Sociedad

La perfomance de Vito Quiles en la UAB: S’ha Acabat!, los antifas y una guerra de huevos

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Imagen promocional de Daddy Day Care, 2003

«Cientos de independentistas impiden a Vito Quiles dar una charla en Barcelona»
―Titular en The Objective

«Independentistas boicotean violentamente un acto de Vito Quiles y S’ha Acabat! en la Universidad Autónoma de Barcelona»
―Titular en El Mundo

«La charla no autorizada del ultra Vito Quiles en la Autónoma de Barcelona desata altercados en el campus»
―Titular en El País

«La prensa diaria es el principio maligno del mundo moderno, y el tiempo no hará sino poner de manifiesto este hecho con una claridad progresiva. La capacidad de degeneración del periódico es de una sutileza ilimitada, puesto que siempre puede hundirse más y más en su elección de lectores».

―Søren Kierkegaard, Diarios, 1853 – 55

Rondaban las once de la mañana. Estaba con unos amigos tomando un café en la cafetería de la Facultad de Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona cuando uno de ellos informó al grupo de que un tal Vito Quiles iba a venir al campus a hacer una conferencia. Yo había oído alguna cosa de aquel chico, pero nunca me había despertado demasiado interés. Era un provocador más que un periodista; y tenía más voluntad de mártir que de político. De todas maneras, decidimos pasarnos para ver qué se cocía ahí. «Algo de espectáculo siempre es divertido», decía Gerard, un amigo mío.

Fuimos al cabo de media hora a la Plaza Cívica, el centro del campus, donde hay una cafetería y distintos comercios, como una autoescuela, una barbería y una óptica. Era ahí donde se hacían la mayoría de “conferencias” o, mejor dicho, alborotos[1], ya que era un lugar grande y abierto, fácil de encontrar y de ser visto. La UAB fue fundada en 1968, época de la dictadura franquista, con el objetivo de alejar las protestas estudiantiles de Barcelona hacia un lugar más remoto, bien lejos de la capital catalana. Con los años, ya con el dictador muerto, la universidad abrazó este hecho y lo convirtió en un signo identificativo. Tal y como ellos mismo dicen en su página web: «reivindica una universidad autónoma, democrática y socialmente responsable». Esto la diferencia, por ejemplo, de la Universidad de Barcelona, que opta por reivindicar la historia del edificio, la cual se remonta al siglo XV; lo mismo sucede con la Universidad de Girona y la Universidad de Lleida. La Autónoma no se puede permitir reivindicaciones, pues implicaría hablar positivamente del dictador, por tanto, giran el discurso con tal de tener una razón de ser y de justificar su existencia más allá de las titulaciones. Es por ello que pertenecer a la UAB se ha convertido casi en un símbolo, en una pertinencia que va más allá del lugar de estudio. Es casi un estilo de vida, y así lo sienten muchos de los estudiantes.

Ya en la Plaza Cívica, vimos que las masas se dirigían hacia la biblioteca de la Facultad de Comunicación, que está justo detrás, donde también hay un gran patio con mesas de pícnic. Ahí se formaron dos grupos de manera natural: los fervientes seguidores de Vito Quiles, que iban con la bandera española y gritaban cosas como «¡fuera comunistas de la universidad!»; y los antifa, junto con estudiantes progresistas o independentistas catalanes, que gritaban «¡fuera fascistas de la universidad!». El ambiente no tardó en calentarse. Yo no había conseguido zafarme de los empujones cuando vi que el primer huevo ya había sido arrojado hacia uno de los lados; también se iniciaron los primeros intentos violentos e insultos personales, que iban desde los de carácter político hasta el físico o la forma de vestir. Yo, que no quería verme envuelto en todo aquello, intenté ir hacia un lado, donde no hubiera tanto barullo, con tal de poder fumarme un cigarrillo en paz y disfrutar de la escena. Pero no pude. Tras andar unos diez metros, noté en mi pie un fuerte golpe, que resultó ser uno de los huevos lanzados hacia el lado vitoquilesiano, y para cuando quise limpiármelo, ya habían llegado los Mossos antidisturbios a intentar calmar la situación. Hicieron lo contrario. A mí me empujaron, y uno de ellos me amenazó con darme un porrazo.

