Editorial

La cultura escrita: el bien común que nadie quiere pagar y así nos va

Imagen promocional de El gran Lebowski, 1998

El Tercer Observatorio de la Sostenibilidad de la Cultura Escrita, presentado por CEDRO en octubre de 2025, ofrece una radiografía minuciosa de la relación entre los españoles y su patrimonio intelectual. Es un documento sereno, preciso, que no se limita a enumerar estadísticas, sino que intenta comprender una contradicción de fondo: la cultura escrita —libros, revistas, periódicos— es considerada por la mayoría como un bien de mérito, algo que debe protegerse y promoverse activamente, pero no necesariamente pagarse. Según el informe, el 83,7 % de los ciudadanos cree que respetar los derechos de autor es una buena práctica social. En teoría, la cultura se valora; en la práctica, se descarga.

El mérito del trabajo de CEDRO está en situar este debate en un terreno moral, no solo económico. Habla de disonancia cognitiva, de los sesgos que justifican el consumo ilegal de obras y de cómo la falta de ejemplaridad institucional refuerza esas conductas. Por primera vez, un estudio sobre derechos de autor en España incorpora el análisis psicológico de la piratería y de la indiferencia: la gratificación instantánea, el falso consenso, la autojustificación («si me gusta, luego lo compraré») o el sesgo de autoridad («si las instituciones lo hacen, no debe de ser tan grave»). CEDRO no se limita a señalar culpables: muestra cómo la sociedad entera participa en la erosión de aquello que dice admirar.

El problema es que la cultura española se sostiene sobre una paradoja contable. Según el Comercio Interior del Libro en España 2024, publicado por la Federación de Gremios de Editores, en España se facturaron más de 3.000 millones de euros para un total de ventas que alcanzó casi 200 millones de ejemplares y un precio medio de 14,69 euros. Si se reparte entre la población mayor de catorce años el resultado es elocuente: apenas 2,8 libros por habitante y año. En 2012 eran unos 3,7, y en Francia la media actual ronda los 6,5 libros por persona, según la Syndicat National de l’Édition. Leemos más titulares, opinamos más en redes, pero compramos menos cultura. El discurso público sobre la importancia de la lectura convive con una práctica privada de indiferencia. Las librerías cierran con la misma frecuencia con que se inauguran congresos sobre el valor de la cultura. Y el lector que se declara amante de los libros es, a menudo, el mismo que los obtiene por vías que no retribuyen a nadie.

Lo mismo sucede con los medios de comunicación. España figura entre los países de Europa donde más gente se informa y menos paga por hacerlo. Según el Digital News Report 2025 del Reuters Institute, solo el 11 % de los españoles paga por acceder a noticias digitales, frente al 21 % de los franceses o el 45 % de los noruegos. Los demás leen versiones gratuitas, comparten enlaces pirateados o se conforman con los titulares de redes sociales. El resultado es un ecosistema mediático precario, dependiente de la publicidad programática o de los algoritmos, donde el periodista escribe para un público que ya no es lector, sino usuario. Queremos información veraz, pero gratuita; cultura libre, pero sin coste; pensamiento crítico, pero sin esfuerzo.

En ese contexto, resulta casi heroico el nacimiento de proyectos como Página Internacional, un medio que apuesta por un modelo sostenible y riguroso de información internacional, de esos que llevan años funcionando en Europa y que aquí, en fin… en España, siempre parecen llegar con el viento en contra. Le deseamos toda la suerte del mundo, porque la va a necesitar. No tanto por la calidad del proyecto —que la tiene—, sino por la escasa disposición de los ciudadanos a pagar por aquello que dicen valorar: una prensa libre, exigente y bien hecha.

CEDRO, con buen criterio, sitúa el foco también en la responsabilidad institucional. El informe recoge que el 96 % de los encuestados considera más grave que una administración pública vulnere los derechos de autor a que lo haga una empresa privada. Y no es un dato menor. La falta de licencias, las fotocopias en centros educativos o el uso de obras sin permiso para entrenar sistemas de inteligencia artificial son percibidos como actos que legitiman el desprecio social hacia la propiedad intelectual. La ejemplaridad institucional, dice el informe, no es solo deseable: es indispensable. Porque si quien debe proteger los derechos los ignora, el ciudadano se siente legitimado para hacer lo mismo.

El diagnóstico es lúcido, y lo es también en su advertencia sobre la inteligencia artificial. El 59 % de los españoles ha utilizado herramientas generativas y el 72 % lo ha hecho sobre contenidos preexistentes: libros, textos o material educativo. Se aprovecha el trabajo de otros sin remunerarlos, al tiempo que un 89,7 % reclama al Estado una regulación para proteger a los autores. Esa doble moral digital, donde se exige protección para lo que uno mismo no respeta, es uno de los retratos más inquietantes del informe. CEDRO no demoniza la tecnología, pero advierte del riesgo de que la cultura se desplace del contenido al canal, del libro al algoritmo, del autor al programa.

