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La larga marcha: sexualidad sublimada, el fracaso de la meritocracia y un instinto de muerte (1)

La larga marcha
Stephen King en 1995. Foto: Cordon Press.

1. Introducción: el quietismo de la violencia

La cosa empezó antes de Los juegos del hambre (2008), antes incluso de Battle Royale (1999), y, claro está, antes de sus adaptaciones cinematográficas. Ya se imaginará usted que mucha gente leyó la primera obra sin saber que derivaba de la segunda. La película fue algo más sonada, pero el calado del cine asiático en Europa, y sobre todo en España, es un fenómeno relativamente nuevo. También es cierto que decir que Los juegos del hambre deriva de Battle Royale tiene algo de hiperbólico. Las obras son las que son, y cualquiera medio honesto reconocerá que en lo que dice y piensa ha influido mucha gente. Esto lo aceptamos sin que constituya un plagio, y bien está que así sea. La cosa es que la idea de: «Un grupo de chavales inquietantemente atractivos, competentes y en forma son forzados a matarse entre ellos para deleite del totalitarismo hasta que solo quede uno» tiene, como todo, precedentes. Pero si retrocede usted, digamos, desde El juego del calamar (2021-2025), el punto más sólido que encontrará como madre de todas las historias de ese estilo es la novela La larga marcha (1979), de Stephen King (1947-). Y ahora, aprovechando su recientísima y muy solicitada adaptación a la gran pantalla, parece buen momento para volver al mojón de salida y ver qué había en aquella historia tan simple en apariencia que, sin embargo, inició todo un subgénero.

Empezar estableciendo la premisa tiene un potencial engañoso. Me refiero a que aclarar que La larga marcha trata de una versión distópica de Estados Unidos (más distópica, digo) en la que cien muchachos menores de edad deben andar a una determinada velocidad, por debajo de la cual reciben un aviso, y tras tres avisos, la muerte, hasta que solo quede uno en pie, calla por omisión un detalle importante. Y es que los chavales de La larga marcha, a diferencia de los de Battle Royale, Los juegos del hambre, El corredor del laberinto o El juego del calamar, tienen prohibido obstaculizarse los unos a los otros, no digamos ya matarse. Quizá le parezca algo insignificante, pero considérelo un segundo. Lo único que estos chicos pueden hacer es andar por una carretera estrictamente vigilada. Dicho de otra forma: la victoria en esta competición, solo ligeramente más cruel que La isla de las tentaciones (2020-), no llegará por la propia mano. Al diablo usted con sus méritos y estrategias. Solo ganará si aguanta más que los demás. Estos son sus rivales, y en el paradigma de la competición, la manera de que usted sobreviva es que mueran todos, pero la única violencia que se le permite ejercer es verbal. Uno puede medrar psicológicamente en los demás, pero que los soldados que vigilan la Marcha le disparen a Fulanito o Menganito dependerá estrictamente de Fulanito o Menganito.

Nada de acción. Nada de combates. Solo unos muchachos a los que el mundo les viene grande caminando, hablando, viendo morir a sus compañeros, reflexionando, y, contra todo raciocinio pero de forma natural, haciendo amigos. Que también deberán morir si uno quiere salvarse. Pero la violencia no requiere de puñetazos en La larga marcha, aunque se escape alguna hostia. En esta novela, la violencia es partidaria del quietismo. Está en el aire, en las palabras, en la crudeza de ir comprendiendo poco a poco que las balas son reales, las probabilidades ínfimas y que, incluso en la forma de apoyar al otro, añorar a una pareja o desear un premio, puede uno atacar. Y, casi siempre, se ataca a sí mismo en el proceso.

