Cine y TV

La larga marcha: sexualidad sublimada, el fracaso de la meritocracia y un instinto de muerte (y 3)

La larga marcha. Imagen: Vertigo Entertainment.
La larga marcha. Imagen: Vertigo Entertainment.

Viene de «La larga marcha: sexualidad sublimada, el fracaso de la meritocracia y un instinto de muerte (2)»

5. Conclusión: este mundo no lo salva nadie

Hay que acabar ya con aquello de «me gustó más el libro». Es un recurso vacuo y manido que se utiliza como arma arrojadiza contra una película cuando se aparta del material original. Pero hay que entender, y seguro que usted está conmigo, que una adaptación no es una trasposición literal de un libro a un guion, ni de un guion a una pantalla. La literatura y el cine tienen lenguajes endémicos y muy diferentes entre sí, lo cual les da recursos por un lado y se los quita por otro. Donde en una novela podemos conocer al personaje a través de largos trenes de pensamiento, en una película rara vez funcionará. Quedará perezoso y demasiado superficial. Las voces en off existen, pero es fácil abusar de ellas. Otro tanto pasa con el contenido de la narración, y esto lo sabe King mejor que nadie. Públicamente ha mostrado su rechazo por la versión de El resplandor (1977) que hizo Stanley Kubrick (1928-1999), pese a su buena acogida. Los motivos fueron, no solo la desviación respecto a la novela en términos de secuencia de sucesos, sino de alteración fundamental de las ideas que allí había. Y eso sí puede ser un problema.

Ahora tengo que contestarme a mí mismo y decir que cuando un guionista adapta una obra, rara vez querrá replicarla con exactitud. Es natural que quiera darle su visión particular, que desee ejecutar las cosas de modo más o menos diferente, e incluso que quiera alterar puntos clave de la historia hasta el punto de que el resultado final se parezca a la fuente apenas en la premisa. Con novelas muy conocidas, esto no suele sentar bien; con novelas no tan conocidas, el rango de movimientos es mayor. Y lo cierto es que La larga marcha no es, ni de lejos, una de las obras más conocidas de King, por más que a unos cuantos nos apasione. En ese sentido, crear a partir de ella un guion en el que se utilice la misma premisa, los mismos nombres y varios momentos similares, pero con una orientación radicalmente distinta parecía una buena idea. Pero no es oro todo lo que reluce.

Empecemos por establecer que King ha dejado claro en más de una ocasión (y solo hace falta leerlo) que su interés como narrador tiene menos que ver con una prosa refinada hasta la extenuación que con una historia que absorba a su lector y lo conduzca de página en página. No debe confundirse esto con el ritmo frenético de ciertas novelas de kiosco, sino con un interés en que, como él mismo ha dicho, la trama no arruine una buena historia.

En el caso de King, es probable que los lectores experimenten emociones por la ficción más que por el artefacto literario, puesto que él, cuando escribe, evita deliberadamente atraer la atención hacia su prosa como recurso artístico. […] El término que emplean los teóricos literarios para describir este estado es inmersión narrativa. (Knudsen et al., 2023, p. 356, traducción mía).

Y si algo puede decirse de La larga marcha es que es inmersiva hasta la ansiedad. Esto no ocurre con la película, pero para comprender por qué no basta con señalar las desviaciones en la historia, sino que debemos entender el modo en el que alteran el peso final de la narración.

Establezcamos, pues, que la película cambia muchas cosas respecto al libro. Algunas tienen sentido logístico, visual y presupuestario, e incluso funcionan. Un ejemplo es hacer que en el film compitan cincuenta marchadores, uno por estado, en lugar de cien. Otras no se entienden a priori, pero tampoco molestan, como el hecho de que el actor que interpreta a Stebbins parezca sacado de un catálogo de Mango. Y otras son simples decisiones de casting que pueden salir mejor o peor según el caso, pero que en sí mismas no tienen nada de malo, y no voy a dedicar ni una línea más a explicar por qué no hay el más mínimo problema con que a Roland lo interpretase un actor negro en la adaptación de La torre oscura (2017) ni por qué tampoco lo hay aquí con que otro tanto ocurra con McVries. Estamos en 2025, y ya va siendo hora de que se supere esa forma de racismo.

