Cine y TV

Verano de galaxias y alienígenas

Verano de galaxias y alienígenas
Fundación. Imagen: Apple TV.

Mucho antes del streaming, el verano era un tiempo en que, de repente y sin avisar, aparecían series de ciencia ficción y fantasía en las pantallas de nuestros hogares. En general, desordenadas, incompletas y sin mucho sentido: un parche que ponían los programadores para rellenar espacios que adivinaban vacíos de audiencia. Para unos cuantos aquello era un paraíso que nos dejaba atisbar con envidia lo que disfrutaban allende los mares. Actualmente, la ficción especulativa es parte integral de la oferta audiovisual y no hay que esperar «desiertos» televisivos para disfrutar del género. Este verano que ahora nos deja, sin embargo, han coincidido varios títulos que devuelven a la memoria noches calurosas en que, VHS en ristre para poder atesorar —y compartir, no lo niego— aquellos momentos, la tele se llenaba de galaxias y alienígenas.

Fundación —Apple TV— es, quizá, el más destacado de estos títulos. Adapta la saga homónima de Isaac Asimov, una de las obras más queridas por los aficionados de todos los tiempos. Comenzó con mal pie y sufrió numerosos problemas, incluyendo pandemias y huelgas diversas, que hicieron que sus dos primeras temporadas resultaran controvertidas. A ello se unían las numerosas libertades que su showrunner, David S. Goyer —el tipo detrás de Dark City o El caballero oscuro—, se tomaba con el material base, incluyendo toda una trama centrada en un Imperio controlado por una dinastía de clones completamente de cosecha propia. Que, para más inri, era la parte más interesante de toda la producción. Ni siquiera la imponente presencia de Jared Harris, encarnando a Hari Seldon, el carismático creador de la psicohistoria —esa ciencia que predecía milimétricamente el devenir de la humanidad—, salvaba una narrativa errática y poco convincente. Y unas visualizaciones poco prometedoras.

Pese a todo, los ejecutivos de la compañía de la manzana dieron luz verde a una tercera temporada, estrenada en julio, que el equipo ha aprovechado para reivindicarse. En los diez episodios que la forman asistimos a cómo, entre la lucha entre el ascenso de la Fundación y el declive del Imperio, se cuela un inesperado tercer contrincante: el Mulo —un histriónico y tremendamente eficaz Pilou Asbæk—, individuo con el poder mental de convertir a sus enemigos en entregados seguidores. Tan poderoso que ni siquiera la Segunda Fundación, el secreto grupo de «mentálicos» que protege el destino de la galaxia y que lidera Gaal Dornick —Lou Llobell, que mejora a ojos vista—, puede detenerlo. Tan osado que incluso sorprende a Demerzel —una destacadísima Laura Birn—, el robot que, ocultando su naturaleza, vela por la dinastía genética que gobierna el Imperio y que, se nos revela, está en constante lucha entre dos programaciones contradictorias: la original, que le lleva a proteger a la humanidad —la Ley Cero—, y una más reciente, impuesta por el primer emperador Cleón, que la obliga a defender a los clones.

La temporada presenta valores de producción muy elevados que entregan una historia extremadamente intrigante y entretenida, con diversas tramas que se entrelazan con eficacia y muestran un plantel de personajes muy coral que, sin embargo, se las arregla para dotar de personalidad e interés. La construcción del mundo es convincente y asistimos a intrigas políticas, a la conducta cada vez más errática de los clones imperiales —que degeneran en cada generación—, a momentos de acción y momentos de reflexión bien engarzados en ella. Eso sí, la trama asociada a Lee Pace —que da vida al emperador Día como un trasunto del «dude» de El gran Lebowski— se arruina por completo en sus últimos compases y, en general, toda la historia que gira en torno a Gaal sigue siendo floja. Pero el resultado global resulta muy satisfactorio.

La temporada termina con un giro que sorprende tanto a la audiencia televisiva como a los lectores del libro, que llevamos aguantando un spoiler de ochenta años de antigüedad. El final deja la trama en todo lo alto, aunque nos priva de una escena crucial que aún no nos permite asegurar el destino del Mulo. Un par de epílogos establecen las bases para la cuarta temporada, incluyendo la reubicación de la Segunda Fundación y un vistazo a los habitantes de la Luna de la Tierra dentro de veinte mil años. Porque habrá cuarta temporada: Apple TV anunció la renovación el día anterior a la emisión del último episodio.

