
Viene de «La larga marcha: sexualidad sublimada, el fracaso de la meritocracia y un instinto de muerte (1)»
3. No soy gay, son los nervios
Va siendo hora de que le hable de Pete McVries. Tanto en la novela como en la película, es el personaje que mayor relación tiene con Garraty, y tanto a él como a nosotros se nos aparece bajo una doble luz: la del misterio, vinculada a la cicatriz de origen indeterminado que tiene en la mejilla, y la de la introspección, puesto que, de los marchadores, es el que más rápidamente comprende las dimensiones de la situación. En McVries hay una madurez que sobresale. Y no se piense usted que no recorre todos (o casi todos) los tropos que se le suponen al adolescente medio. Pero cuando lo hace, lo hace con autoconsciencia. Incluso cuando dice ciertas cosas, tanto usted y yo vemos que no tardará en contradecirse. Un buen ejemplo ocurre al inicio de la Marcha, cuando le aconseja a Garraty que modere el ritmo y no se apresure. Este se lo agradece, pero McVries repone que no lo haga: «—Es decir, preferiría que no nos organizáramos como boy scouts —explicó McVries—. Me caes bien y es evidente que tienes éxito con las chicas bonitas, pero si te quedas atrás no confíes en que acuda a ayudarte» (King, 2010, p. 34). Estas palabras, no obstante, se las lleva el viento.
Le pongo al día de un dato: desde el inicio de la competición, Garraty tiene en el punto de mira llegar a una ciudad del trayecto (que está a tomar por saco a la derecha) en la que su novia, de nombre Jan, y su madre, de nombre búsquelo porque si lo dicen yo no me acuerdo, le esperarán entre la multitud de espectadores. Garraty, que empieza la caminata con la pretensión de mantener toda la dignidad hipermasculina que pueda, se va dando cuenta conforme se le desgastan las suelas de los zapatos que lo que más desea es ver a las dos mujeres de su vida. Ese deseo, sumado al cansancio y el desgaste psicológico, hacen mella en él hasta el punto de que, cuando por fin llega a su ciudad junto a los demás marchadores, Garraty pierde el norte. Corre hacia su madre y hacia Jan sin importarle nada más que estar con ellas, henchido de un arrepentimiento infantil por haber abarcado más de lo que podía apretar. Empiezan a darle avisos, y la muerte pende sobre su cabeza cuando McVries, por nonagésimo cuarta vez en la novela, se desvía de su camino para salvarle la vida, pese a ser su competidor.
Las asió. Tomó en una mano la de Jan, y en la otra la de su madre. Las tocó, y todo acabó.
Todo acabó cuando McVries le pasó de nuevo el brazo por el hombro. El cruel McVries.
—¡Déjame en paz! ¡Déjame en paz!
—¡Ray! —le gritó McVries al oído—. ¿Qué pretendes? ¿Morir delante de ellas? ¿Es eso lo que quieres? ¡Vámonos, por el amor de Dios!
Garraty se resistió, pero McVries era fuerte. Quizá incluso tenía razón. Miró a Jan y vio sus ojos abiertos y alarmados. Su madre hacía gestos de que se alejara. Y en los labios de Jan leyó de nuevo la palabra, como una maldición: ¡Sigue! ¡Sigue! (King, 2010, p. 310)
Conforme nuestro protagonista recupera la compostura in extremis, McVries tiene la agudeza de resaltar un factor empático que va más allá de la amistad adolescente: si de verdad Garraty quiere darse por vencido y que lo maten, debe esperar a doblar la esquina y no permitir que su madre y su novia vean cómo le hacen papilla el cerebro. Esto parece superficial, pero no lo es. No solo McVries se gana varios avisos para salvar al que, en último término, deberá morir para que él viva, sino que esgrime para ello argumentos que les trascienden a ambos. Incluso en esa situación, es capaz de pensar más allá de la inmediatez del deseo.
Otro ejemplo muy ilustrativo de su precocidad está en lo rápido que inicia una enemistad con Barkovitch. ¿Recuerda usted a Barkovitch? Es aquel al que casi matan al inicio de la Marcha porque se detuvo más de la cuenta, pero que luego sostuvo que formaba parte de su plan. Pues Barkovitch, que en la novela se lo construye con una personalidad mucho más irredenta que en la película, no tarda en empezar a minar psicológicamente a los demás marchadores, con la idea (acertada, por otra parte) de que cuanto antes mueran todos, antes se salvará él. En cierto momento, un marchador cae en sus provocaciones y los soldados lo ejecutan cuando intentaba agredir a Barkovitch. Esto le granjea a ojos de McVries y de algunos más la condición de «asesino». El odio de McVries hacia Barkovitch llega hasta el punto de prometerse que, aunque no gane, aguantará más que este. Respecto a ese antagonismo, Garraty le pregunta:
—¿Por qué lo odias tanto? ¿Por qué no a Collie Parker, o a Olson, o a cualquiera de los demás?
—Porque Barkovitch sabe lo que se hace.
—¿Porque juega a ganar, te refieres?
—No sabes a qué me refiero, Ray.
—Me parece que no lo sabes ni tú. Desde luego es un cerdo. Pero quizá sea preciso serlo para vencer.
—¿Siempre ganan los malos?
