para él y los suyos, no creo que le tenga que estar agradecido, además no nos olvidemos que el galardón se lo da una institución corrupta y antidemocrática,todo tiene un tufo rancio y clasista.

  8. JOSE MARIA SERBIA

    excelente articulo

  9. Otro insufrible charoartículo con ínfulas. Mis bostezos se oyen desde la Philippe Chatrier.

  10. Más allá de ideologías ni Nadal ni muchos deportistas hacen nada por nuestra sociedad, y además si pueden blanquean su dinero para pagar menos impuestos.

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