
Este artículo contiene spoilers.
The Last of Us es una bestialidad, pero, más que la trama de zombis, es indiscutible que la gran genialidad del guion, y la razón por la que tiene tantos seguidores, reside en la relación entre Joel y Ellie. Es de esas que enganchan, es un tira y afloja, es graciosa, cómica y tierna. Una combinación perfecta. Me gusta que, por una vez, la fijación de los fans con una relación en pantalla no sea de carácter amoroso, aunque, al fin y al cabo, todo sea lo mismo: queremos que sigan juntos, que no se separen en ese mundo lleno de peligros, virus y esporas.
A lo largo de la serie se nos ofrecen bastantes detalles sobre el pasado de ambos: Joel perdió a su hija y Ellie creció huérfana, además de ver morir a su mejor amiga a causa del virus zombi. Eso se refleja en que ahora Joel no pueda vincularse con su pareja —ni con nadie más, dicho sea de paso— y Ellie esté siempre a la defensiva, preparada con un cuchillo y una palabrota cortante. Ambos parten de la barrera, tanteándose, y se encuentran a medio camino en la necesidad de poseer una figura de apego: él como progenitor, ella como hija. Es la relación vertical, de cuidado, que ambos han perdido.
Lo que me parece de verdad brillante es ver cómo se muestra tan claramente el trauma, cómo se despliega como una raíz —o como un hongo— y nos afecta a nosotros mismos y a nuestras relaciones. El apego, el vínculo emocional que aprendemos en la infancia de nuestros padres o figuras cuidadoras, es determinante en nuestras relaciones adultas e influye en los lazos más cercanos: de pareja, familia o amistad.
Joel y Ellie se proporcionan el afecto que necesitaban, porque así es la naturaleza humana: necesitamos el contacto. Toda la primera temporada se desarrolla en esa apertura. Ambos son distantes, aunque quizá Ellie sea la que sostenga el trauma menor —también la más joven y la no socializada como hombre hetero— y es la que realiza el primer acercamiento, la que busca en primer lugar el contacto. Es en la indefensión de Ellie, en la tarea que le han asignado de protegerla, donde Joel comienza a bajar las barreras. Sigue en la negación, se dice a sí mismo que es una mercancía que debe transportar, pero a veces adentrarnos en lo que más miedo nos da es la única forma de enfrentarnos a él. Cuidar de Ellie es la vuelta a su antiguo rol.
Me parece esencial que se refleje tan bien en pantalla la desconfianza y el encerramiento que puede generar el trauma, cómo hace que te cierres en ti mismo; es un paso más de exposición y reconocimiento en cuanto a salud mental.
El médico especializado en trauma Gabor Maté lo expresa muy bien en un pódcast con Luke Storey: «Por un lado, el trauma es una herida abierta que no ha sanado. Por otro lado, si pensamos en la metáfora de la herida, las heridas cicatrizan, el tejido cicatriza y esa cicatriz protege la piel, lo que está muy bien. Pero una cicatriz es rígida, no crece, así que dejas de crecer psicológicamente. No es flexible, así que normalmente respondemos de forma rígida. […] Es dura, tiene menos sentimiento, por lo que no eres tan consciente de tus emociones, de tus emociones reales. Y es dura, la gente se endurece».
Hacia el final de la primera temporada, en Joel se produce el efecto totalmente contrario. Tras superar sus barreras emocionales y conseguir vincularse con Ellie, reaparece el trauma enterrado: se genera el miedo a perderla, que es precisamente el detonante del trauma mismo, el terror de que vuelva a ocurrir de nuevo. Para Joel, perder a Ellie sería como revivir la muerte de su hija. Sería el mismo dolor y el pozo más profundo, porque aún no ha sanado, porque no ha resuelto el trauma, porque es una herida abierta.
Joel se apega desde el trauma; por eso resulta inconcebible perderla. No duda, tan solo actúa para evitar la repetición de la misma vivencia, para esquivar la posibilidad de sentir su propio dolor. Resulta curioso observar en el último capítulo de la primera temporada, cuando ya ambos han salido del hospital y se dirigen a Jackson, la falta de seguridad en su personaje —desde el principio tan fuerte y grave—, el cuidado con que procura no molestar a Ellie, la docilidad; en fin, el miedo. Se ha rendido al apego y ahora solo puede experimentar el temor a perderlo.
De esta forma, que Joel consiga vincularse con Ellie no significa en absoluto que haya resuelto el trauma ni que haya sanado; muy al contrario, vemos cómo es incapaz de construir una relación sana. Nadie niega que Joel tenga un sentimiento de amor paternal, pero uno se aferra al apego de un trauma no resuelto con desesperación, con terror. El amor sano de un padre debe ser un sentimiento más apacible, que proporcione seguridad e independencia a quienes están a su cuidado. El pánico absoluto que siente lo lleva a mentir y a no respetar la decisión de Ellie, a sobreprotegerla cuando ella ha crecido siendo altamente independiente. Es la manipulación para evitar que el otro haga lo que tememos, y también es la base de tantas relaciones sentimentales: la evasión del miedo.
