Cine y TV Sociedad

¿Quién teme a Carrie Bradshaw?

Sarah Jessica Parker como Carrie Bradshaw en 'Sexo en Nueva York'. Imagen HBO.
Sarah Jessica Parker como Carrie Bradshaw en ‘Sexo en Nueva York’. Imagen: HBO.

En el verano de 1998, HBO, entonces canal televisivo, proyecta el piloto de Sexo en Nueva York, escrito por Darren Star, quien venía de triunfar con Melrose Place. Ese mismo año, los EE. UU. se encuentran sumidos en un escándalo doméstico de índole sexual: el denominado caso Lewinsky, que acabó en un impeachment a Bill Clinton. Si tienes más de cuarenta tacos, seguro que sabes a lo que me estoy refiriendo. Si no lo sabes, el sesgo de género de Google guiará tu camino.

A finales de esa década —una de las peores para las mujeres y el feminismo, con un grunge dopado de testosterona hasta las cejas y determinando categorías culturales que nos solicitaban vestidas como tíos, actuando como ellos, disimulando curvas y escondiendo nuestro cuerpo con la excusa de la rabia acumulada; salvo Courtney Love, que fue un movimiento cultural en sí mismo, y con el pelo como si te faltaran tres duchas; nuevamente Courtney Love— aparecen, en la pantalla doméstica, cuatro neoyorquinas sofisticadas, ambiciosas, divertidas, inteligentes y, sobre todo, cuatro mujeres que celebran haber nacido mujer a pesar de los obstáculos y complejidades que aparecen en nuestras vidas cuando abandonas el camino de baldosas amarillas que es el patriarcado y que te lleva directa a las fauces de magos y magas.

Cuando te caes del caballo y decides cruzar el umbral que te permite abandonar la otredad —ese paisaje basado en la domesticación de deseos y pensamientos y que, por otro lado, concede altas dosis de comodidad; pensemos en la agenda del feminismo de la decisión— la mirada, hasta entonces dócil y servil, se convierte en una mirada crítica ante la construcción de la biografía de lo humano, tanto en el encaje personal como en el común. Un cuestionamiento sobre la distribución de los privilegios a lo largo de la historia y el papel que ha jugado dicha distribución en la creación de una estructura que garantizara el poder, y su hegemonía ideológica, para los varones. Esa estructura permitió la creación de roles que dieran lugar a toda una jerarquización de la vida, entendida desde la división entre lo público y lo privado, y que reducían a las mujeres al territorio de los afectos, los cuidados, el amor romántico y el deseo subyugado.

Era fundamental generar todo un conjunto de narrativas en el que las mujeres vieran satisfechas sus vidas, completas, a través del lenguaje del amor romántico y de un sexo que, en pocas ocasiones, nos satisfacía o guardaba relación con aquello que realmente nuestro cuerpo precisaba. Era el modo más eficaz de mantenernos bien tranquilas en nuestros hogares, espacio, por otro lado, en el que suelen comenzar todos los incendios capaces de destruir imperios. Aunque sean próximos y pequeños. Por eso, cuando Sexo en Nueva York se presenta al mundo conocido, por fin, millones de nosotras, repartidas a lo largo y ancho del planeta y en distintos momentos de la línea de tiempo, encontramos una gramática propia, un mundo posible en el que encontramos acomodo y en el que nos reconocemos; un mundo medido gracias al lenguaje de lo femenino con la creación de referentes audiovisuales que se distancian de lo universal masculino y que pone en el centro del discurso político de la serie el orden amoroso, las relaciones sexuales y el deseo propio.

La ficción audiovisual más cercana, aquella que convoca a los espectadores en el salón de los hogares, hasta la aparición de Sexo en Nueva York, solía tratar con bastante timidez el protagonismo de las mujeres en el ámbito afectivo-sexual por motivos bien distintos, pero con voluntad de vasos comunicantes: desconocimiento, torpeza y, sobre todo, intención de mantener a las mujeres bien sujetas a los roles mencionados, de los que se nutre el imaginario colectivo masculino en torno al cuerpo de las mujeres, el sexo de las mujeres y el deseo de las mujeres. Es curioso. La cantidad de tipos ofendidos que pululan por las comarcales de las redes sociales hablando sobre cultura de la cancelación, cuando nosotras llevamos décadas —por ceñirnos a la cosa audiovisual y no irnos siglos atrás— soportando la cancelación de un deseo y un sexo propios. O dicho de una manera quizá más cristiana: llevamos décadas siendo objeto de deseo y proveedoras de un deseo ajeno.

