Los falsificadores Arte y Letras

Los falsificadores (1): Tenemos que perdonar a Lee Israel

Melissa McCarthy en '¿Podrás perdonarme algún día?', adaptación cinematográfica de la historia de Lee Israel. Imagen Fox Searchlight Pictures.
Melissa McCarthy en ‘¿Podrás perdonarme algún día?’, adaptación cinematográfica de la historia de Lee Israel. Imagen: Fox Searchlight Pictures.

Biógrafa en horas bajas, alcoholizada y comida por las moscas —no hay metáfora en la imagen: llegar a casa sin sentido le hacía olvidar que hay que limpiar las heces del gato y fregar de vez en cuando—, no parecía que Lee Israel tuviera muchas posibilidades de atraer la atención del mercado editorial con su empeño: le había dado por escribir una biografía de Fanny Brice, una artista de vodevil de la que no se acordaban ni sus herederos. Se había pegado un auténtico trompazo con su intento anterior, una biografía de una magnate de los cosméticos que la había desautorizado y que, para frenarla, había contratado a un ghost writer que redactó la autobiografía de la magnate dejando sin público al libro de Lee Israel. Debía varios meses de alquiler y, a veces, se conseguía unas botellas de whisky mediante el viejo método de ir vendiendo libros de su biblioteca particular. Hasta que le llegó el día a un manuscrito de la actriz Katharine Hepburn en el que le agradecía sus esfuerzos por poner orden en el relato de su vida —Lee Israel había escrito un libro sobre ella—. Al obtener por un solo papel, que tenía enmarcado, mucho más dinero que por todos los libros que vendía en las tiendas de segunda mano, recibió el primer guiño del destino, que se puso pesado cuando, en una de sus rachas de sobriedad, mientras investigaba en los aconteceres de la cómica Fanny Brice, a la que pretendía rescatar del olvido para rescatarse a sí misma de la penuria, sin conseguir ni una cosa ni otra, le saltó de las entrañas de un volumen —era un libro sobre el mundo de la comedia en el periodo de entreguerras— un sobre con una carta de la propia Fanny Brice dirigida al autor. Era una nota insulsa agradeciéndole las menciones afectuosas que hacía de su trabajo en el volumen. Buscó más y dio con otra carta de Brice incrustada entre las tripas de otro tomo en el que también se citaban sus parodias en Baby Snooks Shows. Consiguió distraer una de las cartas, la que conservaba el sobre y el sello, porque con razón pensó que tendría más valor, y sin que —al no estar catalogadas por andar perdidas en las entrañas de volúmenes que nadie abría desde cincuenta años atrás— nadie le pudiera llamar la atención. Acudió a la misma librera que le compró la nota de agradecimiento de Katharine Hepburn y se llevó el disgusto de que le ofreciera solo setenta y cinco dólares. «Es que es un poco insulsa; si tuviera más pegada, encantada pagaría mucho más», le dijo. El destino le estaba dando una pista a Lee Israel, y si algo sabía la escritora de lengua tan afilada era escuchar. Así que fue de nuevo a la biblioteca, buscó la otra carta de Fanny Brice, identificó la letra de la máquina de escribir, localizó una igual después de incontables pruebas y, a la carta original —tan insípida como la primera— le agregó una posdata deslenguada y epigramática que encendía el papel con la luz del ingenio malevolente. Que la librera multiplicase por tres lo que le ofreció por la carta —recuérdese: solo era falsa la posdata, pero era la posdata la que aumentaba el valor de la mercancía— terminó de convencerla de que su carrera de escritora acababa de dar un giro definitivo.

Dado que en 2018 Marielle Heller hizo una película —espléndidamente interpretada por Melissa McCarthy— en la que el guion de Nicole Holofcener y Jeff Whitty es de una fidelidad encomiable a las ciento veintinueve páginas de la memoir que en 2008 escribiera la propia Lee Israel (Can You Ever Forgive Me?), remitimos a ella a quien quiera saber cómo evolucionó el talento oculto de la escritora: su capacidad para imitar prosas y derivarlas hacia la intimidad del epistolario la llevó a hacer pasar por genuinas cartas de autores como Noël Coward —con el que tuvo el desliz que desencadenaría su caída: en alguna de las cartas hacía referencias nada veladas a su homosexualidad; la carta cayó en manos de alguien que conoció en la intimidad a Coward y enarcó las cejas, porque el autor, dijo, jamás hubiera escrito una sola línea en la que dejara caer semejante revelación— y, sobre todo, su favorita, la que mejor se le daba, Dorothy Parker. «Soy mejor Dorothy Parker que Dorothy Parker» es una de las grandes frases de su libro —y de la película—.