—¿Cómo diablos voy a saberlo? (King, 2010, pp. 201-202)
Y es que bajo la madurez cínica de McVries hay, entre otras cosas, un sentido del honor, si me permite el anacronismo, muy marcado. Es consciente de las formas que quiere mantener, de lo que conforma su identidad y del rol que desea desempeñar en lo que, seguramente, serán los últimos días de su vida. Mantenerse sincero consigo mismo es lo que le diferencia de sus compañeros. Eso y, como le decía, la introspección. Tan sobria es su consciencia de la oscuridad que los rodea y de sí mismo que en cierto punto le confía a Garraty:
—[…] Algunos de esos chicos seguirán caminando mucho después de que las leyes de la bioquímica y la capacidad física hayan saltado por la borda. El año pasado hubo un chico que gateó durante tres kilómetros, a seis kilómetros y medio por hora, antes de sufrir un calambre en ambos pies, ¿recuerdas haberlo leído en alguna parte? Mira a Olson: está agotado pero sigue adelante. Ese maldito Barkovitch funciona a base de odio de alto octanaje y sigue fresco como una rosa. No creo que yo pueda hacerlo así. No estoy cansado, no estoy cansado de verdad… todavía. Pero lo estaré —La cicatriz destacaba en su rostro fatigado mientras clavaba los ojos en la oscuridad—. Yo creo que… cuando esté lo bastante cansado… sencillamente me sentaré. (King, 2010, p. 108)
Repito: sencillamente, se sentará. Nada de grandes alardes ni de proclamas elefantiásicas. La muerte, él lo sabe, puede consistir en tomar asiento. En este punto, para retratar con precisión la psique de McVries y compañía, permítame hacer una pequeña digresión. Le prometo que valdrá la pena.
Un tema recurrente en La larga marcha, tan bien representado que a menudo resulta desagradable, es el de la sexualidad. Si recuerda usted sus años mozos, sabrá que no hay nada más frecuente entre los adolescentes varones que definir la valía de cada cual por lo cerca que se ha quedado de tener relaciones sexuales. Si no me cree, pásese discretamente por algún instituto a la hora del recreo y ponga la oreja. O mejor no lo haga, que queda siniestro. La cosa es que, en este heteropatriarcado que cincela los cánones de la masculinidad, pocas cosas hay más frecuentes entre hombres que hablar de mujeres. Y a menudo en términos que podría escuchar usted en una granja o en el sumario de un caso de tráfico de personas. Los adolescentes de La larga marcha no son una excepción. Casi con el primer paso empiezan las bromas sobre sus contrapartes femeninas: quién tiene novia, quién la tendrá, quién no la tiene porque no quiere, quién tiene más capacidad de seducción, y, por supuesto, quién ha perdido la virginidad antes o después. Tanto es así que uno de los marchadores recibe el pasaporte porque se apodera de él un frenesí sexual respecto a dos muchachas que están en el público y, cegado, va hacia ellas como un miura con acné.
Pero, bajo lo desagradable de varias de esas conversaciones, emerge una imagen muy interesante sobre el desarrollo psicosexual.
El papel de los iguales a la hora de socializar a la gente joven en las normas, actitudes y comportamientos sexuales se considera el efecto de un proceso de desarrollo normativo asumido en el que los adolescentes se alejan de la familia en favor de los amigos, pero el rango y tipo de rol de estos no es aún un asunto esclarecido. Las redes de iguales han sido examinadas, a lo largo de la última década, como un complejo método de socialización que moldea el desarrollo sexual a través de varios mecanismos de pensamiento. (Tolman y McClelland, 2011, p. 247, traducción mía)
Y si algo hay en la Marcha, es una red de iguales. Entre ellos se lanzan todo tipo de chistes de naturaleza sexual, y unos moldean a los otros. Incluso entre las amenazas que se profieren está la de hacerle nosequé a nosequién que le importe a tal marchador. El imaginario sexual como catalizador de la violencia es también un continuo en La larga marcha. El padre de los mommy issues llegó a escribir en Más allá del principio de placer (1920) que «hemos dejado de llamar a los opuestos pulsiones yoicas y pulsiones sexuales, para darles el nombre de pulsiones de vida y pulsiones de muerte» (Freud, 2015, p. 89), porque, en efecto, ambas son dos caras vibracionales de una misma moneda. Incluso Stebbins, el sabio de los pantalones púrpura que comprendía la condición existencial de Olson, le dice a Garraty que se engaña pensando en que quiere ver a su novia, puesto que, sostiene, ella solo constituye un desplazamiento psicosexual de los sentimientos hacia su madre.
—De todos modos, es a tu madre a quien deseas ver…
—¿Qué?
Garraty dio un respingo.