―Oye, que yo estoy aquí de casualidad ―le dije al policía.
―Apártate ―me respondió, con la mirada perdida y levantando cada vez más la porra.

Decidí no arriesgarme y alejarme todo lo que pude del jaleo, pero cuando quería irme definitivamente hacia otro sitio, los manifestantes no me lo permitían, y estaban dispuestos a ponerse violentos. Por tanto, estaba encerrado en una especie de circo al que ni siquiera había llegado el payaso principal, la estrella de aquel grotesco espectáculo.

―¿Cuándo llegará ese tío? ―preguntaba Gerard.

Yo, que no sabía qué responderle, me limité a fumar en silencio.

Los policías seguían tratando de poner orden, y tratando de dispersarnos, lo que hicieron fue encasquetarnos a Gerard, a su novia y a mí en el lado de los pro-Quiles.

―En verdad ―decía una chica que estaba en el mismo bando que nosotros―, me dan pena los periodistas que están ahí en medio y les tiran huevos, ¿sabes?

Lo cierto es que había mucha prensa. Los periodistas que yo vi fueron los de TV3 y TVE, pero también estaban ahí fotógrafos y reporteros de El Mundo y de El Periódico, entre algunos otros. Todos ellos recibieron un huevazo en algún momento. No era extraño verles con su acreditación y su cámara agacharse entre la multitud para sacar algún buen plano, y en el proceso se llevaban una patada, un escupitajo o una fruta lanzada desde la multitud, así como los empujones o los porrazos de los policías, a los cuales se les veía que tenían ganas de soltar palizas. Pese a la improbabilidad, todo aquello parecía una escena ensayada, en la que cada actor interpretaba su papel de manera excepcional: unos eran los cacos, los otros los fachas y los otros los progres, y todos ellos se sincronizaban al compás de una música circense.

Tras unos gritos y unos empujones, la policía consiguió separar los dos bandos, y entonces fueron hacia la facultad de Comunicación, que estaba unos doscientos metros a la derecha de la biblioteca. Yo, que iba con el séquito de Vito, fui con este a través de una especie de sendero que rodeaba la biblioteca hasta llegar a la facultad. De camino ―unos dos minutos, quizá tres―, un chaval de unos diecisiete años gritaba «¡Pedro Sánchez, hijo de puta!», repetidas veces. Al principio lo hacía solo, pero no tardaron en unirse unas quince personas más al griterío.

―Esos putos polis… ―decía un tal Pablo, cuyo nombre sé porque al rato le llamó un amigo suyo por su nombre― Esos putos polis se pensaban que nos iban a frenar. Putos maricones.
―Qué poco van a por los perroflas ―decía una chica a su lado. A Pablo, al oír a aquella chica, se le iluminó el rostro de tal manera que parecía que un ángel le había dado un beso. Por su reacción, intuí que sus ideas no debían tener mucho éxito entre el sexo opuesto, y por ello ahora alucinaba ante el hecho que una mujer le riera las gracias.

Una vez en la Facultad de Comunicación, los seguidores de Vito Quiles y yo subimos por unas escaleras exteriores y nos quedamos observando la escena desde la altura. Algún manifestante aprovechó esta posición privilegiada para lanzar objetos a los antifa, que se encontraban justo debajo.