2. La suerte del principiante

Ya que nos ponemos nostálgicos, le contaré que el primer libro que leí en inglés me lo trajo mi padre de un viaje que hizo a los Estados Unidos. Yo era un escritor adolescente admirador de Stephen King, lo cual raya lo pleonástico, y cuando me cayó en las manos un ejemplar de Full Dark, No Stars (2011), me abrí camino a machetazos por sus historias. Écheles un vistazo si tiene tiempo, pero le cuento esto porque, en el epílogo, nuestro autor dice que, «bromas aparte, me tomo muy en serio mi trabajo, y ha sido así desde que escribí mi primera novela, La larga marcha, a los dieciocho años» (King, 2011, p. 367, traducción mía). Si esta fue su primera novela, imagínese el percal: la mente que escribió It (1986) y el corazón que concibió Apocalipsis (1978) coaligados con el espíritu de un muchachito universitario. Curiosamente, La larga marcha no fue publicada hasta varios años después. La historia es conocida, así que no me detendré mucho en ella. Baste con decir que los editores de King, temerosos de saturar el mercado con su nombre, sacaron algunas obras bajo el pseudónimo de Richard Bachman, todas las cuales tienen un elemento social y menos dado a lo mágico que el resto de su obra. En el prólogo de la novela que nos ocupa, King afirma que «era a Bachman a quien yo recurría cuando necesitaba desahogarme» (2010, p. 10), lo cual explica (en la medida en que esto es posible) por qué hay tanta frustración subyacente a las historias publicadas bajo dicho nombre. No se trata de incurrir en ningún psicoanálisis burdo a posteriori, sino de delimitar que las obras que King escribió durante cierta época están teñidas de un tipo de violencia que poco tiene que ver con Jack Torrance y su debilidad por las mazas.

Porque sí: Carrie lanzará cuchillos con telepatía que da gusto, pero en La larga marcha no hay un solo adolescente armado con nada que no sean ampollas y una sexualidad efervescente. En su autobiografía pedagógica, Mientras escribo (2000), King nos confía que «antes de Carrie ya había escrito tres novelas: Rabia, La larga marcha y El fugitivo, todas publicadas con posterioridad. La más inquietante es Rabia, y la mejor quizá La larga marcha», (King, 2016, p. 86). Gustos aparte, podemos olvidarnos del «quizá». La larga marcha es estupenda por muchas razones, empezando, como le comentaba, por la dinámica de la premisa. En esta competición, los participantes no se matan, solo resisten. Y, entre tanto, crean vínculos de los que habrán de desprenderse. Pero ya llegaremos a eso, porque todo empieza con la caracterización de lo que un servidor entiende como los temas fundamentales y recurrentes de la obra.

La historia abre con Ray Garraty, un muchacho de dieciséis años al que le falta un golpe de microondas. No porque sea tonto, sino porque parece que va descubriendo el mundo, la competición y a sí mismo conforme camina. Esto, por otra parte, es a todas luces intencional. Los marchadores llegan a la competición con distintas actitudes y mentalidades, pero conforme esta va transcurriendo, comprenden la facticidad de lo que antes solo era teórico. El primer elemento de esa facticidad es, por supuesto, el puramente físico. Piense en aquella vez que fue usted a un campeonato de esgrima o de ajedrez, o cuando hizo ese examen para la oposición que tanto tiempo se había preparado. Apuesto a que todos a su alrededor parecían extrañamente reales. Tenían manías, gestos, un aspecto imponente o minúsculo, pinta de saber más que uno o de no tener ni idea de cómo habían llegado ahí. Alguno hasta se santiguó. A nuestro amigo Garraty le ocurre algo parecido. Tanto en la novela como en la película, su madre lo lleva en coche hasta el lugar donde el resto de marchadores van llegando y esperan a que empiece el sarao. Algunos se mueven inquietos, mientras que otros tratan de demostrar una confianza que no tienen, aunque crean que sí. Valga señalar que antes de unirse a ellos, la madre del muchacho le pregunta si no va a cambiar de idea, ante lo cual King señala que «en la pregunta, bajo el tono de nerviosismo, asomaba un sentimiento de culpabilidad. Ray Garraty, pese a contar solo dieciséis años, tenía una idea bastante precisa de la naturaleza de tal sentimiento» (2010, p. 15); luego le cuento por qué. Finalmente, se despiden con un abrazo que, ambos lo saben, tiene un noventa y nueve por ciento de probabilidades de ser el último. Pero Garraty no se siente del todo mal frente a sus posibilidades. ¿Sabe usted por qué? Por un espejismo endémico del capitalismo y que tiene su patio trasero en Estados Unidos: la meritocracia.