—¿No piensas casarte con ella cuando seas mayor, Garraty? Eso es lo que quieren la mayoría de los niños. (King, 2010, p. 301)
Garraty responde con agresividad. Nada extraño por aquí. Como le decía, la relación entre ambas cosas no es nada nuevo. Una breve búsqueda en internet le bastará para encontrar treinta y cinco millones de estudio relacionando el aumento de la libido con situaciones estresantes. Tanto es así que en el imaginario narrativo están íntimamente entrelazados la violencia y el sexo, desde mucho antes del Drácula (1897) de Stoker y más allá de los personajes de Nicole Kidman y Alexander Skarsgård en Big Little Lies (2017-). Con esto le quiero decir que cuando Garraty, que es virgen aunque tenga pareja, le cuenta a McVries cómo esta intentó disuadirlo de que se presentara a la Larga Marcha, no es baladí que acote lo siguiente:
—[…] Jan dijo que se acostaría conmigo cuando quisiera, como quisiera y las veces que quisiera, con tal de que aprovechara el último plazo de retirada. Yo le respondí que eso me haría parecer un aprovechado. Ella se puso furiosa y dijo que era preferible a sentirse muerto. Y lloró mucho, suplicándome que me retirara. […] Al cabo de un buen rato, Jan comprendió que no podía decirle: «Está bien, de acuerdo, renunciaré». Creo que empezó a comprenderlo. Quizá lo comprendió tanto como yo mismo, y Dios sabe que yo no lo entendía mucho entonces, ni lo entiendo todavía. (King, 2010, p. 274)
Fíjese en que lo que está expresando Garraty aquí es que su compromiso con participar en la Marcha era tal que ni por esas renunciaba. Hay que entender que, en el mundo de esos muchachos, el sexo no se reduce solo al momento de consumarlo. Como le decía, es también una cuestión de estatus. Y vaya por delante: es terrorífico que sea así, pero le remito de nuevo a lo del patriarcado y la masculinidad tóxica. También le remito a la fascinación de Garraty con Scramm, el marchador casado y con la esposa embarazada.
Total, que cuando Garraty menciona el ofrecimiento de Jan, está estableciendo la medida de los valores que le impulsaron a competir en la Marcha, aun cuando ni siquiera él mismo los entendía. El reverso de su situación es el propio McVries, que a los dos tercios de novela le cuenta a Garraty el origen de su cicatriz, por la que el muchacho le había preguntado varias veces. Le habla de Pris, una novia con la que persiguió el sueño juvenil (no por ello menos legítimo) de irse de casa de sus respectivos padres y vivir de forma independiente tal como cumplieron los dieciséis años. Se imaginará usted cómo resultó aquello, siendo esta una historia de Stephen King: encontraron trabajos mal pagados y rápidamente fueron distanciándose. Habían tenido relaciones sexuales al poco de darse a la fuga porque, bueno, era lo que tocaba. No hubo nada demasiado bonito en ello, pero McVries atesora el recuerdo. La cuestión es que en una de las discusiones en las que él y su novia se enzarzaban con frecuencia él intentó llevarla a la cama y ella le rajó la cara con un abrecartas. Expuesta la historia, le comenta McVries a Garraty que:
—[…] Dicen que la distancia da perspectiva. Ayer por la mañana, Pris era todavía importante para mí. Ahora no representa nada. Estaba seguro de que la historia que acabo de narrarte me dolería, pero no ha sido así. Además, dudo que todo eso haya tenido que ver con mi presencia aquí. En realidad, creo que solo fue una excusa oportuna para aprovechar la ocasión. (King, 2010, p. 192)
¿La ocasión de qué? De morir, claro está. Pero eso es materia para la siguiente sección de este artículo, y antes de pasar con ella, debemos entender el rol que tiene la sexualidad en La larga marcha. Verá: si bien la jerga adolescente fomenta chistes sexuales y golpes en el pecho, los marchadores van descubriendo la vacuidad de ese imaginario conforme la muerte se aproxima. Al erotismo lo reemplaza el deseo de sentirse queridos y cuidados, que es lo que, en último término, les fascina tanto de Scramm. Que el muchacho no solo hubiese cruzado la línea de la virginidad, sino que se hubiera establecido al otro lado en una relación adulta y responsable fascina incluso a las mentes más avezadas, como la de McVries, que comprenden, quizá siempre lo hicieron, que la soledad que sienten en la Marcha no tiene ningún cobijo en el sexo.
Y, para ilustrarlo, voy con la parte de este asunto que mosqueará a más de un conservador: el homoerotismo entre Garraty y McVries. Por dejarlo claro: ¿son homosexuales o bisexuales los personajes de la novela? Hasta donde sabemos, no. Pero eso solo quiere decir que nunca se explicita, amén de que, como estamos viendo, los sentimientos que cataliza la sexualidad son bastante más ambiguos de lo que nos gustaría creer. Si nuestros personajes llegan a comprender que el afecto va más allá de lo carnal, es razonable pensar que en muchos terrenos se superponen. El amor romántico y la amistad más profunda se diferencian, ante todo, como vocablos, pero a la hora de concretarlos en una fenomenología emocional, tienen más en común de lo que puede parecer. Súmele a esto que los marchadores, confusos, agotados y faltos de experiencia, subliman su relación con la muerte y la violencia a través de un imaginario afectivo tan capaz de matarlos como de mantenerlos en movimiento. Ya le he contado una de las ocasiones en las que McVries salva a Garraty en contra de sus propios intereses, pero cuando aquel pierde los estribos y su rabia se dirige contra los soldados que custodian el camino, este hace lo mismo.
De pronto, sin darse cuenta de lo que hacía [Garraty] se volvió y corrió hacia atrás, ganándose un aviso. Solo lo oyó con una parte de su mente. Los soldados estaban apuntando a McVries cuando Garraty lo asió del brazo.