A pesar de la agresividad de ambos bandos, esta no era del todo violenta. Sí, había empujones, y sí, hubo algún puñetazo y alguna patada, pero nada serio. En algunos momentos se asemejaba más a un juego que a una revolución o boicot. Por ejemplo, hubo un momento en que un antifa le robó la bandera española a una chica, y mientras esta le perseguía, se escuchaban gritos de ‘¡perrofla, a tu puta casa!’, hasta que llegó un policía y paró al chaval y la chica pudo recuperar la bandera. El antifa se lo tomó como una victoria, y la chica como un ataque a su libertad de expresión, pero no sucedió nada serio. Había algo más de violencia en el meollo, del que yo me encontraba a unos cincuenta metros. Ahí sí que se podían ver porrazos por parte de la policía, quemas de bandera y peleas. Por el enfado de ambos bandos, estos empezaron a mezclarse entre ellos y, como ninguno llevaba signos identificativos claros ―exceptuando aquellos que llevaban banderas―, los golpes y empujones también se mezclaron. Por tanto, era normal ver que un facha le lanzaba a otro un tomate, o un antifa tirando al suelo a uno de su cepa. De todos modos, todos ellos sentían que estaban luchando contra algo, pero ninguno sabía exactamente contra qué. Yo, así como muchos otros asistentes, no habíamos visto al que debería haber sido el protagonista de este espectáculo.

―Oye, ―le pregunté a un hombre de mediana edad, que acababa de arrojar un zapato hacia la multitud― ¿ha llegado ya Vito Quiles?
―Sí, llegar ha llegado ―me decía, mirándome fijamente y grabando la escena con su móvil― pero ha tenido que esconderse.
―¿Y eso por qué?
―Imagínate que viene un segarro y lo apuñala, no se va a arriesgar con estos hijos de puta.

Segarro es el nombre despectivo con el que describían a los marroquíes residentes en España. La historia de este mote es que, cuando un marroquí atraca, lo hace pidiendo cigarrillos, para así aprovechar la corta distancia y atracar a sus víctimas con violencia. Se dice el término «cigarro» de esta manera para imitar el acento árabe. La verdad es que yo vi pocos, por no decir ningún marroquí. Sí que había alguna chica musulmana en la universidad, pero ninguna estaba en medio del alboroto. Intuí que los segarros, en esta situación, era todo aquel que no fuera partidario de Vito Quiles.

―¿Y a dónde se ha ido? ―le pregunté.
―No te lo puedo decir ―respondió.

La escena me pareció absurda, y no pude evitar soltar una carcajada. El hombre, más cerca de los cuarenta que de los treinta, hablaba de Vito Quiles como si fuera un oficial nazi huyendo del Ejército Rojo. Al cabo de unos minutos, este hombre me volvió a dirigir la palabra. Yo me había convertido en su confidente, alguien en quien confiar en esta guerra de juguete.

―Me dicen ―comenzó, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie más escuchaba― que está en el parking, escoltado por la policía para que no lo maten.
―¿Y está seguro? ―le pregunté.
―Por el momento, sí. Me dicen que seguramente irá a Veterinaria para evitar a la chusma.
―Pues ahí nos veremos.

Me dio una palmada en el hombro en señal de respeto y siguió vociferando a los antifa. Ciertamente, era un hombre un tanto ridículo, pero él creía que estaba luchando por algo que le era superior. Seguramente se imaginó a sí mismo muriendo épicamente en combate, salvando a España de las garras del progresismo socialista.