En la segunda mitad del siglo pasado, la pequeña pantalla era el vehículo de mayor habilidad transformadora en las sociedades, cuestión que la industria televisiva estadounidense siempre ha conocido y manejado con eficacia capitalista. Las corporaciones televisivas entonces, las plataformas de streaming o de contenidos bajo demanda ahora, midieron con precisión quirúrgica su contribución a los distintos movimientos culturales y contraculturales. Y, sin lugar a dudas, la contribución de Sexo en Nueva York a la cultura contemporánea ha sido total y ha impregnado todas las disciplinas y todos los lenguajes, especialmente en el mundo de la moda. Sin embargo, no quiero que paremos nuestro mirar en el contrapeso más frívolo de la serie y que tan buenos ratos nos ha hecho pasar, por otro lado. Todas sabemos que es imposible tener ese vestidor con una columna semanal. Ni en los buenos tiempos de El País. Pero hay pactos que hay que hacer con la ficción para que la vida real quede suspendida, al menos, por lo que dura un capítulo.

El piloto de esta serie icónica se presenta al mundo bajo el mismo título que el libro de Candace Bushnell en el que está basada la serie. Hay que esperar al segundo capítulo de esa primera temporada para ver aparecer, en los créditos, la autoría de uno de los nombres propios responsables de nuestras principales contradicciones, alegrías, gozos, sombras y desgracias durante las seis temporadas de duración que tuvo Sexo en Nueva York: Michael Patrick King, «Pat», quien, además, en 2021, junto con Sarah Jessica Parker, se lanza a esa loca aventura que ha sido And Just Like That…, cuyo punto y final pudimos ver hace pocas semanas. El spin-off en el que, con una serie de equilibrios imposibles, se trató de reflejar la vida actual de las protagonistas de SATC, pero incorporando la multitud de transformaciones y mutaciones culturales acaecidas en los últimos años provenientes de los nuevos lenguajes y constructos en torno a la identidad y la transformación digital. Mirar esta serie con nostalgia, indagar en su entramado, esperando similitudes con su matriz, ha sido el error que muchas espectadoras han cometido. El mundo de SATC ya no existe ni puede existir. Es un mundo que solo se comprende desde la imaginación.

«En la cama somos como en la vida».

Esta frase lleva la firma ineludible de Samantha Jones, personaje indómito y el que más alejado se encuentra de los convencionalismos sociales e imperativos culturales que otros personajes de la serie sí mantienen y defienden. Esa tensión, que guionistas y creadores intentaron mantener a través de los arcos de los cuatro personajes, logró que cada mujer se viera reflejada en algún aspecto de las funciones narrativas de las cuatro amigas, funciones que caminaban, con ferocidad, del ámbito privado al público y al revés. La complejidad de la experiencia mujer, de nuestro eros, se refleja en cada una de ellas. Pero volvamos al sexo: hemos venido a hablar de eso.

A Jones le concedió carne la bellísima Kim Cattrall. Enfundada en uno de sus característicos trajes de ejecutiva rojo, Jones camina junto a Carrie Bradshaw en una de las calles que frecuentan del Upper East Side. Ante la duda de su amiga sobre cómo será el hombre fuera de la cama y al revés, ella responde, a modo de sentencia, la frase entrecomillada. Y no le falta razón, nada de razón. Quien lo probó lo sabe.

Hay una vida que se construye desde el sexo y el deseo atendido. Para que esa vida se emancipe del imperativo del silencio y lo impreciso, hay que nombrarla. Como bien sabemos, el lenguaje construye realidades. Por eso, lo que trasladó a esta serie a la primera línea de fuego fue ese conversar sobre nuestro sexo, nuestro deseo y sobre cómo queremos ser deseadas. Una conversación que exigía salir de las faldas de la docilidad del patriarcado, que tanta insatisfacción sexual y corporal nos ha provocado.