—¡Vamos!
—¡Lárgate, Ray! ¡Voy a machacarlos!
Garraty lanzó las manos y le dio a McVries una bofetada con la mano abierta.
—¡Vas a hacer que te maten, idiota! (King, 2010, p. 132)
Tan incapaces parecen esos dos de no salvarse el uno al otro que Abraham, otro marchador, le dice a Garraty cuando se va acercando el final de la Marcha:
—Bien, escucha. Estamos poniéndonos de acuerdo en una cosa. Todos los que quedamos.
—¿Es algún juego?
—Es una especie de… de promesa.
—¿Ah, sí?
—Nada de ayudar a nadie. O lo hace uno mismo, o no lo hace. (King, 2010, p. 317)
Garraty acepta a regañadientes, y da la impresión de que solo lo hace porque considera que es lo razonable. Sus afectos, sin embargo, van por otra parte. Como le decía, la taxonomía de los afectos es porosa. No se trata de que los distintos tipos de relaciones sean un artificio ni de que los sentimientos de amor no presenten distinción alguna entre sí, sino de que están mediados por el sujeto que los siente. Y en un mismo sujeto la intimidad personal, afectiva y física puede manifestarse de muchas formas sin encasillarse necesariamente en una en concreto. No quiero decir aquella cursilada de que el corazón no entiende de razones, pero sí que el deseo de afecto tiene más que ver con la conexión entre dos personas que con la forma fáctica que adopte ese afecto. Cabe aducir que por eso, pese a que Garraty acepta el pacto de dejar de ayudarse entre los marchadores, cuando solo quedan vivos dos oponentes frente a él, Stebbins y McVries, y este decide que hasta aquí, que ya ha tenido suficiente, y que, como anunció, es hora de sentarse, Garraty manda a tomar viento los tratos de caballeros y trata de salvarlo una vez más.
McVries lo contempló un instante, volvió a sonreír y movió la cabeza en gesto de negativa. Se sentó con las piernas cruzadas sobre el asfalto. Parecía un fraile apartado del mundo. La cicatriz de su mejilla era como una raya blanca bajo la luz lluviosa.
—¡No! —gritó Garraty— […] ¡A mí! ¡Disparadme a mí!
No lo hicieron; en cambio, recibió el tercer aviso.
McVries abrió los ojos y sonrió de nuevo. Al instante siguiente, todo había terminado. (King, 2010, p. 347)
Y hasta ahí llega su relación. Fue bonita mientras duró. Y ambigua, como le digo. Muchas cosas se subliman a través de la sexualidad, especialmente cuando el contexto y la inmadurez no permiten gestionarlas de otro modo. Reitero: por lo que puedo deducir en la novela, sus personajes no son homosexuales ni bisexuales, pero tampoco podemos soslayar el siguiente fragmento, que tiene lugar hacia el final de la historia, en el que McVries, hablando de los comentarios de otro marchador, le dice a Garraty: «Está convencido de que hemos ligado. […] Quizá incluso tenga algo de razón. Puede que por eso te salvara el pellejo. Quizá sea cierto que me siento atraído por ti» (King, 2010, p. 287). Garraty se sorprende ante la idea, claro, pero no le da tiempo a procesarlo antes de que McVries continúe:
—¿Quieres que te masturbe?
—¿Qué diablos…? —susurró Garraty, asombrado.
—¡Oh, vamos! —replicó McVries—. ¿Qué pretendes con ese aire de ofendido? Ni siquiera voy a facilitarte las cosas dejándote saber si va en serio o en broma. ¿Qué dices?
Garraty sintió una sequedad pegajosa en la garganta. Lo cierto era que tenía ganas de ser tocado. Si eso era o no viril, no parecía importar mucho, ahora que todos estaban a punto de morir. Lo único importante era McVries. Y no quería que McVries le tocara, al menos no de aquel modo. (King, 2010, p. 287)
Ese último párrafo contiene tres ideas fundamentales para hacer una hermenéutica apropiada de la sexualidad en esta novela: uno, que Garraty anhela el contacto físico como muestra de cariño y apoyo; dos, que «lo único importante era McVries», más que si el sentimiento encaja o no en los cánones heteronormativos de virilidad; y tres, que no rechazaría el tacto de McVries, aunque no lo desea en un registro sexual. No queda claro si «de aquel modo» se refiere a las formas y contexto del planteamiento o a la naturaleza física de la propuesta. Al menos, en la novela, porque la película es otro percal.