La meritocracia viene a ser la noción de que impera en sociedad el gobierno del mérito, es decir, que si usted ser esfuerza más que aquel y trabaja más duro, la inversión le será devuelta en justa proporción antes o después. Si lo piensa, para saber que noventa y nueve de sus iguales morirán en la Marcha y aun así decir: «Sí, yo creo que esto lo gano», hace falta tener mucha confianza en que, en último término, la cosa dependerá de usted. No quiero aburrirle más con el sueño americano, que ya lo deconstruimos en Fargo II, pero sí conviene recordar que la idea subyacente a todo este circo es que si usted es pobre, es porque quiere, y si usted no es capaz de resistir andando a tal velocidad más que sus rivales, culpa suya será. Esta mentalidad la vemos en los pobres chavales más de una vez y ya desde el principio. Olson, un joven impetuoso que en nuestros días se habría metido en el negocio de las criptomonedas, se nos presenta diciendo: «—Yo no pienso apresurarme —dijo uno de ellos—. ¿Para qué? Y si me señalan un aviso, ¿qué más da? Me adapto, y ya está. Aquí la palabra clave es adaptarse. Recordad dónde habéis oído esto por primera vez» (King, 2010, p. 19). Fíjese en que remarca, no solo cuál es la clave de una competición en la que nunca ha participado, y a la que, por tanto, llega con un saber puramente teórico (e ideológico), sino que reclama la propiedad del paradigma. Quiere que sus compañeros recuerden dónde han oído eso por primera vez porque, en su cabeza, le irán dando la razón conforme pasen los kilómetros. Otro ejemplo lo encontramos en el personaje que, en la novela, se erige como el más odioso casi desde la primera vez que abre la boca. Barkovitch, se llama, y no le coja usted mucho cariño. Aunque dura bastante, el desgraciado. La cosa es que, al inicio, se detiene porque, dice, se le ha metido una piedra en el zapato. Le dan tres avisos y por poco no lo envían al otro barrio, pero se reincorpora al ritmo en el último momento. Deseoso de constatar su control sobre una situación incontrolable, tanto en la película como en la novela le dice a Olson: «—¿Lo ves? Acabo de concederme un descanso. Está todo en mi plan» (King, 2010, p. 29), como si hubiera un plan que pudiese cubrir la Larga Marcha.

Y entiéndame: en cualquier situación mercantil, social, laboral, o que implique una selección y un descarte, tendrá usted más probabilidades de llevarse el gato al agua si va preparado. La mentira de la meritocracia, que en nuestros días empieza a ser innegable incluso para los sectores más conservadores, es que dicha preparación es lo determinante. Usted puede tener un plan, y cuanto más controle y optimice las variables que caen de su lado, mejor será su perspectiva, pero en una situación como el mercado laboral colapsado o una masacre deportiva de alto nivel, el número de incógnitas es abrumadoramente superior en el ámbito que nada tiene que ver con usted. Así, usted puede labrarse un currículum de oro, pero si en tal empresa conviene contratar al primo del amigo del cuñado del de Ventas, usted y su trabajo duro lo llevan claro. El mundo se rige en mucha mayor medida por la conveniencia de quien ostenta lo que Foucault llama biopoder que por un criterio de ecuanimidad o recompensa. Es decir, sus méritos valen hasta que dejan de valer.