Los problemas de la película están en el espíritu que decide adoptar, que se ve de manera clara en el tono que la vertebra. Donde la novela escoge darle al lector las menos explicaciones posibles sobre su contexto, la película tiene miedo de que el espectador no se encuentre cómodo con la ambigüedad. En pos de eso, la Larga Marcha se construye con una motivación puramente económica, y el sistema fascista, del que en el libro solo vemos destellos, en la película se molesta hasta en dar explicaciones. Ya en la primerísima secuencia se nos aclara en una carta que corren «tiempos de desesperación económica» y que el ganador tendrá «la oportunidad de librarse de los apuros financieros de hoy en día» (Lawrence, 2025, traducción mía). El propio Comandante dice en su discurso inicial, que la Marcha se hace porque hay «una epidemia de pereza» y hay que restaurar «la ética de trabajo» para «volver a ser los número 1 del mundo» (Lawrence, 2025, traducción mía).

Esto no pasaría más que por una mera rebaja de la confianza en el espectador para entender solito lo que está viendo (Christopher Nolan, por ejemplo, es de esos directores que siempre parece aterrorizado de que un solo ser humano pueda no entender lo que está pasando en cada momento) si no fuera porque tiene consecuencias sobre los personajes. Y ahí está el problema. Dudo que a Stephen King le den nunca el Nobel de Literatura (aunque, la hostia, me encantaría verlo), entre otras cosas, porque es demasiado popular, y si bien ha habido en la historia de ese premio un par de excepciones, el academicismo no suele premiar lo que erróneamente entiende como «literatura de masas».

Identificar los textos de King de alta y baja calidad literaria es, desde luego, un ejercicio subjetivo que solo evidencia los problemas del concepto de calidad literaria. El género y la calidad literaria son conceptos relacionados pero diferentes —Cementerio de animales, por ejemplo, es indudablemente una novela de terror, pese a lo cual es tal la calidad de su ejecución que se considera de gran calidad «literaria»—, y los críticos que emiten los juicios de valor de «bueno» o «malo» pueden hacerlo de manera aislada respecto a la misma; [así,] una novela de King puede ser «baja literatura» pero «buena» —por ejemplo, un thriller atrapante– o «alta literatura» pero «mala» —por ejemplo, intentos ambiciosos que fracasan—. (van Cranenburgh & Ketzan, 2021, p. 191, traducción mía)

Ese «fracaso», que a tantos escritores aqueja, en King no lo encontrará usted cuando se trata de los personajes. Y menos aún en La larga marcha. Todo personaje en esa novela que diga más de seis líneas está cuidado con un esmero tierno para resultar psicológicamente complejo y moralmente gris. No es David Foster Wallace (1962-2008) ni lo pretende; se trata más bien de que tanto Garraty como McVries, por ejemplo, son muchachos repletos de flaquezas. Aquel reconoce que no ha madurado, sobre todo en comparación con su amigo, y este es el primero que sabe que si hubiera sido capaz de ocuparse de sus emociones con mayor inteligencia, no habría acabado dejándose los pies para conseguir que le peguen un tiro. Los dos se muestran violentos de la misma manera en que se arriesgan para salvarse, los dos pierden el control por causas nada nobles a la vez que unas páginas después pactan ocuparse de la esposa del único marchador casado. No es contradictorio, sino humano. Pero supongo que no hace falta que venga yo a decirle aquello de que todos somos capaces de lo mejor y de lo peor y bla, bla, bla.

En la película, no obstante, los matices se pierden. Su versión de Garraty y McVries no está mal; simplemente, son otros personajes. Y lo son porque así se ha concebido desde el guion. De entrada, Garraty es un muchacho mucho más introspectivo y cínico que en la novela, donde a ratos es hasta bobalicón. Y McVries no tiene nada que ver con el oscuro muchacho de la cicatriz que hablaba del deseo de muerte, sino que es un joven optimista, responsable, carismático y humanista capaz de mantener la cabeza fría en casi todo momento. El esfuerzo que se hace para retratarlos se basa en dos puntos.