Si ha visto usted la adaptación cinematográfica estrenada a mediados de noviembre, La larga marcha (2025), verá que ahí el espacio para la ambigüedad se reduce a una rendija. Dicho de otra manera: si no ve usted que, en la película, McVries y Garraty están enamoradísimos, seguramente sea usted de los que piensa que Aquiles y Patroclo solo eran colegas de batalla. No quiero extenderme más de la cuenta hablando de la película en esta sección, porque ya tendremos tiempo para eso más adelante, pero maldita sea: vea el minuto cuarenta y uno, cuando inician una subida y Garraty está a punto de desplomarse. McVries (interpretado por el fantástico David Jonsson (1993-), se coloca junto a Garraty, le susurra palabras tranquilizadoras como si estuviera acunándolo y, agarrados del brazo, suben bajo el amparo de la música, mientras Garraty se disculpa con él por haber herido sus sentimientos unos minutos antes. Y si no le convence, vaya al final de la obra, donde lo último que Garraty le dice a McVries es: «Te quiero, Pete». Que sí, que yo también les digo a mis amigos que les quiero, y sí, también les agarraría de donde fuera para evitar que los mataran, pero el registro, ¿sabe usted?, la manera de rodarlo, el encuadre, las instrucciones que tienen los actores de mirarse de tal manera a tal distancia, de sonreírse, de expresarse físicamente, de compartir su intimidad, marcan la diferencia. El cine tiene herramientas suficientes para transmitir un romance sin necesidad de mostrar un intercambio de saliva. Y ojo: me parece estupendo que hayan tomado esta decisión respecto al material original.
Si busca usted fan art sobre Garraty y McVries, descubrirá que mucha gente llevaba años ilustrando esta vía de afecto paralela entre los personajes de la novela, así que, vista la película, ¿quién sabe? Quizá el mundo haya avanzado.
Pero volvamos a la Marcha.
4. Morir con razón
Una pregunta lógica ante el formato de la Larga Marcha es qué hostias tiene que pasarle a alguien para meterse voluntariamente en una competición así. Hay muchas respuestas, y los marchadores nos proveen de varias a lo largo de la obra, pero casi siempre tienen un tinte de indeterminación. El propio McVries, sin ir más lejos, reconoce su ignorancia superficial respecto a los motivos que lo han llevado allí, aunque no es del todo cierto que no lo sepa. De hecho, termina reconociéndolo, junto a tantos otros participantes, conforme la introspección que da ver la muerte de cerca va ganando terreno. Comprende lo ridículas que eran las posibilidades de sobrevivir, y que habría que ser muy estúpido para confiar en esa idea andrajosa de la meritocracia sin ver que, en noventa y nueve veces de cada cien, inscribirse en la Marcha equivale a firmar la propia sentencia de muerte.
—[…] Todos somos los estúpidos. Scramm lo es porque cree comprenderlo todo, y no es así. Olson lo es porque ha entendido demasiadas cosas demasiado tarde. Ellos son animales, de acuerdo, pero ¿por qué crees que eso nos convierte a nosotros en seres humanos? […]
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —le preguntó Garraty—. Si lo sabes y estás tan seguro, ¿por qué estás aquí?
—Por la misma razón que estamos aquí todos […]. Queremos morir, por eso estamos aquí. ¿Por qué si no, Garraty? ¿Por qué si no? (King, 2010, pp. 167-168)
Por qué si no, en efecto. En defensa de McVries, la idea de que al ser humano lo conduce una voluntad secreta de aniquilarse no es nueva. Hegesias de Cirene, un filósofo anterior a Cristo por más de dos siglos, «ocupa un nicho especial en la historia de la filosofía: es el único filósofo que abogó activamente por el suicidio» (Matson, 1988, p. 533, traducción mía), convencido de que era la única postura razonable. En la época contemporánea, el pensador alemán Philipp Mainländer (1841-1876) publicó, un día antes de suicidarse, la obra Filosofía de la redención (1876), donde postula una voluntad de morir inconsciente y presente en toda la creación:
En el hombre, pues, la voluntad de morir, que es el impulso más íntimo de su ser, no está solamente recubierta por la voluntad de vivir, como en el animal, sino que se eclipsa completamente en lo más profundo, desde donde se manifiesta, de tarde en tarde, como un profundo anhelo de reposo. (Mainländer, 2020, p. 276)
¿Le suena lo del anhelo de reposo? Pues piense en McVries, el defensor de que todos estaban en la Marcha porque querían morir, y que quedó tercero porque prometió que, cuando no pudiera más, se sentaría. Pero no gastemos a Mainländer, que algún día habrá que hablar de Peaky Blinders (2013-), y tampoco quiero que piense usted que me agarro a un clavo argumentativo ardiendo. No es McVries el único que reconoce que se inscribió en la Larga Marcha para encontrar una bala. Art Baker, un marchador más bueno que las pesetas, le dice a Garraty que el mundo que les rodea, creado por la podredumbre humana, es imposible de vencer:
—No se puede conseguir. Somos todos unos estúpidos al intentarlo. No se puede derrotar a la podredumbre. No en este mundo. Chapado de plomo, así es el pasaporte…
—Si no te contienes, por la mañana estarás muerto.
Baker asintió. La piel se le había tensado sobre los pómulos dándole un aspecto cadavérico.