Tomemos por ejemplo a Scramm. Es un marchador bonachón, fuerte y preparado con la obcecación de una mente simple, y no lo digo con intención peyorativa, sino en la acepción más pura del término: una mente que no tiene un sentido grandilocuente ni de sí misma ni de la complejidad de su entorno. Se maneja con tres o cuatro cosas, y no le pide más a la vida. Bravo por él. El problema se plantea cuando Garraty le pregunta qué pasará si le dan el pasaporte (esto es, si la diña) y él responde: «A mí no. Creo que podría caminar eternamente. Mira, yo quise estar en la Larga Marcha desde que tuve edad para querer alguna cosa. Hace apenas dos semanas, hice ciento treinta kilómetros tan tranquilo» (King, 2010, p. 145). Si alguna vez ha hecho usted alguna caminata, pongamos en los scouts, o el Camino de Santiago, o una ruta de varios días, sabrá que su forma física puede ser impecable y que puede estar entrenado hasta el aburrimiento; esos son sus méritos. Pero más incluso que sus méritos, lo que determinará si completa usted el trayecto son cuestiones más bien azarosas, como, por ejemplo, que no le dé un calambre, que no se le inflame la fascia plantar, que no se le tuerza un tobillo por un resbalón, que no le salga una ampolla por la irregularidad del terreno, que no le llueva y resbale, y un largo etcétera. Scramm, sin embargo, es ajeno a todo esto en su discurso. Su planteamiento es como sigue: puesto que soy el más preparado, soy el que más aguantará, ergo soy el que ganará.

Pero ¿sabe qué pasa? Que Scramm es alérgico, y la Marcha tiene lugar en mayo. ¿Dónde están ahí los isquiotibiales de toro y aquellos ciento treinta kilómetros que el chaval hizo tan tranquilo? Han salido por la ventana. Scramm irá a buscarlos cuando enferme, coja fiebre, una pulmonía y la consciencia de que la vida es muy perra. Esto será poco antes de que lo maten, y su sueño quede hecho trizas junto a su cráneo. Ahora podría usted preguntarme: «Pero ¿es que ninguno de esos cien chavales pone los huevos en otra cesta?». Venga, que le presento a Stebbins. En la novela no se nos dice su nombre de pila, aunque en la película lo llaman Bill. Pero olvide ese dato.

Conocemos a Stebbins cuando Garraty se despide de su madre antes de la Marcha y los concursantes aguardan el inicio por ahí tirados. Nuestro protagonista repara en que:

Todos los muchachos estaban sentados, unos en grupo y otros en solitario; uno de ellos se había encaramado a la rama inferior de un pino situado junto a la carretera, y estaba comiendo un emparedado de jalea. Era un muchacho flaco y rubio que llevaba unos pantalones púrpura y una camiseta azul bajo un viejo suéter verde de cremallera, con agujeros en los codos. Garraty se preguntó si el enjuto muchacho aguantaría, o si se agotaría rápidamente. (King, 2010, p. 18)

Esa pregunta se dirime pronto, pero tiene una transición curiosa. Al inicio de la Marcha, Garraty parece bastante seguro de que Stebbins durará lo que un soplo en un huracán, pero conforme transcurre la historia, se va convenciendo no solo de lo competente que es, sino de que será el vencedor. Lo que no se modifica en toda la obra es la percepción que Garraty tiene de él. Por ejemplo, cuando unos minutos antes de echar a andar pasan a recoger sus dorsales de la mano misma del jefazo de todo aquello, llamado el Comandante, nuestro protagonista nota que Stebbins «recogió su dorsal con la cabeza baja, sin intercambiar palabra alguna con el Comandante. Al volver, tomó asiento bajo el mismo árbol al que antes se había encaramado. Por alguna razón, Garraty estaba fascinado con el muchacho» (King, 2010, p. 23). La fascinación está justificada. Y no es que Stebbins, enclenque como parece, no tenga ningún plan, al igual que Barkovitch o Scramm, sino que lo tiene con una conciencia realista de hasta qué punto es en lo que debe centrarse. Por ejemplo, nada más empezar la Marcha, Stebbins se retrasa y recibe el primer aviso. Garraty lo percibe como una señal de debilidad, pero Olson, meritócrata militante, le corrige diciendo que ha sido una buena estrategia, ya que «ese tipo recibe un aviso mientras todavía está fresco y se hace una idea de dónde está el límite. Ahora resulta bastante fácil borrar ese aviso» (King, 2010, pp. 25-26), lo cual solo le tomará una hora sin recibir otro.