Y mientras el debate se instala en los despachos, en las redacciones ya ha comenzado la transición silenciosa. Circulan rumores bastante serios —y algunos ya confirmados— sobre grandes medios nacionales que están sustituyendo a redactores y columnistas por prompt engineers: especialistas en diseñar instrucciones para que las inteligencias artificiales generen textos, titulares o incluso enfoques informativos. El periodista que observaba la realidad empieza a ser reemplazado por quien sabe cómo pedirle a una máquina que la imite. El problema no es solo ético, sino cultural: si la escritura se convierte en una simulación rentable, el pensamiento corre el riesgo de volverse accesorio. En el fondo, la pregunta que sobrevuela el informe de CEDRO es la misma que se cuela entre esas redacciones enmudecidas: ¿quién escribirá cuando escribir deje de pagarse?

El estudio no se limita a constatar los males: propone salidas. Reclama una legislación clara, sin excepciones ni ambigüedades; transparencia institucional en el uso de contenidos protegidos; formación sobre derechos de autor en todos los niveles educativos; campañas de sensibilización sostenidas y una cooperación público-privada que haga de la ejemplaridad un principio rector. No es una lista de deseos, sino una agenda práctica. CEDRO entiende que la cultura escrita no se defiende solo con subvenciones ni con discursos, sino con estructuras que reconozcan su valor económico y simbólico.

Pero, al mismo tiempo, el informe deja entrever una evidencia incómoda: por muy sólido que sea el marco legal, ninguna ley puede obligar a valorar lo que se desprecia en la práctica. El problema no es la falta de normas, sino la falta de compromiso. España ha convertido la cultura en un ideal gratuito, una causa que se defiende con palabras, pero no con gestos. El ciudadano que exige campañas contra la piratería es el mismo que busca versiones libres de pago; el lector que critica la precariedad del periodismo es el mismo que jamás ha pagado una suscripción. Y así, mientras el Estado debate sobre regulación y los editores sobre sostenibilidad, la cultura se convierte en un servicio moral: algo que «debe existir», pero que otros financien.

En Jot Down lo sabemos bien. Cada cierto tiempo reaparece la misma crítica: la presencia de anuncios de temas controvertidos —como apuestas deportivas— en nuestras páginas. Quienes protestan lo hacen en nombre de la pureza cultural, pero rara vez en nombre del apoyo económico. Muchos de los que censuran esos anuncios jamás han pagado una suscripción, ni comprado una revista, ni contribuido a sostener el proyecto que dicen respetar. Exigen un periodismo independiente, pero no están dispuestos a financiarlo; quieren una revista libre de condicionantes, pero sin asumir el coste que la libertad impone. Esa hipocresía cotidiana, que el informe de CEDRO diagnostica con tanta precisión, explica por qué la cultura se tambalea incluso cuando se la aplaude.

En eso radica la grandeza y la tristeza del diagnóstico de CEDRO. Grandeza, porque devuelve al debate público la idea de que los derechos de autor no son un privilegio, sino una forma de justicia. Tristeza, porque constata que la sociedad que más reivindica la cultura es también la que menos la sostiene. Lo verdaderamente alarmante no es la piratería, ni la inteligencia artificial, ni el descontrol tecnológico: es la indiferencia cultural que convierte el trabajo creativo en un bien prescindible.

La cultura escrita es, sin duda, un bien común. Pero los bienes comunes no sobreviven sin compromiso. Y ese compromiso no se mide en declaraciones, sino en actos: comprar un libro, pagar una suscripción, reconocer que el conocimiento tiene un precio. No basta con compartir citas en redes o indignarse ante la censura si luego se desprecia el trabajo de quienes crean, editan o informan. La cultura no necesita más aplausos, sino más responsabilidad: lectores que paguen por leer, ciudadanos que comprendan que cada artículo, cada poema y cada ensayo existen porque alguien los sostiene. Si seguimos esperando que otros lo hagan, lo que desaparecerá no serán las subvenciones ni los derechos de autor, sino la posibilidad misma de seguir pensando por cuenta propia.

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12 Comentarios

  1. Algunos cosicas casi a vuelapluma:
    – Desde hace un tiempo prácticamente sólo compro libros de segunda mano, tanto por precio como por hacer menos daño al planeta. Imagino que se escapan de las estadísticas de CEDRO.
    – En cuanto a los centros educativos, a mí siempre me ha llamado mucho más la atención que se use software propietario -pirata o con licencia, yo sólo he visto licencias de estudiantes en los centros educativos públicos en los que he estado- en lugar de software libre.
    – En mi opinión, la prensa en España deja mucho que desear y habéis apuntado algunas razones en este artículo y en otros. Tengo la sensación además de que es una opinión compartida por mucha gente que conozco. Quizá pagar por la prensa en España es como pagar por ver Telecinco…
    – Aunque llevo un tiempo pensándolo, aún no he dicho nada: me gusta mucho la nueva línea de Jot Down y los contenidos que se publican. Confieso que llevo tiempo sin compraros nada porque sentí un bajón de calidad y de aumento de contenidos que me hizo despegarme un poco, pero ahora entro y leo y me gusta. Como dicen los guiris, pondré mi dinero donde está mi boca y daré una vuelta por vuestra tienda =)

  2. César Fernández

    Si lo de todos es de nadie, lo de uno, imagínense.