—Así es el pasaporte. Yo quería morir. ¿Tú no? ¿No viniste por eso? (King, 2010, pp. 323-324)
Pero espere, que esto no para aquí. Le recuerdo que McVries, después de contarle a Garraty la historia sobre cómo su novia le rajó la cara tras una pelea, dijo que inscribirse en la Marcha «solo fue una excusa oportuna para aprovechar la ocasión» (King, 2010, p. 192), y ahora ya ve usted de qué. Llegamos así a un postulado de lo más interesante, también dado por el señor Freud, al que antes me referí. Hacia el final de su vida, el padre del psicoanálisis postuló que, en contraposición a ese instinto tendente al placer y la satisfacción (sobre todo a través del sexo, pero no volvamos a ello) al que denominó Eros, existía un instinto contrario al que llamó Tánatos, cuya orientación era justamente la contraria: la de la autodestrucción. Sin embargo, nos dice Freud, para darle salida a ese conflicto aprendemos a redirigirlo, y es bien sabido que la violencia contra uno rara vez se expresa mejor que mediante la violencia contra los demás. En El malestar en la cultura (1930) leemos:
Una parte de este instinto se orienta contra el mundo exterior, manifestándose entonces como impulso de agresión y destrucción. De tal manera, el propio instinto de muerte sería puesto al servicio del Eros, pues el ser vivo destruiría algo exterior, animado o inanimado, en lugar de destruirse a sí mismo. Por el contrario, al cesar esta agresión contra el exterior tendría que aumentar por fuerza la autodestrucción, proceso que de todos modos actúa constantemente. (Freud, 2010, p. 119)
Eso no lo ignoran nuestros pobre marchadores. Le traigo unas palabras del bueno de Scramm: «Mirad a Barkovitch. No está aquí para conseguir el premio, sino que camina para ver morir a los demás. Vive de ello. Cuando le dan a alguien el pasaporte, es como si le dieran nuevas energías» (King, 2010, p. 146), cosa que el Tánatos freudiano aplaudiría.
Pero vayamos un paso más allá. La violencia hacia los demás como síntoma de conflictos internos no necesita de un corpus psicoanalítico desfasado para sostenerse, sobre todo cuando hablamos de adolescentes. Al igual que ocurría con la sexualidad, el aprendizaje social juega un rol fundamental en la relación que el individuo desarrolla con la violencia. Quizá por eso «los varones parecen ser mucho más proclives a involucrarse en comportamientos violentos serios que las mujeres, posiblemente porque a los niños se les socializa mediante roles que fomentan mayores niveles de agresión física» (Valois et al., 2002, p. 455, traducción mía). Ejemplo de ello es Rank, el marchador que obtuvo su pasaporte tratando de agredir a Barkovitch en respuesta sus provocaciones.
Verá usted que la Larga Marcha es un lugar idóneo para que las desregulaciones emocionales emerjan con las peores consecuencias posibles. Pero, en justicia, el perfil psicológico de la mayoría de marchadores tampoco está para contrarrestar nada. Hoy sabemos que «muchos tipos de experiencias adversas durante la infancia, incluyendo el abuso y hogares desestructurados, se asocian no solo con un mayor riesgo de suicidio durante la adolescencia, sino también con los comportamientos autolesivos y la violencia interpersonal», (Duke et al., 2010, p. 783, traducción mía). De abusos y hogares desestructurados puede hablarnos el propio Garraty. Tanto en la novela como en la película, su padre es asesinado por el régimen totalitario en el que viven, si bien en la primera los detalles son más escasos y menos honrosos que en la segunda. Al respecto, Garraty piensa:
[…] El padre de Garraty no había demostrado ser un gran amante de la Larga Marcha, así que un día recibió un telegrama y al día siguiente dos soldados se presentaron a la puerta de su casa. Jim Garraty desapareció con ellos, profiriendo bravatas, y su esposa cerró la puerta tras ellos con las mejillas pálidas. Y cuando Ray Garraty preguntó a su madre dónde iba su padre con aquellos soldados, ella le dio un par de bofetones en la boca, haciéndole sangrar los labios, mientras le decía que se callara. Garraty no había vuelto a ver a su padre desde entonces. (King, 2010, pp. 163-164)
¿Se imagina que se lleven a su padre a rastras y que, cuando a usted le da por preguntar, su madre le calle a hostias? Demasiado poco violento es Garraty en la novela, máxime si consideramos que:
La teoría del aprendizaje social evidencia que la gente joven es especialmente vulnerable a los modelos sociales y a la presión por parte de la familia y los grupos de iguales, remarcando el papel de los compañeros y los padres como modelos de desviación. (Saner & Ellickson, 1996, p. 95, traducción mía).
Nuestro pobre protagonista no tuvo modelos muy sólidos de pequeño, y en la Marcha tampoco. Los únicos que le enseñan algo al respecto son, curiosamente, su mejor amigo del lugar y su principal antagonista: McVries y Stebbins. Después de que el primero le salvara la vida frente a su madre y a su novia, Garraty piensa:
Hablando con McVries, este le había confesado que la primera vez le había salvado la vida por puro reflejo. Después, en Freeport, había sido para evitar una escena horrible frente a una chica bonita a la que nunca conocería. […] Pensó que McVries era un tipo muy maduro, realmente. Y se preguntó por qué él no había sido capaz de madurar así. (King, 2010, p. 320)
Cabe postular muchas respuestas, pero posiblemente tenga que ver con la relación con la muerte. No se trata tanto de que un corazón oscuro sea más maduro como de que acoger cierta oscuridad permite un mayor rango de visión. A McVries le rajaron la cara y le rompieron el corazón por sus sentimientos mal gestionados, y eso le da a uno que pensar. Pero no se crea que el misterioso Stebbins se queda atrás.