Cuando empieza a suscitar sospechas la facilidad con la que Lee Israel, que padece además el defecto de ser más o menos reconocida en el mundo de los literatos, de los editores, de los libreros, va sacando del baúl de un primo muerto que tuvo trato con tan insignes figuras de la cultura norteamericana, documentos cada vez más jugosos, picantes y hasta memorables —en el momento en que un íntimo de Noël Coward que colecciona «memorabilia» del gran autor da la voz de alarma ante una carta en la que Coward hace referencia a sus gustos sexuales—, Lee Israel, ya habituada a la vida fácil que le ha proporcionado vender de vez en cuando una pseudo-falsificación —o pseudo falsificación, dado que lo único falso de los documentos que vende es la firma, el resto es obra suya adoptando la voz del autor escogido— y habiéndole cogido el gusto a la tarea —porque esta le exige investigar en las vidas de los autores a los que va a agrandarles la correspondencia con sus inventos, o sea, sus armas de biógrafa le vienen como anillo al dedo a su nuevo oficio— necesitará de la colaboración de un cómplice que venda por ella lo que ella vaya produciendo, y lo venda a buenos precios y con pagos siempre en metálico. Es este cómplice el que le da la idea, la pésima idea, de que no necesita hacerse pasar por los autores a los que les falsifica documentos y firmas, sino que basta con localizar en archivos y bibliotecas los originales, robarlos mediante el simple método de darles el cambiazo por una copia, y vender luego los originales como lo que no han dejado de ser en el tránsito. Lee Israel opone a la idea la evidencia de que en esos archivos sólo dejan entrar a investigadores y su cómplice le tiene que recordar que ella es investigadora, ha publicado suficientes libros como para que nadie en ningún archivo pueda cuestionar que ha emprendido una investigación, por ejemplo una investigación sobre escritura y alcoholismo. Lillian Hellman será la primera en ser sometida a esa estrategia. Sale bien. Por una monografía sobre ella sabe qué máquina de escribir utilizaba, así que se va de viaje a visitar el lugar donde se custodian los papeles de Hellman cargada con la máquina. En una primera visita a los archivos copia en una página el texto de una carta lo suficientemente atractiva como para elevar el precio.