  3. ¿Deberían ganar dinero los autores con su trabajo? ¿Sería bueno para la sociedad el acceso gratuito a la cultura escrita?

    ¿Son las bibliotecas públicas y gratuitas buenas o malas para la cultura y la sociedad en general? ¿Está justificado que las bibliotecas deban pagar un canon por préstamo? ¿Tiene sentido “devolver” un préstamo digital a una biblioteca para que la obra pueda ser “prestada” de nuevo? ¿Qué separa a una biblioteca del acceso libre y gratuito a la cultura escrita, más allá de la incomodidad que suponen desplazamientos y plazos de devolución o renovación de los préstamos? ¿Está justificado copiar esas limitaciones en un entorno digital?

    ¿Es realista que un porcentaje significativo de escritores se gane la vida con las ventas de sus libros? ¿Sería realista que un autor cuyas obras fueran populares y de acceso gratuito se ganara la vida dando conferencias o como articulista?

    ¿Cuánto dinero están ganando Dostoievski, Kafka, Platón o Lorca gracias a las múltiples ediciones y ventas de sus libros? ¿Alguien piensa al comprar (o vender) una obra clásica que su valor económico reside en el trabajo de traducción y edición? ¿Cuánto gana un traductor por cada libro traducido por él que se vende? ¿Sería bueno que el Estado se encargara de la traducción y publicación digital de obras clásicas para su acceso libre y universal?

    • Kezabe Nadie

      Eso hizo el gobierno de la Unidad Popular en Chile. La editorial Quimantu publicó literatura al alcance de las clases populares.
      Ya sabe lo que ocurrió después.
      Quema de libros, como en el Tercer Reich, persecución a los poseedores de libros «sospechosos» de «subversivos».

  4. Kezabe Nadie

    Durante años, hasta la aparición de los medios digitales, compré el periódico a diario. Pero me he negado a pagar por la información digital. Basura el 75% y creo que me quedo corto. En la TV pública hay información suficiente. El resto, libros, que sí compro.

  5. David Vázquez

    ¿Es internet gratuito?
    No.
    Pues eso…

  6. Hace 25 años, con internet, comenzó a piratearse la música, pop o clásica. Todo el mundo profetizó su desaparición, por razones económicas evidentes. ¿Han desparecido los cantantes, los intérpretes de música clásica, las grandes orquestas? ¿Ha desaparecido el disco? Todo lo contrario. Internet ha multiplicado el negocio de la música, a pesar de que casi todo puede escucharse gratuitamente en Youtube.

    Otra profecía tonta: el auge de la autoedición desde hace unos 15 años debía hacer desaparecer las editoriales clásicas, según muchos expertos. Hoy hay más editoriales que nunca, incluidas las especializadas en poesía o aforismos, géneros literarios tan poco comerciales.

    En cuanto a los libros, una sola pregunta: ¿por qué las editoriales los publican también en versión digital, tan fácil de piratear? Respuesta: porque ganan dinero.

    Conclusión: la cultura escrita no desaparecerá nunca por la simple razón de que es necesaria – y ello desde hace siglos. Como todo en esta vida, se transformará, encontrará otras maneras de financiarse, como la música las ha encontrado. Ni siquiera la mala cultura escrita desaparecerá, desgraciadamente…

    Dentro de 25 años este artículo será leído con una sonrisa, como hoy leemos las ingenuas profecías sobre la desaparición de todo lo muy pirateado hace 20-25 años (cine, programas informáticos, ebooks, cine porno, etc, etc, etc).

  7. Si un libro vale 14 € el autor recibe 1€, eso con suerte.
    Así que llorad editores, llorad. Continuar llorando, nunca conseguiréis apenarme.

  8. Yo el problema lo veo en las ediciones digitales. Teniendo en cuenta que el coste de colgar un epub de unos pocos kb en un servidor es una miseria y menos, comparando con la cantidad de gente involucrada en cualquier edición en papel desde su maquetación (más compleja para la impresión) hasta su venta, me parece directamente una estafa encontrar libros digitales que cuestan sólo un par de euros menos. Incluso editoriales pequeñas, independientes y supuestamente preocupadas por la justicia social lo hacen.

    • El problema se llama «distribución» y sus métodos alcaponescos de imponer los precios del libro electrónico.

  9. Mis conclusiones:
    -como alguien apunta en los comentarios : la prensa de este país se ha convertido en el equivalente a Telecinco.
    – comparar los libros que se compran con países como Francia y no digo ya Noruega, con unas rentas per capita que pueden triplicar la nuestra pues da que pensar…ayer estuve en una librería y los precios dan miedo.
    – los libros de segunda mano cuentan en el cómputo?…este punto viene relacionado con el anterior.
    -para terminar, esto me recuerda al principio de los dosmiles cuando se acababa la industria musical….que a día de hoy esta más que viva.

  10. José Parras Canuto

    Yo sigo comprando discos y libros casi todas las semanas, eso sí, el 95% de segunda mano y en caso de los libros, vivo en Alemania , intercambio mucho en los puntos donde se dejan libros y se cogen otros.

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