Si la escena ya era ridícula de por sí, esta empeoró cuando un chaval, que llevaba la bandera española atada a los hombros, empezó a cantar Y viva España de Manolo Escobar. Le siguieron una docena de personas. La otra parte ―unas treinta personas más, ya que no había mucha más gente― empezaron a gritar «¡Puigdemont, a prisión!» al unísono. Ante este grave ataque, los antifas también empezaron a cantar. Ambos bandos sentían que estaban en la guerra, y que debían luchar hasta que no quedaran ni hombres ni balas. Una de las antifa, agarrada por los brazos por otros de su grupo, formando así una especie de falange romana defensiva, sacó pecho y cerró los ojos, dispuesta a recibir un fuerte golpe por parte de los Mossos d’Esquadra. El agente simplemente la apartó con el brazo y continuó intentando dispersar a la multitud. La antifa se giró para ver la reacción del grupo, que observaba con admiración. En muchos de los estudiantes había un complejo de mártir algo obsceno. Estaban deseando recibir una paliza o un porrazo por la causa. Lo cierto es que no hubo apenas heridos en todo el evento, y los que hubo eran leves, ni siquiera notables. Yo solo tengo constancia de una chica de nombre Adela ―es la misma de la escena de la bandera de España, descrita más arriba―, la cual recuperó su bandera a cambio de una lesión en su brazo derecho, con el que agarraba la rojigualda. Adela es miembro de la asociación S’ha acabat, que defiende en las universidades el «constitucionalismo y la identidad española», convirtiéndose así una organización perfecta para los partidos conservadores del sistema, como el Partido Popular y Vox. Se dedican a hacer ruido, en reacción a la Organización Juvenil Socialista. En esta última, a pesar de autodenominarse marxista y obrera, es donde se encuentran la mayoría de personas que quieren vivir de la política, y por ello muchos políticos pasaron por su aro, como Pere Aragonès[2] y algunos otros del PSOE o la CUP. Más que marxista, solamente defienden lo que los partidos del sistema consideran “de izquierdas”, pero no existe en ella ninguna pretensión verdaderamente revolucionaria. Personalmente, nunca he conocido a un currante que militara en esta organización, sino que suelen ser estudiantes ―o no― que o bien se toman muy en serio a sí mismos, o bien quieren tener un asiento en algún ayuntamiento. Esto lo tienen en común ambas organizaciones.

La cuestión es que Adela se había lesionado el brazo, y no tardaron los medios como The Objective en tratarla de mártir patriótica, como si fuera José Calvo Sotelo, por un lado, o Lluís Companys, por el otro. Lo que sucedió fue que tuvo un simple mal gesto por el agarrón, de la misma manera en que le podía suceder a un niño jugando a básquet con sus amigos. Aquel que sufre una capsulitis no es un mártir. De hecho, tampoco puedo decir con certeza que se debiera al agarrón, pero eso ya no es asunto mío.

Era casi la una del mediodía cuando el hombre-soldado de cuarenta años me agarró del brazo y me dijo «Vito ya está aquí, lo ha conseguido». Miré hacia donde señalaba, pero no logré ver nada. Había muchísima gente, periodistas, y todavía más policías tapándome la escena. Alguien lanzó una piel de plátano desde una ventana, justo donde, teóricamente, pasaba Vito Quiles, por lo que me imaginé que aquel hombrecillo se encontraba por ahí cerca. Bajé de las escaleras para ver si alguien podía informarme de lo que sucedía.

―Esta escoria no es nadie sin policía, ―me dijo un antifa― ojalá me lo pusieran aquí delante.
―Si yo pudiera ―decía un pro-Vito― los pillaría por detrás a estos perroflas y les volaba la cabeza.

Ya era la una del mediodía. El hombre-soldado se dirigió hacia la Facultad de Veterinaria. Como él era un entendido en el tema, decidí seguirle. Nos acompañaron unas cincuenta personas que estaban a favor de Vito Quiles. Volvimos a cruzar el sendero e hicimos una larga caminata hasta que, al fin, llegamos a dicha facultad. Habíamos dejado atrás el combate, y ahora nos dirigíamos al verdadero mitin.

―Por fin se piran los hijos de puta esos ―decía un chaval muy alto, que vestía con polo y mocasines.
―¿La universidad no es de todos? ―respondía la que di por hecho que era su novia.

Nos paramos en una explanada que había justo delante de dicha facultad. Estaba llena de policías antidisturbios, que formaban un círculo alrededor de una muchedumbre, que a su vez formaba un círculo alrededor de Vito Quiles.

―¡Es él! ―decía el hombre-soldado― Qué heavy colega, esto es muy heavy.
―Grábalo, ¡grábalo! ―gritaba una chica.

Me quedé bastante alejado del protagonista, al cual trataban como si fuera un héroe, desinteresado y con un sentido del deber muy arraigado. Yo solamente conseguía ver el repeinado flequillo de Vito, que sudaba y se movía graciosamente cada vez que pronunciaba una palabra.