A este respecto, hay que destacar que Goyer abandona la serie, al parecer por discrepancias de financiación —no queda claro si personales o de la propia serie—. De hecho, en el último tramo se nota que vacilan ciertas tramas, achacable quizá a una falta de medios y a que el showrunner dijo que había dejado el 85 % de la historia escrita. Ya se conoce a su sustituto: Ian Goldberg, conocido por Érase una vez y, más recientemente, Fear the Walking Dead.

Antes de abandonar a Goyer, dejamos aquí reseña de la segunda y última temporada de Sandman, en la que también actúa como showrunner, estrenada en Netflix entre julio y agosto. Es una pena que las acusaciones de conducta sexual inadecuada contra Neil Gaiman, su autor, hayan lastrado la adaptación de una de las sagas más influyentes de la fantasía del siglo pasado, que ha pasado sin pena ni gloria.

Por lo menos, los responsables han tenido la decencia de no dejarla incompleta, adaptando el grueso de la historia principal e incluso incluyendo su más famoso spin-offMuerte: El alto coste de la vida— en su capítulo final, que marca uno de los puntos álgidos de la temporada con una Kirby Howell-Baptiste maravillosa encarnando a la Muerte en su día libre. Epílogo brillante para una historia que se nota apresurada y hecha sin convicción, aunque entregue algún momento memorable, mantenga sus valores de producción y disfrute de actuaciones muy destacables por parte de, por ejemplo, la improbable pareja formada por Jenna Coleman y Boyd Holbrook —Constantine y el Corintio— o Jacob Anderson como el nuevo Sueño de los Eternos.

Verano de galaxias y alienígenas
Alien Earth. Imagen: FX.

Mientras Ripley duerme

Sin duda, Alien: Planeta Tierra —Disney+— constituye la sorpresa de la temporada y solo está en este segundo puesto porque un final muy abierto, prácticamente in medias res, nos ha dejado un sabor agridulce. Surge al albur del éxito de Alien: Rómulus, la película de Fede Álvarez del año pasado que revitalizó la franquicia del xenomorfo. El director-guionista uruguayo se alejó del misticismo trascendental que intentó inyectar Ridley Scott en las precuelas —Prometheus y Covenant— y devolvió a Alien a su más natural género de horror claustrofóbico, sin renunciar a una ampliación de su universo cercana al cyberpunk. Es una pena que recientemente se haya sabido que no va a dirigir la secuela, aunque se mantiene como director y productor junto a Scott.

Para el salto al streaming, se escogió a un creador completo como Noah Hawley, que aprendió el oficio en Bones, creó la controvertida Legion y acabó por coronarse con la maravillosa Fargo. Aquí actúa como showrunner y guionista —firma la práctica totalidad de los ocho episodios y se reserva la dirección del primero y ese regalo para quienes nos aterrorizamos con el Alien original, el muy adecuadamente titulado «En el espacio, nadie…». La historia se sitúa, precisamente, dos años antes de los sucesos de la película de 1979 y se inicia con una nave espacial, la Maginot, que transporta un completo zoo de especímenes alienígenas con un claro carácter de arma biológica, y cómo esta se estrella en una ciudad del sudeste asiático. En paralelo, la narración profundiza en el matiz cyberpunk de Rómulus, mostrándonos un planeta donde los gobiernos han desaparecido, sustituidos por cinco grandes corporaciones.

Una de estas corporaciones, Prodigy, ha desarrollado una forma de transferir la consciencia de un ser humano a un cuerpo sintético. En fase de prototipo, esta transferencia solo es factible para niños e implica la muerte del cuerpo físico: hasta qué punto esto significa prolongar la vida o un asesinato se deja al criterio del espectador. Esos niños en cuerpos adultos constituyen los protagonistas de la serie. Reciben los nombres de los Niños Perdidos de Peter Pan y están encabezados por Wendy —Sidney Chandler, en una caracterización que remite directamente a un reverso oscuro de Amélie—. La serie es muy coral y no descansa sobre nombres excesivamente conocidos, ya que el único actor de peso es un inquietante Timothy OlyphantJustified—, como un sintético que actúa como una especie de mentor de los chicos, pero con una decidida agenda propia.