Cuando Scramm cae víctima de las alergias y el cansancio y el desasosiego han quebrado a la mayoría de marchadores, Stebbins sigue caminando con la misma parsimonia. Siempre atrás, siempre con sus pantalones púrpura, siempre viendo más que el resto. McVries llega a decirle a Garraty:
—No, no creo que ganes. Vencerá Stebbins, Ray. Nada puede hacerle mella, es como un diamante. Se dice que en Las Vegas le dan favorito por nueve a uno, ahora que Scramm está eliminado. ¡Cielos, si parece tan fresco ahora como cuando empezamos! (King, 2010, p. 298)
Fíjese qué cosas. Al inicio de la Marcha, cuando empezaba la fascinación de Garraty con Stebbins, le dijo a McVries: «Me pregunto por qué está aquí, y por qué no dice nada. Y si vivirá o morirá» (King, 2010, p. 66), y para el final, ambos amigos tienen claro que si alguien puede vencer, es Stebbins. Pero Stebbins, que no ha soltado prenda sobre sí mismo en toda la novela, no es de piedra. Su poder proviene de que a él no le conduce el instinto de muerte ni el dinero ni la fama. Stebbins sabe quién es:
—Yo soy el conejo —repitió Stebbins—. Tú lo habrás visto alguna vez, Garraty. Es ese bicho mecánico gris que persiguen los perros en las carreras de galgos. Por rápido que corran los perros, nunca consiguen alcanzar al conejo, porque éste no es de carne y hueso y aquellos sí. (King, 2010, p. 337)
Pero ¿a qué leches se refiere este cerebro inalterable con «ser el conejo»? Se refiere a que comprende su condición, y que, en último término, ha caído en una trampa. Resulta que es hijo bastardo ni más ni menos que del Comandante, jefe de todo el chiringuito de la Larga Marcha (como poco), y, en consonancia con los postulados de Freud y con la orfandad de Garraty, su plan era ganar la competición para confrontarlo frente a todo el país.
—Es cierto. Soy su hijo bastardo. Veréis… Yo no creía que él lo supiera No creía que supiera que yo era su hijo. Ahí fue donde cometí el error. Ese hombre es un rijoso hijo de perra. Es… el Comandante. Sé que ha tenido decenas de bastardos. Lo que yo pretendía era echárselo en cara y descubrirle ante el mundo. Sorpresa, sorpresa. Y cuando ganara, cuando me dieran el premio, iba a pedir que me llevaran a casa de mi padre.
—¿Y él lo sabía todo? —susurró McVries.
—Él me convirtió en su conejo. Un conejito gris para hacer correr al resto de los galgos más aprisa… y más lejos. (King, 2010, p. 337)
Tanto Garraty como Stebbins tienen padres ausentes, y eso configura tanto su personalidad como sus relaciones con el medio. Pero no debemos ser reduccionistas, ya que «puede que no sea la estructura familiar en sí misma lo que incrementa el riesgo de agresión y violencia, sino otro factor que explique por qué dicha estructura está presente», (Valois et al., 2002, p. 456, traducción mía). Es decir, que no se trata de que los hijos con padres ausentes crezcan violentos y proclives a los comportamientos antisociales, sino de cómo se interioriza la manera en que se ha llegado ahí. La de Garraty es distinta a la de Stebbins, y frente al deseo de muerte de Hegesias, Mainländer, Freud y el propio McVries, nuestro protagonista encuentra fuerzas en su inmadurez para alcanzar en su tren de pensamiento una conclusión que a los demás se les escapa:
Papá, no me gustó que tuvieras que irte, pero en realidad nunca te eché de menos cuando no estabas. Lo lamento. Pero esa no es la razón de que esté aquí. No tengo un ansia subconsciente de matarme, Stebbins, lo siento. (King, 2010, p. 236)
Tal vez por esa razón, cuando McVries y todos lo demás han muerto, y solo Stebbins y Garraty continúan andando tras varios días, es Stebbins el que colapsa gritando el nombre de su contrincante. Esto corona a Garraty como ganador de la Larga Marcha. No era el más listo ni el más fuerte ni el más maduro, pero ya hemos comentado que la meritocracia es una estafa. Su mérito hay que aplaudírselo, eso sí. Y su empecinamiento en mantenerse con vida.
Aunque una cosa debemos de recordar sobre el final de La larga marcha, cuyo carácter abierto sugiere posibilidades mucho más oscuras. Y es que el público prorrumpe en vítores y todo son alabanzas y celebraciones y el Comandante se acerca a Garraty para felicitarlo. Pero él no ve nada de eso. Solo ve una figura oscura frente a sí, más adelante en el camino, hacia la que se siente atraído. Las líneas finales de la novela rezan:
Una mano se posó sobre su hombro. Garraty se la quitó de encima con gesto impaciente. La oscura figura le llamaba, le llamaba bajo la lluvia, le llamaba para seguir caminando, para que fuera a jugar la partida. Y era hora de empezar; todavía quedaba tanto por caminar…
Con los ojos ciegos y las manos suplicantes extendidas ante sí, como pidiendo limosna, Garraty avanzó hacia la oscura figura.
Y cuando la mano le tocó de nuevo el hombro, encontró aún energías para echar a correr. (King, 2010, p. 350)
¿Qué era esa figura que llevó a Garraty a ignorar al Comandante y su propia victoria? ¿Qué pudo resonar en su corazón con tanto apremio como para que echase a correr? Hay quien interpreta que se volvió loco. Otros dicen que alucinaba por el cansancio.