Pues este es Stebbins: un estratega silencioso, resistente y autoconsciente. Durante toda la novela se mantiene en la retaguardia y apenas habla con nadie. No obstante, la fascinación de Garraty por su búdica presencia le lleva a tener un par de intercambios con él donde el joven de pantalones púrpura cargados con emparedados de jalea demuestra una introspección tan sólida que raya el cinismo. Se lo ilustraré volviendo a Scramm, el tipo simple convencido de que ganaría. De él se nos dice que:

No fascinaba a Garraty por su deslumbrante inteligencia, ya que Scramm no era en absoluto brillante. Ni fascinaba a Garraty por su cara de luna, su corte de pelo militar o su físico, imponente como el de un alce. Fascinaba a Garraty porque estaba casado. (King, 2010, p. 143)

Menor de edad y ya tiene una mujer embarazada esperándole en su estado natal. Es tal la impresión que esto causa en todos los adolescentes que, cuando el pobre pilla la neumonía y se hace patente que le queda telediario y medio, se ponen de acuerdo para que el que gane se ocupe económicamente de la viuda. Stebbins, no obstante, tiene una visión personal sobre este gesto, que le comunica a Garraty cuando le propone que se una al pacto:

—[…] No me interpretes mal, Garraty. Soy un poco raro, pero no me tomes por un miserable. Si pudiera hacer que Scramm muriera antes gracias a mi promesa, lo sería. Pero no puedo. Apuesto a que en cada Larga Marcha existe un pobre diablo como Scramm y tiene lugar un gesto como este, Garraty. Y apostaría a que también sucede a estas alturas, cuando la realidad y la condición de mortales empiezan a hacer mella. (King, 2010, p. 257)

Así aborda Stebbins la caída de Scramm, pero otro tanto igual de ilustrativo respecto a la meritocracia ocurre con su paladín, Olson. Conforme transcurren kilómetros, con sus cambios de día en los que, huelga decirlo, no pueden parar a dormir, el meritócrata que empezó envalentonado y con la idea darwinista de que adaptarse era la clave, va convirtiéndose en un cascarón hueco de sí mismo. Deja de hablar, deja de comer, deja de reaccionar. Sigue andando como un zombi que rehúsa aceptar su condición. Se nos deja claro que su quiebre psicológico ha antecedido al físico, y que, de alguna manera, ya está muerto. Garraty piensa que «Olson le recordaba al Holandés Errante, que seguía navegando eternamente después de desaparecida toda la tripulación» (King, 2010, p. 226), y es la impresión que da. Con todo, Stebbins, una vez más, desafía la percepción de Garraty con la fría introspección de aquel al que nada le sorprende:

—Las mulas sin zanahorias se agotan. Las que tienen delante una zanahoria resisten mucho tiempo cansadas. […] Ya lo entenderás. Observa a Olson. Ha perdido el apetito por la zanahoria. Todavía no se ha dado cuenta, pero lo hará. Obsérvale, Garraty. Puedes aprender de Olson. […]

—¿Tú dirías que es una lección tan importante?

Stebbins interrumpió sus risas y le cogió la muñeca con fuerza.