La narración se desarrolla en tres escenarios —que no aparecen necesariamente en orden—. El primero, la nave Maginot, cuya peripecia con los xenomorfos sigue con maestría el planteamiento clásico de una película de Alien, constituyendo por sí misma un brillante añadido a la franquicia. Estos episodios, bajo la batuta del propio Hawley, constituyen también un rendido homenaje a las aventuras de la Nostromo, cuyo ambiente agobiante y retrofuturista se ha recreado con maníaca precisión. El segundo escenario transcurre en el lugar del accidente, donde asistimos al enfrentamiento con otra corporación, esta conocida por nosotros: la Weyland-Yutani, representada por el cyborg Morrow —Babou Ceesay—. Sin duda es la parte más floja de toda la temporada, con varias escenas de acción poco creíbles y un exceso de exposición del alien, que no le viene bien.

Y, finalmente, el tercero y último es una pequeña isla fortaleza donde Prodigy mantiene sus laboratorios y donde confluyen los niños sintéticos —la actuación de los jóvenes actores que los encarnan es, cuando menos, controvertida— y las especies alienígenas. Porque no solo de xenomorfos se vive… o se muere: se nos presenta una amplia panoplia de monstruos, desde inquietantes plantas hasta moscas come-robots y, sin duda, la estrella del show, ese ojo-con-patas —T. Ocellus se llama— que, incrustado en una oveja, se ha convertido en el icono más reconocible de la serie. Esta isla proporciona el entorno claustrofóbico ideal para desencadenar la carnicería que asociamos a la franquicia, incluyendo la presencia del repelente millonario dueño de Prodigy, que lleva el improbable nombre de Boy Kavalier y está interpretado por Samuel Blenkin. Este del «tecnomagnate repelente» parece un tropo que se está imponiendo por doquier, quizá para reflejar más de lo que quisiéramos la realidad que vivimos.

Alien: Planeta Tierra se esperaba con inquietud, pero crítica y público la han acogido con entusiasmo, aunque la expansión de la franquicia a otras temáticas ha disgustado a algunos de los fans más rocosos. Tampoco ha gustado en exceso su abrupto final, aunque ciertamente nos deja con ganas de más. Sería muy extraño que Disney terminara por no renovarla. Hawley ya ha comentado que necesita al menos tres temporadas para rellenar los años y eventos que llevarán a que Madre despierte a la tripulación de la Nostromo. Esperemos que, sea el número de temporadas que sea, sepan mantener este nivel de calidad.

Verano de galaxias y alienígenas
Invasión. Imagen: Apple TV.

La invasión reticente

El regreso de Invasión —Apple TV— en su tercera temporada no era especialmente esperado y a muchos ha sorprendido que un título tan sometido al hate watching —ese extraño fenómeno por el que se ve un producto con el único propósito de criticarlo— hubiera llegado tan lejos. Quizá tenga algo que ver que uno de sus showrunners sea Simon Kinberg, responsable de la trilogía de los años 2010 de X-Men, de Deadpool o de las recientes y exitosas adaptaciones de la obra de Agatha Christie. Y aún más: el tipo al que se ha encargado la siguiente trilogía de Star Wars, esa que nos llevará más allá del episodio IX. De hecho, Kinberg firma el guion del primer episodio de una temporada que claramente ha definido y que «obliga a sus personajes a trabajar juntos». Aunque, tras ver la mitad de la serie, parece que esta sinergia no hace que el espectáculo remonte muchos de sus problemas.

La serie destacó en sus inicios por una aproximación novedosa al género de la invasión extraterrestre, basada en mostrar una perspectiva global bastante inédita, con episodios íntegramente en otros idiomas, además de centrarse en cómo un fenómeno así afecta a la gente corriente. La segunda temporada matizó bastante estas características y la hizo algo más convencional, convirtiendo a los diversos héroes anónimos en piezas clave para el contraataque, además de involucrarlos en historias románticas bastante forzadas, para culminar en un esfuerzo conjunto —aunque físicamente separado— que situaría al soldado Trevante Cole —Shamier Anderson— dentro de la amenazadora nave nodriza, punto en el que nos deja el episodio final.

Esta tercera tanda llega dos años después de la anterior, tiempo excesivo para disimular el cambio en sus actores más jóvenes, muy especialmente India Brown, que interpreta a Jamila Huston y a la que se ha dotado de mayor protagonismo. Los guionistas han hecho de la necesidad virtud: han forzado un salto temporal adelante y, de paso, han aprovechado para hacer tabula rasa y tener una especie de reinicio suave. Así, nos encontramos con que la incursión a la nave nodriza fue un éxito clamoroso, que derribó la nave, dejó a los temibles depredadores como víctimas comestibles y convirtió a los desaparecidos Trevante y Caspar —Billy Barratt, que aún no ha aparecido en esta temporada— en héroes. Dos años después, Cole reaparece y con él la pesadilla parece volver a empezar.