El primero ocurre en el minuto diecisiete de película, cuando Garraty afirma que no le importa el dinero. Luego descubriremos que, a diferencia de su contraparte literaria, el objetivo de este es ganar para poder acercarse lo bastante al Comandante como para dispararle con el rifle de un soldado; ese será el deseo que pida, como venganza porque el Comandante en persona ejecutó a su padre delante de él. Pero antes, en la conversación de la que le hablo, McVries le contrapone a Garraty que él sí le da valor al dinero, porque «la persona correcta puede hacer muchísimo bien con la cantidad adecuada de dinero» (Lawrence, 2025, traducción mía). A esto, Garraty replica: «Sí, pero ¿a cuántas personas conoces tú que hagan muchísimo bien teniendo muchísimo dinero?» (Lawrence, 2025, traducción mía). Es decir: que Garraty quiere ganar la Larga Marcha para matar al Comandante y McVries para mejorar el mundo.

Lo que se ha hecho aquí respecto a la novela es extremar las motivaciones de los personajes para hacerlas más simples y, por tanto, más accesibles, en la medida en que representan polos opuestos a los que la película puede dar la razón o no. Esto no tiene de malo que vaya en contra del material original en sí mismo, sino que, al hacerlo, deja fuera los grises y la pequeñez de los marchadores. En la novela, Garraty y McVries son adolescentes que se han metido en camisa de once varas; en la película, son la viva imagen de esa resiliencia sobre la que está tan de moda pontificar. De este modo, la esperanza en su acepción más básica y naif se vuelve un elemento de la historia, cosa que la novela evita a toda costa, precisamente, para que la experiencia la vivamos de forma inmersiva junto a los personajes, y no pensando en cómo cambiarán el mundo cuando ganen. Le pongo un ejemplo: hacia el final de la novela, un marchador, posiblemente consciente de que se le acaba la mecha y pronto no podrá seguir el ritmo, trata de iniciar una revolución subiéndose a un tanque y arengando a sus compañeros de fatigas. Esto es lo que ocurre:

—¡Malditos cerdos! […] ¡Vamos, muchachos! ¡Vamos, podemos…!

Los Marchadores, entre ellos Garraty, lo contemplaron como si les estuviera hablando en un idioma desconocido. Y en aquel instante, uno de los soldados que habían saltado al suelo cuando Parker se había encaramado al vehículo abatió a Collie con precisión, de un disparo por la espalda. (King, 2010, p. 321)

Porque, en la novela, esperanzas las justas. No porque no la haya a título personal, sino porque hay pocas cosas más ingenuas para resolver una premisa como la de La larga marcha que convertir a los competidores en guerrilleros que se abalancen contra el sistema tiránico y rompan la rueda de la opresión. Las cosas no funcionan así en la novela de King. Desde luego, hay revolucionarios, pero el sistema los aplasta, porque para eso está pensado. En este caso, los marchadores ni siquiera reaccionan, y mucho menos planea ninguno de ellos pasar por el quinario de la competición para matar al Comandante en un acto kamikaze.

La película, sin embargo, necesita ser salvífica hasta con sus personajes más detestables. Barkovitch, sin ir más lejos, nos es presentado en el minuto seis de película tratando de hacerse amigo de los marchadores. Estos están intercambiando chanzas y pullas y él suelta una, pero a los demás no les hace gracia y le dejan riéndose solo, mirándolo como si fuera imbécil. Tal y como se pinta en la película, Barkovitch hace las cosas que hace porque es un rechazado, no porque genere rechazo. Incluso hacia el final, cuando se mata, no lo hace en por un quiebre psicológico, sino porque, como dice, nunca ha tenido amigos y no puede soportar la culpa de que mataran a aquel marchador al que él provocó.