De vuelta al hotel mecanografía lo que ha copiado en un papel que envejecerá con un poco de té (el truco más barato de los falsificadores, solo válido para documentos que no vayan a pasar más prueba que una inspección visual del comprador). A la mañana siguiente vuelve al archivo y se las arregla para cambiar el original, que esconde en una bota, por su copia aromada de infusión. Ese documento le procurará no menos de quinientos dólares, lo que es una cifra importante —las cartas encantadoras y malévolas de Dorothy Parker suele colocarlas más o menos a ese precio, para que los libreros multipliquen lo que pagan por ellas por cuatro o cinco—. Pero el fastidio es que el FBI ya está alertado de sus quehaceres por un librero que se hubiera quedado callado si Israel hubiera aceptado el chantaje que el mercader le ofrecía: guardar silencio a cambio de cinco mil dólares. Su cómplice no va a tardar ni medio minuto en asustarse y cantar todo lo que tiene que cantar cuando trata de vender una nueva carta escrita por Lee Israel. No hay más arreglo que la detención inmediata, el juicio inevitable, la petición de cárcel por falsedad. La cárcel la evita por la misericordia que le ofrecerá una jueza que se conforma con trabajo voluntario, arresto domiciliario y participación en los programas de Alcohólicos Anónimos. Una tarde, paseando por Nueva York, Lee Israel vio en el escaparate de una boutique de libros —de esas tiendas en las que parece que te cobran cada bocanada de aire que das mientras paseas la mirada por los lomos de las primeras ediciones que ofrecen— una carta de Dorothy Parker que había escrito ella. Pedían mil novecientos dólares por ella. Podría ser una falsificación, dice Lee Israel al librero. Oh, vamos —le dice este—, nadie escribe como escribía Dorothy. Cuando vuelve a su apartamento, Lee producirá su última falsificación (que no es tal): una carta al librero, Dorothy Parker desde el más allá le informa de que sí hay plagiarios que consiguen imitar perfectamente su tono y su capacidad de burla (a fin de cuentas, aunque sea leyenda, si non è vero è ben trovato, Chaplin quedó segundo en un concurso de imitadores de Charlot). Después se pondrá a escribir Can You Ever Forgive Me?, el encantador y breve libro donde lo cuenta todo y por el que es recordada. Murió en 2014 y no pudo gozar de la espléndida adaptación a la pantalla que se hizo de su libro. Este comienza reproduciendo algunas de sus mejores cartas: una de una famosa dominatrix, una de Dorothy Parker —a quien Israel llama «mi mascota»—, una de Noël Coward hablando de la siempre joven Marlene Dietrich. A propósito de ella, la narración entra limpiamente en las aguas que la suscitan y dice: si creen que la carta anterior la redactó, con su smoking y fumando un cigarrillo emboquillado en la casa que se compró en los Alpes suizos el famoso dramaturgo, se equivocan: como cientos de otras parecidas, la escribí yo. A lo largo del volumen se irán reproduciendo sus mejores falsificaciones —de Louise Brooks a Lillian Hellman— y hay que decir que la lectura de las cartas no le anda a la zaga a la propia narración de sus métodos de falsificación: de hecho, se echa de menos que Israel o su editor no aumentara el grosor del libro con más reproducciones. Le habría salido así un epistolario apócrifo, sí, pero hubiera sido un libro aún más delicioso de lo que es.

En la contracubierta, para casar el arte de la falsificación desde el principio al final —la cubierta imita un folio mecanografiado en el que se han tachado mediante sucesión de equis los nombres de Coward, Parker, Hellman y Brooks para sustituirlos por el de la autora, que añade su firma real—, se ocupan de los elogios publicitarios gente como Groucho Marx —«La única virtud de la memoria de Lee Israel es su brevedad»—, Noël Coward —«He recibido las galeradas encuadernadas en mi mansión de la neutral Suiza, a la que, según he sostenido siempre, le vendría bien una pequeña guerra. ¿Las cartas falsas que se me atribuyen? No llega a ser ni un Noël Coward fallido, sino un cutre y vulgar disfraz»—, George S. Kaufman —«Esta breve pieza de un acto de Lee Israel cerrará el sábado noche… probablemente temprano»—, Katharine Hepburn —«Recuerdo a Lee Israel. Vino a entrevistarme cuando rodaba Adivina quién viene a cenar. Joven, pero quién no lo era entonces. Llevaba un vestido amarillo y zapatos baratos; no soporto los zapatos baratos. Todos los míos están hechos a mano, tipo bota militar y muy cómodos. Spencer dijo que Israel me atrapó de veras y supongo que lo hizo. No lo hizo, sin embargo, en sus cartas falsificadas, sinceramente. Supongo que debería sentirme agradecida»— y Clara Blandick, la tía Em de El mago de Oz —«Primero la muerte y ahora esto»—.

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4 comentarios

  1. Artículo mal escrito, confuso a veces (por ejemplo, no se nos dice dónde estaba Lee cuando encontró en un libro las dos cartas de Fanny Brice para tener que «distraer» una de ellas – yo creía que estaba en su casa y tuve que releer el párrafo), poco corregido, que no parece de Juan Bonilla.

    «a veces, se conseguía unas botellas»… a veces conseguía

    «Hasta que le llegó el día a un manuscrito de la actriz Katharine Hepburn…» ¿un manucrito o una carta manuscrita?

    «mientras investigaba en los aconteceres»… sobre

    Etc, etc, etc.

  2. No perdonarla; habría que levantarle una estatua como recuerdo perenne a la tragedia por saber escribir bien. Un libro excelente y una película que me ha quedado en la memoria por sus bares, sus borracheras, su ambigua amistad, gatos, cacharros sucios y tantas máquinas de escribir. Muy bueno, estimado. Se agradece.

  3. Qué buena historia tan mal contada.

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