Y muchos, claro está, piensan que era la muerte, y que la Marcha solo acaba con ella.
(Continúa aquí)
Bibliografía
Duke, N., Pettingell, S., McMorris, B., Borowsky, I. (2010). Adolescent Violence Perpetration: Associations With Multiple Types of Adverse Childhood Experience. Pediatrics, e778-e786.
Freud, S. (2010). El malestar en la cultura. Alianza.
Freud, S. (2015). Más allá del principio de placer. Amorrortu.
Hye-Knudsen, M., Kristensen-McLachlan, R. D., & Clasen, M. (2023). How Stephen King writes and why: Language, immersion, emotion. Orbis Litterarum, 78, 353-367.
King, S. (2010). La larga marcha. Debolsillo.
King, S. (2011). Full dark, no stars. Simon & Schuster.
King, S. (2016). Mientras escribo. Debolsillo.
Lawrence, F. (Director). (2025). La larga marcha [Película]. Vertigo Entertainment, New Line Cinema, Lionsgate Films.
Mainländer, P. (2020). Filosofía de la redención. Alianza.
Matson, W. (1988). Hegesias the Death-Persuader; or, The Gloominess of Hedonism. Philosophy, 73(286), 553-557.
Saner, H. & Ellickson, P. (1996). Concurrent risk factors for adolescent violence. Journal of Adolescent Health, 19(2), 94-103.
Tolman, D. & McClelland, S. (2011). Normative Sexuality Development in Adolescence: A Decade in Review, 2000 – 2009. Journal of Research on Adolescence, 21(1), 242-255.
Valois, R. F., MacDonald, J., Bretous, L., Fischer, M., Wanzer Drane, J. (2002). Risk Factors and Behaviors Associated With Adolescent Violence and Aggression. American Journal of Health Behavior, 26(6), 454-464.
Van Cranenburgh, A., & Ketzan, E. (2021). Stylometric Literariness Classification: the Case of Stephen King. In S. Degaetano—Ortlieb, A. Kazantseva, N. Reiter, & S. Szpakowicz (Eds.), Proceedings of the 5th Joint SIGHUM Workshop on Computational Linguistics for Cultural Heritage, Social Sciences, Humanities and Literature (pp. 189—197). Association for Computational Linguistics (ACL).








Si la primera parte me gustó, está no tiene nada que envidiarle. Magnífica visión sobre la obra de S. King.
A tu salud, Esteban.
Saga solo apta para fanáticos absolutos de King. Para el resto, Zzzzzzzzz…!!
Guau, gracias de nuevo.
Esperando con interés una nueva entrada.
Interesante la explicación del instinto de muerte, la tánatos. Tambien da que pensar la influencia de las vivencias infantiles de desestructuación familiar, en la violencia y las conductas de autodestruccción durante la adolescencia. Buen análisis de una muy oscura situación.
Gracias, Mateo :). Para la siguiente (y última) ¡vamos con la peli!
Yo leí la novela (y me gustó una barbaridad) hace como 40 años. Esta y El fugitivo. y si en la segunda tengo claro el recuerdo de que detrás de todo había un espectáculo televisivo, un reality, en La larga marcha creo recordar que también pero no puedo asegurarlo. Todo esa ceremonia de muerte está televisada, convertida en entretenimiento o me traiciona la memoria?
No, Kilgore, eso ocurre en la peli, pero no en la novela. Curiosamente, yo tenía la misma sensación hasta que la releí. En la novela, los personajes se van contando entre sí cómo dicen por ahí que están las apuestas en función de lo que se les remite, y en un momento al comienzo de la Marcha, viene la prensa y hablan con ella; en ese momento, sí los graban, pero a partir de ahí no. Lo que sí hay es público a cascoporro en muchos tramos, sobre todo, conforme van quedando menos marchadores.
Muchas gracias por tu comentario; creo recordar que llevo viéndote por aquí desde el primero de ‘Fargo’, y siempre es un placer :).
El placer es mío. Que alguien con mas conocimiento que tú, te ilumine rincones de cosas que disfrutas tanto es muy de agradecer.
¿Hasta cuándo esa insistencia por exaltar obras mediocres de autores mediocres? Este texto me recuerda los encumbrados críticos de cine de hace unos años cuando afirmaban que Joker estaba a la altura de cualquier obra de Shakespeare…en fin, es lo que hay…
Te confieso, Jairo, que soy un apasionado de la novela (no te habrá sorprendido) y no me ha supuesto ningún esfuerzo ni insistencia exaltarla. A Stephen también lo considero un autor de mucho fuste, pero entiendo que no es para todo el mundo.
Sí que coincido, sin embargo, en lo relativo a ‘Joker’.
Gracias por tu comentario :).
Interesante artículo sobre esta obra de King de la que estoy ansiosa por ver la peli.
Stebbins es el personaje que más me interesaba cuando leí la novela, pero reconozco que me equivoqué con sus motivaciones. Me hubiese gustado que al menos él hubiese sido consciente del horror cómo sistema y hubiese estado ahí para acabar con él!!! En la película dan un poco de espacio a esa idea, pero en el libro parece que no hay esa consciencia por parte de los participantes. Pero vaya, que me gusta igual.