Y Stebbins, ese modelo de pasarela, se lleva quizá la peor parte de la adaptación. Mientras que en la novela es, como le he descrito, un muchacho flaco y misterioso por el que Garraty no da un duro al principio, en la película se retrata de otro modo. Le juro por Snoopy que, cuando aparece en el minuto cinco, lo vemos con una camiseta sin mangas, apretando músculo y con Garraty mirándolo mientras le dice a McVries: «Mira a Superman. No tiene ni un gramo de grasa. Va a ser difícil vencerlo» (Lawrence, 2025, traducción mía). Y a tomar por saco el misterio, la construcción de personaje y el entendimiento progresivo del protagonista. También el carácter del mismo Stebbins, que en la película, si bien es cierto que se muestra resuelto y más cómodo que los demás con los horrores que les rodean, es también irascible y agresivo. Por ejemplo, cuando en el minuto catorce está comiendo uno de sus tradicionales emparedados de jalea y Garraty le pregunta si cree que es buena idea atiborrarse tan pronto, se inclina al más puro estilo Draco Malfoy y le espeta: «Vete a la mierda» (Lawrence, 2025, traducción mía). Muy fino también.

Su personaje en la película tiene, además, la difícil tarea de aglutinar eventos y características que en la novela corresponden a otros. Por ejemplo, es él quien se pone enfermo de alergia, y no Scramm, porque la película consideró que el único adolescente casado de la Marcha sobraba. En lugar de construir nada a su alrededor, la condición de futuro padre recae sobre Olson, y nos enteramos de ella solo una vez que ha muerto. Volviendo con las alergias, son lo que termina matando a Stebbins, no sin antes haber otro conato de infantilismo, como si el guionista no pudiera evitar insinuaciones del tipo: «De verdad, soy consciente de que esto se podría hacer». Y es que a la hora y treinta de película, cuando solo quedan vivos Garraty, Stebbins y McVries, este pregunta: «¿Qué pasaría si todos redujéramos la velocidad exactamente a la vez?» (Lawrence, 2025, traducción mía), a lo que un maltrecho Stebbins le contesta que no es posible porque los medidores que llevan a modo de reloj están hechos para detectar la más mínima variación entre tiempos. No sé si a usted le pasara lo mismo, pero yo veo tras ese intercambio un deseo de insuflar aire en el imaginario de la película que apoye ese tipo de acciones a lo Espartaco (1960).

Pero más allá de todos estos cambios, lo que determina la naturaleza última de esta adaptación es la nota en la que decide concluir, y eso empieza con el propio Stebbins. ¿Recuerda que al final de la novela McVries, como había anunciado, se sienta y muere, quedando en tercer puesto, y que Stebbins colapsa cuando Garraty apenas podía más, quedando finalista, y que Garraty echa a correr presa de algún tipo de alucinación sobre la que siguen abiertas las apuestas? Pues escuche. En la película, Stebbins les confiesa a sus dos contrincantes su historia, al igual que en la novela: que es hijo del Comandante, que es el conejo y demás. Hago un breve alto aquí para apuntar que hasta su secreto se nos anuncia con más bien poca discreción al inicio de la cinta, cuando, al darle su número de participante, el Comandante le dice a Stebbins: «Buena suerte, hijo» (Lawrence, 2025, traducción mía). En fin. La cosa es que Stebbins confiesa y, ¡ojo!, se retira en el minuto noventa y tres de película, dejando solos a Garraty y a McVries. No colapsa, sino que elige detenerse para morir con dignidad. De nuevo, esta elección formal no me parece ni mal, pero la relación con sus dos rivales sí altera profundamente el sentido de su personaje. Es tal la camaradería y la hermandad humana que la película se esfuerza en tirarnos a la cara que Garraty, a modo de despedida, le dice a Stebbins: «Un placer caminar contigo, Stebbins», a lo que él repone que «Ha sido un honor» (Lawrence, 2025, traducción mía).

Entramos así en un final de película en el que no tenemos a Garraty contra Stebbins, sino a Garraty contra McVries. Que se aman es una evidencia desde el minuto veinticuatro, cuando se nos muestran unas miradas tan embelesadas que ojalá los dos hubieran sobrevivido para ver cómo empezaban su relación. Pero solo uno puede sobrevivir a la Marcha, y cuando, tonto de mí, pensaba que había llegado el momento de que McVries se sentara, este lo hace, pero Garraty, a diferencia de lo que ocurre en la novela, logra levantarlo a la fuerza y que siga caminando. Y no es un acto baladí.

