
Embrujado por las dos bailarinas, comencé a leerlo nada más llegar a casa y, a medio empezarlo, tuve que detenerme: se me hacía imposible continuar sin ver antes la película de la que hablaba el libro y que había realizado un director nacido en Cracovia de nombre indeletreable para un sevillano. Fue otro momento de descubrimiento. La cinta me dejó asombrado, tanto por su ambición visual —esos travellings laterales que permiten seguir a los personajes caminando— como por su fidelidad al espíritu laberíntico de Potocki. Debí sentir lo mismo que Buñuel, que —algo completamente inusual en él— llegó a ver la película tres veces. Consecuentemente, decidí interesarme por aquel director del que hasta entonces no había oído hablar y del que ahora se celebra su centenario.
Detrás de aquella edición estaba la autoría de Diego Moldes, un nombre que pasó a mi lista de intereses por escribir esa pequeña joya que aún guardo entre mi biblioteca íntima junto con Las partículas elementales de Houellebecq y Tiempo para amar de Robert Heinlein. Desde entonces he seguido sus escritos —ensayos, prólogos, artículos, entrevistas— con la sensación de estar ante un intelectual humanista que entrelaza la literatura y el cine como los dos rostros del Dios Janos: uno que mira hacia la tradición y otro hacia la modernidad, ambos conscientes de que el conocimiento verdadero surge en el umbral que los une.
Ahora aparece en librerías Más grande que la vida. Escritos sobre cine 2000-2025, un libro donde reúne más de dos décadas de su trabajo como estudioso del séptimo arte, desde los libretos que acompañaron ediciones de películas hasta los artículos publicados en Zenda Libros, Turia o Leer. Es un compendio que no solo documenta su trayectoria, sino que permite comprender la coherencia de su pensamiento; Moldes escribe sobre cine, pero en realidad escribe sobre lo humano: sobre la belleza, la decadencia, el tiempo y la memoria. Recuerdo que este admirador del conde polaco fue uno de los primeros autores que quise entrevistar cuando lanzamos Jot Down en el año 2011. Por azares del destino no surgió la oportunidad y esa conversación quedó pendiente, como una cita aplazada con alguien que uno siente conocer desde hace tiempo. Quizá por eso la lectura de Más grande que la vida llega a mis manos con forma de reencuentro. Como si, al recorrer sus páginas, escuchara por fin las respuestas a las preguntas que no llegamos a hacerle.

El texto logra articular una defensa de la crítica como arte del reconocimiento y eso es perceptible desde el primer texto del libro que funciona como introducción. Moldes comienza con uno de los clásicos del cine: Vértigo para estudiar a Hitchcock desde la idea de que el argumento es «secundario» y que la película funciona como una hipnosis visual donde la puesta en escena piensa por sí misma. Se trata de un artículo publicado en el año 2.000 que da paso a 25 años de todo tipo de escritura sobre cine, desde ensayos y conferencias hasta prólogos, artículos y textos inéditos. En conjunto, este libro funciona como un atlas de su pensamiento cinematográfico, donde conviven la interpretación académica y la pasión del espectador.
En la mirada total sobre el cine y su lugar en la cultura que se despliega en el libro, Moldes comienza reuniendo los textos dedicados a estrenos cinematográficos, escritos en su momento para distintos medios. Luego se adentra en la época clásica con una panorámica del siglo dorado del cine y de los autores que moldearon su lenguaje —actores, directores—, comenzando por Hitchcock, pasando por Paul Newman o Hedy Lamarr. Continua, esta biblia del séptimo arte, con la historia del cine moderno a través de títulos y autores fundamentales del periodo 1970-1979. Moldes combina aquí su vocación crítica con una mirada casi arqueológica: cada película se convierte en una pieza de un mosaico que explica cómo el cine, tras su edad clásica, se reinventó como arte de la introspección, la rebeldía y la experimentación.
En siguientes secciones, este cinematógrafo encuadernado amplía su horizonte para convocar a todo un siglo de cine proyectando la constelación de autores que definieron la modernidad fílmica —de Coppola a Sokurov, de Cuarón a Polanski— y conecta vínculos entre generaciones, escuelas y geografías. Mas adelante, reúne los ensayos que acompañaron ediciones de clásicos en DVD y Blu-ray, desde Persona hasta Poesía sin fin —una de las obras más singulares de su amigo Alejandro Jodorowsky en la que narra sus años de juventud—, piezas que ponen de manifiesto el gusto del autor por la hibridación entre la belleza y lo extraño. En la penúltima sección, rescata textos de Leer, Turia o Zenda, donde el cine dialoga con la literatura, el mito y la historia cultural. Finalmente, cierra el volumen una serie de ensayos inéditos de lo más variopinto con piezas sobre Amadeus, Braveheart o El arte de PascALEjandro.
Al acabar lectura de este compendio dedicado al mundo del celuloide uno se queda con la sensación de haber asistido a una lección sobre el poder de las imágenes, pero también a una conversación con alguien que ama el cine desde la inteligencia y la emoción. Moldes no escribe para sentar cátedra, ni para contentar a un editor, lo hace con el deseo de compartir el asombro que le provoca cada película. Más grande es la declaración de amor al arte que mejor refleja nuestros sueños, nuestras contradicciones y nuestra memoria. Al cerrar el libro, uno entiende que Diego Moldes pertenece a esa estirpe rara de lúcidos ensayistas herederos del humanismo fílmico europeo que se encuentran en extremo peligro de extinción.