―Chavales ―empezó diciendo― os doy las gracias por soportar todo esto. A favor del pensamiento crítico, de la libertad de expresión. Porque podemos hacer todo lo que queramos, sin que nos impongan restricciones absurdas y arbitrarias…

Siguió hablando un par de minutos acerca de las libertades que le estaban robando, y que, en cambio, «no sucedía con los progres, con los maleantes, con los vagos». La gente grababa toda la escena, y se miraban como quien está en el concierto de su artista preferido.

―He venido ―continuaba diciendo― porque siento que es una obligación moral, porque sois los que vais contra el pensamiento hegemónico. ¡Viva España!
―¡Viva! ―gritaba la gente ―¡Viva España! ¡Viva el el Rey! ¡Viva Cristo!

Siguieron así durante unos cinco minutos. Entonces, Vito se marchó, escoltado por la policía, mientras el público coreaba su nombre. Yo también me marché, y saliendo de aquel barullo pude escuchar a un policía decirle a su compañera «qué cutrada».

Y así acabó el espectáculo, una especie de obra satírica en la que no pasó nada concreto, pero en la que la gente, al acabar, se sintió como seguramente se sentían los veteranos de guerra tras regresar a la vida civil.

 

[1] Por ejemplo, el partido marxista y nacionalista Frente Obrero, o la mayoría de reivindicaciones de la Organización Juvenil Socialista, entre muchos otros partidos y sindicatos que quieren hacer ruido para reafirmarse políticamente.

[2] Puesto que ‘les Joventuts d’Esquerra Republicana de Catalunya’ también están integradas en el organigrama de la OJS.

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7 comentarios

  1. Me gusta este estilo para Jot Down, fresco, pim pam y completamente subjetivo. Me gusta.

  2. Felipe Rodríguez López

    Como he disfrutado el artículo, mi enhorabuena al autor. Y la explicación del término «segarro» pura fantasía.

    Me ha llegado a recordar por momentos al estilo de narrar la realidad (surrealista) de Eduardo Mendoza.

  3. Buen artículo, pero el escritor se ha hecho un lío. La OJS es de nueva creación, tiene dos años y forma parte de un nuevo movimiento llamado Movimiento Socialista.

    S’ha acabat no es una reacción contra las OJS sino contra SEPC (sindicat d’estudiants dels països catalans) que son los que organizan al mayor numero de estudiantes de la UAB.

  4. Bonito texto, mucho jijijaja para desactivar cualquier discusión sería. El tema es que el «payaso» de Vito Quiles iba a dar una charla y había un grupo de gente que quería impedir esa charla.
    A mí me dá igual si la charla la dá Vito Quiles o Sarah Santaolalla. Por muy payasos que sea el personaje, hay gente que quiere escucharle y tiene derecho a dar la charla. Podemos mandar un reportero a hacer un reportaje satírico para echarnos unas risas con la estupidez de los asistentes y su parafernalia, eso es periodismo. Pero lo que no es admisible es que en un país democrático un grupo quiera impedir a otros hablar (cosa que es bastante habitual en las universidades españolas). Pero eso no le parece importante a nuestro simpático y equidistante periodista que nos tranquiliza porque «se asemejaba más a un juego que a una revolución o boicot». Ya sabemos todos que la libertad de expresión solo es importante cuando afecta a los que piensan como nosotros, verdad?

    • ¿Es usted tonto? Parece que le falta comprensión lectora. El autor se está burlando de ambos bandos precisamente por darse demasiada importancia a sí mismos. En ningún momento ha justificado que se le haga un boicot a Vito. Si no puede llegar a entender las ironías en el texto, mejor mírese vídeos sencillitos en Youtube y deje a la gente hacer su trabajo. Leer no es para todos.

    • No va de libertad de expresión sino de montar un pollo.

  5. Nora Domens

    Increíble artículo. Muy orgullosa de ti, Marcos.

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