Resulta que, en la película, McVries no obtuvo su cicatriz como consecuencia de una emocionalidad ida de las manos, sino porque, de chaval, vagó de hogar de acogida en hogar de acogida hasta acabar en una vida de delincuencia y peleas. Un día se metió con el tipo equivocado, y así se hizo la cicatriz. Fin del misterio. Si quiere una autobiografía gris, desagradable y desafiante que muestre los pozos en los que puede caer un adolescente, váyase a leer. En esta película, McVries pasó por un trauma tras otro solo para concluir que se dedicaría a «buscar la luz del sol en toda esta oscuridad» (Lawrence, 2025, traducción mía). La madre que me parió. Toda esta vaina se la cuenta a Garraty para disuadirlo de su objetivo de matar al Comandante una vez que gane, a lo cual Garraty le dice que él no tiene la luz que McVries busca. Pero sí que abandona su viaje de venganza, como le aconseja McVries durante de la película, porque, cuando solo quedan ellos dos, Garraty levanta a su amigo y, antes de que este se dé cuenta, él mismo se detiene para provocar que lo maten. Y lo matan. Y gana McVries.

A ver.

Si no es que no pueda ser. La idea es hasta interesante. Casi todos los lectores de La larga marcha nos hemos preguntado cómo habrían sido las cosas si McVries hubiera ganado. Si la película quiere explorar esa posibilidad e intercambiar los papeles para el final de los personajes, por mí bien. El problema está en el viaje que les lleva hasta ahí, que consiste, básicamente, en que Garraty abandone el deseo de venganza de toda su vida (metido un poco con calzador, si me pregunta usted, pero como no lo ha hecho, no se lo digo) porque McVries le ha convencido de que lo mejor es que nos demos todos la mano y nos pongamos en la fila y comamos verdura. Pero es que, cuando McVries se ve ganador de la Larga Marcha, es él (¡cuidado!) el que mata al Comandante con el plan de Garraty, tras lo cual sigue andando calle adelante, no porque vea ninguna sombra, sino porque la imagen estaba guapa y el guionista intuye que ahí hay alguna metáfora. No sabe cuál. Pero alguna. Y es verdad: me he enfadado un poco. Tampoco soy quién para juzgar, y me gusta pensar que, a su manera, el guionista hizo lo que quiso y está satisfecho con ello. Pero, como soy yo el que escribe, me permito decir que la adaptación falla, no por ser diferente al libro, sino por llevar bajo su portaestandarte una historia de mucha menor hondura.

Esto me hace pensar en el principio de la novela, cuando McVries habla por primera vez de su motivación para meterse en ese jardín:

—No tengo la menor idea de qué querré hacer si gano —explicó McVries—. No hay nada que necesite de verdad. Quiero decir que no tengo una madre anciana y enferma esperando en casa, o un padre en la máquina de diálisis, ni nada semejante. Ni siquiera tengo un hermano pequeño agonizando a causa de una leucemia. (King, 2010, p. 45)

Esto anuncia ya el deseo por parte de King de que sepamos que no todo tiene un motivo discernible, y mucho menos noble. McVries concluirá que se unió a la Marcha para tener una excusa con la que matarse, pero ya desde un inicio se nos dibuja una sociedad en la que la voluntad de los chicos está intoxicada por un sentido infantiloide del heroísmo que a noventa y nueve les costará la vida. La película no soporta esta idea, y termina dándoles la razón.

Y ahora, si no le importa, le diré «hasta luego». Con tanto hablar de andar, siento los pies inquietos. Voy a dar una vuelta por ahí, a ver si escucho el eco de los marchadores, todos esos fantasmas que gritaron con su último aliento en vida que la meritocracia era una estafa, que ojalá hubieran sabido tocar y dejarse tocar, y que la muerte no era, después de todo, tan terrible como imaginaban.