Y es exactamente eso, al final, lo que deteriora la relación entre ambos.
El análisis y la evolución de los personajes resultan brutales, aunque es verdad que me incomoda de algún modo que, a pesar de los claros valores que transmite, de los comentarios desestigmatizando el comunismo cuando llegan al campamento de Jackson —donde vive el hermano de Joel—, de los personajes femeninos fuertes y no condescendientes —que son básicamente todos—, de la copa menstrual en pantalla —algo que considero vanguardista—, al final Joel mantenga los mismos valores tradicionales más típicamente estadounidenses: la familia y la masculinidad hegemónica. Él encarna la masculinidad que se observa con buenos ojos porque, al final, es tierno, quiere a su hija y se ajusta a ese tópico tan repetido de «es que en el fondo es bueno»; pero es que, en el fondo, permanecen los mismos valores patriarcales. El hombre sufridor, el macho herido. Está claro que Joel nunca se presenta como ejemplo, sus acciones nunca son modélicas, pero en la narrativa sigue ocupando el papel del héroe.
Y me incomoda porque es el hombre que protege, el que te salva, el que lucha, dispara, no se detiene aunque lo acuchillen, sigue adelante, siempre erguido, evitativo, evasivo y el que, como fin último, se reafirma al encontrar algo por lo que vivir: la familia. El sentido de su vida es proteger, siempre dentro de sus valores tradicionales y sin deconstruirse a sí mismo. Para él, su vida adquiere significado si protege y salva. Pero, bien es cierto, así se entiende su trauma: haber fracasado en su labor como padre, proteger. Y así se comprende también el éxito de la serie y del videojuego en la sociedad estadounidense, donde triunfa el padre que protege, el hombre que lucha, que provee, que es fuerte y serio. Aunque el «yo sé lo que te conviene» ya haya quedado anticuado.
Obviamente se nos plantea una cuestión ética. Si Joel no la hubiera salvado, Ellie habría muerto y nos habríamos quedado sin videojuego y sin serie; pero ella demuestra ser la más madura de los dos, o al menos la menos afectada por el trauma, lo que le permite no dejarse invadir por el sentimiento ni paralizar por el miedo. En el último capítulo, Ellie es la distante. Mientras Joel intenta acercarse y recuperar la intimidad de antes, a Ellie las cuentas no le cuadran, sospecha que miente; en el fuerte vínculo que han tejido, germina la duda. Y de ahí partimos hacia la segunda temporada.
Pasados cinco años, la sospecha que antes se insinuaba se ha transformado en un problema del que no hablan. Los intentos de Joel por acercarse se topan con un muro y sus tentativas de protegerla tan solo despiertan el rechazo de Ellie. A lo largo de esta temporada, vemos que ella intuye algo, va desengranando la pieza que no encaja hasta que queda al descubierto, y el gran agujero de desconfianza que había entre ellos se hace todavía más grande.
Ellie es incapaz de aceptar lo que ocurrió en el hospital, de asumir que él hizo lo contrario de lo que ella le pidió y destruyó la única esperanza que existía de encontrar una cura. No puede odiarlo ni puede dejar de quererlo: lo entiende, porque la salvó, pero es una dualidad imposible de superar. Desde su apego malsano, desde su trauma no resuelto, Joel lo hizo por amor. Cuando se crea un vínculo con la figura de apego, un vínculo vertical como el que ellos tienen —de padre e hija—, resulta difícil abandonarlo; Ellie no puede hacer otra cosa que quererlo y ahogarse en el silencio de lo que él hizo… por ella. Es un conflicto quizá irresoluble. Una circunstancia que no podía acabar de ninguna otra forma más que de esta, porque ni Joel, aunque hubiera querido, habría cambiado el pasado, ni Ellie, aunque pudiera, llegaría a perdonarlo. Su relación queda estancada y la muerte de Joel se presenta como la única salida para que prevalezca el amor.








Muy guay el artículo, muy buena exploración del trauma. El único detalle es que la persona que muere es el interés romántico de Ellie, no solo su amiga
La temporada 2 flojea bastante en algunos momentos, no sabe por dónde ir.
Desde 2013 me quedé sorprendido con el final del videojuego, pero si la segunda parte aunque controversial tira todo esto bonito que describes y te muestra que la línea entre el amor también puede ser una obsesión porque cada perspectiva depende de sus experiencias y muchas veces parten del dolor.