—La lección más importante de tu vida —dijo—. El secreto de la vida sobre la muerte. Despeja esa ecuación y estarás preparado para la muerte, Garraty. (King, 2010, pp. 224-225)

Pero Olson solo alcanza a dejarnos dos mensajes, y uno de ellos específico para Garraty, que se le acerca y, sin dejar de caminar ninguno de los dos, trata de interactuar con él. Lo que el moribundo dice es lo siguiente: «—El jar… el jardín de Dios. […] Está… lleno… de cizaña —balbuceó—. […] No… quiero… morir —terminó Olson» (King, 2010, p. 229). De poco le sirve esto a Garraty, aunque es denotativo que, cuando Olson, en un último hálito de energía, carga contra los soldados y es abatido, sus palabras finales aludan, a todas luces, a su estrategia fallida y a la meritocracia que lo ha dejado con los intestinos en las manos: «—¡Lo he hecho mal! —gritó Olson con voz temblorosa, antes de caer de nuevo, muerto» (King, 2010, p. 233).

Este momento, antes de pasar con nuestro siguiente tema, es tan bueno como cualquier otro para decirle que respire tranquilo: Garraty gana la Larga Marcha. Ahora veremos cómo, pero no pierda de vista que lo hace pese a que, como le dice Stebbins en cierto punto, no es el más listo ni el más fuerte ni el más preparado. En historias hijas de esta vemos desenlaces análogos. Piense, por ejemplo, en El juego del calamar, donde Seong Gi-hun se alza con la victoria sin ser en modo alguno el favorito. Garraty, como él, lo consigue por una improbable carambola de estrategia y suerte, una suerte sin la cual ninguno de los dos habría vivido para ver amanecer. No olvide que, para que el tesón de Garraty tuviera recompensa, fueron indispensables intervenciones externas, como que Scramm fuera alérgico o que un personaje del que a continuación hablaremos le salvase la vida en más de una ocasión.

La meritocracia ni está ni se la espera.

(Continuúa aquí)


Bibliografía

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Freud, S. (2010). El malestar en la cultura. Alianza.

Freud, S. (2015). Más allá del principio de placer. Amorrortu.

Hye-Knudsen, M., Kristensen-McLachlan, R. D., & Clasen, M. (2023). How Stephen King writes and why: Language, immersion, emotion. Orbis Litterarum, 78, 353-367.

King, S. (2010). La larga marcha. Debolsillo.

King, S. (2011). Full dark, no stars. Simon & Schuster. 

King, S. (2016). Mientras escribo. Debolsillo.

Lawrence, F. (Director). (2025). La larga marcha [Película]. Vertigo Entertainment, New Line Cinema, Lionsgate Films.

Mainländer, P. (2020). Filosofía de la redención. Alianza.

Matson, W. (1988). Hegesias the Death-Persuader; or, The Gloominess of Hedonism. Philosophy, 73(286), 553-557.

Saner, H. & Ellickson, P. (1996). Concurrent risk factors for adolescent violence. Journal of Adolescent Health, 19(2), 94-103.

Tolman, D. & McClelland, S. (2011). Normative Sexuality Development in Adolescence: A Decade in Review, 2000 – 2009. Journal of Research on Adolescence, 21(1), 242-255.

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Van Cranenburgh, A., & Ketzan, E. (2021). Stylometric Literariness Classification: the Case of Stephen King. In S. Degaetano—Ortlieb, A. Kazantseva, N. Reiter, & S. Szpakowicz (Eds.), Proceedings of the 5th Joint SIGHUM Workshop on Computational Linguistics for Cultural Heritage, Social Sciences, Humanities and Literature (pp. 189—197). Association for Computational Linguistics (ACL).

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22 comentarios

  1. Un género inquietante del que desconocía su origen, con todo lo que me gusta Stephen King. Análisis exhaustivo de la obra que abre los ojos ante lo que vivimos y que nos viene de Estados Unidos. Horror y horror.
    Buenísimo artículo para releer mñas de una vez. Enhorabuena autor ¡¡

  2. ángel Prats

    Me parece muy divertido lo que estás escribiendo. Yo también disfruto desmontando relatos sociales, y te das cuenta que esas narrativas funcionan hasta que surgen otras que funcionan mejor. Vamos de una mentira a la siguiente.