Bibliografía

Duke, N., Pettingell, S., McMorris, B., Borowsky, I. (2010). Adolescent Violence Perpetration: Associations With Multiple Types of Adverse Childhood Experience. Pediatrics, e778-e786.

Freud, S. (2010). El malestar en la cultura. Alianza.

Freud, S. (2015). Más allá del principio de placer. Amorrortu.

Hye-Knudsen, M., Kristensen-McLachlan, R. D., & Clasen, M. (2023). How Stephen King writes and why: Language, immersion, emotion. Orbis Litterarum, 78, 353-367.

King, S. (2010). La larga marcha. Debolsillo.

King, S. (2011). Full dark, no stars. Simon & Schuster. 

King, S. (2016). Mientras escribo. Debolsillo.

Lawrence, F. (Director). (2025). La larga marcha [Película]. Vertigo Entertainment, New Line Cinema, Lionsgate Films.

Mainländer, P. (2020). Filosofía de la redención. Alianza.

Matson, W. (1988). Hegesias the Death-Persuader; or, The Gloominess of Hedonism. Philosophy, 73(286), 553-557.

Saner, H. & Ellickson, P. (1996). Concurrent risk factors for adolescent violence. Journal of Adolescent Health, 19(2), 94-103.

Tolman, D. & McClelland, S. (2011). Normative Sexuality Development in Adolescence: A Decade in Review, 2000 – 2009. Journal of Research on Adolescence, 21(1), 242-255.

Valois, R. F., MacDonald, J., Bretous, L., Fischer, M., Wanzer Drane, J. (2002). Risk Factors and Behaviors Associated With Adolescent Violence and Aggression. American Journal of Health Behavior, 26(6), 454-464.

Van Cranenburgh, A., & Ketzan, E. (2021). Stylometric Literariness Classification: the Case of Stephen King. In S. Degaetano—Ortlieb, A. Kazantseva, N. Reiter, & S. Szpakowicz (Eds.), Proceedings of the 5th Joint SIGHUM Workshop on Computational Linguistics for Cultural Heritage, Social Sciences, Humanities and Literature (pp. 189—197). Association for Computational Linguistics (ACL).

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

7 Comentarios

  1. Muy de acuerdo con King, mi interés tiene menos que ver con una prosa refinada que con una historia que me absorba y me arrastre a la siguiente página. Pero es que en estos artículos la prosa está tan bien construída como el contenido.
    Además a partir de ahora no me atreveré a comentar «me gustó más el libro» , tras saber que es un recurso vacuo y manido que se utiliza como arma arrojadiza contra una película cuando se aparta del material original, como dce el autor jeje.
    Gracias por alumbrar zonas oscuras que ni siquiera sabía que había en estas obras paralelas ¡¡

  2. La serie completa (los tres artículos) me ha parecido un magnífico alegato sobre la obra de King en el contexto de las adaptaciones cinematográficas de novelas. En concreto esta tercera parte me ha parecido sublime en ese sentido.
    Pero lo más relevante es la cantidad de reflexiones sobre la historia de base, que es común a la novela y a la película, y que dan mucho que pensar sobre la vida y las motivaciones de las personas.

  3. Robespierre

    Como regalo de Reyes: libro y película. Dos elemento para ver la historia de diferente manera, y más si está el Sr King por medio.
    Buen artículo.

  4. Ganazas de ver la peli después de estos artículos tan interesantes y bien escritos. Enhorabuena!

  5. Gracias a estos artículos se ha despertado mi interés por conocer más sobre la obra y la personalidad de Stephen King. Enhorabuena al autor por los mismos.

  6. Mike Lake

    La reflexión del artículo me parece muy acertada: reconoce que las adaptaciones deben tomar decisiones distintas al libro y que muchas de ellas funcionan dentro del lenguaje cinematográfico. Además, celebra con naturalidad la diversidad en el casting, recordando que en 2025 estos debates deberían estar superados. En conjunto, ofrece una mirada equilibrada y abierta a los cambios.

  7. Ambituerto

    Muy interesante todo. Si la película no fuese una auténtica porquería ya sería la ostia. De las peores adaptaciones de King que recuerdo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*