En esta primera mitad, los diversos protagonistas se agrupan en medio del caos causado por la reactivación de la amenaza extraterrestre y son llevados por los acontecimientos hacia la Zona Muerta, un área que rodea la caída de la nave alienígena, con la oposición del ejército y de un extraño grupo cultista llamado Infinitas. La serie abandona toda pretensión de globalidad, se enfoca fundamentalmente en Cole y, eso sí, ahonda en los traumas de los diversos personajes, buscando nuestra empatía.

Siguiendo su propia tradición, aún esperamos la aparición del prometido alien alfa —que la promoción de Apple TV ya nos ha revelado sin remordimiento alguno—, mientras la serie sigue presentando importantes problemas a la hora de crear un ambiente de amenaza creíble. La sensación de que la producción cuenta con menos medios tampoco ayuda. Para asegurar su continuidad, Invasión va a necesitar remontar con un épico final, que todos anhelamos y que, previsiblemente, se desarrollará en el interior de la nave.

Verano de galaxias y alienígenas
Pacificador. Imagen: HBO.

Hay otros mundos…

Quizá el descubrimiento de este verano, y uno que ha pasado un tanto desapercibido, haya sido Matabot —Apple TV—, creada por los hermanos Paul y Chris WeitzTodo sobre mi padre, American Pie—. Adapta con mucha fidelidad Sistemas críticos, la primera entrega de Los diarios de Matabot, de Martha Wells. Esta obra recibió los premios Hugo, Nébula y Locus en 2018 y sus posteriores añadidos acapararon reconocimientos similares, así que no es extraño que se buscara enseguida su traslación audiovisual. Matabot —Murderbot en inglés; una de esas extrañas traducciones que mejoran el original— es un robot de seguridad que se ha autohackeado y ha alcanzado la libertad, que utiliza no para conquistar el mundo, sino, en una opción que muchos entendemos, para devorar series televisivas sin parar.

El plantel, bastante potente, está encabezado por Alexander Skarsgård, que se las arregla para mantenerse hierático en la sucesión de malas elecciones que hacen sus clientes y que le obligan a rescatarles una y otra vez. Su maravillosa narración en off de los sucesos es integral al ambiente de la serie y hace muy recomendable verla en versión original. Se utiliza un formato de episodios breves para entregar una historia que, aunque le cuesta un poco arrancar, termina alcanzando una fabulosa velocidad de crucero y nos regala una divertida fábula esperanzadora en un mundo que necesita de ánimos más que nunca. Ya se ha confirmado su renovación para una segunda temporada, que los Weitz han comentado que será una amalgama de las tres siguientes novelas.

El Pacificador —HBO— comenzó su segunda temporada con un ejercicio ejemplar de retrocontinuidad que la vinculaba al éxito de Superman, la película con la que James Gunn ha apuntalado con autoridad su nueva visión para el DCU. La serie no se queda atrás y esta nueva entrega está a la altura de la previa, con un John Cena sobresaliente, rodeado de un elenco de lo más pintoresco —entre el que destaca la actual pareja de Gunn, Jennifer Holland—, en una aventura que pone al protagonista en el brete de elegir entre lo que él cree que es el mejor de los universos y el mundo en el que están sus amigos, pero donde es un proscrito.

Por parte de Marvel, la respuesta ha consistido en dos miniseries. Por un lado, la más que correcta Ironheart —Disney+—, que ha sufrido los típicos ataques a una serie protagonizada por una chica negra —Dominique Thorne; que, tal y como están las cosas en Disney, podría ser la última con esta problemática—. La historia es extremadamente entretenida y tiene un giro final sorprendente —que hará sonreír a los que disfrutamos de las teorías alrededor de Wandavision— y abierto, que necesita de una continuidad que está lejos de estar asegurada. El otro producto es la serie de animación Ojos de Wakanda, cuatro episodios autoconclusivos centrados en el cuerpo de espías del fabuloso reino de Pantera Negra, que han pasado bastante desapercibidos a pesar de su excelente factura.