    • Pedro Narcob

      Son los relatos más difíciles de deconstruir, así que me alegra saber que hay más compañeros de fatigas por ahí. ¡Gracias por tu comentario, Ángel!

  3. Buen artículo, como siempre.
    Esta entrada sobre King y su obra incitan a la reflexión sobre el control de la realidad, qué ponemos nosotros y los demás, sobre lo contingente y esas creencias que enmascaran y acompañan todo… Felicitaciones.

  4. Artículo muy recomendable

  5. Luis Arribas

    Fabuloso cómo desgranas la obra. He comprado jalea para sándwiches a la espera de la segunda entrega y, sobre todo, en la tercera donde hablarás (oh, sí) de la vertiente deportiva de las Last man standing: las backyard ultra.

  6. Interesante artículo, un escudriñado análisis de la obra de Stephen King. Me ha despertado el interés por ver cómo habrán adaptado la novela a la peli.

    • Pedro Narcob

      Muchas gracias, Julia. En la tercera parte nos meteremos en profundidad en el terreno de la adaptación :).

  7. Miguel Carrera

    Estimulante lectura que, a mi juicio, estira un poco la analogía con la meritocracia, sobre todo cómo se la entiende (y critica) en la actualidad. Que Stephen estaba escribiendo una invectiva contra el «American Dream» es obvio; pero también es cierto que su referente inmediato no era la escalada social, sino la guerra de Vietnam, para la que muchachos con Garraty, Olson y el resto estaban siendo utilizados como carnaza, convencidos, ellos, de estar optando a la gloria. Ahí se abre, me parece, un relato distinto -si bien, lo reconozco, no incompatible- al de la meritocracia, donde las piezas encajan mejor que en la equiparación aquí propuesta. Muchas gracias, en cualquier caso, por la reflexión: espero con interés la segunda parte.

    • Pedro Narcob

      Es correcto, Miguel: la analogía con la guerra está patente incluso desde antes del inicio de la Marcha, donde mencionan algo así como: «Ya estamos otra vez como en el ejército».
      A ver si te gusta la segunda parte, y muchas gracias por tu comentario 😊.

  8. La película Danzad Danzad malditos basada en una novela de 1935 de horace maccoy también sería un buen precedente

  9. Leí el libro de una sentada. Solo diré que cuando lo acabé lloré. No es la primera vez que me pasa con las historias de Mr. King. El personaje de Stebbins me dejo picueta. Esperando la segunda entrega.

  10. Como debo de ser la única persona que no es amigue, conocide o directamente familia del Sr. Narcob, puedo decir que este artículo me ha parecido un absoluto tostón. ¿Y se dice que faltan tres entregas más…? ¡El horror, el horror, como dice alguna por ahí!

    • Pedro Narcob

      Vaya, siento que no te haya gustado, edelweiss. Gracias por darle una oportunidad :).

      • Me recuerdas a los restaurantes o tiendas, que cuando alguien les pone a parir en una reseña, contestan con gran aplomo: «Sentimos que no haya quedado satisfecho en su experiencia con nosotros. Procuraremos mejorar en el futuro. Gracias.» Y luego siguen haciendo lo que les da la gana. Ya sé que no es lo mismo, ¿eh? Pero es que me ha venido rodado, disculpa.

    • Está la autopista llena de kamikazes, eh?

  11. Que tristeza provoca el comienzo de esta historia. Todos allí por voluntad propia, sin saber dónde se están metiendo, al servicio del sistema. De alguna manera esa tristeza me recordó a la que sentí viendo hace poco The Mastermind. Aún tengo un agujero en el pecho…

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