Esa vida desvelada a través del sexo y su ejercicio, que permitió, a su vez, indagar a lo largo de las temporadas en las que se desarrolló la serie en las habitaciones de lo íntimo y la intimidad, fue posible gracias a una de las mayores conquistas de nuestro presente más cercano: la amistad entre mujeres. Ese espacio que se genera a partir de derrotas, heridas, celebraciones, duelos, amores y lealtad. Mucha lealtad. Un lugar al que siempre poder volver. Eso es la amistad entre mujeres.

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6 Comentarios

  1. Si te reconoces en SINY es que por ahí no era. SINY es un cuento sobre cuatro pijas insoportables de NY que ha llevado a millones de mujeres a vivir insatisfechas pensando que esas vidas de cartón piedra y las de los merluzos de hombres que salen eran modelos de algo deseable y que NYC es una ciudad en la que se puede vivir. Hollywood, en el fondo, como siempre, vendiendo fantasías, pero la serie es una buena excusa para que la autora nos aleccione sobre sus cosas de género. No pasa nada. Cada una tiene que encontrar su nicho laboral, que la vida está muy malamente. Pero es una pena que estas cosas solo sirvan para que las nuevas generaciones se vuelvan cada vez más fachas.

  2. Decir que el grunge, que era un movimiento feminista, donde habitaban bandas de mujeres, estaba dopado de testosterona, es no sólo no haber entendido nada, sino no ver mas allá de Pearl Jam y Nirvana (que encima eran feministas).

    • gorigante

      Hombre, decir que el grunge era un movimiento feminista… creo que estás confundiendo ciertas tendencias o simpatías con unas determinadas corrientes políticas y sociales, con algo que fuera definitorio o parte fundamental del movimiento (o de bandas como Pearl Jam o de Nirvana), su mensaje, sus letras y sus reivindicaciones.

      Ojo, no digo que fuera un movimiento machista (no más que la media de la sociedad en una época de tendencia demócrata en EEUU); pero, y esto es apreciación subjetiva claro, en general el grunge, su actitud, su sonido, y su estética, desprenden una fuerte energía masculina; y eso no es bueno, ni es malo: pero es. Que haya algunas bandas femeninas no quiere decir nada en si mismo (Abogados Cristianos lo preside una mujer y no diríamos que es una asociación feminista por ello, espero). Las bandas más importantes de la época (en el primer, segundo y tercer nivel) es un campo nabos exactamente igual que en casi todos los movimientos culturales y políticos de los 90 para atrás. Que esté Hole por ahí, y dos o tres más si acaso, con una trayectoria que duró medio minuto, es una anécdota, no hace una categoría.

      Courtney Love por cierto estuvo unos pocos meses como vocalista con Faith No More, entre que largaron a Chuck Mosley y llegó Mike Patton. Llegaron incluso a grabar un tema, pero la cosa no cuajó porque «no encajaba con la energía masculina del sonido de la banda». ¿Eran los miembros de Faith No More feministas en su vida privada? Pues ni puñetera idea, y podrían serlo perfectamente; pero desde luego el feminismo no es una parte relevante del zeitgeist de la banda (ni del grunge) y ellos mismos tenían claro que la cosa, podría decirse, «estaba dopada de testosterona».

      Resumiendo: porque no vayas pegando a negros por la calle, no significa que seas Nelson Mandela.

  3. Se acepta la pasión por Sexo en NY, pero la serie me parece muy alejada de todo lo q se cuenta en el artículo. El consumismo mostrado por la señorita Bradshaw y compañía es el mecanismo perfecto para el mantenimiento en el tiempo del patriarcado.
    Si somos honestos, creo que llegaremos al acuerdo de que casi todas las personas adultas de lo que llamamos el primer mundo trabajan para obtener un dinero y comprar cosas que, en muchos casos, no son necesarias. Dicho de otra forma, estamos vendiendo nuestra capacidad de cambiar el mundo a cambio de cosas que no necesitamos, entregando así el poder a personas que tienen gran interés en mantener el patriarcado. Flaco favor a la igualdad de los seres humanos.
    La identificación del estilo de vida de las chicas de Sexo en Nueva York con un estilo de vida feminista me parece bastante ingenuo además de poco acertado. Dónde quedan los derechos de todas esas mujeres que cosen la ropa, ya sea en Bangladesh o en Galicia, que adquieren la señorita Bradshaw y sus amigas?
    Están haciendo un gran trabajo quienes quieren perpetuar el patriarcado si consiguen que productos con Sexo en NY pasen como feminismo…

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