Sería injusto no darle el espacio que se merece a la nave insignia de la «tercera ola» de Star Trek, la serie Strange New Worlds, cuya tercera temporada está en emisión —aunque ya haya terminado a nivel global, una estrategia difícil de entender hoy día—. Dirigida por los míticos Alex Kurtzman y Akiva Goldsman con mano firme, la producción parece haber superado los escollos que en su camino supusieron, primero, los problemas financieros y, finalmente, la compra de sus dueños en Paramount por Skydance, la productora del hijo del hombre más rico del mundo, Larry Ellison. Los showrunners se han asegurado una cuarta y una quinta temporada, eso sí, limitada esta última a seis episodios, que nos llevarán «hasta el primer día de Kirk en el puesto».

Y caminando hacia ese fin, esta tercera temporada ha incluido en su elenco a un nuevo y mejorado Scotty —Martin Quinn, con una caracterización extremadamente simpática— y varias intervenciones del futuro capitán, encarnado por un Paul Wesley que se ha aprendido de memoria todos los manierismos de Shatner. La serie se inició cerrando el enfrentamiento con los Gorn que nos dejó el final de la temporada anterior para entrar en el habitual conjunto de episodios cerrados, muy en la línea de la serie original, aunque quizá con un excesivo gusto por los que giran alrededor de la «travesura». Esto a veces resulta incómodo a los más entregados fans, pero se redime ofreciendo una calidad de producción portentosa mientras enfrenta a la tripulación de la Enterprise, comandada por un pletórico Anson Mount, a situaciones muy queridas por los amantes del género, aunque a menudo resulten ya conocidas.

Por último, no podemos dejar de reseñar la segunda temporada de Miércoles —Netflix—, la serie de fantasía oscura, humor y aventura juvenil protagonizada por Jenna Ortega. Aunque, en general, su factura está a la altura de la anterior, parece que la recepción de esta nueva entrega ha sido un tanto tibia. Quizá haya pecado de ambiciosa y haya perdido cierta frescura después de la sorpresa que supuso su primera aventura, pero en conjunto ha resultado interesante y ha ampliado el universo al resto de la familia Addams. El extraño corte que hizo Netflix en su emisión tampoco le ayudó a mejorar resultados, pero no hay que preocuparse: su tercera temporada se anunció incluso antes de su estreno.

Naturalmente, ninguna de las producciones mencionadas ha hecho la mínima sombra a la que ha sido, sin duda, el gran éxito del verano de fantasía: la película de animación Las guerreras K-Pop —Netflix—. Ojo: sin el menor atisbo de ironía. No solo se ha convertido en lo más visto en la historia de Netflix —casi 300 millones de visualizaciones ahora mismo— y en todo un fenómeno cultural, sino que esta historia de una girl band de K-pop enfrentada a demonios sobrenaturales ha sido acogida con entusiasmo por la crítica mundial. Un fenómeno, sin duda, a seguir.

Lo que queda del año

En contraste con esta abundancia estival, la temporada otoño-invierno viene huérfana de ciencia ficción de relumbrón, ya que la ansiada Blade Runner: 2099, que tiene al frente a Silka LuisaLas luminosas, Halo—, se ha retrasado hasta el año que viene. Podemos incluir en el género a la siempre divertida Alice in Borderland —Netflix—, que vuelve a finales de septiembre, o recurrir al mundo de la fantasía, que viene algo mejor. Por ejemplo, el 30 de octubre podremos ver a Liam Hemsworth empuñar las espadas de Geralt de Rivia en la cuarta temporada de The Witcher —Netflix—. O esperar al evento que todos creemos que será la quinta y definitiva temporada de Stranger Things, que ocupará nuestras pantallas en tandas durante todo diciembre —el gran final se ha reservado para el último día del año—.

Otras producciones de género que tenemos por delante son It: Bienvenido a Derry —HBO—, precuela de la novela de Stephen King —en realidad, de las películas de 2017-2019—, y la nueva incorporación al universo inmortal de Anne Rice —Entrevista con el vampiro y Brujas de Mayfair—, Talamasca: La orden secreta —AMC—, centrada en la misteriosa organización de ese nombre. Ambas se estrenan en sus respectivas plataformas el 26 de octubre. Entre los superhéroes, contamos en Prime ya con la segunda temporada de Gen V, el spin-off de The Boys, recién estrenada al escribir estas líneas y tan salvaje como siempre; y la segunda temporada de Daredevil: Born Again, que ya ha sido renovada para una tercera. La esperadísima adaptación de Un caballero de los siete reinos, las historias que George R. R. Martin escribió acerca de ser Duncan el Alto y el joven destinado a ser Aegon V, no llegará a HBO hasta enero de 2026.

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